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Fecha: September, 2017
Sin complejos
Guillermo Balbona 25-09-2017 | 8:35 | 0

kingsman: el círculo de oro

Kingsman: The Golden Circleaka  2017 141 min. Reino Unido.

Director: Matthew Vaughn. Guion: Vaughn, Jane Goldman.

Música: Henry Jackman, Matthew Margeson. Fotografía: George Richmond.

Reparto: Taron Egerton,  Colin Firth,  Julianne Moore,  Mark Strong,  Halle Berry,  Pedro Pascal, Channing Tatum, Jeff Bridges,  Elton John,  Bruce Greenwood,  Emily Watson.

Género: Acción Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Es un ejercicio de pirotecnia muy controlado que a ratos sorprende y en otras ocasiones deja una sensación de extraña frialdad. El artefacto es, como manda el mainstream, ruidoso y sofisticado, vertebrado por la violencia, acelerado y sin dejar de mirar la sombra de la franquicia, sujetando el peso de la primera entrega y buscando una vía de escape que dé aire al producto. A ‘Kingsman y el círculo de oro’ le asiste un boca a boca proporcionado por la mezcla de ‘Kick-Ass’ y ‘Stardust’, dos de los antecedentes visuales de su director, Matthew Vaughn. Y el híbrido, que siempre piensa más en el público potencial que en el desarrollo equilibrado de la historia, es una criatura mixta de ciento cuarenta minutos de volcánica y desbordante, caudalosa expansión visual, donde conviven los convulsos y tensos thrillers de espías con la más vacua de las superproducciones estridentes. En realidad, a este ‘X men’ aniñado, sofisticado y juguetón, le interesa crear una pompa de jabón que alcanza el cielo antes de pincharse gracias a su exhibición sin complejos, al sentido del humor un tanto macarra y a sus guiños de humor negro y dosis de surrealismo pop. Hay también cinismo, autoparodia y excesos que se perdonan por ese aire de simpatía retro que cruza la pantalla. El toque de homenaje y complicidad muy british alrededor del músico Elton John; el fantástico personaje que compone Julianne Moore, una especie de Cruela de Vil, despiadada y delirante -al cabo no muy lejos del cruce que podría proporcionar una picadora tras el paso de Trump y su homólogo coreano-; y el juego de contrastes entre los kingsman británicos y los americanos aporta ácidos momentos a la fiesta, pese a su ligereza y superficialidad. El resto es un mosaico de espías, distopía política, artes marciales y juguetes letales incontrolables, en un incesante e interminable mecano de geografías dispares y escenarios un tanto delirantes. Hay más virguería que virtuosismo, y más simpatía que empatía. El filme se asemeja a una colección de cromos coloristas que en un acelerado visionado ofrece una galería de variados espejismos pero que bajo el microscopio rompe su hechizo. Los sastrecillos valientes, alternativa pop a James Bond (aquí los Martini no se saborean, se tragan), forman parte de una bodega global donde el consumo de drogas, el control de antídotos y los debates sobre la legalización constituyen una frívola pero eficaz envoltura política. La saturación y, hacia el final, cierto aire cansino son evidentes. No hay carisma pero sí invitación al juego. La tijera hubiera sido muy necesaria antes de salir de la sastrería para volver a la pantalla. Pero ya se sabe que una de las falacias del espectáculo del siglo XXI es asociarlo obligatoriamente a la hipérbole. El impacto es fugaz y falta carisma. El círculo, ya se sabía, consiste en un cine que da vueltas sobre sí mismo. Al bajarse de la noria y la montaña rusa se acaban los efectos. Queda el recuerdo de una mala, malísima Moore, al frente del tren de la bruja.

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Sarcástica pero vulgar
Guillermo Balbona 25-09-2017 | 8:34 | 0

Alibi.com, agencia de engaños

90 min. Francia

Director: Philippe Lacheau.

Guion: Julien Arruti, Pierre Dudan, Lacheau.

Música: Maxime Desprez, Michaël Tordjman.

Fotografía: Dominique Colin.

Reparto: Philippe Lacheau,  Élodie Fontan,  Julien Arruti,  Tarek Boudali,  Didier Bourdon, Nathalie Baye.

Género: Comedia

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

En ocasiones sus gracietas provocan un sarpullido de vulgaridad. Pertenece al otro lado de la comedia francesa y se regodea en cierta mirada sociológica sobre el eterno enredo de parejas, géneros y sexos que en España parece haberse instalado definitivamente en las series corales televisivas. ‘Alibi.com’ parte de una buena idea pegada a las redes sociales, las nuevas formas de relación y la mentira, el engaño y la seducción como eternos mecanismos de confrontación. Philippe Lacheau, también actor, es el responsable de esta sopa de gansadas escatológicas, racistas, sexistas y con cierto aire contaminado entre los hermanos Farrelly y la incorreción política de Sacha Baron pero sin la chispa provocadora de los primeros ni el dardo afilado del segundo. Gags infames, frases que dan vergüenza ajena, machismo a raudales y un sentido del humor de machito chistoso que apesta a pose y a retrógrada y reaccionaria mirada. De este modo el popular actor y director francés, procedente de la pequeña pantalla, se queda en tierra de nadie. Su película, agencia de engaños (el primero casi al espectador) se instala entre la comedia sofisticada, la más frecuente en el país vecino, y ese segmento de humor zafio que para dominarlo con sutilidad requiere de mucho talento y finura. De ambas cosas no anda precisamente sobrado. Jugar con la infidelidad y el gamberrismo y además aplicar una mirada moralista requiere de mucha soltura y sangre fría y, por el contrario, Philippe Lacheau se toma el filme como si fuese una velada de amigotes a ver quién la tiene más larga. Entre De Funes y Van Damme, a los que rinde homenaje con citas y parodias estridentes, ‘Alibi.com’ contrapone a la mirada costumbrista tan en boga ahora (Bienvenidos al norte), esta farsa burda, bufa y grosera que provoca estupefacción más que risas. Ya saben, mascotas maltratadas (lo del perro ya huele), chistes de cuñados, parodias regionalistas y la falta de tacto para sugerir situaciones jocosas con su adecuado latido y ritmo, hunden poco a poco la apuesta alternativa que pretende su cineasta. Hay algunos gags aislados que son la excepción como el personaje que padece narcolepsia o la batalla de tubos de neón con artefacto mata moscas. Con un guion tan endeble que parece parcheado con ocurrencias, el filme arranca con alguna sorpresa prometedora al jugar con la agencia que da título a la ficción y las dobles vidas nada infrecuentes. Pero enseguida deposita toda su energía en buscar ese gag o chiste que suponga un toque de atención pese a su permanente mal gusto. El responsable de la taquillera ‘Se nos fue de las manos,’ y su correspondiente secuela, parece haber encontrado un filón en este terreno que pisa abono pasado de rosca. Caricatura, disfraz y parodia en un combinado sin medida que se traga sin querer. Una de cuernos que va de vodevil y comedia amena y se postula, sin embargo, como gamberra y soez nadería. Pese a que conserva todo su talento da grima ver a Nathalie Baye metida en este alborotador cajón de sastre inclinado hacia lo más superficial.

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Un primer plano del infierno
Guillermo Balbona 18-09-2017 | 8:33 | 0

Detroit

 

 

Tensa, enérgica, brutal. No hay posverdad ni falsas verdades, ni mentiras, ni cosas dichas a media. Ni ambigüedad ni sombras. En ‘Detroit’, su cineasta despoja los discursos oficiales, las siluetas de la Historia y retrata un golpe seco, claustrofóbico y letal, desde y sobre la mirada. Es un primer plano del infierno. Arida y sin tregua, lo que hace esta obra maestra contundente y honda es volar hasta el epicentro de una desgarradura, exenta de tópicos y limpia de estadísticas. No interesan tanto los hechos conocidos –los abusos policiales y ataques racistas que provocaron violentas revueltas que sacudieron el Estado de Michigan en1967- como esa esencia desgarradora del dolor, de la sombra, de la oscuridad, de la redención. En ‘Detroit’ hay tres planos en otros tantos tiempos de esta mirada implacable que ilustran el significado de una película valiente que se adentra en las llagas del tiempo, escarba en las cicatrices y sirve de llamada de alerta para un presente que está jugando con la llama de los derechos civiles. El primero es un plano de fondo, fugaz pero de ida y vuelta: el de una brutal paliza policial en una calle mientras la cámara presenta otros hechos paralelos como si fuesen los importantes. El segundo es un vómito físico a la salida de un juzgado, aunque en realidad es una náusea moral que también siente ya cualquiera de los espectadores. El tercero, ya como telón, es simplemente un mirada, un gesto que supone, a su vez, una amarga y desazonadora interrogante final, un porqué grabado en las fauces de la historia. Kathryn Bigelow estructura su magistral bofetada de lo colectivo a lo individual, de la categoría a la anécdota, en círculos concéntricos que se van cerrando de manera laberíntica, angustiosa, ansiosa, siempre convulsa. No hay un protagonista absoluto, tampoco actores estrellas, pero sí excepcionales y entregadas interpretaciones. La cineasta de ‘En tierra hostil’ nunca baja la guardia y deja que el espectador acorralado por esa violencia latente pero contenida, en un juego de elipsis pero también de planos sostenidos al límite, de clímax y de temores, de miedos físicos y de tortura emocional elija su foco para profundizar en la historia o para buscar, muy pocas, sus propias salidas. Bigelow, que certifica aquí que es uno de los grandes nombres del cine actual, viaja del preludio histórico relatado a través de la animación, a la cámara nerviosa que expresa la crónica callejera casi periodística, pasando por el tono semidocumental que a través de pantallas de televisión y sonidos se cuela entre los resquicios de la brutalidad humana y el sinsentido racista. La directora de ‘El peso del agua’, que ha alternado la ficción con el documental durante estos años, invita a un viaje al corazón de la indignación con poderosa caligrafía, sin efectismos, adherida a la piel negra y blanca de todos nosotros. Es docudrama, sí, reportaje, también; pero sobre todo es una diáfana incursión en ese doloroso campo minado donde ya no valen las preguntas y donde el temblor telúrico, primario y físico pasa a ser la geografía primordial. Triste y sufriente, implacable y apasionante, este trayecto al fin de la noche es una experiencia física que retrata con ardorosa eficacia la esencia de la maldad. Su pase en los institutos como pedagogía histórica y humana diría mucho de la evolución educativa. Bigelow transparenta la mirada y deja sobre la pantalla un mosaico de furia, fuego y miedo. Un horror tan auténtico como, desgraciadamente, actual, que recorre el nervio del horror e inocula el odio y la rabia a la intemperie.

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Traficar con el ego
Guillermo Balbona 14-09-2017 | 1:12 | 0

Barry Seal: el traficante

American Made 2017 114 min. EEUU

Director: Doug Liman. Guion: Gary Spinelli.

Música: Christophe Beck. Fotografía: César Charlone.

Reparto: Tom Cruise,  Domhnall Gleeson,  Jayma Mays, Sarah Wright.

Género: Thriller. Salas: Cinesa y Peñacastillo

En  su intento de fuga del biopic, ‘Barry Seal’ queda atrapada a veces en el retrato esquemático, superficial y deja vu. Esta incursión en el perfil de Adler Berriman Seal, un piloto estadounidense, primer mercenario de la Agencia Central de Inteligencia, traficante de droga e informante de la Administración para el Control de Drogas, se traduce en una ligera y entretenida levitación sobre las diversas mutaciones del capitalismo. En realidad, desde un ego descomunal y la desideologización más aséptica, el piloto convierte sus pericias en el aire en una pista interminable para que la riqueza personal aterrice sobre países, intereses, grupúsculos de patriotas, oportunistas y todo tipo de mediocres dirigentes. A Doug Liman, cineasta de ‘The wall’, no le interesa tanto la figura de este mercenario de sí mismo, granuja, juguetón antihéroe, ingenuo en ocasiones –con muchos matices gracias a una interpretación arrolladora de Tom Cruise–, como dejar en evidencia ese cruce de caminos que conducen todos ellos a esa zona de confort hipócrita donde se acomoda el poder. Lo bueno de ‘Barry Seal’ es ese ritmo subyugante, entre cambios de texturas y visualizaciones contrastadas, como si viajáramos en el tiempo, gracias a una estructura vertebrada por los atrevidos encargos del protagonista y las geografías y sistemas políticos y paisajes del ecosistema que los acoge o fomenta. Lo malo es esa sensación de que la ilustración de este híbrido ya nos la han contado demasiadas veces. Liman estira y estrecha los márgenes entre el thriller, el filme de espionaje, muchas veces al borde de la caricatura y jugando peligrosamente con las hipérboles. Incluso el retrato, sobre todo cuando mezcla dinero, sexo y ambición, se asemeja, aunque a años luz de distancia, a ‘El lobo de Wall Street’ y a ‘Uno de los nuestros’, aunque casi siempre acaba por parecerse a una de esas cintas de los setenta donde la acción estaba perfumada con resabio político. Noriega, Escobar, los sandinistas, el congreso, la CIA, la Contra, la cocaína, el cartel de Medellín, el hombre hecho a sí mismo y destruido por sí mismo. Todo cabe en esta casa de muñecas con una sola figura y muchas habitaciones. Cruise, en las antípodas de su reciente y mediocre ‘Momia’, se convierte en un perfecto maestro de ceremonias, que conduce al espectador más como guía que como verdadero artífice de esta farsa muy verdadera. Un vuelo bajo, casi rasante, que acaba atrapado en su reiterativa insistencia. Sin hondura psicológica pero cargado al menos con la suficiente mala leche, ‘Barry Seal’ propone un cierto meneo al sueño americano y permite traficar con las falacias de un sistema que ha elevado a los altares a mercenarios de la mentira como su actual presidente. La América moral de las oportunidades.

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Una de picoletos
Guillermo Balbona 13-09-2017 | 8:31 | 0

La niebla y la doncella

2017104 min. España.

Director y guión: Andrés M. Koppel.

Fotografía: Álvaro Gutiérrez.

Reparto: Quim Gutiérrez,  Verónica Echegui,  Aura Garrido,  Roberto Álamo,  Marian Álvarez, Paola Bontempi.

Género: Thriller. Salas: Cinesa y Peñacastillo

En este expediente X de picoletos listillos, isla con brumas y enredadas truculencias, subyace un chirrido permanente: la falta de aliento/talento para conjugar paisaje y personajes. La atmósfera, eso tan trillado pero tan difícil, es a lo que apela sin conseguirlo este thriller con estética atresmedia de serie televisiva, que se mueve entre la excesiva planificación –más bien un cálculo estático de los ingredientes–, la eficacia y los renglones torcidos pese a lo enrevesado de la apuesta. Al igual que algunos de los actores, el filme parece envarado en su artificiosa postura, escasamente natural. El resorte literario que proporciona Lorenzo Silva, con las historias de la pareja uniformada, pero no tanto, de Chamorro y Bevilacqua, es tomado aquí demasiado al pie de la letra y ‘La niebla y la doncella’ no fluye ni influye. Es fría, pesada que no densa, y no cuaja pese al empeño machacón en mostrar una enredadera de pasiones turbias e intereses ocultos que discurren como un arroyo subterráneo, ajeno al océano, y amparado por esa niebla cómplice. Andrés M. Koppel debuta para adentrarse en la tercera adaptación literaria de la obra prolífica (ya son ocho las novelas de la pareja) y siempre eficaz de Silva, tras ‘La flaqueza del bolchevique’ y ‘El alquimista impaciente’.  El desfile de arquetipos es constante y el filme nunca logra desprenderse de un traje de buena factura, excelente ambientación, pero que desfila con la etiqueta puesta, embozado en  cierta pretenciosidad y pomposidad. Como thriller funciona cuando se postula como el episodio piloto de una futura serie de expedientes y guardias civiles en busca de asesinos díscolos que se empeñan en esconderse en las tinieblas de sus turbulentas y poco nítidas convivencias. El resto es un quiero y no puedo de círculos concéntricos que se alejan, en lugar de cercar la materia prima de esa sucesión de disturbios que el relato propone y el escritor dispone. Traiciones, narcos, chaperos, asesinatos viscerales y arrebatos. Pero el filme prosigue monocorde y sólo al final aflora esa conexión entre corrupción política, degradación moral y cáncer invisible que adquiere algunas texturas transparentes y sólidas que provocan cierta inquietud escoltada por el paisaje de La Gomera. Quim Gutiérrez y Aura Garrido, hieráticos y helados, Verónica Echegui, algo más entonada, y Roberto Alamo, siempre interesante, componen las desiguales figuras humanas que habitan en este retablo desangelado y casi sin pulso pese a que todo late con taquicardias convulsas y agitadas. El misterio entre helechos, sangre y agua estancada es difuso, más confuso que extraño, casi siempre plano, y el fatalismo y lo sombrío, el desasosiego nunca crecen en la espesura del mal.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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