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Fecha: July 10, 2017
Lo inevitable
Guillermo Balbona 10-07-2017 | 9:12 | 0

Llega de noche

It Comes at Night  2017 97 min. Estados Unidos

Director: Trey Edward Shults. Música: Brian McOmber.

Fotografía: Drew Daniels.

Reparto: Joel Edgerton,  Riley Keough,  Christopher Abbott, Carmen Ejogo,  Kelvin Harrison Jr., Griffin Robert Faulkner.

Género: Terror. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Es contenida, opresiva y ceremoniosa. Huye del latiguillo sorpresivo y del golpe de efecto. Juega con los silencios y las sombras. E incluso posee una afinidad y complicidad con esas atmósferas ignotas de la extrañeza inevitable que, como un magma, crecen en las páginas de Lovecraft. Lo diferente, el miedo al otro, la civilización y la barbarie, el instinto, lo salvaje y la supervivencia pululan en los resortes de este filme honesto, fiel al terror psicológico y con unas notas de distopía y metáfora apocalíptica. ‘Llega de noche’ podría ser un retablo simbólico de la enfermedad (el cáncer) como trasunto del mal y enemigo a vencer. Con dureza, pero siempre jugando más con el fuera de campo y la imaginación del espectador, el filme arranca en el propio epicentro de una pesadilla que sentimos pero que nunca explicita su origen. El miedo, la alerta, los mecanismos de defensa, la brutalidad, la defensa de la tribu y el techo como lugar en el mundo, frente a lo que hay ahí fuera, son las variables que sustentan la trama. Una familia y la constante amenaza de muerte constituyen el eje de este estado de sitio con plaga al fondo. Una inevitable vuelta a las cavernas donde las nuevas tecnologías, indefensas, han perdido su papel protagonista. Triunfa lo primitivo, la fuerza de la naturaleza humana y el ingenio y la solidaridad de clan. En el filme el más fuerte, determinante y animal, cuando la ocasión lo requiere, es precisamente el que se le presupone más humanista. Trey Edward Shults, que ya había sorprendido con ‘Krisha’, juega de manera equilibrada con el malditismo, los bajos instintos, el temor primario, el sentimiento de culpa y el propio miedo que nos habita. A la austeridad y contención, el filme suma su inteligente sentido de la tensión para aparentar más de lo que es y para evitar hacer visible la forma, el cuerpo, la dimensión y la textura del enemigo. Un adolescente canaliza metafóricamente todas las posibles estancias de lo desconocido. Es el médium con el espectador. Una obra de cámara que discurre en constante pulsión. El director consigue que nunca bajemos la guardia. Aquí no hay vísceras, ni sustos, ni espectacularidad. Los sacrificios, la vigilancia, lo ajeno, los otros…Aquí el gore es la ausencia de serenidad. Ese otro lado marca la frontera. Todo resulta claustrofóbico e incómodo. Lo enfermizo, el verdadero terror, toma el mando e inocula su contagio de vacío y sentido finalista. Salvo cierto aire de pomposidad y pretenciosidad que perjudica y choca con el tono minimalista, el filme conduce con sutil intensidad a las puertas de lo inquietante: quizás el virus habite entre nosotros.

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Revoluciones, que no revolucionaria
Guillermo Balbona 10-07-2017 | 9:11 | 0

Baby driver

Reino Unido. 2017. 115 m. (16). Comedia.

Director y guión: Edgar Wright.

Música: Steven Price. Fotografía. Bill Pope.

Intérpretes: Ansel Elgort,  Lily James,  Jamie Foxx y  Jon Hamm.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Cuando uno llega a la taquilla ya siente el calor del tubo de escape en la espalda. Huele a gasolina y a neumático quemado. El arranque es un espectacular punto muerto convertido en una explosión de adrenalina y en una persecución que no deja señal y limitación vivas, lo que haría las delicias del Pegasus. A su lado, los chicos de ‘Fast and Furious’ parecen los probadores de los coches de choque en las barracas. Pero ‘Baby driver’ aparenta y quiere ser más y, en su pretenciosidad, pierde carburante y velocidad. El filme, con más riesgo y menos ínfulas, podría haber sido el musical de la década. Un ‘La la land’ feroz y desaforado entre canciones, bandas sonoras, mezclas y bailes. En realidad es un western con caballos de cuatro ruedas, un llanero solitario, inadaptado como corresponde, que quiere cabalgar solo y una cuadrilla de cuatreros con sus desavenencias e intereses opuestos. La música es el motor de este thriller que entra por las orejas y sale por los ojos, entre sofisticados giros de tocata y fuga y la percusión de un volante sonoro que gira sobre sí mismo hasta el más difícil todavía. Edgar Wright, el director de ‘Scott Pilgrim contra el mundo’, dirige este artefacto con ruido y explosiones fugaces, que empieza con la quinta marcha puesta en la imaginación, pasa a la tercera con una mirada conservadora, conformista y hasta pedante y termina con el freno de mano puesto. De lo arriesgado a lo aparente, de lo fulgurante al escaparate superficial, vistoso y previsible del concesionario de coches usados. El equilibrio entre acción y música, humor irónico y trasfondo dramático, híbrido de géneros y verso libre, se queda en la carrocería, en la chapa. Tras la primera colisión, cuando es necesario detenerse para cargas pilas o echar gasolina el filme deja ver las costuras y el ritmo se gripa. El cineasta de ‘Arma fatal’ busca un hueco entre el rock y la velocidad que suene a diferente, incluso abusa de una fórmula como es la de generar una coreografía de diálogos (el doblaje no deja apreciarlo) sonoridad y visualización, escenas punteadas a través de las canciones, que empieza con cierta originalidad  y acaba en la monotonía. Cuando el motor del amor trata de zarandear la historia ya es tarde. El filme busca acomodo entre ‘Corazón salvaje’ de Lynch y ‘Drive’ de Nicolas Winding Refn, pero el modelo le viene grande. La carretera mainstream toma el mando y los fuegos de artificio y la pirotecnia tapan hasta la banda sonora narrativa que no deja de ser una emisora de estándares con el volumen alto. De Queen a Eagles, de Beck a T. Rex, y hasta Focus. Como truco a mil revoluciones, el filme es vistoso y entretenido. Lástima que la loca comedia romántica a la que apuntaba se pare, a medio metraje, a repostar convencionalismos y etiquetas en el supermercado global. Las piruetas dejan de valer, oigamos lo que oigamos.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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