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El cazador y la reina del hielo
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Guillermo Balbona | 18-04-2016 | 08:06

De espejos y espejismos

EE UU. 2016. 113 m. (7). Fantástica. Director: Cedric Nicolas-Troyan. Intérpretes: Chris Hemsworth, Charlize Theron, Jessica Chastain, Emily Blunt, Sam Claflin, Nick Frost. Salas: Cinesa

Blacanieves cruza el espejo, como Alicia, y desaparece. Fragmentada en mil pedazos es ya un espejismo. El cuento eterno e imperecedero se retuerce sobre sí mismo y nace otra cosa que es prótesis de hadas, pastiche, lúdico pasaje sin más rumbo que la prolongación de un mito popular convertido en franquicia helada.

Tras el filme de hace tres años el espejo mágico se pregunta quién es la más taquillera del reino. La respuesta aunque fallida es este cuento de exaltación del amor, salpicado por un humor blanco que mezcla géneros, fuentes y relatos fundacionales como quien mete cosas distraído en el carrito de un hipermercado. ‘Frozen’ en la memoria visual, ‘El señor de los anillos’ en las alturas y fugaces letras pequeñas de un ‘Robin Hood’ congelado.

Todo cabe en este ‘Willow’ de hermanas que dan miedo, heroínas y héroes a su pesar, despliegue de efectos cuando el cuento amenaza con agotarse y parque temático del hechizo. Cuando el filme paradójicamente se olvida de sus atributos seriales y de forzar la saga que se antoja interminable entre reinos, malvadas, brujas, encantamientos y fantasía de manual, es el momento en el que asoma una cierta personalidad en este juego entre el cazador y la reina del hielo.

El director Cedric Nicolas-Troyan, más pendiente de supervisar los efectos especiales que de dirigir, deja todo en manos del masaje y del mestizaje entre cuentos infantiles y mitos literarios. Ambos retozan en un bosque un tanto pop, con dos reinas maléficas que tienen algo de drag-queen en medio de un batiburrillo también muy kitsch. En este sentido, cuando la película pierde el sentido –desorientada ya lo estaba al iniciar la saga–, entonces aflora una sopa de letras alocada y festiva, atolondrada sí, pero más cercana al entretenimiento. El espejismo ahí ya está creado.

Impecable en lo técnico, desatada en su iconografía, la cinta es una invitación a la esquizofrenia de la fantasía en la que solo falta Karina cantando a las flechas del amor mientas Cupido, cargado de testosterona y anabolizantes, se convierte en el cazador blanco de corazones negros en un correcalles, perdón, correbosques interminable. Como en el precedente de Blancanieves y en ‘Maléfica’ el descuido a la hora de profundizar en las esencias de un cuento, en lo popular y en lo primigenio es absoluto. Apoyado en tres grandes y hermosas actrices que merecían otra historia, este estiramiento de la saga se fija en su pirotecnia y en su caldero de recetas. Un cuento deconstruido al que le se le quita sabor con tanta acumulación de artificios. No hay estilo propio.

Este duelo de princesas es un juego de tronos y de tonos incapaz de derretir el hielo efectista y el tedio de las reiteraciones. Hay más de fiesta de nuevo rico, a modo de cuento de disfraces, que alma encadenada con los eslabones universales del bien y del mal. Una mezcla digital y estrambótica. Pero en el mercado y en la taquilla donde reina el vale todo nunca hace frío.

Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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