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Fecha: febrero 8, 2017
Apocalipsis caducado
Guillermo Balbona 08-02-2017 | 2:11 | 0

Resident Evil: Capítulo Final

EE UU. 2017. 106 m. (16). Acción.

Director: Paul W. S. Anderson.

Intérpretes: Milla Jovovich, Ali Larter, Shawn Roberts, Ruby Rose.

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Una franquicia que dice adiós oficialmente, entre fuegos de artificio y con el maletín del fin del mundo de la señorita Jovovich bajo el brazo, es una cosa tan rara como escuchar dimitir a alguien en España. Pues bien, ‘Resident Evil’, tan agotada y agotadora como tantas otras sagas, se despide exhausta con cohetería y un desfile de reiterativos gestos de esta Robin Hood cibernética, adalid de un cine clon exprimido hasta lo cansino. El tándem Paul W. S. Anderson/ Milla Jovovich ha durado tanto como lo hace un matrimonio entre amagos de separación, intentos de revitalizar la relación y afectos a costa de lo rutinario. La sexta entrega, retórica y machaconamente repetitiva hasta ese epígrafe de ‘capítulo final’ por si alguien lo dudaba, se aplica el ejercicio de la síntesis y sospechosamente deja la puerta virtual abierta en caso de que algunos tengan nostalgia, o les flaqueen las fuerzas al equipo de guardia de guionistas. Como si se tratase de una cabalgata y un muestrario de género el cineasta de ‘Mortal Kombat’ convierte a su protagonista en una mujer para todo a través de la acción de centrifugado, acumulando todas las sucesivas gesticulaciones efectistas aparecidas durante la saga. Entre el peor Alien y el gigantismo apocalíptico se sitúa, sin ninguna épica ni emoción, esta aventura de supervivencia de Alice y sus proscritos resucitados. El videojuego impone su ley y la heroína nunca adquiere categoría humana ni en cercanía ni en empatía. Todo suena a ejercicio zombi, confundiendo el ritmo frenético con la acumulación, y la velocidad con el tocino. Con espíritu de juego de rol la protagonista, que abandona al espectador en demasiadas ocasiones, va superando pruebas entre retorcidos giros y acciones circenses. Incluso cuando el conjunto vacío no serviría ni para una pizarra matemática, se permite introducir cual parábola distópica cierto mensaje político sobre una futura sociedad de selectos magnates y afortunados elitistas. Una especie de raza aria fundamentada en la riqueza. Para entonces ya es demasiado tarde para revestimientos. La historia que tiene su propio santo grial se deja llevar por la inercia y el final de la saga apunta más a muerte asistida que a celebración. El montaje entre la montaña rusa y un caótico tren de la bruja, solo contribuye a crear distancia, a fomentar la confusión y a que el personaje se antoje una interminable parodia de sí mismo. El director de ‘Pompeya’ busca ornamentos visuales hasta debajo de su tablet. Efectos sí, criaturas también, aunque sean fruto de un mestizaje hipertecnológico. En este epílogo todo es mesiánico como corresponde a la agonía y el gran videojuego llevado a su hipérbole de sofisticación reviste una mirada medieval con metáforas de castillo y fortalezas. Lo cierto es que la saga venía de una quinta entrega más que estimable pero dice adiós con esta carrera cronometrada a ninguna parte. El cineasta, responsable de cuatro de las seis entregas de la saga, mezcla en su particular batidora el terror con las artes marciales y ese cine catastrofista de última hora en busca de un mensaje finalista. Afortunadamente después de ‘Resident’ seguirá habiendo cine y, además, bueno.

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Esa escalera, esa sonrisa
Guillermo Balbona 08-02-2017 | 2:09 | 0

El beso de la muerte

Kiss of Death 1947 98 min. Estados Unidos

Director: Henry Hathaway. Guion Bent Hetch, Charles Lederer. 

Música: David Buttolph. Fotografía: Norbert Brodine

Reparto: Victor Mature, Richard Widmark, Brian Donlevy, Coleen Gray, Karl Malden.

Género: Intriga . Sala: Bonifaz. Filmoteca. Próxima semana.

Este es el ejemplo máximo de cómo la fuerza de una secuencia marca la identidad histórica de una película. Debutaba Richard Widmark, el gran Henry Hathaway firmaba su incursión en el negro de la mano de la Fox y ‘El beso de la muerte’ transparentaba muchos factores innovadores a la hora de ahondar en la psicología criminal. Pero la interpretación del actor que abría su trayecto hacia el estrellato y su psicótico personaje prácticamente devoraron todo lo que representaba el relato abordado con pulso, energía y tensión pero con algunos desequilibrios documentales. El filme, que recobra la Filmoteca en su programación de febrero, marcó en el tatuaje de la memoria esa escena en la que el machista criminal arroja a una inválida por las escaleras. Dureza y sadismo en una escena ya vista en otras ocasiones pero que el tándem Widmark/Hathaway convierte en un icono de lo despiadado, rubricado por esa sonrisa maquiavélica, espesa e inquietante del actor en todo su esplendor. Ciertas desviaciones hacia el docudrama y las deudas del expresionismo, presentes en casi todo el cine negro, envuelven la historia que tiene sus mejores momentos en la atmósfera de melodrama donde las tragedias personales, las pérdidas y las traiciones afloran dejando un rastro de radiografía fragmentada y realismo de la condición humana. Hasta el punto que la visualización de un suicidio fue coartada por la censura, aunque no consiguió frenar la excelencia del dúo integrado por Ben Hecht y Charles Lederer, autores de  ‘Luna Nueva’, a la hora de escribir este relato vertebrado por el flashback y la voz en off. La redención, lo criminal, el precio de ser un delator, el pasado con su pesado equipaje, preceden y dan solidez y consistencia a un filme que, inevitablemente, en su segunda parte va a quedar marcado por la aparición del criminal brutal que encarna Widmark, manteniendo un equilibrio y una pose sostenida que nunca desciende a la sobreactuación. El silencio y el juego con la muerte como detonante y como único camino para la salvación tienen su expresión diáfana en este filme donde la artesanía de Hathaway y la tensión hipnótica de Widmark potencian la identidad social y el gancho narrativo del drama. Lástima que  la presencia de Victor Mature como antagonista fuera una mancha dadas sus limitaciones interpretativas, que bordeaban lo irrisorio. La expresión maníaca y macabra y la risa fácil y perversa constituye la verdadera banda sonora de esta película que no oculta sus guiños al cine de terror, que suple con inteligentes elipsis la acción de la censura y que enmarca su mirada sintética y aguda bajo una iluminación que aporta verdad a esas criaturas marcadas por las sombras.

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Un inmenso y desolador poema
Guillermo Balbona 08-02-2017 | 2:07 | 0

Manchester frente al mar

EE UU. 2016. 135 m. (12). Drama.

Director: Kenneth Lonergan.

Intérpretes: Casey Affleck, Michelle Williams, Kyle Chandler, Matthew Broderick.

Salas:Cinesa y Peñacastilo.

La gravedad del dolor y el peso de la vida atraviesan como dos latigazos hondos el paisaje de este inmenso poema. Y, sin embargo, todo es leve, profundamente contenido e infinitamente triste. ‘Manchester frente al mar’ es un pasaje al centro de una herida enquistada en el músculo de los sentimientos. El filme de Kenneth Lonergan se abre y se cierra en torno a una embarcación que no tiene ningún destino fijo y que, como el protagonista, –intensa lección interpretativa de Casey Affleck– es el símbolo de una vida varada, con el motor dañado, a la espera de un golpe de mar o de un atraque definitivo. Brutal en su descarnado desgarro, el tercer filme del cineasta de ‘Margaret’  es un mapa de la condición humana en el que tan pronto hay señales falsas como encrucijadas verdaderas, lugares del presente y del pasado entrelazados por recuerdos de afectos infectados de dolor y vidas que ya no nos pertenecen. ‘Manchester’ es la geografía sentimental de un hombre muerto que vive anclado en su vacío, ese no lugar en el mundo marcado por un melancólico desfallecimiento. Desolador drama, escapa del territorio más trillado mediante una mirada distante, contenida, una extrañeza empática que a veces coquetea con el humor y esa risa negra fruto de la colisión entre lo trascendente y lo cotidiano, entre el misterio y la supervivencia. En los pliegues emotivos y contemplativos es donde reside la entraña austera pero profunda de una historia elocuente en sus silencios y lúcida en sus miradas. Que el pasaje narrativo más importante del filme se sostenga en el ‘Adagio’ de Albinoni, o que las tópicas imágenes y sonidos de un funeral sean ralentizadas y sordas, revela la arriesgada apuesta de este pentagrama visual que Lonergan conduce con sutil naturalidad, sin aspavientos. La muerte y sus sombras subyacen en esta vida rota a la que acompañamos en su viaje al fin de la culpa y la redención. Aquí ni los móviles ni los ordenadores son importantes.  El personaje está vinculado con asombrosa ligereza emotiva a un puñado de criaturas que conforman su cordón umbilical con el mundo. En la relación del protagonista omnipresente con su sobrino, o más fugazmente con su exmujer, encontramos algunas escenas tremendas en su dicción emocional, en su sostenido pulso entre lo social y lo íntimo, entre el doloroso estar y la dignidad de ser. Hay demolición y ruinas que buscan su propio orden. Nunca manipulación sentimental ni regodeo manoseado en lo trágico. Todo duele, todo es tristeza en estos fragmentos de vida perdidas y de pérdidas de vida. Pero en el sinsentido y en el desconcierto es donde el cineasta encuentra un camino de indagación original, sólo aparentemente minimalista, poético en su disección de la realidad. Una película inmensa, grande, seca y, probablemente, necesaria.«¿Ingenio? ¿En el dolor? Puede ser, pues hay sal en las lágrimas…», escribió Marguerite Yourcenar.

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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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