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Fecha: June 12, 2017
Cine disecado
Guillermo Balbona 12-06-2017 | 8:49 | 0

La momia
EE UU. 2017.  110 min (12).  Acción.

Director: Alex Kurtzman.

Intérpretes: Tom Cruise,  Russell Crowe,  Annabelle Wallis y Sofia Boutella.

Salas: Cinesa, Peñacastillo y Autocine.

Es una película embalsamada en el líquido amniótico del dejà vu. Su único asidero es tratar de aferrarse a un cierto aroma de cine de serie B que no cuela. Y si la sucesión, más bien acumulación, de efectos podría ser su salvación, también aquí un cineasta de poco vuelo como  Alex Kurtzman se hunde en el fango. Es curioso que una película sobre Historia no tenga historia. ‘La momia’ –enmarcada en una operación destinada a resucitar a los monstruos de la Universal en un viaje a lo oscuro que se atisba, más bien, muy, muy negro– oportunismo de taquilla aparte, nace muerta. No hay relato sólido y fundamentado ni construcción de personajes, Por si fuera poco su humor infantilizado, la falta de afinidad entre Tom Cruise y Annabelle Wallis, algunos diálogos irrisorios, el personaje esperpéntico y desaprovechado que encarna fugazmente Russel Crowe y el patético vínculo con las maldiciones –que no daría juego ni a Iker Jiménez para su Cuarto milenio– convierten al filme en un mediocre e impostado ‘blockbuster’. Desde el arranque se revela un chirrido y una tendencia al exceso y al ruido. Ritmo y situaciones están desafinadas como si alguien hubiera metido en el mismo caldero la pócima de la primera momia, las cintas de acción que han dado fama a Cruise desde ‘Misión imposible’ y ese aire de aventura y ligereza que los maestros de los años cincuenta lograban cincelar con brío y empatía. Del Valle de los Reyes al Hollywood californiano la únicas plaga posible es la de un cine momificado, ajeno a los cadáveres exquisitos del género de aventuras que resucitan con su aliento vital. El milagro de la ciencia y el desafío al tiempo, en todo caso, estriba en comprobar cómo  Tom Cruise, que cuando no ha hecho de sí mismo ha dejado excelentes trabajos, está más joven en ‘La momia’ que en ‘Nacido el cuatro de julio’ de Stone, rodada hace treinta años. Mientras los científicos de la cirugía descifran el enigma, en la pantalla discurren solapadas las plagas digitales de ratas, pájaros, arañas y zombies entre el tedio y el juego de rol. Todo responde a una sucesión de cromos/iconos, ya sabidos, a los que se les asigna tiempo y lugar. No hay personajes sino estereotipos embalsamados que podrían haber encarnado cualquier otro actor y actriz. La confusión está generada por una trama sin más planteamiento que la verborrea incesante –los diálogos entre el protagonista y su compañero de aventuras hacen añorar a Abbott y Costello–; exenta de nudo (los guionistas no se han leído ni el folleto de acceso al Museo Egipcio de El Cairo) y un desenlace más estirado que el rostro de nuestro héroe. Su trazo primario, que podría ser en otros casos material para el encanto, resulta aquí pasmo y nadería. Hasta Cruise , que nunca lo necesita, se pasa la película gesticulando como si tratara de quitarse las vendas de la cara. Lo demás es una película parásita, elaborada sobre las cenizas de la ficción y metida con calzador en el sarcófago del cheque en blanco y el boca a boca de la taquilla. Hay sepulcros que no conviene remover.

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kafka 2.0
Guillermo Balbona 12-06-2017 | 8:48 | 0

Testigo

Francia. 2016. 88 m. (12). ‘Thriller’.

Director: Thomas Kruithof. Guion: Yann Gozlan,  Kruithof.

Música: Grégoire Auger.

Fotografía: Alex Lamarque.

Intérpretes: François Cluzet, Alba Rohrwacher, Simon Abkarian, Sami Bouajila.

Salas: Peñacastillo.

Hay contención, minimalismo y austeridad. Un poso de amargura recorre este filme de espionaje pero sobre todo de soledad, de profusas escuchas pero escasas conversaciones. Un relato de intriga donde el mayor misterio es la vida metódica de un hombre enquistado en su desesperanza. ‘Testigo’, una ópera prima tan silenciosa como discreta, se ha colado en la cartelera dominada por la invasiva plaga de blockbuster que acaparan salas y horarios. Cinta francesa del debutante Thomas Kruithof, su título original, ‘La mécanique de l’ombre’. responde más  fielmente al aséptico y manido ‘Testigo’, bajo el que se ha comercializado en España. Metódica pero menos, directa y seca, en apenas hora y media la cinta se adentra por uno de esos resquicios del sistema, entre agujeros negros y mecanismos en la sombra, que dibujan las cloacas del poder, la fontanería de los intereses cruzados de los sistemas de gobierno y la utilización, cómo no, de las variantes del ‘Gran hermano’ para establecer sofisticadas,  o austeras, pero implacables formas de vigilancia. Pero, la pregunta sigue siendo ¿quién vigila al vigilante? A medio camino entre una parábola con ribetes distópicos y un drama negro, en la frontera entre la excelente ‘La vida de los otros’, de Florian Henckel von Donnersmarck, y esa obra maestra tantas veces olvidada que es ‘La conversación’ de Coppola, ‘Testigo’ es un sólido e inquietante retrato cuyo valor más intenso reside en su capacidad para crear un clima de tensión y opresión, en ocasiones retorcidamente claustrofóbico, gracias a la empatía que logra transmitir el actor François Cluzet con su sobria indefensión. Quizás a ‘Testigo’ se le puede achacar cierta falta de brío en su recta final, una mayor oscuridad y arrebato para redondear la historia de este ciudadano envuelto en un laberinto kafkiano entre ‘El Castillo’ y ‘El proceso’. El juego de silencios, elipsis, reiteraciones permite generar esa atmósfera elocuente, que sirve tanto para denunciar como para agitar la mirada sobre un enredo que provoca desazón y vértigo. Las fronteras entre lo invisible y lo obvio, lo sugerido y lo transparente alcanzan su mayor contundencia hacia la la mitad del metraje, aunque ‘Testigo’ se va disolviendo cuando pierde el factor del misterio y abandona su personaje para detenerse en una resolución que resulte convincente. De lo desprendido y despojado se pasa a cierta acción explícita que rompe la armonía del filme. No obstante Kruithof se muestra como un alumno aventajado del ‘polar’ y logra sus mejores planos en miradas y composiciones que recuerdan al mejor Melville. La culpa, la soledad y la redención constituyen el verdadero puzle que construye una realidad solapada bajo los mecanismos perversos del poder que busca nuestra ceguera.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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