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Una de pillos
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Guillermo Balbona | 02-10-2017 | 07:16

Operación concha

2017 99 min. España Director: Antonio Cuadri.

Guion: Patxo Tellerí y Cuadri. Música: Darío González Valderrama.

Fotografía: Josu Incháustegui. Reparto: Jordi Mollà, Karra Elejalde, Unax Ugalde,  Ramón Agirre, Bárbara Goenaga.

Género: Comedia. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Se sitúa en la picaresca y la simpatía, adherida a esa coartada de comedia coral y enredo. Una de pillos que enseña los dientes pocas veces y deposita todo su bagaje en los giros de cine dentro del cine sin, paradójicamente, abandonar cierto aire televisivo. ‘Operación Concha’, presentada estos días como era lógico y oportuno en el Festival donostiarra, no logra ni ese caos contagioso de los argumentos con chispa ni arrastrar con sus subrayados de cine dentro del cine. El juego del doble, la suplantación, las capas solapadas de argumentos y personajes cruzados están ahí pero carecen de unidad y de fuerza. La tensión de toda buena comedia es aquí un deslavazado y diluido juego de pícaros adictos al mundo del cine que tratan de sacar tajada de esa mezcla de oportunistas, fascinados por las apariencias, y la lluvia de estrellas que vive en aparente lujo. Pero en ‘Operación Concha’, donde conviven desiguales interpretaciones, la mayor parte de chistes, más que de gags, y los tempos de la comedia están fuera de sitio o llegan tarde. Antoni Cuadri, su director, que ha desarrollado una trayectoria prolífica en el mundo de la televisión, persigue en su quinto largometraje  los mimbres de una comedia alocada y cuando saca en el tramo final un arrebato de amargura sobre los cómicos, el oficio de hacer cine y de vivir que, al cabo, es el mismo, la película ya parece derrotada. Hay algo anacrónico en este relato que se mueve entre lo paródico, ‘Nueve reinas’, los homenajes al cine y un descarado retrato de postal de Donosti. El equilibrio resulta difícil cuando los momentos divertidos, muy ocasionales y esporádicos, la débil energía y el escaso entusiasmo pretenden ser los artificios de un mecanismo de relojería que no es tal. A la película se le ven las costuras, hay actores descolocados porque sus personajes son meras caricaturas o porque las subtramas que defiende son falsos pegotes como la de la red mafiosa rusa que actúa de desencadenante. Casi todo se antoja demasiado burdo, falaz y tosco. Y esa irregular disfunción de las tramas se traslada a los intérpretes. Afortunadamente el talento de Jordi Mollà permite sostener el andamiaje de la comedia con su sutil virtuosismo para los acentos, acompañado por Karra Elejalde, que siempre logra ir un paso más allá de lo que le ofrecen sus papeles. Esa combinación de humor, glamur y devoción por el cine, con el Festival de San Sebastián como coartada, no cuaja y resulta perezosa y poco elegante, salvo algunos planos de la ciudad y los arrebatos que logra destilar Mollà de su doble caracterización. Ese punto de locura gestual, o ese necesario latido travieso, granuja y tunante apenas se enuncia y casi nunca se respira. Una de timadores y buscavidas con escasa consistencia y mucha engañosa envoltura. Va de dar gato por liebre, pero precisamente ella no lo consigue.

Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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