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Las líneas maestras de la fábula
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Guillermo Balbona | 13-01-2017 | 08:35

La tortuga roja

2016 80 min. Francia.

Director: Michael Dudok de Wit.

Música: Laurent Perez del Mar. Coproducción Francia-Japón; Why Not Productions / Wild Bunch / Studio Ghibli.

Género: Animación. Aventuras. Salas: Groucho.

Su aparente esquematismo refuerza en realidad una sencillez encantadora. ‘La tortuga roja’ es un bicho raro. Está vertebrada por la animación europea, pese a sus guiños, influencias y deudas. Una historia silente y una narración donde todo es simbolismo, limpieza visual, ausencia de ruido. La anécdota que sustenta el relato, la del náufrago en una isla tropical desierta, poblada de tortugas, cangrejos y aves, es sólo la patina de una apuesta formal donde la estética, la línea, el trazo son el verdadero hábitat de una película humanista. Ópera prima de Michael Dudok de Wit, su estilo ya canalizó el cortometraje ‘Padre e hija’ que en el 2000 logró el Oscar. Con depuración y mirada minimalista lo que de verdad guarda este peculiar Robinson Crusoe es un haiku, un golpe de versos que cincela el vínculo armónico y convulso, siempre metafórico de hombre y naturaleza. Muda, con cierta querencia por un rasgo preciosista, esta fábula se construye sobre la imagen que domina la sintaxis, la gramática y el lenguaje. La ficción avanza mediante la sutil apuesta por estampas que simbolizan el sentimiento de culpa, la distancia o el abrazo con el entorno y la superación. Melancólica, su silencio transparenta un sonido especial. Todo el filme es una abstracción delicada, incluso hipnótica, como si en nuestra mano de espectador moviésemos uno de esos objetos acristalados en cuyo interior se mueven figuras que flotaran. Una película sencilla, lo que no quiere decir exenta de complejidad, arriesgada, de algún modo diáfana. Premio Especial del Jurado en ‘Un certain regard’ del pasado festival de Cannes, lo pictórico y cierta espiritualidad insuflan una mirada entre lo poético y lo mítico, lo suave y lo salvaje. La coreografía de colores desmayados, el rigor espacial y el tono envolvente más que amable se traducen en un sexto sentido ecológico sin caer en el panfleto ni en el mensaje obvio, sino en una lúcida creatividad empática. No es contemplación, que también, sino una invitación a adentrarse en el paisaje de lo humano como entraña esencial del ser cotidiano. Un espejo: sobre la arena las huellas y líneas de la fábula a la espera de que el mar las borre con tacto.

Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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