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Cerradura sin engrasar
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Guillermo Balbona | 08-01-2018 | 09:23

Insidious: La última llave 

Insidious: The Last Keyaka  2018 103 min. EE UU. Dirección: Adam Robitel.
Guion: Leigh Whannell. Música: Joseph Bishara. Fotografía; Toby Oliver.
Reparto: Lin Shaye,  Angus Sampson, Leigh Whannell,  Josh Stewart,  Caitlin Gerard, Kirk Acevedo.
Género: Terror. Salas: Cinesa y Peñacastillo

La parapsicóloga Elise Rainier se va mereciendo una serie propia, al estilo de ‘apariciones sin resolver’. O quizás un puesto fijo en la plantilla de Cuarto milenio. El resto, es decir, el cine, ya tiene poco razón de ser en ‘Insidious’, otra de esas sagas mutantes  que tira de adeptos propios y que se ha convertido ya en una tímida caricatura de sí misma y en otra de esas agotadoras entregas en que siembran y, más rellenan, el cine actual. Ahora el también actor Adam Robitel, cineasta de ‘The taking of Deborah Logan’ dirige con desgana la cuarta entrega con el epígrafe añadido de ‘La última llave’ que no será, seguramente, si no la enésima vuelta de tuerca de un combinado poco agitado de casa encantada, dosis sobrenatural y fantasma a este y al otro lado del espejo. En este caso la excusa es un viaje a los recuerdos y una incursión espectral en la infancia de la protagonista. Dicho así la cosa prometía. Pero lo de destripar los cadáveres familiares, hurgar en el morbo de las entrañas de los personajes supone demasiada ambición para este catálogo ikea de lo sobrenatural donde no faltan los sustos de marca, las sorpresas que dejan de serlo y la atmósfera viscosa envasada y con fecha de caducidad. La ambigüedad y y el tono difuso no ayudan a abrir la cerradura sin engrasar de esta entrega. Una vía humorística mal encajada; confusión en la narración de los hechos; y cierta desidia a la hora de generar un cierto ambiente que permita alentar la curiosidad suficiente como para mirar por el ojo de esa cerradura que muestra el más allá. El juego de dimensiones, la falta de carisma y la diversidad de tonos no casan y la sensación de batiburrillo entre sustos y trucos se diluye en la vulgaridad y la monotonía. Lin Shaye está en su sitio y es lo único que permite mantener la atención. La paradoja, el verdadero enigma, es cómo puede resultar intrascendente un filme que habla de la trascendencia. A su lado nunca acaba de funcionar esa pareja de cazafantasmas que chirría en un conjunto con acumulación de ingredientes pero poco fino en el suspense. Precuela de precuela, es lo mismo, escasea la imaginación y el filme se limita a cumplir con la fórmula y a dosificar los nombres del mal. La rutina impide dar vuelo a lo extraño y el filme se acomoda en la primera y se diluye en lo segundo. Huérfano del verdadero terror, abandonados a espíritus y demonios que parecen parientes que regresan por Navidad, solo queda aferrarse a la doctora Elise, la única humana y empática de este supermercado del susto todo a cien. Una entrañable profesional, como actriz y su personaje, que propicia de su mano cruzar tímidamente al otro lado para atisbar algo de cine.

Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.