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híbrido heterodoxo
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Guillermo Balbona | 02-05-2017 | 08:38

Guardianes de la galaxia. vol2

Estados Unidos. 2017. 137 min (TP). Ciencia Ficción.

Director: James Gunn.

Intérpretes: Chris Pratt,  Zoe Saldana,  Dave Bautista y Bradley Cooper.

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

 

En este lado del espacio hay muchas familias desestructuradas y periféricas. Marginados y outsiders, integrados, los menos, y muchos apocalípticos. Lo de la saga estaba claro desde el momento en que, de forma clara y justa, la historia de esta pandilla basura con vocación accidental de arreglar el mundo logró instalarse en el imaginario del espectador, también del exigente. Al inicio de esta nada desdeñable aunque más irregular segunda entrega de los ‘Guardianes de la galaxia’, una conversación banal y sin intención esconde sin embargo la definición de esta aventura: su identidad como híbrido poco ortodoxo. Juguetona, irónica, en este caso ya casi autoparódica, se apropia con gracia de destellos galácticos y fantásticos ajenos, escarba en las minas del género y se reinventa como si no se diese importancia. Entre la caricatura controlada, la picaresca, el lado cachondo y un agitado combinado de nostalgia terrícola, búsqueda del padre y música como personaje, este volumen 2 suena a tope con varias pistas y tonos. James Gunn, su cineasta, se postula marginal y a veces ácrata y firma un delirante cosmos cómico con un planeta llamado ego con el rostro de Kurt Russell; una metáfora humanista y celestial que podría servir de base a alguna nueva formación política en cualquier democracia del cielo político y una equilibrada oferta de aventura, acción, batalla cosmogónica y extraterrestre y parada de monstruos del espacio. Este grano en el culo de la Marvel está lleno de pus creativo. Desde su arranque –un baile a modo de preludio mientras la madre de todas las batallas transcurre al fondo como decorado– deja claro que al director y los suyos no les interesa la hoja de ruta oficial del sello original, y sí buscar un camino propio en el que caben tanto alegorías telúricas como conflictos fraternales exprimidos hasta lo más grave o la risotada. La cultura popular, las referencias de culto, el guiño, los cameos y una coreografía jubilosa y vitalista imprimen solidez a la apuesta. Aquí cabe tanto una ilustración que podría haber formado parte de una portada descartada de un disco de Emerson, Lake & Palmer, como un panegírico sobre David Hasselhoff  y su coche fantástico. Salvo algunos ligeros baches de ritmo –no siempre el insistente soporte paternofilial funciona- lo cierto es que la segunda incursión de estos simpáticos guardianes, con ánimo veces de multarse a sí mismos, mantiene el tipo funcional de su aparición. Entre cierto malditismo cachondo festivo y lo de irrespetuosa menos consigo misma (esa es la parte mala) la segunda del serial solo se pone oficialista y ortodoxa cuando concede demasiada presencia a esas interminables batallas épicas que forman parte del canon de género y de taquilla. El resto es una deliciosa locura entre Sam Cooke y Cat Stevens, entre sacrilegios, postureo de serie B, modelos kitsch y un desfile de nostalgia de los setenta y ochenta hasta componer una sinfonía del entretenimiento demasiado pegada a su entrega madre pero fiel al espíritu con el que nació: un universo paralelo de superhéroes a su pesar que arrastran sus traumas y su informalidad con elegante saber estar e ingenuidad. Entre la psicodelia y una reunión de desclasados anónimos.

Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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