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Fecha: febrero 14, 2017
Fogonazos fuller
Guillermo Balbona 14-02-2017 | 9:14 | 0

The Naked Kiss  (Una luz en el hampa)

The Naked Kiss 1964 90 min. Estados Unidos.

Director: Samuel Fuller.

Reparto: Constance Towers, Anthony Eisley, Michael Dante, Virginia Grey, Patsy Kelly, Bill Sampson.

Género: Drama

Sala: Bonifaz. Filmoteca de Cantabria. Esta semana.

El momento Fuller es aquí un fogonazo que coincide con un arranque espectacular e intenso. En realidad todo el filme se deriva, e incluso padece, este golpe bajo que el cineasta imprime en la escena inicial de ‘The Naked Kiss’, título estúpidamente reconvertido pese a su clarividencia en ‘La luz en el hampa’. Linealmente, y en apariencia, el filme es una historia de redención y transformación vital pero el cineasta de ‘Yuma’ salpica la trama de sorprendentes bofetadas y giros que mutan cualquier intento de encasillamiento y juega con el concepto de híbrido de géneros, hoy tan manido y en boga. Al melodrama virado en noir, al cine social zarandeado por el espíritu corrosivo le sigue el mensaje moral envuelto en un álbum kitsch de imágenes curiosas. Dado que decide que nada ejemplar hay que mostrar, bajo las apariencias del sueño americano y los personajes instalados en los valores del sistema, subyace la crudeza y el pesimismo donde nada es normal ni emite destellos de honestidad y retazos de humanismo. Constance Towers encarna esa luz engañosa que baña al resto de personajes que salen al paso de la prostituta que encarna en su regreso a la sociedad. Un jefe de policía, el hombre rico y más respetado entre los vecinos…son algunos de los personajes que revelan esa sed de mal disfrazada de falso moralismo. Y es ahí donde el Fuller mas visceral asoma desde esa brutal invitación de partida a su mirada más panfletaria. Entre la sutileza aislada y lo más zafio, burdo y directo, el difícil equilibrio oscila entre la luminosidad femenina del personaje protagonista y la oscuridad latente que atraviesa la trama. Claroscuros e hipocresía son los termómetros del latido que pueden escucharse en esta historia iluminada por Stanley Cortez,  mientras esa agresividad extraña que también manejaba la cámara de Fuller se va deslizando entre los pliegues de una película habitada por escenas impulsivas, impactantes y esa desolación que, poco a poco, se instala en la mirada dominante. ‘The Naked Kiss’, uno de esos referentes obvios del cine de Tarantino, por ejemplo, siempre discurre en lo fronterizo entre géneros, entre lo sublime y lo ridículo, entre cierto rigor social y lo grotesco. Rabia y ternura, frescura y arrebato caben entre lo deslumbrante y lo desconcertante, mientras Fuller retrata este viaje narrativo, sugerente, de mirada sintética. Efervescente y, a veces, extrema, casi delirante y también al borde de lo hortera, sólo Fuller podría salir vivo de semejante miscelánea. Todo es turbadoramente desbordante. Una prosa poética con mucho atrevimiento y lucidez.

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Patética cosmética
Guillermo Balbona 14-02-2017 | 9:04 | 0

Cincuenta sombras más oscuras

Fifty Shades Dark 2017 115 min. Estados Unidos

Director: James Foley.

Reparto: Dakota Johnson, Jamie Dornan, Bella Heathcote, Kim Basinger, Rita Ora,  Marcia Gay Harden.

Género: Drama romántico.

Salas: Cinesa, Peñacastillo yAutocine

Todo discurre en la epidermis, en la superficie de la superficialidad. Y su argumento, mínimo y nulo, coquetea con lo patético y lo ridículo. No son sombras, sino un cielo negro que encapota cualquier signo de sentido, honestidad y lucidez de este interminable y tedioso ejercicio de cosmética sentimental que convierte las relaciones humanas en un artículo de broma. Como chiste malo no tiene precio. Como tomadura de pelo no hay premios suficientes para reconocerla. James Foley, director de ‘¿Quién es esa chica?’, firma estas ‘Cincuenta sombras más oscuras’, antes de convertirlas en 2018 en ‘liberadas’, en lo que amenaza con ser una saga enquistada en un largo contrato con la mediocridad que actúa a modo de viagra para la taquilla. La secuela de ‘50 sombras de Grey’, el vínculo supuestamente atormentado entre el millonario engreído y la joven Anastasia, es una grotesca nadería envuelta en un videoclip caducado, afectado e infectado de irrisoria gravedad. Las situaciones más dramáticas, que no pasan de discusiones o encuentros desagradables, solo provocan hilaridad. Y su pretencioso por vacuo y tontuno festival erótico, incita e invita a jocosas asociaciones y comparaciones de sex shop de grandes almacenes. Las frases más trascendentes que alcanza a decir la pareja protagonista son ‘qué fuerte’ y ‘qué horror’, mientras se atraen y se repelen en función de su mutuo termostato de placer con mecánica y rutinaria vocación de no saber cómo contar una historia. Las aventuras de este conseguidor chulesco y dolorido millonario, cuyo tormento parece ser el de ponerle precio a todo, es un canto a la posesión y la propiedad cuya transgresión consiste en cómo disfrazar su incapacidad para adentrarse con valor y honestidad en las fronteras de los cuerpos y la emociones. Algo ajeno a este pijo y, en el fondo, conservador, congelado, soporífero y vergonzoso cuentecito de riqueza y mal gusto que se limita a posar sus intenciones y que convierte todo en mera pose. Como consolador de taquilla puede aún servir de reclamo. Como sueño húmedo no resiste una siestecita. Como artefacto narrativo podría recetarse a modo de ejercicio antidepresivo para los que tengan un bajón de autoestima y como prueba cinematográfica no pasaría el examen de ingreso en la escuela de ‘cine exin’. La metáfora más inteligente y profunda que se permite este soso y plano álbum sobre las cosas de la piel es que hay que aprender a andar antes de correr. Para entonces el espectador ya hace lo posible por contener la carcajada ante este objeto erótico que no sería admitido en la prueba de fin de carrera del canal de playboy. Empalagosa y bobalicona, como mucho puede aspirar a ser la película de cabecera de dormitorio de Donald Trump. Cachetes sadomasoquistas de salón de peluquería o lluvia de dólares. Esa es la pregunta más filosófica que esta soporífera anécdota se permite entre la ducha y la cama. Su exploración de la dominación y la sumisión y el abuso de poder nunca se toma en serio. A todo ello, además, se le unta una capa de cremosa ñoñería sentimental para equilibrar el calorcito corporal exento de descaro. Cincuenta sombras…más estúpidas aún. Si las leyes del mercado fueran justas en la publicidad de este filme, que copa centenares de salas de exhibición sin ningún pudor, debería llevar un cartelito de advertencia: ‘Esta película puede provocar impotencia’…visual, claro.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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