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Fecha: October 2, 2017
Electroepifanía
Guillermo Balbona 02-10-2017 | 8:20 | 0

La llamada

2017108 min. España. Directores y guion: Javier Ambrossi,  Javier Calvo.

Música: Leiva. Fotografía: Migue Amoedo.

Reparto: Macarena García, Anna Castillo,  Belén Cuesta, Gracia Olayo, Richard Collins-Moore.Comedia.

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Posee brotes verdes deslumbrantes y caprichosas salidas de tono. Es tan descarada como ingenua y su encanto tras la aparente provocación o la irreverencia puntual, que no es tal, reside en el estado de gracia de las interpretaciones. Para ser una comedia musical ‘La llamada’ –que parte de una obra teatral convertida con poco ruido en todo un fenómeno–, desprende baches y algunos chirridos de ritmo. Carece de esa decidida valentía que tienen los grandes musicales que no lo parecen como el Lars von Trier de ‘Bailando en la oscuridad’. A cambio, ofrece un torrencial material espontáneo, entre dulzón e irónico, que no tiene miedo a destilar postureo o a ser empalagosa. Es un carpe diem, a lo Viva a la gente, con Dios haciendo de cronner hortera y fogonazos de trascendencia entre el reguetón, la biblia, los hábitos, el evangelio del amor y Whitney Houston en una oración musical intermitente. No dejará indiferentes. A ‘La llamada’ uno se puede enganchar con una mezcla de simpatía y desazón, o rechazar la extraña empatía que en los momentos débiles corrigen un puñado de actrices que contagian una volcánica sensación de vida, con sus diálogos gaseosos y sus chispeantes arrebatos. Hay momentos en que Javier Ambrossi y Javier Calvo, dos jóvenes que no sólo son los responsables de la obra independiente que ahora ha saltado a la pantalla, sino que vienen salpicando con su talento varios productos televisivos, parecen dudar del rumbo de su adaptación y se debaten entre la fidelidad teatral y el riesgo. Pero la vis cómica, el buen rollo, que no el buenismo, y la facilidad para deslizarse por una serie de cuestiones sin caer en la polémica ni en el misticismo, permiten que triunfe cierta alegría de vivir y frescura. Por el contrario la superficialidad sembrada de arrebatos dramáticos erosiona esa escalera hacia el cielo musical de lo arriesgado y sorprendente al que parece apelar. Un esmoquin de lamé, una cabaña milagrosa, una cocinera camella y un recuerdo para Presuntos implicados. Hasta Karina y Marisol hubieran tenido un hueco. Lo kitsch, lo ridículo, lo sublime conviven por igual en este campamento cristiano de verano con sus monjitas y su tirolina. La cosa va de experiencias transformadoras, pero también de ese zumbido de haz lo que debas, de vive y deja vivir. Frente a la reiteración en las apariciones de Dios con pose teatral, la película ofrece momentos excelentes como el número country, o ese montaje paralelo entre el baile latino y las posturas del rezo, que revela ingenio y frescura, nunca ofensa. ‘La llamada’ es un musical tímido que sus criaturas hacen grande a ratos. Un divertimento con mucha materia prima ácida dentro pero que se consume en pequeñas dosis de simpatía no adulterada. No obstante, su máxima revelación nace de cuatro actrices que garantizan la espontánea levitación de saber sortear el artificio para mostrar una punzante ilusión. Macarena García y Anna Castillo, en duelos de complicidad, y las inmensas Gracia Olayo y Belén Cuesta que recitan de memoria toda la biblia de la interpretación. Tengan fe en ella y déjense llevar. Un filme apto para ateos y agnósticos hechizados por la gracia de un dios musical.

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Una de pillos
Guillermo Balbona 02-10-2017 | 8:16 | 0

Operación concha

2017 99 min. España Director: Antonio Cuadri.

Guion: Patxo Tellerí y Cuadri. Música: Darío González Valderrama.

Fotografía: Josu Incháustegui. Reparto: Jordi Mollà, Karra Elejalde, Unax Ugalde,  Ramón Agirre, Bárbara Goenaga.

Género: Comedia. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Se sitúa en la picaresca y la simpatía, adherida a esa coartada de comedia coral y enredo. Una de pillos que enseña los dientes pocas veces y deposita todo su bagaje en los giros de cine dentro del cine sin, paradójicamente, abandonar cierto aire televisivo. ‘Operación Concha’, presentada estos días como era lógico y oportuno en el Festival donostiarra, no logra ni ese caos contagioso de los argumentos con chispa ni arrastrar con sus subrayados de cine dentro del cine. El juego del doble, la suplantación, las capas solapadas de argumentos y personajes cruzados están ahí pero carecen de unidad y de fuerza. La tensión de toda buena comedia es aquí un deslavazado y diluido juego de pícaros adictos al mundo del cine que tratan de sacar tajada de esa mezcla de oportunistas, fascinados por las apariencias, y la lluvia de estrellas que vive en aparente lujo. Pero en ‘Operación Concha’, donde conviven desiguales interpretaciones, la mayor parte de chistes, más que de gags, y los tempos de la comedia están fuera de sitio o llegan tarde. Antoni Cuadri, su director, que ha desarrollado una trayectoria prolífica en el mundo de la televisión, persigue en su quinto largometraje  los mimbres de una comedia alocada y cuando saca en el tramo final un arrebato de amargura sobre los cómicos, el oficio de hacer cine y de vivir que, al cabo, es el mismo, la película ya parece derrotada. Hay algo anacrónico en este relato que se mueve entre lo paródico, ‘Nueve reinas’, los homenajes al cine y un descarado retrato de postal de Donosti. El equilibrio resulta difícil cuando los momentos divertidos, muy ocasionales y esporádicos, la débil energía y el escaso entusiasmo pretenden ser los artificios de un mecanismo de relojería que no es tal. A la película se le ven las costuras, hay actores descolocados porque sus personajes son meras caricaturas o porque las subtramas que defiende son falsos pegotes como la de la red mafiosa rusa que actúa de desencadenante. Casi todo se antoja demasiado burdo, falaz y tosco. Y esa irregular disfunción de las tramas se traslada a los intérpretes. Afortunadamente el talento de Jordi Mollà permite sostener el andamiaje de la comedia con su sutil virtuosismo para los acentos, acompañado por Karra Elejalde, que siempre logra ir un paso más allá de lo que le ofrecen sus papeles. Esa combinación de humor, glamur y devoción por el cine, con el Festival de San Sebastián como coartada, no cuaja y resulta perezosa y poco elegante, salvo algunos planos de la ciudad y los arrebatos que logra destilar Mollà de su doble caracterización. Ese punto de locura gestual, o ese necesario latido travieso, granuja y tunante apenas se enuncia y casi nunca se respira. Una de timadores y buscavidas con escasa consistencia y mucha engañosa envoltura. Va de dar gato por liebre, pero precisamente ella no lo consigue.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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