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Fecha: January, 2018
Postales desde el filo
Guillermo Balbona hace 5 horas | 0

Thi Mai, rumbo a Vietnam 

2018 90 min. España. Dirección: Patricia Ferreira. Guion: Marta Sánchez.
Fotografía: Sergi Gallardo. Reparto: Carmen Machi,  Adriana Ozores,  Aitana Sánchez-Gijón,  Dani Rovira, Luis Bermejo.
Género: Comedia. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Lo cierto es que Hanoi podía esperar. Esta endeble, a veces disparatada ocurrencia argumental, con la adopción de fondo, discurre entre el déjà vu y el sonrojo. Lo malo no es la vulgaridad anecdótica que sostiene, es un decir, el periplo de unos personajes tan pretendidamente simpáticos como vacíos, sino que se haya desaprovechado el talento de unas grandes actrices en semejante cuento artificial. Chantajista en lo emocional, ramplona cuando algunos momentos pedían aliento dramático y absolutamente superficial en su propuesta de viaje con equipajes cargados de razones, ‘Thi Mai, rumbo a Vietnam’ es una historieta de guiños televisivos, sin atisbo de hondura y que sólo busca enganchar desde lo facilón y lo previsible. La restitución emocional, la manipulación sentimental, el toque racista y el exotismo de los contrastes y colisiones culturales para buscar la gracieta, además de ya vistos y exprimidos, resultan muy torpes, en algunos casos molestos. Patricia Ferreira, que nunca ha abandonado una veta de compromiso desde que debutara con la excelente ‘Sé quien eres’, sin renunciar al documental como en ‘Señora de’, y con incursiones comerciales interesantes como ‘El alquimista impaciente’, parece buscar aquí con todas las concesiones posibles, una clara apuesta taquillera que, además de fallida, nunca encuentra ni el tono ni la empatía mínima. De Pamplona a Hanoi como un sanfermín de tres mujeres y un guía accidental, en busca de una niña vietnamita en adopción, la cosa  se mueve entre estereotipos, tira de manual y ritmo funcional y se apoya en unos intérpretes que siempre están en su sitio pese a que el guion no  les permite torcer renglones ni acudir a los márgenes. La paradoja es que la supuesta comedia, siempre en la superficie, vulgar y tontorrona (episodios como el de la pareja gay o el de la comida vietnamita rozan el ridículo) la película escondía un drama nada desdeñable que aflora en dos o tres secuencias sostenidas y sólidas gracias al trabajo de Carmen Machi. Pero este ‘españolas por el mundo’ sin riesgo, tirando de tópicos, desdeña esa vía, la de los afectos para asentarse en un juego de postales vietnamitas desde el filo del exotismo cultural vomitivo, con poca gracia dicho sea de paso. La cineasta de la interesante ‘Los niños salvajes’ deposita todo su talento en dejar que la única verdad que exuda su película resida en sus tres protagonistas, que defienden lo indefendible gracias a su potencial porque a Machi se suma Adriana Ozores y Aitana Sánchez Gijón dando lecciones de saber estar pese al patetismo que, en muchas ocasiones, invade los respectivos ecosistemas de sus personajes encasillados y metidos con calzador, atorados en un perfil acomodaticio. Una lástima porque entre los pliegues de esta pseudocomedia adulterada y vulgar asoma su cabecita un drama femenino sobre la soledad y el dolor que hubiera necesitado de otro viaje y trayectos con un destino que probablemente no está en ningún mapa.

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Ira y redención
Guillermo Balbona hace 5 horas | 0

Tres anuncios en las afueras 
Three Billboards Outside Ebbing, Missouri 2017 112 min. EE UU.
Dirección y guion: Martin McDonagh. Música: Carter Burwell. Fotografía: Ben Davis:
Reparto: Frances McDormand,  Woody Harrelson,  Sam Rockwell, Peter Dinklage, John Hawkes,  Abbie Cornish.
Género: Drama. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Es un hábitat de personajes desgarrados. Cada uno vive y convive con sus propias heridas. En la era de la tecnología, de internet y la comunicación más sofisticada, aflora con contundencia un relato de palabras secas, sílabas que  asoman como esputos de sangre, vallas, carteles, anuncios y cartas. Las palabras, a modo de desesperados dardos, se exhiben como animales en extinción en un mundo de imágenes. ‘Tres anuncios en las afueras’ es un filme mestizo y camaleónico. La comedia está disfrazada de drama, y viceversa. Uno puede regodearse en los tonos cruzados de sus criaturas y asentarse en la tragedia íntima donde sólo hay caricatura. O bien soltarse con una carcajada catártica donde sólo hay gestos deslumbrantes de amargura. Es la película de un dramaturgo y quizás eso se aprecia sin resultar molesto en su escritura y estructura de entreactos huérfanos pero también cosidos a fuego, sin fisuras. La historia de esta madre coraje instalada en la América profunda, como un drama de Ibsen donde la ira y la redención mantienen un constante tira y afloja, posee un salvajismo y una entraña de barbarie que se manifiesta con inquietante naturalidad. El cineasta de ‘Escondidos en Brujas’ revela su personalidad visual, su potencial narrativo, sus ganas de contar y su implacable descripción de unos personajes sin descuidar nunca la atmósfera, el retrato de la colectividad y la metáfora, siempre tentadora, de la América presente de Trump y su verborrea y torrencial demostración de racismo. Es cierto que el filme de Martin McDonagh es fácilmente asociable al mundo de los Coen, y ‘Fargo’ en particular, (teniendo  en cuenta que la inmensa actriz Frances McDormand, esposa de Joel Coen, es la protagonista arrolladora de ‘Tres anuncios…’) pero su uso de la violencia, el humor más descarnado y la desnudez salvaje que tensionan el filme se aleja de esa referencia con voz e imagen propias. Un cuento en rojo y negro con tres vallas, tres cartas y tres criaturas que vehiculan el dolor, sangran sus complejos y sueños y miran de frente al destino. Un artefacto que admite todas las etiquetas. Un híbrido de tonos y géneros con las ideas muy claras. Un western moderno que mantiene duelos con la comedia y el drama donde el equilibrio es la norma que dispara certeramente sobre el mundo. Ese pulso entre la rabia y la venganza, la ternura y el odio, la ignorancia y la violencia, el silencio cómplice y el monosílabo rotundo arropan este arrebato de crueldad y cabreo, sombreado por una amargura honda y letal. La cuarta valla y la cuarta carta las ponen los espectadores.

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La palabra en la batalla
Guillermo Balbona hace 5 horas | 0

El instante más oscuro
Darkest Hour 2017 125 min. Reino Unido.
Dirección: Joe Wright. Guion: Anthony McCarten
Música: Dario Marianelli. Fotografía: Bruno Delbonnel.
Reparto: Gary Oldman,  Ben Mendelsohn,  Kristin Scott Thomas,  Lily James,  Stephen Dillane, Richard Lumsden,  Philip Martin Brown,  Brian Pettifer,  Tom Ashley,   cke
Género: Drama. Salas: Cinesa y Peñacastillo

No es un biopic. Y sortea con distracciones, atmósferas y virtuosismo, el tono hagiográfico tan frecuente en estos perfiles. Es más bien una vibración, un latido político, un hombre en el laberinto de un agitado mes, que resulta ser una encrucijada decisiva tanto en su biografía particular como en la del mundo que lo rodea. Retrato o excusa, Churchill se mueve entre el látex del maquillaje que esconde al actor Gary Oldman para descubrir al primer ministro británico, y las imágenes sibaritas, entre filigranas y subrayados que imprime a la narración el cineasta Joe Wright. En tiempos de ‘Brexit’ reivindicar la figura del mandatario y rey de la oratoria resulta tan suspicaz como perverso. Si el nivel político actual de los dirigentes del Reino Unido fuera mínimamente cercano al del Primer Ministro británico, su marcha de la UE  sólo podría interpretarse de una manera: el que quedara aislado sería el continente. El director de ‘Expiación’ (últimamente imbuido en la serie ‘Black mirror’) obvia el análisis de actualidad y fija la atención en la superficie del popular político. El suyo es un filme de citas visualizadas a través de esa tendencia de Wright por el álbum de imágenes impecables, elegantes, de planos y movimientos de cámara que parecen buscar lo imposible. Vemos el mundo como una pecera a través del ojo de Churchill mientras transitamos por un tiempo convulso sin saber si llegaremos a la orilla.  Jonathan Teplitzky, con la interpretación de Brian Cox al frente, se acercó al mandatario en pantalla hace apenas unos meses y, de manera colateral,  ‘Dunkerque’ de Christopher Nolan retrataba el reverso: la victoria moral de una masa anónima. Curiosa y paradójicamente ‘El instante más oscuro’, pese a su destreza con las imágenes –las miradas del líder hacia el pueblo desde un vehículo, o el virtuosismo para evitar que tanto despacho y duelo verbal condicionen este thriller político–, alcanza sus momentos más emotivos y auténticos cuando vibra la palabra épica del discurso de Churchill, cuando en una escena afectada pero tremenda en su efectividad el político viaja en el metro con los ciudadanos y ratifica que lo importante es la lucha final contra el fascismo y no cabe la rendición. El resto es superficie, no hay hondura ni en el retrato del personaje ni de quienes le rodean, caso de la desaprovechada figura de su esposa, encarnada por la siempre intensa Kristin Scott Thomas. No obstante, el manierismo del cineasta y la brillantez del discurso, bien macerado por el guión, logran momentos atractivos. Oldman, mas allá de la máscara, consigue transparentar matices tras la piel y la gesticulación. Rabia, fuego, temblor y leyenda. Lo que huele a verdad, lo más necesario al cabo, es ese estremecido elogio de la palabra movilizada en la batalla, que construye la gramática esencial de la supervivencia y la épica de la utopía.

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Un acto de fe
Guillermo Balbona 11-01-2018 | 9:25 | 0

The Disaster Artist
2017 106 min. EE UU. Dirección: James Franco.
Guion: Scott Neustadter, Michael H. Weber (Libro: Greg Sestero, Tom Bissell).
Música: Dave Porter. Fotografía: Brandon Trost.
Reparto: James Franco,  Dave Franco,  Seth Rogen,  Ari Graynor,  Alison Brie, Josh Hutcherson,  Zac Efron,  Jacki Weaver,  Sharon Stone,  Bryan Cranston.
Género. Comedia . Sala: Cinesa

 Al margen del culto al culto que exuda este ceremonioso, respetuoso, exaltado, divertido y entregado retrato de amor al cine,  ‘The Disaster Artist’ constituye una de las mejores  invitaciones a descubrir los entresijos de este lenguaje sí, pero sobre todo de esta manera de mirar y reflejarnos. Los espejos cinéfilos superpuestos y solapados que propone James Franco son una entusiasta singladura de cine dentro del cine, un acto de fe que discurre desde la comedia con una amargura honda e implacable. El éxito y el fracaso, la realidad y la ficción, los límites de la ambición, la honestidad, el talento y la propia capacidad para fabricar o crear son factores sembrados por este retrato en estado salvaje que el actor y director (hace mucho  tiempo que la desmesurada egolatría de James Franco se refleja en decenas de puntos de mira creativos) traza entre la celebración y sexto sentido crítico. Este ‘Ed Wood’ del siglo XXI – su incursión en el perfil de Tommy Wiseau, autor de un título ya de culto (la cual desde 2003 llena las salas estadounidenses como un ritual de reverencias )y que pasa por ser la peor película de la historia, ‘The Room’– muestra una gran diferencia con la mirada de Tim Burton. A este le interesaba sobre todo, como le corresponde, la rareza y la diferencia desde cierta poética, mientras que Franco se fija en el triunfo de la voluntad, en esa locura de amistad y canto al cine donde lo ridículo y lo encantador, lo sublime y lo amargo conviven con extraña naturalidad. En un determinado momento del caótico rodaje de Wiseau, reproducido por ‘The disaster artist’ (no se pierdan las maravillosas tomas paralelas finales) el grupo de personas, actores y técnicos, que se dan cita en el set durante un descanso, coinciden en vaticinar que el filme será un pésimo proyecto pero, a su vez, revelan su convencimiento de que solo dentro de él su vida tiene sentido. El cine como lugar en el mundo está muy presente en este desquiciado personaje, recreado con enorme lucidez por el actor/director, jugando con lo que transparenta y oculta, como resorte catártico de lo que ha sido y es Hollywood y como caricatura de un entrañable cantamañanas al que se le retrata no con compasión, sino con rotunda precisión. La otra gran arista que exprime Franco es que, más allá del cine, estamos ante el ecosistema de unos inadaptados. Sarcástica e inteligente, la cinta reflexiona sobre la representación, la copia, la demencia, la desesperación, lo falso y nuestra capacidad para asumir, rechazar o participar de todo ello. El delirio, como en esa toma repetida inútilmente 50 veces, y lo ridículo se aúnan en un homenaje a lo mal hecho y cutre desde la fascinación del asombro. Una declaración de amor apasionada sobre la pasión de un disparate. Sueños truncados, pero sueños.

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Pecado mortal
Guillermo Balbona 09-01-2018 | 10:05 | 0

Que baje dios y lo vea  
 2018 España. Dirección y guion: Curro Velázquez.
Música: Fernando Velázquez.
Fotografía: Unax Mendia. Reparto: Karra Elejalde,  Alain Hernández,  J.M. Montilla «El Langui»,  Macarena García, Tito Valverde,  Joel Bosqued,  Paco Rueda,  Txema Blasco.
Género: Comedia Salas: Cinesa y Peñacastillo

Lo malo no es solo su tono de decadencia, sino su anacronismo, su vulgaridad y su comicidad chistosa de andar por casa…, al menos por la casa de Dios. Un argumento sin gancho, simplista, tedioso y rutinario. Si se trataba de levitar desde la comedia, la cosa no da ni para un rezo. Comulgar con este cine de corte televisivo, basado en el chascarrillo y en la gracieta fácil, da grima. ‘Que baje Dios y lo vea’, que se asemeja a uno de aquellos artefactos de la transición entre ‘Las autonosuyas’ o los interpretados por Ozores, Pajares y Esteso, deambula como un zombie con sotana por un supuesto enredo de seminaristas y fútbol. A lo mejor los artífices de este esperpento, encabezados por el guión y la dirección de Curro Velázquez, se lo han pasado celestialmente bien, pero para el espectador este pecado de comedia mortal discurre entre lo insulso y el aburrimiento. Un monasterio en quiebra, una ‘ingeniosa’ Champion Clerum (aunque al parecer la idea ya está explotada) y una congregación muy poco cinematográfica, en definitiva, a la espera de que el espectador otorgue su bendición en taquilla. Como en buena parte de las series y las fuentes televisivas de las que mama este adefesio el reparto es lo único destinado a la salvación pero ni el efecto Karra Elejalde ni una galería de secundarios notable puede redimir mucho la situación. Comedia blanca hasta lo invisible (ni blasfemias ingeniosas ni patadas provocadoras), con personajes vacíos y escasa solidez, el filme deambula sin sentido y cambia su simpatía inicial por un vaivén insustancial de humor grueso, facilón y convencional. Las escenas de los enfrentamientos deportivos y el vínculo de la tentación entre el seminarista dubitativo y la joven atractiva huele a bobería rancia. Con todo, lo más lamentable es la falta de riesgo, la monotonía del relato, su escasa habilidad para la empatía que demuestra el director que no aplica ninguna diferencia entre su largometraje como debutante y su ‘Chiringuito de Pepe’ televisivo. Frailes y fútbol chutando al aire entre provocaciones intrascendentes e intentos de divertimiento, la ópera prima lo único que demuestra es su inconsistencia, cuando no su propia existencia. El costumbrismo sin acidez ni entrega, su voluntariosa pero simplona puesta en escena no logran levantar el vuelo de la sotana en ningún momento. No contentará ni a los comulgantes a los que les vale todo ni a los apóstatas de comedias melifluas. Repasar  todo el catecismo canónico del género sería inútil. La cosa es imposible de enderezar.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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