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Fecha: December 5, 2017
caras, máscaras… personas
Guillermo Balbona 05-12-2017 | 10:50 | 0

Wonder
2017 113 min. Estados Unidos. Dirección: Stephen Chbosky. Guion: Steve Conrad, Jack Thorne (Novela: R.J. Palacio).
Música: Marcelo Zarvos.
Fotografía: Don Burgess. Reparto: Jacob Tremblay,  Julia Roberts,  Owen Wilson,  Mandy Patinkin,  Millie Davis, Izabela Vidovic,  Ali Liebert,  Elle McKinnon, Bryce Gheisa.
Género: Drama. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

 El chantaje emocional es obvio. Las ganas de agradar también. La opción sentimental (atrapar a través de las lágrimas, la compasión y el zarandeo de la fibra más epidérmica) es la primera elección. Y pese a ello subyace en ‘Wonder’ una nada despreciable actitud a la hora de presentar la radiografía social, familiar e íntima de un niño con una malformación facial. Por supuesto domina la primera elección y el filme de Stephen Chbosky se relame en el buenismo, en la redención y en la superficial mirada sobre la tolerancia y las etiquetas de lo correcto que están a punto de hacer naufragar la geografía escolar y la otredad que dibuja la historia a través de la visión de sus principales protagonistas: la hermana, la madre, la amiga y el amigo de quien se enfrenta a la marginación, la burla y el desprecio de los demás. Funciona la metáfora espacial, el doble juego con el sistema planetario y el simbolismo de vivir en una atmósfera especial y acotada, junto con las alusiones a ‘Star Wars’. Un cielo protector particular que el niño protagonista alimenta con su imaginación. El cineasta de la apreciable ‘Las ventajas de ser un marginado’ no termina de explotar esa vía fantástica que podría haber equilibrado su rozadura permanente con el manual de autoayuda y el paisaje idílico. ‘Wonder’, demasiado tramposa en su tramo final, se expone sólo pendiente de generar empatía y de manipular en exceso la anomalía y el entorno de las personas con discapacidad. El ingenio y la elegancia que en ocasiones asoman; la simpatía y una cierta dulzura amarga, que también, están siempre subordinadas a lo previsible, la sensiblería fácil y el factor manipulador, más las continuas lecciones de compasión y corrección política. Salvo los momentos más íntimos y pese a un buen reparto el filme va perdiendo autenticidad a medida que destila una bondad de eslogan publicitario, eludiendo lo comprometido y evitando escarbar en lo desgarrador o en el miedo a lo diferente. El símbolo del casco espacial terapéutico y simbólico a la hora de mirar de frente a la diferencia parece que no se lo  ha aplicado el propio filme , muy lejos de la excelente ‘Máscara’ de Peter Bogdanovich. Es precisamente en el lado de la comedia donde se asienta lo mejor del tratamiento de la historia, que se alivia y se distancia, se despoja de lo amanerado para mostrarse sincero y desnudar muchas veces la rareza de la normalidad. Por ello, quizás, la fantasía de la batalla intergaláctica sigue siendo más humana que el manual bonachón y lacrimógeno al que apela la cinta como la última de las cirugías estéticas.

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El ojo de un martillo
Guillermo Balbona 05-12-2017 | 10:48 | 0

En realidad, nunca estuviste aquí
You Were Never Really Here. 2017. 95 min. Reino Unido.
Dirección: Lynne Ramsay. Guion:Ramsay (Novela: Jonathan Ames).
Música: Jonny Greenwood. Fotografía. Thomas Townend.
Reparto: Joaquin Phoenix,  Alessandro Nivola,  John Doman,  Judith Anna Roberts, Alex Manette,  Ekaterina Samsonov,  Kate Easton,  Jason Babinsky. 
Género: Drama. Salas: Peñacastillo

Audaz, seca, implacable y contundente. Una historia que discurre en el presente salpicada por un pasado fragmentario, traumático y oscuro. ‘En realidad, nunca estuviste aquí’ es el retrato de una criatura cuya existencia discurre en la cuerda floja entre los recuerdos y una depurada consciencia de la tristeza y lo inevitable. Hay quien pueda pensar que la cineasta Lynne Ramsay (una de la estilistas del momento) está más interesada en generar hallazgos visuales y en jugar con una gramática rupturista y algo provocadora. Nada de eso. El relato de este ex marine solitario, que vive con su madre y dedica su tiempo a salvar mujeres de las garras de la explotación sexual o de algunos depredadores, se postula como una dura, amarga y desgarrada incursión en el mal, en las entrañas de ese territorio social invisible en el epicentro de la corrupción donde suceden sangrías, heridas y cicatrices. La directora escocesa firma un filme sin concesiones, con vocación de estilo y cuidadoso hasta el paroxismo en lo formal desde el primero hasta el último plano. En aparente y permanente austeridad y audacia expresiva, agitación moral y turbiedad se combinan con una mirada inquietante e intrépida que provoca más de un estremecimiento. Desde Melville a Scorsese o Jarmusch, de ‘Taxi driver’ a ‘Drive’ esta historia ya se ha contado. No es eso lo importante. Sino la disección visual que zarandea lo humano y existencial a través de la presencia/ausencia de un hombre anclado en el nihilismo y en el vacío atormentado, un antihéroe que, como un ángel exterminador, afronta la inmediatez para rendir cuentas con el pasado. Hay poco espacio para la redención y, por contra, cabe toda la dimensión del mundo para mostrar esas oquedades de violencia extrema, de desgarro y martillazo físico (literal) y moral. Los contrastes entre las escenas caseras e íntimas del personaje con su madre y el ataque feroz a un burdel visto a través de cámaras de videovigilancia dan la medida de este equilibrado pero extremadamente planificado documento. A lo Bresson, con mucha sutileza y elegancia, de forma elíptica, sin barroquismos ni efectismos, la cineasta de ‘Tenemos que hablar de Kevin’ intercala un diálogo visual casi perfecto entre imagen y sonido y otro, más impostado pero sin abuso, que es el de intercalar flashes de la biografía del protagonista, a modo de un diario fragmentario y de memoria truncada, en un ejercicio higiénico de transgresión del montaje. Una película despojada, con la coartada de una interpretación excelente de Joaquin Phoenix, entre imágenes alucinatorias y una asfixia que deja al espectador noqueado. Una tierna bestialidad que inocula un rastro de sangre y reflexión.

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Eclipse de móvil
Guillermo Balbona 05-12-2017 | 10:47 | 0

Perfectos desconocidos

2017 96 min. España. Dirección: Álex de la Iglesia.
Guion: Jorge Guerricaechevarría.
Fotografía: Ángel Amorós.
Reparto: Belén Rueda,  Eduard Fernández,  Ernesto Alterio,  Juana Acosta,  Eduardo Noriega, Dafne Fernández,  Pepón Nieto.
Género: Comedia. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Entre las apariencias y los secretos, entre la hipocresía y las vidas acotadas que preservan ciertos territorios. Entre lo social y lo íntimo. Entre watshapps y llamadas anda el juego. ‘Perfectos desconocidos’ es una comedia amarga de engranaje casi perfecto, un juguete perverso de siete bandas anchas humunas en permanente cobertura vital. En esta cena a tumba abierta, en este eclipse de móvil (esta vez sí suena justificadamente en las salas) hay una ácida conexión y sintonía que congela sonrisas, propone carcajadas y riza el rizo de lo público y lo privado con inteligentes diálogos y situaciones jocosas. Vuelta de tuerca de un filme italiano de Paolo Genovese, el tándem Alex de la Iglesia/Jorge Guerricaechevarria regresa con esta bomba de relojería de tiempos ajustados, sutiles miradas y un excelente despliegue interpretativo coral entre siete amigos, tres parejas y un hombre, en una cena casera durante una noche de luna de sangre. Los móviles, el artefacto que ha sustituido a los cigarros y el humo en las películas, son el factor desencadenante, el eje vertebrador y agitador que zarandea el estado de las cosas. Vidas secretas, dobles y triples vidas enseñan aquí sus desnudos integrales entre plato y plato, copa y copa y mensajes inoportunos. El cineasta de ‘Acción mutante’ sacrifica su universo visual más reconocible a cambio de volcarse en una dramedia rotunda de ritmo incisivo y contagioso. Una obra de cámara sin tregua que arranca en lo previsible y prosigue en el desconcierto, siempre con el tono adecuado y una brillante coreografía que elude la teatralidad, burla lo inamovible y, sin apenas exteriores (una calle, el cielo de la noche, un taxi…), logra insertarse en el subgénero de ‘reencuentro de amigos’ (de Kasdan a Branagh) en un ejercicio de catarsis tan divertido unas veces como amargo otras. Un juego de la verdad entre pantallas, tonos y equívocos con el poderoso influjo de un vodevil que transparenta todo el talento de una dirección de actores descomunal. El cineasta bilbaíno se contiene, deja a un lado la desmesura barroca de muchos de sus filmes como en el tramo final de ‘El bar’, su anterior título, y se vuelca en los demonios interiores y las máscaras de ese baile entre lo aparente y lo oculto donde se deslizan pasiones, obsesiones y siempre suena un móvil inoportuno. Esta cita coral, a modo de sexo mentiras y teléfonos, conjuga con destreza la sencillez, el toque fantástico –siempre al borde de lo epatante pero medido y sujeto–, y la tensión. Un ágape emocional 2.0 que sangra por los cuatro costados la superficialidad de un tiempo asentado en el cinismo de las convenciones.

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Un mirón creativo
Guillermo Balbona 05-12-2017 | 10:43 | 0

El autor

2017 112 min. España. Dirección: Manuel Martín Cuenca.
Guion: Martín Cuenca, Alejandro Hernández (Novela: Javier Cercas).
Fotografía: Pau Esteve Birba.
Reparto: Javier Gutiérrez,  Antonio de la Torre,  Adelfa Calvo,  María León,  Adriana Paz, Tenoch Huerta,  Rafael Téllez,  Craig Stevenson.
Salas: Cinesa y Peñacastillo

Sobria, que no austera. Sutilmente ácida. Y químicamente encendida por una metáfora de página en blanco y existencia vacía. En la fusión paralela o solapada del escritor atormentado y del hombre que colisiona con su nihilismo aflora ‘El autor’, la historia de un voyeur que construye su particular 13 rúe del Percebe como un ejercicio de sintaxis sobre la condición humana. Curiosa disección social, parábola amarga con cierto regusto negro, hay algo del cine de Losey en este cuento urbano de patio de vecinos y mirón creativo en busca de personas mutadas en personajes. Puede verse como el retorcido proceso de un manipulador, o como la enfermiza obsesión de un buscador de historias al que ni el sueño ni la realidad le satisfacen. Un acierto visual que escucha conversaciones, genera sombras chinescas y acota un juego de mesa y tablero humano con más deseos que reglas. Manuel Martín Cuenca, como ya dejara claro en ‘El caníbal’,  vuelve a revelar su estilizada mirada y elegancia reflexiva a través de un protagonista, Javier Gutiérrez, que da una lección una vez más de interpretación lúcida pese a su profusa aparición ahora en películas y series. Todo se presenta desnudo, abierto y aparentemente superficial. Pero el filme siembra su argumento con capas de contrastes, contradicciones, miradas introspectivas y una hondura delicada que saca los colores sociales, recorre las heridas y depura las entrañas existenciales. Es cine inteligente, que se mastica, rotundo, sin fisuras. Adaptación de una obra de Javier Cercas, ‘El autor’ despieza la realidad y ofrece una visión poliédrica, un arcoíris sincero y brutal que provoca incomodidad, sospechas, veladuras y cierto estremecimiento. El filme es una pared blanca con fondo negrísimo donde cada criatura es carne de escritura. En escasas semanas hemos pasado de ese sutil extrañamiento sobre la lectura que es ‘La librería’ a este relato desconstruido sobre el oficio de escribir que, al cabo en ambos casos, resulta ecuación de la propia vida. La curiosidad, el mundo cotilla, la intromisión, la otredad, lo ajeno como propio, y viceversa, se suceden en esta enredadera siempre con las cartas boca arriba y las intenciones boca abajo, que se elevan como factores de este rizo nada forzado donde la naturalidad de lo cotidiano es una trampa, un juego, una cómplice búsqueda de un lugar en el mundo. Perturbación, extrañeza, temblor, normalidad y, por tanto, inquietud. Una mirilla para ver el mundo y un espejo donde (re)conocernos.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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