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Mondar la paz
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Guillermo Balbona | 28-05-2015 | 08:36

Mandarinas
2013 83 min.Estonia Director: Zaza Urushadze Reparto: Lembit Ulfsak, Giorgi Nakashidze, Misha Meskhi, Elmo Nüganen, Raivo Trass. Drama bélico. Sala: Los Ángeles. Hasta el domingo.

Conciliación, pacifismo y convivencia se aúnan en un filme de mensaje pero nada panfletario ni complaciente. Con inteligente planificación, modestia y lucidez ‘Mandarinas’ elude la declaración de principios, el tono y el ejercicio de manifiesto. Conmoción y luminosidad humanista bastan para dotar al filme de verdad y alumbrar una zona cero de tregua y esperanza. Lo de menos es que se ambienta en el conflicto georgiano y el clima de guerra civil dentro de los países de la ex Unión Soviética, pues lo realmente trascendental es la atmósfera que persigue la universalidad a través de una sana labor de conmoción.

‘Mandarinas’, con una apuesta clara y segura, siendo consciente de sus limitaciones y dimensiones, avanza en clave humana y lo hace con prudencia, sin grandilocuencia gratuita ni ornamentos superfluos, con potencia comunicativa y una concisión valiosa, ya casi ajena a gran parte del cine del presente. Pero es gracias a los actores,  con Lembit Ulfsak a la cabeza, por lo que el filme de Zaza Urushadze adquiere una textura especial, entre la cercanía y el tempo necesario para ahuyentar los fantasmas de la simplicidad y la ingenuidad. Su grandeza pequeña o su leve pero necesario destello reside en el ajuste que transmite entre sus medios y talento y su contenido moral y objetivos. Que su denuncia y reclamo estén fundamentados en la cordura, la sensatez y la calma revela que este es un relato hecho desde la austeridad y la conciencia de sencillez. ‘Mandarinas’ se decanta por ese territorio que es zona de nadie y de todos, esa trinchera humana que elude el conflicto desde la tregua de lo cotidiano, desde el ritmo de esas pequeñas cosas que unen casi sin querer. No hay bandos o si se presienten asoman en un segundo plano.

Al cineasta le interesa desvelar lo humano como se toca la piel del fruto, para abrirlo y extraer el jugo. Genera y propone una zona de nadie que no supone neutralidad inane ni pacifismo de salón, sino un espacio singular en el que confrontar razones y sensaciones, ritmos y voces, miedos y querencias. El hogar no ya como refugio, sino como esa hoguera universal ante la que contar relatos a salvo de verdades absolutas, banderas, reivindicaciones territoriales y estrategias. Un lugar en el mundo cuya medida tiene como parámetro el tiempo que transcurre en mondar una mandarina mientras se escucha al otro.

Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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