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Pandemia de franquicias
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Guillermo Balbona | 29-01-2018 | 08:37

El corredor del laberinto: la cura mortal
 2018 142 min.EEUU. Dirección: Wes Ball.
Guión: T.S. Nowlin Música: John Paesano.
Fotografía: Gyula Pados.Reparto: Dylan O’Brien, Kaya Scodelario, Katherine McNamara, Thomas Brodie-Sangster, Nathalie Emmanuel,  Barry Pepper.
Género: Ciencia ficción. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Arranca imitando los asaltos al tren de muchos de los western que forjaron el género. Acaba en un asalto a los cielos que plagia la retórica dramática del ‘Titanic’ de Cameron. Es lo que tienen las franquicias, la gran pandemia del cine de nuestros días, que empiezan imitándose a sí misma y acaba replicando lo que encuentran. La enésima entrega del corredor y el laberinto –hace mucho un mero bucle melancólico que ha dejado sin fuerza el discurso distópico y se ha enredado en la acción pura y dura– ni siquiera se molesta en recordar los antecedentes, o en mostrar flash backs arriesgados para trazar vínculos. Esta ‘cura mortal’, a vueltas con el virus universal y el hallazgo del suero salvador, es plana, carente de intensidad, retórica y muy pasada de minutos. Su vacua pretenciosidad, tanto de mensaje como visual, es tontorrona y resulta hierática en el perfil de los personajes monolíticos y en las situaciones límite que reinventa para que siga el argumento, siempre pendiente de un estúpido mcguffin. Se dice que la humanidad está en peligro como si voceara que los pajaritos cantan. A nadie en la ficción le importa y por lo visto a los fabricantes de la franquicia, basada en las novelas de James Dashner,  tampoco. Lo que verdaderamente interesa, de este y de ese lado, es un resorte de agitación para seguir estirando la presencia de una serie de personajes que corren de una lado a otro entre el peligro, la violencia y el combate físico. Las dudas morales, la textura de la gravedad, la conmoción existencial no existen. Ahora todo es una mayúscula travesía de la supervivencia entre refugios hipster, laboratorios de multinacional y una ciudad vertical donde sus ciudadanos visten mascarillas de diseño. Sin el conocimiento de las anteriores es casi imposible atar cabos, relacionar el vaivén de los personajes y justiciar determinados actos. Apenas importa. Wes Bell es el artífice de toda la saga, una supuesta trilogía que, desafiando la matemática, dudamos se quede en las tres que marca la ley. Esta especie de ‘señor de las moscas’ (cojoneras) con jovencitos reptando hacia las cumbres del poder, ha dejado enterrado en su tercera entrega cualquier atisbo de lucidez y las esencias de la supuesta parábola política, la epopeya sobre lo iniciático, la necesidad de la rebelión, la utopía eterna de la sociedad perfecta…, que asomaban en el fundamento de la saga y que se plantearon cuando existían los muros del laberinto, son ahora meros paisajes de postal mental para seguir metiendo monedas en la maquinita y que las criaturas correteen sin cesar hasta noquear al espectador. Sin originalidad, uno busca el antídoto en la sencillez clásica de aquellos aventureros, personajes y creadores, que anteponían la autenticidad de sus inquietudes y temores a la duración de sus hazañas.

Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.