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Patética cosmética
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Guillermo Balbona | 14-02-2017 | 08:04

Cincuenta sombras más oscuras

Fifty Shades Dark 2017 115 min. Estados Unidos

Director: James Foley.

Reparto: Dakota Johnson, Jamie Dornan, Bella Heathcote, Kim Basinger, Rita Ora,  Marcia Gay Harden.

Género: Drama romántico.

Salas: Cinesa, Peñacastillo yAutocine

Todo discurre en la epidermis, en la superficie de la superficialidad. Y su argumento, mínimo y nulo, coquetea con lo patético y lo ridículo. No son sombras, sino un cielo negro que encapota cualquier signo de sentido, honestidad y lucidez de este interminable y tedioso ejercicio de cosmética sentimental que convierte las relaciones humanas en un artículo de broma. Como chiste malo no tiene precio. Como tomadura de pelo no hay premios suficientes para reconocerla. James Foley, director de ‘¿Quién es esa chica?’, firma estas ‘Cincuenta sombras más oscuras’, antes de convertirlas en 2018 en ‘liberadas’, en lo que amenaza con ser una saga enquistada en un largo contrato con la mediocridad que actúa a modo de viagra para la taquilla. La secuela de ‘50 sombras de Grey’, el vínculo supuestamente atormentado entre el millonario engreído y la joven Anastasia, es una grotesca nadería envuelta en un videoclip caducado, afectado e infectado de irrisoria gravedad. Las situaciones más dramáticas, que no pasan de discusiones o encuentros desagradables, solo provocan hilaridad. Y su pretencioso por vacuo y tontuno festival erótico, incita e invita a jocosas asociaciones y comparaciones de sex shop de grandes almacenes. Las frases más trascendentes que alcanza a decir la pareja protagonista son ‘qué fuerte’ y ‘qué horror’, mientras se atraen y se repelen en función de su mutuo termostato de placer con mecánica y rutinaria vocación de no saber cómo contar una historia. Las aventuras de este conseguidor chulesco y dolorido millonario, cuyo tormento parece ser el de ponerle precio a todo, es un canto a la posesión y la propiedad cuya transgresión consiste en cómo disfrazar su incapacidad para adentrarse con valor y honestidad en las fronteras de los cuerpos y la emociones. Algo ajeno a este pijo y, en el fondo, conservador, congelado, soporífero y vergonzoso cuentecito de riqueza y mal gusto que se limita a posar sus intenciones y que convierte todo en mera pose. Como consolador de taquilla puede aún servir de reclamo. Como sueño húmedo no resiste una siestecita. Como artefacto narrativo podría recetarse a modo de ejercicio antidepresivo para los que tengan un bajón de autoestima y como prueba cinematográfica no pasaría el examen de ingreso en la escuela de ‘cine exin’. La metáfora más inteligente y profunda que se permite este soso y plano álbum sobre las cosas de la piel es que hay que aprender a andar antes de correr. Para entonces el espectador ya hace lo posible por contener la carcajada ante este objeto erótico que no sería admitido en la prueba de fin de carrera del canal de playboy. Empalagosa y bobalicona, como mucho puede aspirar a ser la película de cabecera de dormitorio de Donald Trump. Cachetes sadomasoquistas de salón de peluquería o lluvia de dólares. Esa es la pregunta más filosófica que esta soporífera anécdota se permite entre la ducha y la cama. Su exploración de la dominación y la sumisión y el abuso de poder nunca se toma en serio. A todo ello, además, se le unta una capa de cremosa ñoñería sentimental para equilibrar el calorcito corporal exento de descaro. Cincuenta sombras…más estúpidas aún. Si las leyes del mercado fueran justas en la publicidad de este filme, que copa centenares de salas de exhibición sin ningún pudor, debería llevar un cartelito de advertencia: ‘Esta película puede provocar impotencia’…visual, claro.

Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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