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Fecha: June, 2017
Hacer el boca a bocaza
Guillermo Balbona 20-06-2017 | 8:52 | 0

Baywatch: Los vigilantes de la playa

EE UU. 2017.  114 min (16). Acción.

Director: Seth Gordon. Música: Christopher Lennertz.

Fotografía: Eric Steelberg.

Intérpretes: Dwayne ‘The Rock’ Johnson,  Zac Efron y  Alexandra Daddario. 

Salas: Cinesa y Peñacastillo

 

Es la versión torácica de ‘Miami vice’ y ‘Hawaii Five-0’. Un desfile de glándulas mamarias, pectorales y brazos como troncos haciendo el boca a bocaza para ver quién es el más gracioso de la playa. ¿Quién vigila al vigilante? ‘Baywatch’ es tan innecesaria como torpe y despistada. Ni llega a parodia de la serie a la que trata de homenajear ni avanza en esa especie de subgénero de baño, cuerpos y riesgo, todo ello aderezado por una brisa de música y fiesta pastillera. La única bandera roja en esta playa de descerebrados la ponen los guionistas con una atrofiada historia de corruptelas, droga, especulación inmobiliaria y enredos sexuales. Eso sí, para adentrarse en la zona cero de esta carrera hacia ninguna parte, sin chaleco salvavidas para el espectador, se suceden los chistes escatológicos, las referencias a erecciones y las náuseas y vómitos como nutritivos ingredientes narrativos. El listón está muy alto. Se trata de saber quién dirá la mayor parida tras dar brazadas, marcarse unas carreras por la orilla y exhibición de cuerpos al sol, entre el sudor, el alcohol y la rave. Los vigilantes de la playa 2.0 en manos de un realizador televisivo como Seth Gordon es un adefesio ilustrado, a modo de suplemento de moda de verano, entre persecuciones que dan grima y coreografías vergonzosas. ‘Baywatch’ pretende salvar el culo en el hecho de que se ríe de la serie pero, en realidad, no sabe reírse de sí misma. Entre mujeres turgentes correteando a cámara lenta, los fluidos corporales y las sinsorgadas sexistas, a su lado algunos programas televisivos parecen reuniones de intelectuales. Dwayne Johnson y Zac Efron encabezan el reparto –más bien el juego de abdominales–, en una competición de bultos y agujeros negros en el cerebro. ‘Baywatch’ es tan burda como inane. No hace daño porque está vacía. Es como si te diera una insolación tras ver una postal de paisaje de costa. ‘Los vigilantes de la playa’ ignora la mitología popular que desprendía la serie televisiva y, por si fuera poco, la utiliza como excusa para construir semejante bodrio, vulgar y tosco. Hay más plástico que piel, pese a todo, y la cansina sucesión de persecuciones alcanza la tortura fina. Dado que no puede tomarse en serio ni como parodia ni como sátira, la ausencia de músculo es de tal calibre que algunos programas televisivos temáticos parecen a su lado tormentas de ideas. Diluida y frágil no vale como chapuzón cinematográfico veraniego. El espectador busca un asidero que le saque de esta temporada de baños y nade desesperado hacia la otra orilla. Entre la estética macarra y la comicidad zafia y plana, solo cabe apagar el cerebro y atisbar un flotador en el horizonte de la cartelera estival.

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Masterchef recorre Francia
Guillermo Balbona 20-06-2017 | 8:49 | 0

París puede esperar

EE UU. 2016.  92 min (TP). Comedia.

Director: Eleanor Coppola.

Intérpretes: Diane Lane,  Alec Baldwin,  Arnaud Viard,  Cédric Monnet y Linda Gegusch. 

Salas: Cinesa y Peñacastillo

París es la Itaca de esta turista accidental. El viaje inesperado es una vuelta de tuerca azarosa sobre sí misma, su vida pasada y su estado presente. Algo así como un chequeo emocional y sentimental cuyo diagnóstico viene de dentro. Hasta aquí la lectura de lo aparente y lo que hubiera podido ser. El resto es una guía Michelín, un ‘on the road’ y ‘master chef’ con mucho gusto en la carta y nula capacidad para su visualización. ‘París puede esperar’ es un catálogo de platos profusos fotografiados entre intrascendentes conversaciones y sentencias ridículas, cuando no patéticas. La reiteración es el ritmo, las situaciones casi absurdas integran el menú y esta ‘Dos en la carretera’, afectada y monótona, carece de alma. La octogenaria Eleanor Coppola, compañera de Francis y madre de Sofía, intenta innecesariamente transmitir algo que ya sabíamos: su amor al cine y su pasión vital. Pero su caligrafía es convencional, casi de telefilme. El relato nunca encuentra ese cruce de caminos entre lo sensorial, la mirada femenina sobre el mundo y esa ecuación secreta de sentido, biografía y amargura que reposa tras cada fragmento de vida degustada. Por el contrario, el primer filme de ficción de la documentalista de ‘Corazones en tinieblas’ –ese magnífico viaje al fin de la noche de un rodaje, el de ‘Apocalypse now’- resulta vacío, vulgar, falto de encanto y, lo que es peor, aburrido. Este trayecto de viandas y vinos, parada y fonda, con la seducción, el desamor, la rutina y el sexo como intuitivos compañeros del paisaje interior entre campiñas, restaurantes y hoteles, no sé si pasaría el corte de exigencias del canal Viajar. En su reiterada apelación a los sentidos, que nunca comparecen, la cinta se queda varada en una carretera perdida, cansina e insustancial, más glotona que delicada, y ya se sabe que con boca llena las palabras no fluyen. Hay momentos en que ‘París puede esperar’ (y mira que nosotros le echamos paciencia) pide ser zarandeada para despertar y agitar un toque de afrodisíaco cinematográfico que nunca llega. ‘French kiss’ o ‘Chocolat’ son amaneceres sensoriales al lado de este manual errado cuya supuesta ligereza de road movie, que parece un folleto del ministerio de turismo francés, se antoja una insufrible nadería. Tediosa, resulta patética cuando se regodea en las diferenciales culturales, y rebaña cada plato y cada mirada en los tópicos más estereotipados. Sus referencias cultas, citas, imágenes salpicadas de algunos iconos de la pintura o las visitas a algunos museos y templos no solo no arreglan la pésima cocción, sino que descienden sin pudor a ese terreno del publirreportaje turístico matizado por una pátina de 1% cultural para cubrir el expediente. El artificial tono amable, los parlamentos insustanciales y el sopor de un viaje impostado colisionan con la pretensión de canto al hedonismo (con mucha ‘visa’ de por medio). Como pintoresca tarjeta postal gastronómica podría venir firmada por Chicote. Como declaración poética de intenciones no llega ni a dejar un trazo libertario sobre la servilleta o el mantel. Solo Diane Lane pone un rastro de perfume en la epidermis lujosa de esta cartografía culinaria.

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Y tanto
Guillermo Balbona 20-06-2017 | 8:48 | 0

Señor, dame paciencia

España. 2017.  (12). Comedia.

Director: Álvaro Díaz Lorenzo.

Intérpretes: Jordi Sánchez,  Megan Montaner, Eduardo Casanova y Antonio Dechent.h. 

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Coral y a coro, pretende ser simpática y casi siempre resulta cargante. Parece una película de otra época, aunque su gracieta desprenda el aroma de las comedias de la transición. Quizás porque vivimos inmersos en una de ellas de manera permanente. Con cierto deje del españolito que encarnara José Luis López Vázquez, un tufillo a comedieta española de los setenta y esa especie de esqueje peligrosamente de moda de los ‘Ocho apellidos vascos’ y ‘Allí abajo’, ‘Señor, dame paciencia’ busca su salero en una zona de confort nada arriesgada. Chistes sobre tópicos, topicazos sobre las dualidades de la españolada (Barca/ Madrid, playa /campo, catalanes y el resto, a vueltas con la obsesiva y poco agraciada chispa sobre perroflautas, naderías y simplezas…) el filme juega con el ‘soy español, español, español…’ entre la rutina y lo convencional. La paella tiene los ingredientes habituales pero sabor, lo que es sabor, no llega nunca al paladar. Una combinación un tanto burda de intérpretes, eso sí, que saben estar en su sitio, donde lo regionalista, lo autonómico y lo autosuyo articulan los enredos, es un decir, de una familia que encauza todo ese torrente de prejuicios, estereotipos, etiquetas y lugares comunes. El sexo, las relaciones paternofiliales, la figura matriarcal como elemento de unidad y, por supuesto, la Guardia Civil, (como dejó claro un tráiler que ya contó toda la película) son los ejes del filme de Alvaro Díaz Lorenzo que transita deslavazado, pero seguro de sí mismo, entre situaciones simplonas, gags reiterativos, comicidad bobalicona y caricatura de trazo grueso. Lo primero que viene a la mente es que el filme parece el episodio piloto de una serie que Atresmedia podría programar en cualquier momento. Y lo último, la poca convicción con la que la comedia desestructurada quiere dar paso a un melodrama jocoso con moralina y dibujo superficial de los personajes en sus trances. El mando para ir cambiando de registro en la ficción lo tiene el actor Jordi Sánchez, en un trabajo que mezcla ‘La que se avecina’, la gesticulación a lo Mr. Bean y los antecedentes ya citados de la comedia española coral más frecuentada. Pero donde el filme se mira es en una reciente cinta francesa, ‘Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?’ donde Christian Clavier encarnaba una figura de corte similar: la del padre xenófobo e intolerante, que veía como sus hijas se casaban con representantes de toda la pléyade multicultural y religiosa.Entre hipérboles y soflamas sin delicadeza desfilan el yerno culé, el novio vasco gay y de origen senegalés (con referencia incluida a Iñaki Williams), y mucha Benemérita, Pues eso, paciencia.

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Cine disecado
Guillermo Balbona 12-06-2017 | 8:49 | 0

La momia
EE UU. 2017.  110 min (12).  Acción.

Director: Alex Kurtzman.

Intérpretes: Tom Cruise,  Russell Crowe,  Annabelle Wallis y Sofia Boutella.

Salas: Cinesa, Peñacastillo y Autocine.

Es una película embalsamada en el líquido amniótico del dejà vu. Su único asidero es tratar de aferrarse a un cierto aroma de cine de serie B que no cuela. Y si la sucesión, más bien acumulación, de efectos podría ser su salvación, también aquí un cineasta de poco vuelo como  Alex Kurtzman se hunde en el fango. Es curioso que una película sobre Historia no tenga historia. ‘La momia’ –enmarcada en una operación destinada a resucitar a los monstruos de la Universal en un viaje a lo oscuro que se atisba, más bien, muy, muy negro– oportunismo de taquilla aparte, nace muerta. No hay relato sólido y fundamentado ni construcción de personajes, Por si fuera poco su humor infantilizado, la falta de afinidad entre Tom Cruise y Annabelle Wallis, algunos diálogos irrisorios, el personaje esperpéntico y desaprovechado que encarna fugazmente Russel Crowe y el patético vínculo con las maldiciones –que no daría juego ni a Iker Jiménez para su Cuarto milenio– convierten al filme en un mediocre e impostado ‘blockbuster’. Desde el arranque se revela un chirrido y una tendencia al exceso y al ruido. Ritmo y situaciones están desafinadas como si alguien hubiera metido en el mismo caldero la pócima de la primera momia, las cintas de acción que han dado fama a Cruise desde ‘Misión imposible’ y ese aire de aventura y ligereza que los maestros de los años cincuenta lograban cincelar con brío y empatía. Del Valle de los Reyes al Hollywood californiano la únicas plaga posible es la de un cine momificado, ajeno a los cadáveres exquisitos del género de aventuras que resucitan con su aliento vital. El milagro de la ciencia y el desafío al tiempo, en todo caso, estriba en comprobar cómo  Tom Cruise, que cuando no ha hecho de sí mismo ha dejado excelentes trabajos, está más joven en ‘La momia’ que en ‘Nacido el cuatro de julio’ de Stone, rodada hace treinta años. Mientras los científicos de la cirugía descifran el enigma, en la pantalla discurren solapadas las plagas digitales de ratas, pájaros, arañas y zombies entre el tedio y el juego de rol. Todo responde a una sucesión de cromos/iconos, ya sabidos, a los que se les asigna tiempo y lugar. No hay personajes sino estereotipos embalsamados que podrían haber encarnado cualquier otro actor y actriz. La confusión está generada por una trama sin más planteamiento que la verborrea incesante –los diálogos entre el protagonista y su compañero de aventuras hacen añorar a Abbott y Costello–; exenta de nudo (los guionistas no se han leído ni el folleto de acceso al Museo Egipcio de El Cairo) y un desenlace más estirado que el rostro de nuestro héroe. Su trazo primario, que podría ser en otros casos material para el encanto, resulta aquí pasmo y nadería. Hasta Cruise , que nunca lo necesita, se pasa la película gesticulando como si tratara de quitarse las vendas de la cara. Lo demás es una película parásita, elaborada sobre las cenizas de la ficción y metida con calzador en el sarcófago del cheque en blanco y el boca a boca de la taquilla. Hay sepulcros que no conviene remover.

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kafka 2.0
Guillermo Balbona 12-06-2017 | 8:48 | 0

Testigo

Francia. 2016. 88 m. (12). ‘Thriller’.

Director: Thomas Kruithof. Guion: Yann Gozlan,  Kruithof.

Música: Grégoire Auger.

Fotografía: Alex Lamarque.

Intérpretes: François Cluzet, Alba Rohrwacher, Simon Abkarian, Sami Bouajila.

Salas: Peñacastillo.

Hay contención, minimalismo y austeridad. Un poso de amargura recorre este filme de espionaje pero sobre todo de soledad, de profusas escuchas pero escasas conversaciones. Un relato de intriga donde el mayor misterio es la vida metódica de un hombre enquistado en su desesperanza. ‘Testigo’, una ópera prima tan silenciosa como discreta, se ha colado en la cartelera dominada por la invasiva plaga de blockbuster que acaparan salas y horarios. Cinta francesa del debutante Thomas Kruithof, su título original, ‘La mécanique de l’ombre’. responde más  fielmente al aséptico y manido ‘Testigo’, bajo el que se ha comercializado en España. Metódica pero menos, directa y seca, en apenas hora y media la cinta se adentra por uno de esos resquicios del sistema, entre agujeros negros y mecanismos en la sombra, que dibujan las cloacas del poder, la fontanería de los intereses cruzados de los sistemas de gobierno y la utilización, cómo no, de las variantes del ‘Gran hermano’ para establecer sofisticadas,  o austeras, pero implacables formas de vigilancia. Pero, la pregunta sigue siendo ¿quién vigila al vigilante? A medio camino entre una parábola con ribetes distópicos y un drama negro, en la frontera entre la excelente ‘La vida de los otros’, de Florian Henckel von Donnersmarck, y esa obra maestra tantas veces olvidada que es ‘La conversación’ de Coppola, ‘Testigo’ es un sólido e inquietante retrato cuyo valor más intenso reside en su capacidad para crear un clima de tensión y opresión, en ocasiones retorcidamente claustrofóbico, gracias a la empatía que logra transmitir el actor François Cluzet con su sobria indefensión. Quizás a ‘Testigo’ se le puede achacar cierta falta de brío en su recta final, una mayor oscuridad y arrebato para redondear la historia de este ciudadano envuelto en un laberinto kafkiano entre ‘El Castillo’ y ‘El proceso’. El juego de silencios, elipsis, reiteraciones permite generar esa atmósfera elocuente, que sirve tanto para denunciar como para agitar la mirada sobre un enredo que provoca desazón y vértigo. Las fronteras entre lo invisible y lo obvio, lo sugerido y lo transparente alcanzan su mayor contundencia hacia la la mitad del metraje, aunque ‘Testigo’ se va disolviendo cuando pierde el factor del misterio y abandona su personaje para detenerse en una resolución que resulte convincente. De lo desprendido y despojado se pasa a cierta acción explícita que rompe la armonía del filme. No obstante Kruithof se muestra como un alumno aventajado del ‘polar’ y logra sus mejores planos en miradas y composiciones que recuerdan al mejor Melville. La culpa, la soledad y la redención constituyen el verdadero puzle que construye una realidad solapada bajo los mecanismos perversos del poder que busca nuestra ceguera.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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