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Fecha: March, 2017
olor a fritanga
Guillermo Balbona 28-03-2017 | 8:42 | 0

El bar

España. 2017. 102 m. (16). Intriga.

Director: Álex de la Iglesia.

Intérpretes: Mario Casas, Blanca Suárez, Secun de la Rosa, Terele Pávez, Carmen Machi y Jaime Ordóñez.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Entre dos aguas, vecinal y fecal, entre  ‘La comunidad’ y ‘El día de la bestia’, se mueve el último Alex de la Iglesia. Mientras ultima el montaje de su próxima película con Eduardo Noriega, su tour de force coral es un simbólico microcosmos social con sabor a fritanga y disfrazado de cuento apocalíptico. La intolerancia, la delación, la soledad, el miedo al otro y a la diferencia…asoman en este encuentro no tan azaroso de una decena de personajes en ese bar con algo de ‘El ángel exterminador’, pasado por el cedazo de Berlanga. Cuando el filme discurre entre el ingenio y el arrebato, sostenido por una sátira feroz (esa primera parte en la que conocemos los perfiles de los personajes en una situación límite) ‘El bar’ se postula como un fino y demoledor retrato de nuestros miedos y deseos a través de un tratado cotidiano de supervivencia.  Después, sí, ya viene el desmadre. Es un Alex de la Iglesia en estado puro al que la desmesura le hace perder el control de una historia que camina derecha al centro convulso de nuestra identidad. El trayecto del bar a la cloaca, del chupito y el gin tonic a la mierda, también un viaje simbólico, el cineasta de ‘Balada triste de trompeta’ que se ha movido entre brujas, grandes noches y chispas melifluas, concentra ahora mala leche, vinagre y unos cuantos sopapos bien dados para trazar una radiografía muy lúcida sobre la mentira, la oficial y las íntimas, la dignidad y la falta de ella, la hipocresía, las apariencias, el engaño, la impostura… en una coreografía que es uno de esos espejos valle-inclanescos que revelan el ser y el estar. Entre tragaperras, cortaditos y pinchos de tortilla se solapan un conjunto de personajes variopintos entre marginados, ludópatas, pijos, locos, parados…en un mosaico que el cineasta bilbaíno convierte en un elogio del exceso tan revelador como apabullante en su tramo final. La zona cero de ‘El bar’ es una efervescente y gaseosa bofetada entre el esperpento, el vodevil, la comedia negra y el retrato de los miedos más primarios. En equilibrio el filme alcanza momentos magistrales; cuando todo se desboca resulta cansino, quizás confuso, por acumulación. Agresivo, visceral, militante de su propio cine, ente la animación y la violencia desatada, ‘El bar’ muestra la mutación de unas criaturas –cualquiera de nosotros– tras encerrarlas, también a los espectadores, en un bucle decadente sobre el egoísmo, los prejuicios, la desconfianza… Como casi siempre en su cine el reparto es acertado y hay interpretaciones inmensas como las de Machi y Terele Pávez. Entre convulsiones pasa de la delicada pero vibrante revelación subliminal al histerismo. La red social de barra y barro que De la Iglesia dibuja con ardor guerrero sucumbe al exceso, a la hipérbole efectista, a la catarsis, pero cuando saca la cabeza para enseñarnos nuestras miserias su obra adquiere condición de vuelo metafórico, de espejo riguroso sobre la realidad más visible y la de las alcantarillas vergonzantes donde discurre lo mezquino de la condición humana.

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Arritmias, ritmos y rimas
Guillermo Balbona 27-03-2017 | 8:40 | 0

La bella y la bestia

Estados Unidos . 2017. 123 m. (TP). Fantástico.

Director: Bill Condon.

Intérpretes: Emma Watson, Dan Stevens, Luke Evans, Emma Thompson y Ewan McGregor.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Su acaramelada base se mezcla aquí con un sentido más expresivo de lo gótico y un intento de exprimir decorados y cuidados exteriores. La primera canción/ coreografía en el pueblo de Bella es significativa de lo que pretende esta adaptación, a priori innecesaria, nunca sobrante, que sigue al pie de la letra la versión animada, ya un clásico, y las cancines de Alan Menken. Quizás el tono más adulto, algunos toques de humor más inteligentes y la interpretación de Emma Watson ayudan a dar personalidad a este cuento entre la estilización, el juego de los mitos y la aplicación sin subrayados ni excesos de las nuevas tecnologías. No obstante, la paradoja de esta Bella y Bestia reside en que precisamente su mayor encanto no está en la visión que pueda aportar la utilización de personajes de carne y hueso, sino en la aparición de los objetos animados, del candelabro al armario tocador, del reloj a la taza por su capacidad de ritmo, su perfección técnica y su encanto a la hora de integrarse en la historia. Su director, Bill Condon, que firma una trayectoria con tantas arritmias como su película, desde su debut con ‘Hermanas’, pasando por la prometedora ‘De dioses y monstruos’ y acabando en la saga ‘Crepúsculo’, hasta volver a levantar algo la cabeza con ‘Mr. Holmes’, pues no acaba de dar con la tecla que conjugue las canciones populares con el paisaje visual. Hay nostalgia, zonas esquinadas que parecen aflorar de un musical de Broadway, guiños al Tim Burton de criaturas maléficas y bosques oscuros, aunque nada recuerde ni por asomo al mundo de Jean Cocteau. Condon parece atado por el pasado y aunque lima el posible descenso a la nostalgia, carece de intensidad y se queda en una cuerda floja entre la prudencia dramática, el respeto exagerado y el encanto de su protagonista. Falta delicadeza en las transiciones entre lo dramático y la comedia, parece mostrarse más cómodo cuando el filme está a punto de trasformarse en musical puro y duro y, por supuesto, cabe preguntarse por qué Disney se empeña en volver sobre sus pasos retorciendo y exprimiendo las posibilidades técnicas, más allá de los razonamientos crematísticos y la explotación industrial. Lo del primer personaje ‘oficialmente’ gay de la factoría Disney, el debate sobre una supuesta mirada feminista alentada por la propia Emma Watson son anécdotas de cantina en Los Angeles, fomentadas por un espíritu de mercado, que no merecen una reflexión intelectual y seria. Sin embargo es más interesante debatir si no estamos ante un musical tartamudo, integrado sin rima en una revista deslumbrante en su origen y cargada de ritmos, con lo que era lógico desafinar de vez en cuando. O preguntarse qué queda del tormento del hombre que habita en la bestia, y su contrario, y si hay esperanza aún de nombrar (o cantar) los paisajes de esa belleza interior que el filme enuncia, como una pancarta sobre el tenebroso castillo, aunque nunca acaba de creer en ella. ‘La Bella y la Bestia’ es vistosa y entretenida. Un álbum de hojas agradables con sintonía dentro donde brillan los cachivaches sonoros y objetos parlantes. Pero todo eso es pátina, apariencia, superficie. En el interior la sensibilidad y la desgarradura romántica permanecen encarceladas, secuestradas por esa constante búsqueda del espectáculo, de lujoso diseño sin hechizo.

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Golpes muy bajos
Guillermo Balbona 27-03-2017 | 8:39 | 0

Redención (Southpaw)

EE UU. 2015. 124 m. (12). Drama.

Director:  Antoine Fuqua.

Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Forest Whitaker, Rachel McAdams, Oona Laurence, Victor Ortiz y Naomie Harris.er.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

T odo en ‘Southpaw’ (posición del púgil  zurdo) es una cuenta atrás hasta el KO por agotamiento y la  acumulación de aire cansino. El boxeo como metáfora de la vida ha proporcionado grandes miradas desde el cine. El cuadrilátero como territorio simbólico; la lucha, la caída y la resurrección como materiales redentores; el intercambio de golpes como precio sucio de una realidad ante la que nunca hay que bajar la guardia… Quizás ‘Million dollar baby’ de Eastwood, una balada hermosa, transparente y emotiva, constituyó la última gran obra enmarcada sobre la lona del mundo. Al cineasta de ‘Training day’, Antoine Fuqua, que se atrevió recientemente a destrozar ‘Los siete magníficos’, no parece interesarle demasiado la rima entre la vida y el púgil, sino la fisicidad, el ejercicio de la cámara adherida a los personajes, la trampa emocional, el amarillismo y la manipulación sentimental y, por supuesto, una exaltación de la violencia que está en el ADN de muchas de sus películas. Urbano, callejero, de barrio, busca en ‘Redención’ un thriller donde no lo hay y exprime situaciones como la paternidad, la soledad, la individualidad contra el sistema, o la propia violencia, con arrebatos de visceralidad y trampas efectistas, no vaya a ser que alguien se ponga a pensar. Incluso le sale el tiro por la culata, o mejor, el puño por el guante, y sin querer deja un poso de elocuencia en esa escena en la que el padre le dice a su hija que no puede dejarla ver los combates por su dureza, y la niña le responde que ella ve siempre con su amiga ‘The walking dead’. De igual modo el director de ‘El tirador’ se muestra solemne y grave, insulsamente barroco, para revelarnos una esencia de lo violento que todos tenemos asumida y que el cineasta resuelve con su acostumbrado travelling de visceralidad. Jake Gyllenhaal, un gran actor, se deja arrastrar por ese barniz falsamente esteticista y su interpretación entregada se torna tan física que apenas vemos al hombre que hay bajo esos 18 kilos de músculo que necesitó ganar para dar vida al boxeador. Bien rodada, estrenada con dos años de retraso (viva los caprichos de la distribución) ‘Redención’ no aporta y sí suma bucles de un trayecto que empieza en ‘Rocky’, prosigue en ‘Toro salvaje’ y se detiene en ‘Campeón’ (no por orden cronológico), entre estereotipos, tópicos e imágenes de un álbum de boxeo. Cuando la acción, arriba o abajo del cuadrilátero, envuelve al protagonista es cuando Fuqua se siente más cómodo y certifica que es ese su territorio. Por contra cuando el melodrama lacrímogeno toma el mando con sus golpes bajos, muy bajos, camina hacia el naufragio con su rizo tormentoso que no acaba de cuajar. El filme, siempre sumido en el exceso, parece un campo de entrenamiento de la película que pudo ser. Cuando llega la hora del gancho, de otorgar vida a los cuerpos, solo cabe el impacto, el sudor y las gotas de sangre. El espectador noqueado pide la toalla y solo encuentra un grito de ánimo –redentor por supuesto–, para seguir acompañando en su autodestrucción de manual a esta ceremonia en torno a un combate muy disputado y con muy poca vida.

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Una de ‘cuñaos’
Guillermo Balbona 22-03-2017 | 10:40 | 0

Es por tu bien

España. 2017. 93 m. (12). Comedia.

Director: Carlos Therón.

Intérpretes: José Coronado, Javier Cámara, Roberto Álamo, Pilar Castro, Carmen Ruiz y Silvia Alonso.

Salas: Peñacastillo, Cinesa y Autocine

Quien no tenga un ‘cuñao’ en su vida que tire la primera piedra. Con la lección bien aprendida, mucha savia latina, molde coral y caudal televisivo, ‘Es por tu bien’ funciona por inercias familiares, complicidad de lugares comunes y estrecheces de comedia. Con menos comodidad y más mala leche el artefacto hubiese crecido. Tampoco lo hace porque antepone el costumbrismo y las referencias facilonas –algunos verdaderos chistes malos y guiños que no superan ni un especial nochevieja–, al ingenio y el riesgo, especialmente en esa media hora final en la que se desmaya cualquier intento de elevar la comedia más allá de los tópicos y leyes del enredo más estereotipado. Aquí, entre cuñaos y suegros, el trío protagonista (lo mejor de la película) discurre el embrollo, más enredado que divertido, con  José Coronado, Javier Cámara y Roberto Álamo desplegando todas sus armas y sacando jugo a sus escenas juntos. El cineasta de ‘Fuga de cerebros 2’, Carlos Therón, cuyo trayecto televisivo ha recorrido desde ‘El Chiringuito de Pepe’ a ‘Olmos y Robles’, tira de labia para crear un microcosmos costumbrista español donde supuestamente refleja, en modo esperpéntico y sátira, la radiografía de la sociedad actual. Un ‘post 15M’ que el director introduce con calzador en una historia de hijas, novietes y madres con espíritu de batiburrillo y poca fe. Siguiendo el modelo cercana de cierta comedia coral y costumbrista que ha arrasado en la Francia más francesa y como herencia de aquellas españolas, ‘Salsa rosa’ o ‘Todos los hombres sois iguales’, el filme de Therón se suma al trenecito que puso en marcha Nacho Velilla con ‘Villaviciosa de al lado’. Irregular, a borbotones, con situaciones aisladas en lugar de gags, ‘Es por tu bien’ nunca supera el listón de la vulgaridad y el lugar acomodaticio. Salvando los diálogos zarrapastrosos la comedia se instala hacia la mitad de su metraje en una zona de confort, algo repetitiva, pero que consigue enganchar al oído y, al menos, no se convierte en uno de esas pesadas y torpes cantinelas ruidosas costumbristas que apestan a chistes de internet. Pero Therón, que mira más a la taquilla que a lo que tiene entre manos, no va más lejos y nunca profundiza en esa sima intergeneracional a la que la película apuntaba. Lo disparatado se frena y los hallazgos, pocos, se repiten o se quedan en manos de un actor como Coronado que se convierte en el verdadero corazón de la  comedia por saber estar y por reflejar con mayor eficacia la mutación que sufren los personajes. Lástima que el posible retrato ácido, necesario para desbrozar algunas de las convenciones y ataduras que conforman el espectro sociológico, derive hasta naufragar en lo convencional. Del posible resacón familiar pasamos a ‘los padres de él’ en una sucesión de concesiones a lo amable quizás ya pensando en la taquilla global.

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Sangre sabia
Guillermo Balbona 22-03-2017 | 10:39 | 0

Crudo

Francia. 2016. 98 m. (16). Terror.

Director: Julia Ducournau.

Intérpretes: Garance Marillier, Ella Rumpf, Rabah Nait Oufella, Laurent Lucas, Bouli Lanners y Joana Preiss.

Sala: Peñacastillo

 

Es un cine muy, muy cocido. Un sorprendente, maduro y medido ejercicio de estilo que transgrede géneros, se pone estupendo cuando quiere y se muestra tan respetuoso como epatante en ocasiones. ‘Crudo’, que nadie se engañe, no es una película de terror ni una metáfora distópica sobre la condición humana. Si acaso un cuento virtuoso que bajo la superficie de su llamativa cáscara visual, sangrienta, a veces escabrosa, pero siempre eludiendo con elegancia el gore y adscribiéndose a una pátina morbosa, se revela un lúcido tratado sobre la iniciación. La adolescencia, el descubrimiento de uno mismo y del otro, los interrogantes sobre la identidad, los miedos primarios, el legado, lo generacional están latentes bajo ese halo cáustico de película caníbal, de vampirismo sexual y de horror vacui sobre el cuerpo, la necesidad del otro y la posesión. Con una potencia visual y un catálogo de imágenes que logran un extraño equilibrio entre el impacto y la crueldad, sin caer en el sensacionalismo efectista, la cineasta Julia Ducournau traza una ópera prima cautivadora que empezó a cocerse el día, según confiesa, en que descubrió las posibilidades de ‘La matanza de Texas’. ‘Crudo’ es una fábula sobre ese vértigo mayor de no saber quiénes somos, sobre los instintos, sus límites y fronteras. Sería lamentable que la visión de la película se desvirtuase y manipulase por esa mala publicidad de gente desmayada en algunas salas de cine de festivales debido a la dureza de sus imágenes. Una envoltura mediática de vulgarización en las redes que ya rodeó a esa obra maestra llamada ‘La pianista’ de Michael Haneke. Con una sólida y contundente mirada, el filme es una vuelta de tuerca a la mutación del despertar sexual, de la lujuria y el descubrimiento del cuerpo, con guiños sádicos y una gran carga de acidez, por no hablar de golpes de humor negro como en la secuencia del dedo. Escenas como ese abrazo de amor odio entre hermanas (hasta aquí puedo escribir) certifican la intensa capacidad de la directora para marcar territorios personales tan delicados como el cuerpo y lo visceral, siempre con un realismo duro que tutea con personalidad el gore. Su estilización impregna de elegante silueta a este viaje del veganismo a la carne, de la virtud y la virginidad a la orgía caníbal, del refugio maternal y familiar al despertar sin límites. Con claras influencias del cine de David Cronenberg (‘Inseparables’ es su guiño cómplice), el filme compensa con inteligencia el lado más repulsivo y descarnado con una sutil incursión en los deseos y los instintos más atávicos. Tiene tanto de exploración psicológica como de irónica celebración corporal, de dentellada femenina y mordisco vital de aprendizaje como de hambrienta mirada sobre la formación. Anatómica y poética, cruel y desnuda, agitada y pulcra, erótica e incisiva. Tras su menstruación visual y su, en apariencia, brutal vorágine alegórica corporal, ‘Crudo’ es una metáfora magistral sobre la inquietante, nunca resuelta, y siempre asombrosa herida que supone el paso a la edad adulta.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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