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Fecha: October, 2017
Apaga y enciende
Guillermo Balbona 24-10-2017 | 9:21 | 0

Geostorm

2017 109 min. Estados Unidos. Director: Dean Devlin.

Guion: Devlin, Paul Guyot. Música: Lorne Balfe. Fotografía: Roberto Schaefer.

Reparto: Gerard Butler, Jim Sturgess, Abbie Cornish, Ed Harris, Andy Garcia, Zazie Beetz, Robert Sheehan.

Género. Acción. Salas: Cinesa y Peñacastillo


Más que adscribirse al género de catástrofes es una catástrofe de película. Su discurso, es un decir, pulula entre referencias claras y terrenos pantanosos: la visualización más que chapucera de lo apocalíptico, el cambio climático, la ciencia ficción doméstica, una metáfora política y un enredo conspiranoico tan irrisorio como vulgar, todo ello envuelto en un sentido del humor que amenaza la esencia identitaria de la condición humana. ‘Geostorm’, una especie de tormenta perfecta de la estupidez, ópera prima de David Devlin, responde a una supuesta y maquiavélica intriga criminal espacial que convierte a los satélites en altaneros ‘armageddones’ del desorden y la debacle planetaria. La cosa va de un acelerado caos informático, un apaga y enciende global y atmosférico, a modo de cuenta atrás. No hace falta ser un experto en texturas para darse de bruces con la huella de Roland Emmerich, dado que Devlin es uno de sus colaboradores habituales. La digitalización de la destrucción, las enésimas imágenes replicantes de la desaparición de urbes y megalópolis, el sentido de parábola trascendente en torno al futuro de la humanidad se funden en un cine superficial, un trasunto del cartón piedra de la infografía, con personajes patéticos y un tono dramático que resulta chistoso. Todo es hipérbole, mensaje para consumidores de parábolas finalistas escritas en el reverso de un calendario editado por alguna secta y su estridencia, de pura simpleza, resulta cachondo festiva. Una ‘Independence day’ cruzada por ‘El día de mañana’ y otras lindezas como ‘2012’, reconvertidas en un tosco y aburrido mecanismo fallido de tramas superficiales y engranajes familiares cerca lo patético. Para dotar de vida a su artefacto –aunque sea incapaz de insuflar hasta la meramente artificial–, el filme recurre a referencias paternofiliales y a conflictos entre hermanos con tanta credibilidad que parecen reinventar el concepto familiar. Huérfanos de espectacularidad hipnótica y exentos de un mínimo de empatía dramática queda afrontar el desastre como si todo fuese una paródica e iluminada asnada al servicio de ese cine que acapara pantallas con sus banales y vacías estridencias. Que esta película, cual arma letal de los ‘blockbuster’, haya estado precedida de numerosos problemas de producción y correcciones que se arrastran desde hace tres años, agrava aún más su condición de virus anticinematográfico, surgido de los propios ordenadores del sistema de Hollywood. Eso sí, no se pierdan la granizada asesina. Si es que antes superan el sentimentalismo epidérmico y ese aire de denuncia entre norteamericanos egoístas y buenos. Y Trump con esos pelos jugando a contaminar de peligrosa estupidez el planeta.

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De cimas y precipicios
Guillermo Balbona 10-10-2017 | 8:38 | 0

La cordillera

2017 114 min. Argentina. Director y guion: Santiago Mitre.

Música: Alberto Iglesias. Fotografía: Javier Juliá.

Reparto: Ricardo Darín,  Dolores Fonzi,  Érica Rivas,  Gerardo Romano, Paulina García, Daniel Giménez Cacho,  Elena Anaya, Christian Slater. 

Género: Intriga política | Salas: Cinesa y Peñacastillo

Ponga un Darín en su película y la pantalla vibrará con intensas promesas. Esta fábula política entre dos aguas, las que separa un guion interesante pero fallido, encuentra su tabla de salvación en la presencia e interpretación –acaso no es lo mismo– de ese monstruo actoral que es la estrella argentina. Las texturas, el tono, las posibles lecturas empiezan a ser diferentes y a tener sus subtextos y dobleces cuando el intérprete asoma o la trama lo presiente. ‘La cordillera’, un cuento político entre montañas y presidentes, cúspides, cimas, ambiciones y sueños, pesadillas y miserias, se vale de Ricardo Darín para agitar una historia que apunta a demasiados sitios sin llegar a alcanzar ninguno. Una cumbre de presidentes latinoamericanos en Chile, en donde se definen las estrategias y alianzas geopolíticas de la región, sirve de escenario para navegar entre la moral política y los demonios personales. El chileno Santiago Mitre, a veces más preocupado por imprimir un sello de superproducción y una atmósfera de intriga metafórica a su guion, nunca encuentra el sitio sugerente donde acomodar ambos tonos. El discurso sobre el poder, el liderazgo, la locura y esa tierra de nadie con trasfondo fantástico no cuaja ni genera empatía. Hay encrucijadas y derivas, simbolismo y presagios. Pero el factor humano solo desprende cierta verdad cuando Darín juega con un personaje envenenado, al encarnar a un presidente argentino, entre matices, ironías e insinuaciones. En ‘La cordillera’ todo va demasiado acelerado y solapado o demasiado lento. Entre parlamentos y giros no deja de ser sorprendente que la historia tenga su mejor baza cuando se vuelve silente y revela esas imágenes de trayectos hacia ninguna parte, metáfora de una enredadera desorientada y del vértigo de la inmensidad, pese a su discutible trabajo de fotografía. Está claro que los juegos políticos de Paolo Sorrentino como ‘Il divo’ y  ‘La juventud’ (con la que tiene alguna conexión en la utilización metafórica del paisaje) o el ejercicio reflexivo de la atractiva ‘House of Cards’ influyen en ‘La cordillera’. Entre lo sombrío y la ensoñación, el drama familiar y el thriller intrigante, el cineasta de ‘El estudiante’ y ‘Paulina’, se desmaya en secuencias clave como las de la hipnosis y el tempo y la medida de los acontecimientos íntimos y colectivos, políticos y familiares falla en sus transiciones. Tan sobrecargada de subliminales matices sobre el azar como dispersa, la ficción logra comenzar su ascenso, con la cima muy lejos, gracias a Darín que sin piolets ni oxígeno es capaz de transparentar el mal de altura que acecha a cada instante.

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Reinventar, replicar, reflexionar
Guillermo Balbona 09-10-2017 | 8:40 | 0

Blade Runner 2049

2017 163 min. Estados Unidos.

Director: Denis Villeneuve. Guion: Hampton Fancher, Michael Green.

Música: Hans Zimmer, Benjamin Wallfisch. Fotografía: Roger Deakins.

Reparto: Ryan Gosling, Harrison Ford,  Ana de Armas,  Jared Leto,  Sylvia Hoeks, Robin Wright, Mackenzie Davis,  Carla Juri,  Lennie James,  Dave Bautista.

Género: Ciencia ficción | Salas: Cinesa, Peñacastillo y Autocine

El reto imposible es cómo acercarse a esta herrumbrosa, grave, poética y ocre reflexión sobre un futuro que ya es pasado, sin comparar o retomar los márgenes de la original. Solo Denis Villeneuve, el cineasta de ‘Incendies’, aceptaría el desafío de sobrellevar semejante peso. Sin duda se jugaba de antemano con las cartas marcadas: su capacidad para generar un ecosistema visual es casi única en el panorama actual. Desde el primer fotograma (un plano majestuoso de un ojo, el cine) de esta ‘2049’ crece con coherencia e hipnotismo un paisaje sin fisuras, un código de barras que, pese a su tono respetuoso y a sus guiños y homenajes al filme de Ridley Scott, despliega todo su vocabulario y su gramática personales. Este ‘Blade Runner’ meditativo, sombrío y melancólico está hecho de desiertos, vertederos, óxido, huesos, ceniza y nieve. El director de ‘La llegada’ agita sin gestos epatantes ni golpes bajos la materia prima de lo trascendente, se desliza con virtuosismo por los límites entre lo artificial y lo natural y, sobre todo, construye un onírico tiempo, un arquitectura de atmósferas y una sucesión de espacios físicos y virtuales que se comunican, intercambian y solapan con extraña soltura. ‘2049’ es una réplica que reinventa, más que reproduce, habitada no solo por una vuelta de tuerca a su aparente historia noir sino por una retorcida vocación de metamorfosear la mirada, incomodar los lugares comunes, volver los pasos para saltar a otra dimensión y edificar en futuro de indicativo una sociedad imperfecta, decadente, defectuosa que vive atrapada entre una uniforme obediencia y una virtualidad que se antoja enormemente fría y vacía. El director canadiense hurga en las entrañas de la distopía y se acerca más al Orwell de ‘1984’ al mostrar el engranaje de un sistema sin versos libres donde subyacen otras formas vigilantes y otras clases sociales pero con idéntica división entre poderosos y esclavos. Que nadie espere un festival mainstream, un carrusel de acción, que la hay, desenfrenada. El cineasta de ‘Prisioneros’, con sobria espectacularidad, un paisajismo monumental y una metáfora continua de tiempos y espacios construye su propio hábitat poético para los verdaderos replicantes: los espectadores saturados de imágenes dispuestos a dejarnos depurar nuestra contaminada mirada. Todo en ‘2049’ es un ‘rosebud’ del ‘Blade Runner’ original, un paraíso perdido, un juego nocturno, donde parece que estamos condenados a repetir nuestros recuerdos. Villeneuve pone poesía finalista, paradójicamente, para que todo siga discurriendo. Frente al cine dominante que en sí mismo es una réplica con fecha de caducidad, esta secuela impostada (en realidad es otro mundo que sueña con el anterior) se postula como el peregrinaje de un centauro del desierto en busca de su propia identidad, la nuestra, la de todos. Unos fluidos invisibles y emocionales cruzan las arterias de la ficción y de nuestra propia melancolía. Honda e inventiva, reflexiva, juega con los silencios y la tensa quietud de un latido enigmático y una amenaza permanente. Una obra donde belleza y holograma, creador y criatura, clonación y originalidad generan una sinfonía a veces sublime, otras evanescente, antes de despertar bajo la nieve.

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No, no
Guillermo Balbona 09-10-2017 | 8:38 | 0

Toc toc

2017 96 min. España. Director y guión Vicente Villanueva.

Música: Antonio Escobar. Fotografía: David Omedes.

Reparto: Paco León,  Rossy de Palma,  Alexandra Jiménez,  Óscar Martínez, Adrián Lastra, Nuria Herrero, Inma Cuevas.

Género: Comedia | Salas: Cinesa y Peñacastillo

Otro trasvase de la escena a la pantalla como sucede con ‘La llamada’, actualmente en la cartelera. ‘Toc Toc’ es en realidad ‘tic tic’, ese movimiento involuntario y repetitivo alimentado por manías personales, obsesiones y reiteraciones cansinas, aquí llevadas a la caricatura. Coral y teatral la comedia de Vicente Villanueva resulta fallida por presuntuosa. Parte del convencimiento de que con semejante materia prima y un buen intercambio de golpes entre intérpretes la diversión, la chispa y la fricción de la comicidad van a hacer saltar todo por los aires. Pero el epicentro teatral condiciona en exceso el ritmo, puramente verbal y constreñido al diálogo gestual, y las escasas situaciones ubicadas en exteriores –la mayor parte de la acción discurre en la consulta de un psiquiatra- son insuficientes y muy forzadas. Que el empuje gracioso, el gag constante encadenado y la verborrea estén fundamentados en esa reiteración enfermiza de los personajes solo conduce a un cansino e insistente toque que transforma la posible risa en mueca estirada. El cineasta de ‘Nacida para ganar’, que repite con la siempre excelente Alexandra Jiménez, no logra superar la traslación del teatro a la pantalla y el propio filme se convierte en un trastorno obsesivo convulsivo que avanza insistente en busca de un gracejo coral, plural y armonioso de los intérpretes desiguales en saber estar y en la propia defensa de sus personajes, no todos atractivos. El director de ‘Lo contrario al amor’ entra en bucle cuando sus criaturas ya se han presentado y apenas esboza una coreografía que permita exprimir la comicidad, exenta de ese escenario que el decorado casi único de la ficción. No es una obra de cámara pero tampoco una de esas asfixiantes cajas de sorpresas que juegan al escapismo y la confusión, Una vez fijados los personajes y sus trastornos, el equipaje de la comedia es el fluido entre la palabra y la hipérbole del gesto que determina la obra original del humorista francés Laurent Baffie. Falta empatía para que lo friki vaya más allá del sketch o para conjugar lo inusual con el lenguaje corporal (el personaje de Adrián Lastra es el más diáfano en este sentido) de tal modo que la comedia pierde credibilidad y se estanca. Algo así como cuando nos cuentan por segunda vez un chiste fallido o un mismo chiste dos personas diferentes. ‘Toc Toc’ acumula gags como quien revisa un álbum de recuerdos del gran Jerry Lewis, pero uno echa de menos esa densidad invisible que funde el hecho cómico aislado para convertirlo de manera en estado de gracia. Como terapia de grupo quizás no tenga precio pero para alimentar esa filosofía vital que es el humor sirve de insuficiente espejo. Lástima que entre tanto loco suelto falte ese zarandeo de locura que hubiese convertido la comedia en arrebato vital y en cercano reflejo de nosotros mismos.

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De gestos y arrebatos
Guillermo Balbona 03-10-2017 | 8:12 | 0

Madre!

Mother! 2017 120 min. Estados Unidos

Director y guion: Darren Aronofsky. Música: Jóhann Jóhannsson.

Fotografía: Matthew Libatique. Reparto: Jennifer Lawrence,  Javier Bardem,  Ed Harris,  Michelle Pfeiffer,  Domhnall Gleeson, Brian Gleeson, Kristen Wiig,  Cristina Rosato.

Género: Drama.Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Arrebato visceral, arriesgado, agobiante, desconcertante y, a veces, molesto gesto telúrico, ‘Madre!’ se aborrece o se asume. No hay término medio ni tregua. Lo cierto es que en tiempos de un cine melifluo, convencional, sobrecargado de falsos híbridos, se agradece esta alegoría que invita desde lo impulsivo, apasionado, también confuso y caprichoso, a una claustrofóbica metáfora de las obsesiones, la locura y los infiernos interiores. Aronofsky, un cineasta que nunca deja indiferente, desde su soprendente ‘Pi’ a la excelente ‘Cisne negro’ pasando por discutibles entregas como ‘La fuente de la vida’ y ‘Noé’, vuelve a demostrar su fidelidad a un estilo definido, radicalmente personal, extraño y compulsivo. De la serenidad a la convulsión, del thriller psicológico al terror, de la metáfora desgarradora a la extrañeza. La creación, la gestación de una obra (en este caso literaria), el simbolismo de las criaturas que habitan en la mente del creador, la inspiración como alma mater, la ilustración dantesca, lo viscoso, la plaga bíblica…todo cabe en el universo de una película fría e intensa, distante y pegadiza, volcánica y extendida como un magma creciente del que no puedes desprenderte. Cuando hay serenidad parece la versión densa y grasienta de ‘Sospecha’. Por contra cuando Aronofsky se retuerce, ‘Madre’ se acerca a ‘La semilla del diablo’ y a muchas de las variante del horror pero evitando el gore. Filme abierto a interpretaciones, visualmente atractivo fuera de ese juego de adivinanzas, la cinta discurre sinuosa entre una pareja, marido y mujer, sin nombres, que convive en una casa que en sí misma es un personaje. Como en ‘La caída de la Casa Usher’ de Poe, la decadencia, el mal, lo inquietante, la sombra de pérdida y destrucción, la amenaza invisible recorre las entrañas de esta historia que, como en casi toda su filmografía, está sembrada por ese abrazo primigenio entre la tierra y lo femenino. Pero lo trascendente no reside en sus posibles significados sino en esa tormenta interior, en esa inclinación a zarandear a los personajes (excelentes Bardem y Michelle Pfeiffer) y, con ellos, a los espectadores para firmar una inmersión emocional. No muy lejos de Lars Von Trier, sus vaivenes –en otros pura pirotecnia– son saltos al vacío con mucha clase y mucho vértigo. Del drama teatral angustioso de casa con pareja dentro, se pasa a construir una traslación desafiante sobre lo humano y lo divino. Virtuosismo, grandilocuencia e hipérboles , sí, pero también una perturbadora mirada sobre el delirio y el horror. Secretos de un matrimonio, repulsión y apocalipsis en una enrabietada creación con aire de desahogo. Su insólita puesta en escena concede ese margen para el asombro, cada vez más estrecho en las pantallas.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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