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Nadie quiere la noche
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Guillermo Balbona | 21-12-2015 | 12:59

Negro sobre blanco

España. 2015. 118 m. (12). Drama. Directora: Isabel Coixet. Intérpretes: Juliette Binoche, Rinko Kikuchi, Gabriel Byrne, Matt Salinger, Velizar Binev, Ciro Miró. Salas:Groucho

Un rastro de sangre sobre la nieve abre en canal lo último de Coixet. Como buena parte de su filmografía esta nueva incursión, aunque trabaje en varios proyectos a la vez (cuatro películas en dos años) y cambie de género, vuelve a ser el perfil de un lugar en el mundo. Historia de redención e iniciación, es un rizo negro sobre blanco de aquella sentencia de Byron: ‘no puedo vivir contigo ni sin ti’. Retrato femenino de búsqueda, reivindicación de un deseo y de un sueño, ‘Nadie quiere la noche’ desvela su épica desde la intimidad, desnuda la fe en el amor desde la soledad y muestra las heridas y fracasos frente a la rotundidad primaria de la naturaleza.
En la piel de nieve y hielo de este relato vemos la recreación de una vivencia real, la de una valiente mujer, Josephine Peary, esposa de Robert Peary, uno de los hombres que luchó a principios de siglo XX por ser el primero en colocar la bandera en el Polo Norte. En esta superficie del iceberg, la directora de ‘Cosas que nunca te dije’ conjuga un hermoso diálogo entre la tozudez y la inmensidad, entre la osadía y la prudencia, entre el sentido común y el salvajismo. Pero la verdadera intrahistoria de su filme reside en esa exploración del amor y del desamor que el personaje de Juliette Binoche (perfecta como siempre) transforma en un viaje al fin de la noche polar, al centro del corazón y al sentido del descubrimiento y el asombro cuando lo físico se agota. Entre el naufragio de una experiencia límite y el miedo a perder la pasión, la exploradora vive su encuentro con una esquimal como una fábula que acaba por ser una intensa travesía espiritual de emociones interiores que pelean con el frío del entorno. La música es enfática, el guión diáfano y la fotografía, un magnífico desgarro solar de ceniza y desmayo de luz. Quizás a la cineasta, capaz de firmar un tour de force excelente como ‘Ayer no termina nunca’ y una lúdica miniatura de despertar como ‘Aprendiendo a conducir’, le pierde un afán por contar demasiadas cosas aunque su estilizada sobriedad y esa pasión contenida que late en el centro de este trayecto compensen su apuesta menor personal que sus primeros filmes. ‘Nadie quiere la noche’ está narrada en dos tiempos, más bien fragmentada: el del viaje iniciático y desesperado, un corazón blanco con momentos fascinantes; y una segunda que se presupone más desgarrada pero desigual en sus tempos, pese a que hubo un montaje de urgencia para corregir excesos. En la necesidad de amar, como acto no menor de supervivencia, es donde Isabel Coixet sitúa su particular viaje finalista. La cineasta, que traza ese camino vital consciente de que no hay vuelta, huye del exceso dramático, en ocasiones se torna más fría que su paisaje y en otras conceptual, pero no hay dudas sobre esa pureza de la naturaleza en carne viva, la de perros, focas, hielos y estas dos mujeres que comparten el agujero negro de una ausencia. El filme es un iglú emocional rodeado de incógnitas. Al menos alguien como Coixet sigue atreviéndose a contar el amor como uno de los últimos territorios de resistencia.

Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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