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Masterchef recorre Francia
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Guillermo Balbona | 20-06-2017 | 07:49

París puede esperar

EE UU. 2016.  92 min (TP). Comedia.

Director: Eleanor Coppola.

Intérpretes: Diane Lane,  Alec Baldwin,  Arnaud Viard,  Cédric Monnet y Linda Gegusch. 

Salas: Cinesa y Peñacastillo

París es la Itaca de esta turista accidental. El viaje inesperado es una vuelta de tuerca azarosa sobre sí misma, su vida pasada y su estado presente. Algo así como un chequeo emocional y sentimental cuyo diagnóstico viene de dentro. Hasta aquí la lectura de lo aparente y lo que hubiera podido ser. El resto es una guía Michelín, un ‘on the road’ y ‘master chef’ con mucho gusto en la carta y nula capacidad para su visualización. ‘París puede esperar’ es un catálogo de platos profusos fotografiados entre intrascendentes conversaciones y sentencias ridículas, cuando no patéticas. La reiteración es el ritmo, las situaciones casi absurdas integran el menú y esta ‘Dos en la carretera’, afectada y monótona, carece de alma. La octogenaria Eleanor Coppola, compañera de Francis y madre de Sofía, intenta innecesariamente transmitir algo que ya sabíamos: su amor al cine y su pasión vital. Pero su caligrafía es convencional, casi de telefilme. El relato nunca encuentra ese cruce de caminos entre lo sensorial, la mirada femenina sobre el mundo y esa ecuación secreta de sentido, biografía y amargura que reposa tras cada fragmento de vida degustada. Por el contrario, el primer filme de ficción de la documentalista de ‘Corazones en tinieblas’ –ese magnífico viaje al fin de la noche de un rodaje, el de ‘Apocalypse now’- resulta vacío, vulgar, falto de encanto y, lo que es peor, aburrido. Este trayecto de viandas y vinos, parada y fonda, con la seducción, el desamor, la rutina y el sexo como intuitivos compañeros del paisaje interior entre campiñas, restaurantes y hoteles, no sé si pasaría el corte de exigencias del canal Viajar. En su reiterada apelación a los sentidos, que nunca comparecen, la cinta se queda varada en una carretera perdida, cansina e insustancial, más glotona que delicada, y ya se sabe que con boca llena las palabras no fluyen. Hay momentos en que ‘París puede esperar’ (y mira que nosotros le echamos paciencia) pide ser zarandeada para despertar y agitar un toque de afrodisíaco cinematográfico que nunca llega. ‘French kiss’ o ‘Chocolat’ son amaneceres sensoriales al lado de este manual errado cuya supuesta ligereza de road movie, que parece un folleto del ministerio de turismo francés, se antoja una insufrible nadería. Tediosa, resulta patética cuando se regodea en las diferenciales culturales, y rebaña cada plato y cada mirada en los tópicos más estereotipados. Sus referencias cultas, citas, imágenes salpicadas de algunos iconos de la pintura o las visitas a algunos museos y templos no solo no arreglan la pésima cocción, sino que descienden sin pudor a ese terreno del publirreportaje turístico matizado por una pátina de 1% cultural para cubrir el expediente. El artificial tono amable, los parlamentos insustanciales y el sopor de un viaje impostado colisionan con la pretensión de canto al hedonismo (con mucha ‘visa’ de por medio). Como pintoresca tarjeta postal gastronómica podría venir firmada por Chicote. Como declaración poética de intenciones no llega ni a dejar un trazo libertario sobre la servilleta o el mantel. Solo Diane Lane pone un rastro de perfume en la epidermis lujosa de esta cartografía culinaria.

Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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