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Fecha: January 29, 2018
Sin freno de mano
Guillermo Balbona 29-01-2018 | 9:39 | 0

El pasajero (The Commuter)
2018 105 min.EE UU. Dirección: Jaume Collet-Serra.
Guión: Byron Willinger, Philip de Blasi. Música: Roque Baños.
Fotografía: Paul Cameron. Reparto: Liam Neeson,  Patrick Wilson,  Vera Farmiga,  Sam Neill,  Jonathan Banks, Clara Lago. 
Género: Thriller Salas: Cinesa y Peñacastillo

No es sólo un AVE de vía estrecha y sin freno de mano, este tren cinematográfico tiene un jefe de estación con las ideas muy claras, gran parte del trayecto recorrido de antemano y varios supervisores de confianza. No importa si usted ya conoce el billete y el destino. Lo mejor que puede hacer es elegir asiento, esperar el zarandeo, la agitación o el golpe de efecto. Los tiquismiquis y quejicas mejor se abstengan. ‘El pasajero’ no busca la excelencia, sino la precisión. No se detiene en las ideas y los detalles, que los hay, sino en trazar un permanente juego donde el cambio de vía, la parada o el paisaje pueden provocar adicción o mareos. Jaume Collet Serra y Liam Neeson, ya pareja de hecho, regresan por cuarta vez con ese tándem, cineasta/actor, que ha encontrado un filón en un cine fórmula que no sólo no ha pinchado, sino que ha mantenido las espadas en alto. Desde su aparición emergente con ‘La casa de cera’, el español instalado en Hollywood ha alternado las series televisivas con reapariciones muy taquilleras, caso de la inteligente ‘Infierno azul’, un gore húmedo revestido de serie B. Desde ‘Sin identidad’, que abrió en 2011 su particular apuesta por Neeson como aparente ciudadano dispuesto a emprender una nueva vida y al que siempre se le tuercen los planes, el cineasta ha ido salpicando la década con estos thrillers personales, muy planificados, de acción contundente y sembrados por connotaciones sociales y políticas nada amables. En ‘El pasajero’ las alusiones, el legado y los rescoldos de la crisis vertebran la trama aparente: ese recorrido ferroviario, de rutina y pasaje anodino, convertido en un castillo de trampas, apariencias, vueltas de tuerca y solapadas decisiones en un viaje a ninguna parte. Quien busque las cartas marcadas, que las encontrará, debería quedarse en el andén. Este es un Hitchcock de suspense domesticado en un estudio, que alterna el ingenio con la velocidad, narrado siempre con solidez y apenas descuidos. La historieta de este representante de la clase media, que se mueve entre aseguradoras y cuenta con un pasado oscuro, no pide poso ni pose. Mezcla de complot, opresión, claustrofobia, policíaco con prisas, el filme y la propia trama ganan en las distancias cortas, en la celeridad controlada por una puesta en escena muy potente en un espacio cerrado, y pierden eficacia cuando la espectacularidad se convierte en una pequeña dictadora que obliga al déjà vu. Collet abraza su ya subgénero construido junto al actor con la tradición de los trenes, uno de los iconos de la historia del cine. Al montar en este Orient Exprés de cercanías, con guiños a lo ‘Diez negritos’ y un agitado y convulso intercambio de papeles entre el suspense, la sospecha constante y la acción, el entretenimiento está asegurado. A este ‘con el tren en los talones’ se le puede achacar algunas cosas, como reiteraciones y trucos, pero la solvencia, la sorpresa (esos planos en continuidad del arranque), su irónica manera de provocar lo inesperado en la rutina son suficientes razones para no mirar el reloj. Además está Vera Farmina. El destino puede esperar.

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Pandemia de franquicias
Guillermo Balbona 29-01-2018 | 9:37 | 0

El corredor del laberinto: la cura mortal
 2018 142 min.EEUU. Dirección: Wes Ball.
Guión: T.S. Nowlin Música: John Paesano.
Fotografía: Gyula Pados.Reparto: Dylan O’Brien, Kaya Scodelario, Katherine McNamara, Thomas Brodie-Sangster, Nathalie Emmanuel,  Barry Pepper.
Género: Ciencia ficción. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Arranca imitando los asaltos al tren de muchos de los western que forjaron el género. Acaba en un asalto a los cielos que plagia la retórica dramática del ‘Titanic’ de Cameron. Es lo que tienen las franquicias, la gran pandemia del cine de nuestros días, que empiezan imitándose a sí misma y acaba replicando lo que encuentran. La enésima entrega del corredor y el laberinto –hace mucho un mero bucle melancólico que ha dejado sin fuerza el discurso distópico y se ha enredado en la acción pura y dura– ni siquiera se molesta en recordar los antecedentes, o en mostrar flash backs arriesgados para trazar vínculos. Esta ‘cura mortal’, a vueltas con el virus universal y el hallazgo del suero salvador, es plana, carente de intensidad, retórica y muy pasada de minutos. Su vacua pretenciosidad, tanto de mensaje como visual, es tontorrona y resulta hierática en el perfil de los personajes monolíticos y en las situaciones límite que reinventa para que siga el argumento, siempre pendiente de un estúpido mcguffin. Se dice que la humanidad está en peligro como si voceara que los pajaritos cantan. A nadie en la ficción le importa y por lo visto a los fabricantes de la franquicia, basada en las novelas de James Dashner,  tampoco. Lo que verdaderamente interesa, de este y de ese lado, es un resorte de agitación para seguir estirando la presencia de una serie de personajes que corren de una lado a otro entre el peligro, la violencia y el combate físico. Las dudas morales, la textura de la gravedad, la conmoción existencial no existen. Ahora todo es una mayúscula travesía de la supervivencia entre refugios hipster, laboratorios de multinacional y una ciudad vertical donde sus ciudadanos visten mascarillas de diseño. Sin el conocimiento de las anteriores es casi imposible atar cabos, relacionar el vaivén de los personajes y justiciar determinados actos. Apenas importa. Wes Bell es el artífice de toda la saga, una supuesta trilogía que, desafiando la matemática, dudamos se quede en las tres que marca la ley. Esta especie de ‘señor de las moscas’ (cojoneras) con jovencitos reptando hacia las cumbres del poder, ha dejado enterrado en su tercera entrega cualquier atisbo de lucidez y las esencias de la supuesta parábola política, la epopeya sobre lo iniciático, la necesidad de la rebelión, la utopía eterna de la sociedad perfecta…, que asomaban en el fundamento de la saga y que se plantearon cuando existían los muros del laberinto, son ahora meros paisajes de postal mental para seguir metiendo monedas en la maquinita y que las criaturas correteen sin cesar hasta noquear al espectador. Sin originalidad, uno busca el antídoto en la sencillez clásica de aquellos aventureros, personajes y creadores, que anteponían la autenticidad de sus inquietudes y temores a la duración de sus hazañas.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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