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Fecha: May, 2017
Vivir así es morir de amor
Guillermo Balbona hace 4 horas | 0

Me casé con un boludo

Argentina. 2016.  110 min (TP). Romance.

Director: Juan Taratuto. Guion: Pablo Solarz.

Música: Darío Eskenazi.

Fotografía: Julián Apezteguía.

Intérpretes: Adrián Suar,  Valeria Bertuccelli, Gerardo Romano y  Norman Briski.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Vivir, actuar, actuar, vivir. Es una comedia muy, muy argentina. Un vodevil de actores, una vuelta de tuerca a la interpretación dentro de la vida, una catarsis sobre las posibilidades de ser nosotros mismos o de parecerlo. Una de máscaras con el amor como médium y como única dimensión. ‘Me casé con un boludo’ –en los matices de este término puede estar buen parte de las claves del filme de Juan Taratuto– es verborreica, lenguaraz, caudalosa y está acaparada por una pareja de excelentes intérpretes que se montan su particular tango de neurosis, hipérboles, miedos, afectos y desafectos. A veces actúan fuera del filme que ruedan en la ficción y otras se aman y viven su verdad dentro del set de rodaje en el que transcurre buena parte de la película. Es un bucle satírico a veces, de sainete otras, incesante siempre, que no se detiene más que en el verbo de ambos actores. El cineasta de ‘No sos vos, soy yo’ se mueve y diluye también con soltura y obsesión por la guerra de sexos, los límites entre la realidad y el deseo, la ficción y la realidad. Es una comedia romántica simpática, pero menos. Una declaración de amor a la interpretación como un medio de llegar a la vida. Todo es gesto, locura controlada y un despliegue de complicidad entre Adrián Suar y Valeria Vertuccelli, ella inmensa durante la mayor parte del metraje. Falta profundidad y elementos, factores que agiten la trama. Es una comedia de una idea y de una pareja que no parece avanzar nunca, varada en el egocentrismo de él y la fragilidad de ella. En realidad, el director se limita a estirar su propio cine fórmula y a cambiar las tornas de ‘Un novio para mi mujer’, que rodó con la misma pareja de intérpretes. No hay profundidad de campo en el guion que se queda en la superficie. Suar (hubiese sido más acertado elegir a Diego Peretti) y Vertuccelli sacan petróleo al encarnar a este matrimonio en el que, como todos, no se sabe dónde empiezan las poses, la simulación, el dejar de ser uno para ser el otro. A este ‘boludo’ le fallan las costuras. Es una comedia amable en la que, sin embargo, todo debería ser cruelmente ácido. Es previsible cuando se fundamenta en el azaroso y pantanoso campo minado de las relaciones de pareja y buena parte de los diálogos piden a gritos que alguien les zarandeen más allá de la gracieta y del chiste fácil que contienen. Con riesgo hasta podría haber sido un excelente musical. Hay más postureo que talento. Más histrionismo que psicología. Con algo de Pigmalion y otro poco de Cyrano, con deudas  muy lejanas de Allen, la comedia se estira y alarga innecesariamente, casi tanto como el propio ego que está en el latido y la médula de la comedia. Hacia el final el director recurre a Camilo Sesto que asoma como una banda sonora que estuviera dando la hora. «Y ya no puedo más, /Siempre se repite la misma historia/ Y ya no puedo más,/ Estoy harto de rodar como una noria»…

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A mucho viento, poca vela
Guillermo Balbona hace 4 horas | 0

Piratas del caribe: la venganza de salazar

EE UU. 2017.  129 min (12). Terror.

Director: Joachim Rønning, Espen Sandberg.

Intérpretes: Johnny Depp,  Javier Bardem,  Orlando Bloom y Geoffrey Rush.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Al abordaje de la taquilla estos piratas entrenan en el spa digital entre olas artificiales y gestos sumergidos al vacío. Hace mucho tiempo que lo que era franquicia estirada se ha convertido en una travesía reiterativa, sin rumbo e incluso varada en los estereotipos y personajes anclados en su falso tatuaje narrativo. A mucho viento, poca vela. Piratas del Caribe sigue teniendo más del parque temático que la inspiró, que de cuento de corsarios, rebeldes del mar y ácratas ondeando la bandera de los horizontes personales. Aquí el botín codiciado se reparte en muchas salas y el espíritu de la aventura es sacrificado por mor de una infantilización de barraca, videojuego y artefacto de feria al que solo le falta la manida y malentendida excusa de la interacción. En ‘La venganza de Salazar’, estos Piratas del Caribe, que nacieron al mar abierto de la industria sin un claro mapa del tesoro, son ahora los hacedores de la marca. Desde la reiteración y lo cansino,  la nueva entrega derrama la estela de la aventura, cada vez más escasa, y se ampara en la tempestad del fantástico con Johnny Depp como comediante y maestro de ceremonias que hace tiempo que protagoniza su propia película y, quién sabe, franquicia. No estaría mal que algunos de los responsables de esta navegación temática tomaran el timón y se dirigieran a ese territorio donde atracan ‘El temible burlón’ y ‘El capitán Blood’. A falta de un verdadero halcón del mar, la saga se sostiene en las caprichosas veleidades de Depp, y fija su catalejo en un imposible equilibrio entre lo infantil y lo oscuro como si Batman y Harry Potter hubiesen prestado sus cofres particulares para alumbrar nuevos tesoros. Salazar no suelta las amarras suficientes con el pasado, de modo que el filme navega de forma forzada y Jack Sparrow parece el cantante estelar de un karaoke virtual. Repetitiva y agotadora –da la sensación de que el personaje de Bardem debería tener más vuelo en su encarnación de espada de los mares– la trama despliega las velas familiares y entrecruza subtramas de padres e hijos en busca de sus raíces. Entre fantasmas, el filme deambula haciendo guiños a la copia y deteniéndose en determinadas atracciones pasajeras. Los cineastas Joachim Rønning y Espen Sandberg, responsables de ‘Bandidas’, carecen de personalidad y se ponen al servicio de un epílogo muy épico, de fanfarria, que parece desmentir la oscuridad y que sirve para alumbrar una sexta entrega. Salazar y Barbosa podrían competir este verano en la Concha. El ejercicio de la desmesura, el exceso, la combinación fallida del gag visual con el efecto especial y la oscuridad barroca son una constante maldición. El espectador parece tan atrapado en la montaña rusa como la perla negra en su botella. Hay acumulación, que no emoción. A la espera, eso sí, de otra ciaboga en la siguiente atracción.

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Hipnótica y descarnada
Guillermo Balbona 22-05-2017 | 9:25 | 0

Lady Macbeth

Reino Unido. 2017. 89 min Drama.

Director: William Oldroyd.

Guión: Alice Birch (Novela: Nikolai Leskov).

Música: Dan Jones. Fotografía: Ari Wegner.

Intérpretes: Florence Pugh,  Christopher Fairbank,  Cosmo Jarvis.

Salas: Groucho

Nada es lo que parece. No sirve la asociación fácil del título con Shakespeare, pues en este caso es una traslación de la novela del ruso Nikolai Leskov. Incluso estamos ante una ópera prima de un director teatral que muestra tal madurez que uno llega a pensar que ha estado haciendo cine toda su vida. Además, debuta una actriz que destila textura y pasión, complicidad y una ligazón total con la cámara, como si tuviese un invisible cordón umbilical con la imagen que se desea transmitir en cada momento. ‘Lady Macbeth’ es una composición pictórica del XIX pero moderna; una mirada costumbrista anclada en el pasado pero desbordante de actualidad; un ejercicio de estilo intachable, frío y elegante, aunque hipnótico como uno de esos cuadros de Turner que invitan a un viaje incierto. La singularidad de este retrato en femenino singular, de rebeldía y crueldad, radica en su mirada transgresora, en su reflexión abierta sobre el sexismo. William Oldroyd convierte una tragedia victoriana de sangre, sexo, racismo, dominación, humillación, moral, educación… en un fresco descarnado sobre fuerzas emocionales ocultas que asoman entre los pliegues de lo racial y el género. Formalistas, depuradas, despojadas, las imágenes de ‘Lady Macbeth’ revelan estancias vacías, gabinetes silenciosos, ventanas y puertas que ni están abiertas ni cerradas del todo. Hay una atmósfera gótica que atraviesa todo el filme, entre lo enfermizo y el humor contenido. Las miradas sostenidas de Florence Pugh, su presencia muchas veces como epicentro de elipsis y composiciones equilibradas en las que no parece suceder nada, constituyen una auténtica revelación. Matrimonio, adulterio, pasión, muerte… tras esa fachada convencional se agita un perfil de orgullo y convulsión, de prejuicios y melodrama. Su frialdad y distancia no hacen sino disfrazar un clima inquietante que preside cada misteriosa conducta, cada gesto poderoso por invisible, cada austera y honda inmersión en lo oscuro. Lo opresivo, la moralidad, el fatalismo y lo cruel, la libertad y lo libertino, la maldad y el vértigo existencial asoman, se intuyen, discurren en este cuadro de lo patriarcal, el feminismo y la ironía. La mujer muta la claustrofobia en desafío, lo decorativo en unas acciones que reafirman su presencia. Tras los planos generales y una cámara que parece poseída por rituales compositivos, se intuye una tormenta. Oldroyd mete a su antiheroína en una sala de operaciones. Su disección resulta tan atractiva como silenciosamente brutal. Las hermosas simetrías esconden esa frágil frontera entre la privacidad y la convención, entre la luz y la oscuridad, entre la vida y la muerte.

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Negro sobre blanco
Guillermo Balbona 22-05-2017 | 9:23 | 0

Déjame salir

EE UU. 2017.  103 min (16). Terror.

Director: Jordan Peele.

Intérpretes: Daniel Kaluuya,  Bradley Whitford,  Allison Williams y  Catherine Keener.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

 

Es juguetona, lúdica y lúcida, inquietante y agitadora, más que provocadora. Otra ópera prima en cartelera que destaca por su madura mirada. Su encanto reside en querer ser ella misma al pasar por las fidelidades de género, volverse militante, escapar de los estereotipos y poner al terror y lo misterioso al servicio de la crítica social. El nuevo racismo, quizás el de siempre, lo racial, la superioridad, la dominación conforman la entraña de esta píldora ácida que a través de una pareja (ella blanca y él negro) crea un microcosmos de desazón e inquietud. El filme de Jordan Peele que empieza, ya se ha dicho con reiteración en las promociones, haciendo un guiño a ‘Adivina quién viene esta noche’, no se limita a jugar con los géneros y a establecer una inmersión metafórica del racismo latente en la sociedad estadounidense, sino que cuida las composiciones, los movimientos de cámara desde el plano secuencia inicial, los primeros planos, las interpretaciones y texturas de este incidente de joven negro en apuros que a veces tiene un aire a las parábolas estremecedoras de M. Night Shyamalan.  Otra dosis de personalidad y eficacia queda refleja en el inteligente uso del humor (negro, por supuesto) que impregna un trayecto corrosivo, obsesivo y de nuevo juguetón que permite la parodia, evita relajarse y lo convierte en un acicate para molestar. En esta mezcla sutil de factores humanos, entre el instinto, la memoria y la supervivencia, ‘Déjame salir’ instala un artefacto familiar, de apariencias, como si la historia fuese uno de esos trillados escenarios donde jóvenes bobalicones se adentran en el ojo del huracán. A través de la destreza y coherencia del cineasta las anécdotas y perfiles de los personajes, el clima ascendente y la mirada logran tanto aterrar como divertir, sin abandonar nunca una burbuja política que como una pompa de jabón pulula entre los personajes y las situaciones. La hipnosis como simbolismo del discurso, la familia como núcleo protector que concita los legados racistas, lo surreal e incomprensible, todo ello bien canalizado por un puñado de intérpretes a los que se les nota muy libres, potencian la atmósfera singular y la eficacia de la apuesta. Cáustica y sibilina, su retrato aparentemente leve de la sociedad norteamericana actual es incisivo y no es nada artificial ver numerosas señales de la inefable era Trump en las entrañas de esta historia rica en matices. Jordan Peele, un comediante televisivo, firma una simbólica y venenosa metáfora con gestos y aire de ‘La semilla del diablo’ y de ‘La invasión de los ultracuerpos’. Un divertimento astuto que mete el dedo blanco en el agujero negro sobre la colisión de razas, lo políticamente correcto y la integración racial para mostrar que no hay nada que cause mayor pánico que la hipocresía y el ataque a la diferencia, al diferente, al otro en definitiva.

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Una wagneriana rebelión
Guillermo Balbona 15-05-2017 | 8:59 | 0

Alien: covenant

EE UU. 2017.  123 min (12). Ciencia Ficción.

Director: Ridley Scott.

Intérpretes: Katherine Waterston, Michael Fassbender y Demián Bichir.

Cinesa y Peñacastillo

Es un ‘Alien’ operístico, grandilocuente, manierista, que curiosamente se muestra más atractivo en el exceso. Tiene más de inteligencia artificial, de HAL, el ordenador de ‘2001’, que del ‘octavo pasajero’. Más de apocalíptico que de integrado. ‘Covenant’ es el nuevo metro-bus de este viaje interestelar que nació en una monstruosa figura, en una de las grandes y más intensas creaciones del terror moderno, y concluye de momento en un wagneriano desfile de mutantes, tan viscoso y sangriento como estilizado. Se diría que Ridley Scott, además de practicar el onanismo cinematográfico en un intento de volver a mostrarse estéticamente a sí mismo, ha buscado en este regreso con más polizones que pasajeros, un producto que  busca contentar a todos: puristas, advenedizos, exigentes y fieles. Y en gran parte lo consigue. Aunque es cierto que el equilibrio en la desmesura, que las imágenes opuestas entre el intimismo y lo grandilocuente no siempre funcionan, ‘Alien Covenant’ es un ejercicio visual impecable, elegante, deslumbrante en muchas ocasiones (caso de ese poderoso combate sobre la cubierta  de la nave entre la nueva Ripley y el viscoso e inteligente alien). Y luego el director de ‘Thelma y Louise’ saca su vena de artesano para construir y avanzar sobre la eficacia de una historia habitada por una Pompeya apocalíptica, por mensajes de dioses y monstruos, y una constante invitación a rebelarse. Desde la nitidez expresiva a la conjunción de factores que marcan esta aventura casi existencial, todo en ‘Covenant’ revela al parásito creador que el cineasta lleva dentro. Unas veces aflora con forma de apasionada serie B y en otras como una estilizada manifiestación de franquicia. Todo en esta vuelta de tuerca fundacional, con ‘Prometheus’ al fondo, es dual, doble, géminis, de tal modo que el espectador se mueve entre paralelismos y duelos (de pareja, de poder, de recuerdos, de semejanzas, de complicidades…). Lo sofisticado y lo pulp conviven y dialogan como un fructífero espejo donde vemos el reflejo de esa obra maestra que es el octavo pasajero, y recogemos los fragmentos icónicos del crecimiento de esta pseudosaga. El diseño de los escenarios, abiertos o angostos,  como es norma en el director de ‘Los duelistas’, son impresionantes: desde esa isla apocalíptica e imperial  en medio del espacio a los pasillos de la nave que han generado una de las zonas de terror más icónicas de la historia del cine. Scott reinventa ‘Alien’ para que todo siga igual. Se mimetiza en sus raíces, recoge restos de quienes se atrevieron con las secuelas y exprime toda la parafernalia alien hasta generar un campo minado por la pesadilla, las sombras, el horror, el vértigo de la ciencia ficción, lo inalcanzable y todo ello envuelto en una partitura visual interminable entre citas y nombres. Ahora todo es menos sucio. Lo aséptico y digital, lo inteligente artificial toma el mando. Pero Scott como un compositor, un fantasma de la ópera, interpreta la tensión y protagoniza un recital de nervio desbordante  aunque disfrace todo de un enredo científico, ético y reflexivo. En un estado intermedio, ‘Covenant’ lanza guiños androides, sueña con aliens eléctricos, y respira fuera de la nave con idéntica destreza pero a distancia del espíritu original. La fisicidad total del horror invisible o esa sombra viscosa sobre la espalda…Uno echa de menos Nostromo quizás porque como decía Byron «el objeto de nuestra existencia está en las sensaciones».

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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