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Sangre de sátira
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Guillermo Balbona | 16-03-2018 | 08:48

La muerte de Stalin

The Death of Stalin 2017 106 min. Reino Unido.
Dirección: Armando Iannucci.
Guion: Iannucci, David Schneider, Ian Martin, Peter Fellows.
Música: Christopher Willis. Fotografía. Zac Nicholson.
Reparto: Steve Buscemi,  Olga Kurylenko,  Andrea Riseborough,  Jason Isaacs, Paddy Considine, Jeffrey Tambor,  Michael Palin,  Rupert Friend, Simon Russell Beale.
Género: Comedia| Salas: Groucho

Ejercicio de sátira y parodia, juego interpretativo, la agitación en torno a la figura de Josef Stalin domina esta narración a modo de leyenda, farsa y falsete histórico. Con diálogos provocadores, a veces salidas de tono y, en otras ocasiones, rimas antihistóricas para ver más allá de las letras negritas, ‘La muerte de Stalin’ conlleva una mirada lúdica, nada banal ni ociosa, que recrea, a veces con retorcida habilidad, los hechos y situaciones hipotéticas que rodearon la muerte y funeral del dictador sanguinario. El cineasta Armando Iannucci, tras regodearse y fajarse en el medio televisivo durante muchos años, realizó una primera incursión en el cine con la comedia negra, ‘In the loop’, e incide ahora en este terreno siempre pantanoso y fácilmente transgredido con ligereza, en una combinación de humor y disección con estilete fino para desnudar los entresijos del poder. Los microcosmos de la antigua Unión Soviética, entre gabinetes, teatros y salones de los años cincuenta y con un arranque que hubiera firmado el Lubitsch de ‘To be or not be’, constituyen el decorado lógico de la farsa pero el hallazgo de la obra es que busca paralelismos y simbología fácilmente aplicable al presente político. La universalidad reside en ese pulso alrededor del poder, la mirada oportunista corrupta, interesada, sin que en ningún momento lo satírico se vuelva burdo ni chirríe el tono elegido. De este modo el filme agita la historia y propone un mosaico de posibles envuelto en esa capa de humor británico que impregna toda la atmósfera. Además, son excelentes las interpretaciones de una cinta coral en la que destaca la mutación física y entregada de Steve Buscemi. Lo cómico, el esperpento y lo negro cruzan y se intercambian roles y factores humanos que casan con bastante destreza. Ello se debe a que el cineasta huye de lo pomposo, construye una puesta en escena sencilla y evita lo trascendente. Iannucci plantea de manera entretenida la visión sobre el personaje y los hechos oficiales, reinventados, juguetones siempre, en una mezcla de fiesta histórica, juerga y vodevil, aunque la única sombra sea la teatralización de algunos hechos. El filme, en este sentido, tiene algo de teatro de títeres donde asoman y se golpean sin cesar los Beria, Kruschev, Molotov, Zhukov… Una fecha, marzo de 1953, un cuerpo, el de Stalin, y una secta de hienas salivando ansia de cúspide a su alrededor. El Politburó, como podían ser muchos otros círculos de poder, convertido aquí en un ruedo sangriento en el que torea la inteligencia, la provocación y el transformismo popular de todo aquello que nos venden como inamovible y pretencioso.

Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.