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Fecha: May 8, 2017
Huida hacia adelante
Guillermo Balbona 08-05-2017 | 8:57 | 0

John wick: pacto de sangre

EE UU. 2017.  122 min (TP). Thriller.

Director: Chad Stahelski.

Intérpretes: Keanu Reeves,  Riccardo Scamarcio,  Bridget Moynahan,  Ruby Rose, Peter Stormare e  Ian McShane.

Sala: Bonifaz. Filmoteca. Próximo martes.

 

A su lado, Fast & Furious es una veloz nadería amanerada. Con la sequedad de un western, el espíritu de una road movie que muchas veces se olvida del coche y la carretera ‘John Whick’ es un ejercicio trepidante, hiperviolento, una hipérbole de acción que se mueve entre el videojuego muy físico y la intención de convertirse en una interminable viñeta. De la autoparodia a la fidelidad a un canon de género, el filme no abandona nunca la línea continúa de una huida hacia adelante que en su incesante campo de acción tiene su seña de identidad y su razón de ser. En esta segunda entrega, más bien extensión y prótesis, la venganza y la redención, el ansia de poder y la muerte como lenguaje y moneda de cambio, sostienen el eje de una cinta que se autoconsume en la fecha de caducidad de su propia, sucesiva y constante insistencia en repetirse en la inevitabilidad. El ‘Pacto de sangre’, y de taquilla, que preside el regreso de este sufriente aniquilador, terminator y exterminador, a veces demasiado serio, otras quizás un punto irónico, de jocosa musculatura terminal, nunca se detiene. Chad Stahelski, un especialista metido a director, dirige la función como si el Circo de las armas se hubiese detenido en la ciudad entre parodias, homenajes, autocitas, ingenio e interminable fuga insustancial. Su acierto radica en que cuando el espectador comienza a preguntarse los porqués de esta coreografía de asesinatos y trayectos sangrientos, ya está embebido de un thriller que chapotea en su permanente danza de balas, armas y golpes. La elección de los escenarios, perfectamente planificada, contribuye a dotar de estilizada puesta en escena a cada uno de los pasos del protagonista. Esa rave en el centro de unas ruinas romanas, la sala de los espejos que homenajea a Orson Welles, el duelo de pistolas con silenciador entre las plazas,  fuentes y escaleras mecánicas de lugares cotidianos marcados por la arquitectura high tech y el diseño del siglo XXI… todo resulta tan absurdo y hueco como simpático, lúcido, rítmico. Un elogio del entretenimiento que revienta toda lógica. Keanu Reeves, que parece sentirse muy cómodo como el estoico asesino a sueldo, busca la jubilación anticipada que el destino le niega. Es esa situación la que se convierte en columna vertebral de esta sopa de balas y armas blancas –imposible contar los asesinatos- que subraya la fisicidad, la coreografía del vínculo entre asesinos y espacios que agranda aquí su perfume de humor negro, siempre seco y lacónico. Una violencia que se mastica, muy cerca de Walter Hill o, en su extremo noir, con una sintonía visual muy pegadiza del cine de Melville, más el Jarmusch de ‘Ghost Dog, el camino del samurái’. Habrá tercera entrega porque el juego de suspensión/representación que contiene la propia ficción, así lo demanda. Entre códigos y lenguajes audiovisuales anda el juego. Siéntense y déjense llevar. Sólo cabe sortear alguna bala perdida.

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Ni falta que hace
Guillermo Balbona 08-05-2017 | 8:55 | 0

Nunca digas su nombre

EE UU. 2017. (16). 96 min. Terror.

Director: Stacy Title.

Intérpretes: Douglas Smith,  Lucien Laviscount,  Cressida Bonas, Doug Jones y  Michael Trucco.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Ni su loable intento de reinventar un Viernes 13 o un Scream con lema y hombre del saco incluido, salvan de la quema esta endeble vuelta de tuerca al género entre el susto y la vulgaridad. ‘Nunca digas su nombre’ –título demasiado explícito sobre el argumento de un filme cuyo original es ‘The Bye Bye Man’– explota todas las posibilidades de género: juegos simbólicos manidos, objetos que adquieren vida propia, niños en pasillos y la omnipresecia del mal en una figura entre atávica, fantasmagórica e insustancial. Stacy Title, cineasta de ‘El diablo viste de negro’, se revela tan rutinario y desganado que el filme incluso desaprovecha esa veta alucinatoria que posee intrínsecamente la historia. Su excelente y enigmático arranque, que remite a un pasado envuelto en extrañeza y en esa anormalidad de lo normal que derrama lo verdaderamente inquietante de la condición humana, da paso a un relato tan inane y aburrido como desmayado. Entre tópicos, reiteraciones, conversaciones explicativas y amagos de sustos ‘Nunca digas su nombre’ es un retorcido juego que solapa estereotipos, subtextos, subgéneros y máscaras argumentales: jovencitos asustados e inmaduros que tienen toda la pinta que de mayores votarán a Trump; guiños entre el azar y el destino; leyendas urbanas; visiones muy poco visionarias y un sentido bastante monótono del ritmo y de ese sentido de la seducción tan necesario en la atmósfera de terror, aquí carente de lucidez. Entre ‘Candyman y la saga de ‘Destino final’, sin efectos de calidad y el piloto automático puesto, la cinta pierde su norte a medida que va presentando su geografía sobre lo ignoto, entre la casa maldita, la presencia diabólica y la mutación de los personajes sin apenas empatía. Hay algún tipo de publicidad oficial que mete más miedo que este grito sordo de terror envasado al vacío. Sin Wes Craven aquí no hay asideros para el espectador, ni siquiera para el más entregado al género. El filme tampoco se toma la molestia de tomarse en serio, pero al tiempo carece de la ironía y no aporta nada en cuestión de estilo a la hora de crecer por el arriegasdo terreno creativo. Ese lado de posesión gótica que discurre en lo oscuro, más bien lo negro, nunca toma el mando y el supuesto terror da bandazos y rebota por las paredes de la vulgaridad. La nostalgia de Freddy Krueger y Michael Myers es inevitable. Este ‘Bye Bye Man’ parece despedirse ya desde el inicio. Carente de personalidad visual, muy lejos de algunas joyitas de la serie B , su mezcolanza de lo sobrenatural y el thriller atrapa-adolescentes asoma sumido en una siesta con susto dentro. Las fugaces y sorprendentes apariciones de Carrie-Anne Moss y Faye Dunaway son como concesiones de guiño cinéfilo, meros recursos estéticos dentro de un magma predecible, insípido y vacuo.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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