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Fecha: April 21, 2017
Más juicio que historia
Guillermo Balbona 21-04-2017 | 9:01 | 0

Negación

Reino Unido. 2016.  110 min (TP). Drama.

Director: Mick Jackson.

Intérpretes: Rachel Weisz,  Tom Wilkinson,  Timothy Spall,  Andrew Scott y  Caren Pistorius.

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

En tiempos de estridencia, ruido y vueltas de tuerca, entre el eufemismo y la reverberación de la mentira, bueno es toparse con un filme sobrio y exento de esa espectacularidad que busca tapar los agujeros negros y la falta de talento. ‘Negación’, un pulso judicial con tensión y desfile de grandes interpretaciones, supera la estética de telefilme mediante una estrategia narrativa basada en un suspense histórico, en una encendida empatía y una elegante puesta en escena sin artificios ni decoración superflua. Mick Jackson que, a excepción de ‘El guardaespaldas’ y ‘Fuego sobre Bagdad’, ha desarrollado una trayectoria vinculada a la televisión, firma un drama judicial con caligrafía a veces claustrofóbica, otras convencional, pero sin caer en esa representación plana tan frecuente en los formatos ad hoc de películas de juicios, casi siempre herméticas. El duelo y la rivalidad en torno a quienes documentan el Holocausto y los negacionistas sistemáticos del horror del exterminio judío practicado por Hitler  en los hornos crematorios, es el fundamento que vertebra este juego dialéctico, más jurídico que histórico, en un intercambio de golpes bajos, estratégicas cruzadas, egos y competición entre bufetes, historiadores, falsificaciones y falacias, con el dolor al fondo. La ética, la pasión, lo visceral, la ley y la razón son los fragmentos y los totales de este catálogo de ideas y argumentos  expuesto también de manera fragmentaria procurando alternar el discurso académico, la fidelidad de los datos contrapuestos y algunas gotas de ecos emocionales. El escritor e historiador inglés David Irving , con escasa reputación, logró sin embargo provocar más que ruido al demandar ante la judicatura inglesa a la historiadora americana y judía Deborah Lipstadt por haber desacreditado sus libros sobre Hitler con difamaciones. La paradoja radica en que la demandada tenía que demostrar su inocencia de calumnia. El filme que se detiene a menudo, pero sin propagandas innecesarias sobre el odio antisemita, juega su mejor baza en el tono, en el trazo de suspense que impregna el discurrir de los gestos, atmósferas y detalles. Conocido el desenlance y la obviedad del genocidio, ‘Negación’ hace hincapié con atractiva intensidad en la forma en que los agentes judiciales mueven su ficha en la sombra o en el escaparate mediático. Un caso real, una escritura sostenida sin altibajos y  un duelo de toga y sinrazón, de lucidez y profesionalidad, de sentimientos y personalidad escenificado en los trabajos de  Timothy Spall y Tom Wilkinson. La película deja que los supervivientes de la Shoah sean una sombra emocional permanente e ilustra con contenida mirada una visita al campo de Auschwitz. El dramaturgo británico David Hare, autor del guion, evita los caminos enredados y de forma esquemática y eficaz nos obliga a enfrentarnos al espejo de la realidad. En el presente de la posverdad y otras mentiras disfrazadas este thriller judicial se antoja una transparente bofetada en la cara de la policía del pensamiento.

 

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Frío infierno
Guillermo Balbona 21-04-2017 | 8:53 | 0

Nieve negra

Argentina. 2017.  90 min (16).

Director: Martín Hodara.

Guión: Horada y Leonel D’Agostino.

Intérpretes: Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia,  Laia Costa,  Dolores Fonzi y  Federico Luppi. Coproducción Argentina-España.

Género; Thriller.

Salas: Cinesa

Arde el dolor caliente del pasado posándose sobre las cosas. Objetos, papeles escondidos, una casa. Pero también, y sobre todo, deudas, secretos, legados emocionales. En ‘Nieve negra’ todo está destinado para que la pira se encienda marcha atrás, pero el drama latente, el interior y el superficial, se queda en un frío infierno. El endeble guión, su inestable sustento, las redundancias innecesarias, el abuso de flashbacks desintegra esta mezcla de thriller psicológico y latido de sombras, sólo sostenido por unos intérpretes fantásticos que defienden con brío perfiles muy planos. Tragedia familiar muy afectada y subrayada, la cinta argentina desaprovecha la ecuación entre paisaje y conflicto en la que sitúa Martín Hodara su primera película como director en solitario tras su colaboración con Ricardo Darín en ‘La señal’. El pulso entre dos hermanos que se repelen y atraen en función de los acontecimientos que evocan, o tratan de disfrazar, es el eje convulso de una trama que busca la complicidad del simbolismo de la naturaleza con más ilustración que hondura: los lobos, el aislamiento, esa violencia profunda y de raíz, lo rural, lo opresivo y acotado de una vida salvaje. Con una excelente fotografía y la coartada de un paisaje como el de la Patagonia el juego de espejos que propone el cineasta entre pasado y presente, entre los hechos acontecidos más de treinta años atrás y el precio del tiempo, resulta muy forzado y con tempos muy desiguales. Tarda mucho Hodara en agitar la materia prima de la rivalidad, de la condena y la redención. Cuando la hace la esencia del dama resulta ya cansina, agotada. El cineasta abusa de las constantes miradas fragmentadas del pasado que diluyen las posibles emociones y desgastan los enigmas. Es verdad que al inicio hay transiciones integradas con elegancia, travellings y miradas que funden el ayer con el hoy entre espacios, estancias, escenarios y actos paralelos, complementarios o simétricos. Pero hasta ahí. El resto es una previsible acumulación de señales, gestos y actitudes que desmienten las tensiones y que solo encuentran cierta argamasa y coherencia en la entrega de Sbaraglia, Darín (pese a encarnar al personaje con más posibilidades pero menos recorrido) y Laia Costa. El veneno licuado por el tiempo que se inocula entre los fotogramas es enunciado pero nunca sentido. Conciencia y culpa asoman al fondo. Pero no hay intensidad y tampoco ayuda la aceleración forzada del tramo final que estrangula el clima y la gravedad trágica e intimista a la que los hechos apuntaban. Una pesadilla de poderosa enmarcación visual que pierde su esencia en un débil y frágil ecosistema criminal.

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Adulta ligereza
Guillermo Balbona 21-04-2017 | 8:51 | 0

Un golpe con estilo

EE UU. 2017.  96 min (7).

Director: Zach Braff.

Guion: Theodore Melfi.

Música: Rob Simonsen.Intérpretes: Michael Caine,  Morgan Freeman, Alan Arkin,  Joey King,  Matt Dillon,  Ann-Margret.

Género: Comedia. Salas: Peñacastillo.

Comedia ligera, muy ligera, entre el homenaje, la devoción y la ocurrencia, que tiene más de lúdico desfile geriátrico que de acumulación de talento. No se puede negar la simpatía innata, que no originalidad, a este artefacto con trío de estrellas estrelladas jugando a policías y ladrones. Aunque frivoliza su crítica social, da en el clavo a la hora de exponer de manera primaria los engaños, trampas y resortes abusivos del sistema, el económico, financiero, empresarial y bancario, que se suele ir de rositas mientras deja un reguero de cadáveres a su paso. Mucha clase hay reunida en el reparto de este desfile de la mal llamada tercera edad que construye una comedia amable entre guiños, diálogos poco afilados y esa sensación de que los intérpretes se lo han pasado mejor que los espectadores. Es verdad que ‘Un golpe de estilo’, tercera comedia del también actor Zach Braff, ironiza a la hora de mirar de frente a la vejez, la decadencia, lo terminal y lo socialmente enfermizo pero nunca compensa ni logra equilibrar su sucesión de chistes malos. Michael Caine, Morgan Freeman y Alan Arkin, juntos pero no revueltos, lo que hubiera dado más gracia al enredo, garantizaban a priori hora y media de algo con mayúsculas. Pero ni director ni guionista llegaron a esa lección. Desaprovechado el material y cerca del desastre, sólo se salvan alguna pizca de hilaridad, un desenlace que parece intentar corregir la nadería anterior, como si perteneciera a otra película, y alguna excepción que permite abandonar el asilo de tópicos y estereotipos que sustenta esta facilona fábula de quijotes anticapitalistas a la que le falta fuerza para asemejarse al cine de Capra y a la que le sobra su afectada complicidad con cualquiera de esos telefilmes de sobremesa. Una cinta graciosa con fecha de caducidad incorporada –y esto no es un chiste- que deja a un lado la premisa con la que nació: ese retrato de gente cabreada y que tanto necesita expresarse. El cineasta de ‘Algo en común’ pensado quizás más en el contento generalizado y en cierta taquilla se olvida de la acidez de fondo y convierte a los tres jubilados con escaso futuro en una historieta simpática, que avanza a golpe de gracietas. La dignidad la ponen tres actores /leyendas a los que les basta algún gesto y el saber estar para dotar de cierto empaque e impostura a la inexistente dirección. La adulta ligereza, casi coreográfica, que se filtra entre la azucarada parodia, es lo mejor de un filme que pide a gritos ser zarandeado por un ejercicio de madurez cómica. Tres actores mayores, grandes, muy grandes, logran cierta zona de confort nostálgica cuando abandona el curso del río que no lleva a ninguna parte y optan por asentarse en los meandros de la comedia que ellos mismos generan con su química. Estos son, aunque recetados con mesura, los verdaderos golpes de estilo de esta perezosa comedia que naufraga cuando quiere ir de género y adulta y respira cuando deja que sus tripulantes piloten esta historia de amistad compartida que se opone al fracaso social y al desamparo. Una traviesa aventura de chavalotes que merecía otro mapa del tesoro.

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Solo falta el Pegasus
Guillermo Balbona 21-04-2017 | 8:49 | 0

FAST & FURIOUS 8 

EE UU. 2017.  136 min (16). Acción.

Director: F. Gary Gray.

Intérpretes: Vin Diesel,  Dwayne ‘The Rock’ Johnson,  Jason Statham y  Charlize Theronia.

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

El humor, casi autoparódico, ha tuneado la última entrega de fuga cinematográfica a ninguna parte y a toda pastilla más taquillera, esta vez más furiosa y visceral que veloz. «De una hostia te voy a cambiar el signo del zodiaco», le espeta Dwayne ‘The Rock’ Johnson a Jason Statham en una de la sentencias con mayor hondura intelectual de este congreso de irreductibles conductores cibernéticos. Es una de las chispas de este desfile de acción, traición, venganza y redención, dirigido con piloto automático, en una demostración de ruido, válvulas de videojuego y motores superficiales. ‘Fast & Furious 8’ es un cruce letal de ‘Misión imposible’ y los Bond más sofisticados, muy, muy viajero y jocosamente autodestructivo. De La Habana a las calles de Nueva York pasando por el Océano Ártico solo hubiera faltado el Pegasus sobrevolando las incidencias de esta familia de autoslocos jugando con las cosas de los mayores. El ritmo verdadero lo pone la banda sonora más que la acumulación caprichosa de escenarios para ponerle motor de inyección a la caza de gato y ratón que preside un filme más agitado que agitador, más activo que vivo. F Gary Gray, el responsable de tanto tráfico –al que debería fichar la DGT–, deja que sus peones se muevan por todas la casillas posibles para firmar un atasco de fraternidad y exterminio de más de dos horas. Director de ‘The Italian job’, ‘Diablo’ y ‘Negociador’, entre otras, dedica su tiempo a firmar un álbum de carreras que lleva un desafío dentro: a ver quién es capaz de arrancarle una sonrisa a Vin Diesel. Con sus superhéroes de chapa y pintura y marcha atrás la nueva entrega se dedica a reciclar la saga, entre giros, supuestas situaciones límite con carburante caro y olor a goma quemada. En el taller quedan pocas piezas. Más ligera en su carrocería, pero con mayor número de hipérboles en su retorcido pero necesario espectáculo, el vehículo cinematográfico compite consigo mismo en busca de un enésimo rizo. Las escenas de la lluvia de coches y la persecución con submarino certifican que el más difícil todavía circense ha sido aplicado en el taller con rigurosa sabiduría mecánica. Pero esta reunión de salvadores del mundo, especie de pandilleros a doscientos por hora, no engaña a nadie. Con vocación adolescente, a modo de olvidable montaña rusa, reserva un asiento en la parte de atrás y no para hasta los títulos de crédito. Sin disfrazarla, toda su honestidad radica en elevar el disparate a la categoría de imparable entretenimiento veloz. Cuando detiene la marcha y pretende dar lecciones de paternidad habría que quitar el carné a actores y director por vergonzoso exceso. Fiesta audiovisual de la testosterona, del automóvil al misil, del avión al tanque, el exceso consiste en desbordarse por todas partes, entre coches zombi y conductores descerebrados. Todo vale. Helen Mirren y Charlize Theron se han puesto el casco. Los demás no se enteran. En la próxima oferta de combustible de Hollywood esperan volver a llenar el depósito.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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