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Un inmenso y desolador poema
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Guillermo Balbona | 08-02-2017 | 13:07

Manchester frente al mar

EE UU. 2016. 135 m. (12). Drama.

Director: Kenneth Lonergan.

Intérpretes: Casey Affleck, Michelle Williams, Kyle Chandler, Matthew Broderick.

Salas:Cinesa y Peñacastilo.

La gravedad del dolor y el peso de la vida atraviesan como dos latigazos hondos el paisaje de este inmenso poema. Y, sin embargo, todo es leve, profundamente contenido e infinitamente triste. ‘Manchester frente al mar’ es un pasaje al centro de una herida enquistada en el músculo de los sentimientos. El filme de Kenneth Lonergan se abre y se cierra en torno a una embarcación que no tiene ningún destino fijo y que, como el protagonista, –intensa lección interpretativa de Casey Affleck– es el símbolo de una vida varada, con el motor dañado, a la espera de un golpe de mar o de un atraque definitivo. Brutal en su descarnado desgarro, el tercer filme del cineasta de ‘Margaret’  es un mapa de la condición humana en el que tan pronto hay señales falsas como encrucijadas verdaderas, lugares del presente y del pasado entrelazados por recuerdos de afectos infectados de dolor y vidas que ya no nos pertenecen. ‘Manchester’ es la geografía sentimental de un hombre muerto que vive anclado en su vacío, ese no lugar en el mundo marcado por un melancólico desfallecimiento. Desolador drama, escapa del territorio más trillado mediante una mirada distante, contenida, una extrañeza empática que a veces coquetea con el humor y esa risa negra fruto de la colisión entre lo trascendente y lo cotidiano, entre el misterio y la supervivencia. En los pliegues emotivos y contemplativos es donde reside la entraña austera pero profunda de una historia elocuente en sus silencios y lúcida en sus miradas. Que el pasaje narrativo más importante del filme se sostenga en el ‘Adagio’ de Albinoni, o que las tópicas imágenes y sonidos de un funeral sean ralentizadas y sordas, revela la arriesgada apuesta de este pentagrama visual que Lonergan conduce con sutil naturalidad, sin aspavientos. La muerte y sus sombras subyacen en esta vida rota a la que acompañamos en su viaje al fin de la culpa y la redención. Aquí ni los móviles ni los ordenadores son importantes.  El personaje está vinculado con asombrosa ligereza emotiva a un puñado de criaturas que conforman su cordón umbilical con el mundo. En la relación del protagonista omnipresente con su sobrino, o más fugazmente con su exmujer, encontramos algunas escenas tremendas en su dicción emocional, en su sostenido pulso entre lo social y lo íntimo, entre el doloroso estar y la dignidad de ser. Hay demolición y ruinas que buscan su propio orden. Nunca manipulación sentimental ni regodeo manoseado en lo trágico. Todo duele, todo es tristeza en estos fragmentos de vida perdidas y de pérdidas de vida. Pero en el sinsentido y en el desconcierto es donde el cineasta encuentra un camino de indagación original, sólo aparentemente minimalista, poético en su disección de la realidad. Una película inmensa, grande, seca y, probablemente, necesaria.«¿Ingenio? ¿En el dolor? Puede ser, pues hay sal en las lágrimas…», escribió Marguerite Yourcenar.

Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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