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Fecha: July 26, 2017
Más cine por favor
Guillermo Balbona 26-07-2017 | 11:07 | 0

Su mejor historia

Their Finest, 2016, 117 min. Reino Unido.

Dirección: Lone Scherfig.

Guión: Gaby Chiappe.

Música: Rachel Portman.

Fotografía: Sebastian Blenkov.

Reparto: Gemma Arterton,  Sam Claflin,  Jack Huston, Bill Nighy,  Jake Lacy,  Paul Ritter, Rachael Stirling,  Richard E. Grant.

Género: Romance.

Salas: Cinesa

A los guionistas les pedían autenticidad y optimismo mientras caían las bombas sobre Londres. El cine como refugio. Y entre la textura de los fotogramas, la fantasía, la ensoñación y la guerra fuera de campo alguien construye una historia para seguir viviendo. En esta encantadora y sutil mirada se escucha: «El cine es como la realidad después de haber cortado los fragmentos más aburridos». Hay un poso de serenidad academicista, y también clásica, adherida a las imágenes de ‘Su mejor historia’ –cine dentro del cine–, una sucesión solapada de luces y sombras que superponen esperanzas, temores y deseos. Como en ‘Los viajes de Sullivan’, el filme de la cineasta Lone Scherfig firma un delicioso homenaje al cine como factoría de historias. Además, la directora que inició sus pasos bajo el manto del movimiento Dogma 95 de Lars von Trier, ironiza con delicado estilete fino sobre la utilización del cine como propaganda. Todo ello envuelto en una comedia romántica que incluye algunos pasajes estilizados. amparados por una fotografía excelente y ese sello inconfundible de las creaciones británicas. Juega con el imaginario colectivo de la resistencia al asedio nazi pero, sobre todo, edifica un relato femenino sobre la manera de ver el mundo. El filme de la directora de ‘Italiano para principiantes’ rezuma una dedicatoria a todas las heroinas anónimas, ocultadas o suplantadas, marginadas o despreciadas, como la guionista que encarna con maravilloso encanto Gemma Arterton. Sus encuentros con el actor Bill Nighy son impagables al dejar en suspenso la película con esos duelos de constraste entre la melancolía de la mujer joven, emergente y desafiante y el gesto de comicidad irónica del hombre mayor. La coincidencia en cartelera permite disfrutar de uno de esos momentos azarasos: ‘Su mejor historia’ es la cara B de ‘Dunkerque’, la magnífica obra de Nolan. Pues donde se detiene Scherfig es en las entrañas de un rodaje que aborda una las muchas aventuras anónimas y heroicas que lograron la evacuación de los más de 300.000 soldados acorralados en las playas. Tragicomedia sin fisuras ni tiempos muertos, está escrita y dialogada con esmero y un sentido estético que elude con inteligencia y finura lo meloso y edulcorado. La complicidad coral de los intérpretes, el homenaje al siempre olvidado oficio de vida que es el de guionista y el maridaje entre humor y amor propician un singular equilibrio entre lo sofisticado y la mesura de sus formas. La cineasta danesa de ‘An Education’ conforma un adorable álbum de trasfondo amargo y pátina muy cuidada sobre la solidaridad, la recuperación del corazón lacerado y la mirada romántica y agridulce que discurre en esa frontera entre la sala oscura y la luz de la pantalla. Un cálido abrazo que te ata a la butaca aunque tiemble por el estruendo de las bombas, las bélicas y las sentimentales. «Cine, cine, cine, más cine por favor, que todo en la vida es cine y los sueños, cine son».

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El infierno sí ocupa lugar
Guillermo Balbona 26-07-2017 | 11:03 | 0

Dunkerque

Dunkirk 2017 107 min. Estados Unidos.

Director y guion: Christopher Nolan.

Música: Hans Zimmer. Fotografía: Hoyte Van Hoytema.

Reparto: Fionn Whitehead,  Mark Rylance, Kenneth Branagh, Tom Hardy,  Cillian Murphy,  Harry Styles.

Género: Bélico

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Este silencioso estruendo levantado sobre la entraña de la guerra se abre con una lluvia de octavillas y se cierra en el desmayo de un vuelo silente. Tierra, mar y aire, lo telúrico y lo alado enmarcan y envuelven su rotundo, contundente y casi aséptico descenso a los infiernos. En realidad es un relato sencillo: la lucha por la supervivencia en estado puro. Christopher Nolan no magnifica. Su filme carece de épica y ardor guerrero. No hay soflamas, está exento de intencionalidad política y toda connotación panfletaria o declaratoria permanece fuera de campo. Minimalista, en el sentido de que elude distracciones, giros y retóricas, ‘Dunkerque’ está construida de manera admirable sobre la facilidad de morir, la ausencia de puntos de fuga y la descripción de las mil formas que contiene la guerra para adentrarse en el horror. Claustrofóbica, diáfana, volcánica, el sonido es tan protagonista como la destreza visual. Escuchamos la banda sonora bélica: Zimmer sí, pero sobre todo ese susurro seco de una bala azarosa, la explosión desgarrada de una bomba que desciende con su inevitabilidad mortal, el cuerpo que cae a pocos centímetros y ese abrazo colectivo e invisible del individuo que primero es persona, de pronto es una masa uniforme y, al segundo, es tan solo carne quemada. Al cineasta de ‘Memento’ no le interesa la reconstrucción fiel del hecho histórico, sino esa sensación finalista de lo bélico, esa carrera asfixiante de fuego, agua y aire que parece arropar al hombre, mientras se empeña desamparado en adentrarse en una violenta huida hacia adelante. Como en una cinta de terror, la sombra de muerte es el fragmento y el todo de esta mirada bélica diferente. Es sórdida, fría en ocasiones, encendida pero no sujeta a discurso. Hay algo del Kubrick de ‘Senderos de gloria’. Sin embargo Nolan está mucho más cerca de las grandes obras del cine silente. Con escasos diálogos, epidérmica, que no superficial, visualmente grandiosa, que no monumental, ‘Dunkerque’ permanece fiel a los ejercicios de estilo del cineasta de ‘Origen’, aunque se revela menos afectada que algunos de sus fuegos de artificio. Rebosante de talento y medios, Nolan elude que un actor pueda acaparar el punto de vista y la empatía. El horror, el bucle de fuego y muerte es la estrella y la constelación de un filme que es un estado sensorial de ese ‘cul de sac’, que es la guerra. En espiral, alternando los tres escenarios, tierra, mar y aire, genera un filme caracol que se enreda en ese cuello de botella que es el tiempo, el gran truco del Nolan cineasta. Un mes, una semana, una hora…La destreza y el asombro se ratifican en la capacidad del cineasta de ‘Interstellar’ para generar solapadas situaciones límites en montaje paralelo que propician instantes sutiles, hallazgos y recreaciones. Una sucesión de auténticos golpes bajos sin grandilocuencia ni discursos. Un filme experiencia de sudor, sangre, petróleo y ruido. La angustia, el miedo, la supervivencia conforman la ecuación de esta obra nada cifrada que eleva la solidaridad anónima. Una inmersión en un escenario acotado en tiempo /espacio (la playa, el cielo, el refugio fugaz y endeble) que en realidad es un no lugar, esa incursión impresionista, brutal y radical sobre la piel del infierno. Vértigo, vacío, dolor. Una obra coherente, inteligente, muchas veces sublime, que vuela en línea recta sobre la inasible frontera entre la vida y la muerte

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Pecera con pececitos
Guillermo Balbona 26-07-2017 | 11:01 | 0

A 47 metros

47 Meters Down  2017 87 min. Reino Unido.

Director. Johannes Roberts.

Guion: Roberts, Ernest Riera.

Música: tomandandy.

Fotografía: Mark Silk.

Reparto: Mandy Moore, Claire Holt,  Chris Johnson,  Yani Gellman, Santiago Segura, Matthew Modine.

Género: Thriller. | Salas: Cinesa y Peñacastillo

Es casi un subgénero. Una de escualos. Ya saben: osados hijos de la mar adentrándose en el elemento agua lleno de peligros. Lo que sucede es que ‘A 47 metros’ tiene alma de acuario, se expresa visualmente como si estuviese en una pecera y practica el histerismo, bien subrayado en un doblaje infame. El director Johannes Roberts echa la caña a ver si pican y se engancha a un filme enjaulado, mediocre en su sentido de la seducción, falto de tensión y claustrofóbico por monótono. Como saldo estival para refrescar la sala, con neopreno de serie B, puede tener cierto sentido. Como aportación a una larga tradición de relaciones poco diplomáticas entre hombres y tiburones la apuesta es nula. A falta de tensión dramática las distracciones son escasas. No hay bocado ni sombra de terror. Los bichos invitados son poco inteligentes y las protagonistas apenas dan dos brazadas interpretativas. Con estos mimbres el ecosistema de ‘A 47 metros’ se antoja poco profundo y su supuesto clímax permanece encallado en la falta de ideas. El director de ‘El bosque de los malditos’ y ‘El otro lado de la puerta’, siempre entre las realizaciones televisivas y el género de terror, se halla, por ejemplo, a años luz del Collet Serra de la estimable ‘Infierno azul’. Salvo los escasos minutos iniciales y un final no apto para socorristas rigurosos, el filme discurre en el fondo…de la nada. Dos jovencitas con pocas luces y mucha jaula, mientras el entorno espera hincar el diente. No hay marejada pero sí mucha estupidez de fondo. Si alguien hubiese puesto la bandera roja de la ficción sensata este baño letalmente aburrido no se hubiese producido. Bobalicona, más que inverosímil, la cinta se enreda en su falta de fe y ni siquiera es capaz de salpicar empatía desde el desafío que supone rodar casi todo su metraje bajo el agua. Pero el fondo más oscuro y abisal de este ejercicio sobre cómo sobrevivir a la estupidez humana, se encuentra en los diálogos chipiritifláuticos y sus correspondientes réplicas que se escuchan en esta húmeda convivencia. Ni siquiera las supuestas situaciones límite pueden disculpar las sandeces que se intercambian los personajes. Es comprensible deducir que la falta de oxígeno se haya trasladado a los guionistas. Muy limitada a la hora de generar espacios que solapen historias y subtextos entrecruzados, y que eviten la desidia y el aburrimiento, el filme se hunde en su dislate. El espectador, sin la bombona de primeros auxilios, solo puede salvarse del desatino si se toma la afrenta como un jocoso pasaje azuloscurocasinegro de comedia en traje de baño. Se aconseja, no obstante, la descomprensión para recobrar la inteligencia antes de abandonar la sala.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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