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El aliento de la diferencia
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Guillermo Balbona | 19-02-2018 | 09:09| 0
La forma del agua
The Shape of Water 2017.119 min. EE UU. Dirección. Guillermo del Toro.
Guión: Del Toro, Vanessa Taylor. Música: Alexandre Desplat. Fotografía: Dan Laustsen.
Reparto: Sally Hawkins,  Doug Jones, Michael Shannon,  Octavia Spencer,  Richard Jenkins, Morgan Kelly.
Género: Fantástico | Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Monstruo que te quiero monstruo. Esta hermosa, melancólica, pero feroz fábula contiene un abrazo húmedo y un grito mudo que apela a la excelencia de la imaginación. El encantamiento, por arte de birlibirloque, reside aquí en que la normalidad asusta, se vuelve amenaza y distancia, y la rareza, la extrañeza son aliadas y cómplices compañeras vitales. En este cuento escurridizo, aparentemente simple, habitado por decenas de icónicos guiños y sutiles presencias familiares (también ausencias y fantasmas interiores) lo leve, sencillo y ligero resulta hondo y trascendente; y lo grave y sustancial asoma llevadero, natural y esencial. En ‘La forma del agua’, ese laberinto del fauno que todos llevamos dentro, cabe ‘La mujer y el monstruo’ de Jack Arnbold, aquel pedazo de serie B, atrevido por limitado, y también todas las criaturas insinuadas, no lugares y dimensiones de Lovecraft, el señor de los Mitos de Cthulhu.  Pero el director mexicano Guillermo del Toro, cinéfilo antes que cineasta, amasa otros muchos mundos, también los propios, y transforma la apropiación, las deudas y los sueños en un relato fascinante donde de algún modo todo lo marginal, silente, líquido, desconocido se postula monstruosamente cercano, apetecible y deseado, comenzando por la propia idea del amor imposible. ‘La forma del agua’ es, este sentido, el aliento de la sombras, el abrazo húmedo de una ensoñación. En tiempos de superficialidad y banalidad convertidas en canon social y en armas de poder, el cineasta de ‘Mimic’ firma un poema que alumbra la imaginación. Una inmersión desnuda en la diferencia, que apela a aliarse con lo diferente frente a la uniformidad. Subyace en muchas de sus imágenes un musical, una pieza de cámara o quizás un ‘La La land’ de tierras oscuras y profundidades ignotas. Lo admirable de ‘La forma del agua’ es esa respiración al límite de la fantasía, la apnea de lo fantástico, la brazada última del asombro abriéndose paso en una historia sobre la guerra fría, entre corazones calientes, mentes calenturientas y medidas heladas. Un cuento donde el amor, siempre un monstruo extraño, y la pérdida, siempre monstruosa, combaten entre aparentes buenos y malos, donde bella y bestia intercambian papeles y fluidos en un relato que reivindica la intimidad sensorial y la necesidad de soñar. Y es también una mirada directa, cristalina, audaz, combativa políticamente, que reivindica a las minorías (en la trama, los explotados, el tema racial, la mujer, la homosexualidad…) a través de la cámara de un virtuoso fabricante de imágenes. También un homenaje al cine desde esta película acuario donde uno nada hacia el abismo o hacia la superficie con extraña naturalidad, de tal modo que perversión y compasión, sexo y afecto, misterio y sentimiento entrecruzan travesías, mareas e inundaciones hasta dar con la temperatura y el hábitat adecuado de la narración que cada uno lleva dentro. En su superficie: un fantástico y romántico cuento. Cuando se sumerge, una metáfora que ilumina las sensaciones y reclama la libertad y la imaginación para erosionar la realidad. Un relato anfibio e hipnótico que hace frente a quienes han puesto fecha de caducidad a la emoción. También al cine.
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afrofuturismo y militancia
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Guillermo Balbona | 19-02-2018 | 09:06| 0

Black Panther  

2018 134 min. EE UU. Dirección. Ryan Coogler. Guion: Joe Robert Cole, Coogler 
Música: Ludwig Göransson.
Fotografía: Rachel Morrison. Reparto: Chadwick Boseman,  Lupita Nyong’o,  Michael B. Jordan,  Andy Serkis, Angela Bassett,  Forest Whitaker,  Danai Gurira.
Género: Acción | Salas: Cinesa y Peñacastillo  

Tan pronto parece ‘En busca del fuego’ con metal precioso deslumbrante como la versión afroamericana de un James Bond despistado, funcional y asexuado, toreado a derecha e izquierda. Habla de una tierra de nadie africana tan oculta que podría ser una versión de El Dorado, pero con connotaciones distópicas que la acercan a un paraíso perdido tan encerrado en sí mismo como egoísta. El hábitat es muy diversificado. Salvo veganos, hay afrofuturistas, militantes de lo natural, tribus, algún corrupto, una monarquía hipertecnificada y varios díscolos. El cineasta Ryan Coogler, que se había acercado a la leyenda de Rocky de una manera honesta y con brío, intensidad e interesantes aportaciones, firma ahora en ‘Black Panther’ el universo negro de la Marvel. Es innegable que posee un embalaje impecable. Esa mezcla entre el diseño de producción, la envoltura y la creación de un lugar deseado que tiene tanto de la Africa ancestral como del futurismo de los visionarios. Como ejercicio más allá del canon que impone la marca Marvel Coogler no desatiende los frentes posibles: los factores raciales, los discursos militantes, las metáforas sobre el poder, las lecturas subliminales antiTrump…Como explosión de entretenimiento sobra metraje (uno de los males del cine actual, doblaje aparte) y chirría ese humor estupidizante de los superhéroes y los excesos digitales del vale todo, aquí de una manera un tanto tosca. En ocasiones la cosa adquiere un aire a lo rey León pasado por algún videoclip de Rihanna. El resto es un diálogo de contrastes entre lo trascendente y lo banal, lo ancestral y el augurio, la preservación de cierta pureza etnonacionalista y la llamada a la revolución, todo ello filtrado por una acumulación de imágenes no siempre imaginativa, un totum delirium que acaba con la posibilidad de haber consolidado una obra radicalmente diferente. El dueto a lo Operación triunfo entre Malcolm X y Luther King que subyace en los discursos, aunque el éxito se lo lleva una estética más publicitaria que propagandística, se queda en mera pose. Además, al contrario que en muchos artefactos de acción con aspiración de saga, aquí fallan los buenos (el protagonista descafeinado no da la talla) y se muestran muy sólidos los villanos. El batiburrillo de Wakanda, más cerca del parque temático que de una sociedad simbólica sobre el poder y su uso, acaba domesticando la apuesta supuestamente arriesgada. Su hondura ideológica y político social acaba convertida en una colección de cromos vistosos y exóticos, que es lo peor que se puede decir de la excepción a la norma. Para los impacientes y apresurados advertirles que se esconde una de esas prótesis entre los títulos de crédito, aunque ya no sirva de redención.
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Parque temático de la tristeza
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Guillermo Balbona | 14-02-2018 | 09:01| 0
The florida project
2017 115 min. EE UU. Dirección: Sean Baker. Guión: Baker, Chris Bergoch.
Fotografí: Alexis Zabé.
Reparto: Willem Dafoe,  Brooklynn Prince,  Bria Vinaite,  Caleb Landry Jones,  Mela Murder, Valeria Cotto,  Christopher Rivera,  Macon Blair,  Sandy Kane, Karren Karagulian.
Género: Drama. Salas: Groucho.

Posee un alegre desprendimiento y una honda tristeza. En realidad, es la espalda de Disneyworld, un paisaje marginal, derrotado, en el que se aúnan y funden criaturas frustradas, vidas rotas, familias fragmentadas, personajes fronterizos, expulsados del sistema…Este no lugar, con alojamiento pasajero pero también como asidero último durante el naufragio de la crisis, relata sus particulares crónicas de motel y muestra el cielo y el infierno de la infancia. ‘The Florida project’ es un subparque temático, un territorio donde han acampado los sueños rotos y las miradas cubiertas de niebla. Sean Baker, uno de los pocos a los que la etiqueta de cineasta independiente se le ajusta como un guante, director que ya sorprendió con filmes como  ‘Tangerine’, crea este cuento de niña traviesa y pícara que a veces se obliga a ser adulta. Al artificio de la fantasía Disney de su parque en Florida se le contrapone esta isla amarga del sueño americano, desnudada por algunos de los excelentes travelling de Baker sobre los niños y el complejo de habitaciones de este antiparaíso de comida basura, de comida recogida en la basura, de gente sin rumbo, de supervivientes sin techo fijo. El microcosmos está elaborado con una fotografía de colores pastel, de chicle de fresa, de anuncios chillones varados en un desierto de ilusiones desmayadas. Es un filme hermoso y profundamente triste en cuyos resquicios se cuela y se pierde la infancia con sus juegos prohibidos, sus límites y ecosistemas en los que la autenticidad, la pérdida frente al patetismo adulto mantienen un extraño diálogo. Una película de tránsitos, con una mirada renovada entre un retorcido neorrealismo, un costumbrismo de detalles y una intención falsamente documental y coral. Hay una constante atmósfera de atracción y repulsión en la descripción de lo cotidiano. La niña, Brooklynn Prince, y el encargado del motel, encarnado por Willem Dafoe, ambos absolutamente magistrales, son los héroes de esta Alicia en el país de las antimaravillas. Ella crea su propio parque temático integrado por pobres y seres marginales, donde se da cita lo residual de una sociedad que esconde bajo la alfombra lo que no quiere ver. Y él, un guardián del orden de la redención, trata de que el caos no devore a su hábitat. Un filme de melocotón y arándanos, de helados y mentiras. El cineasta de ‘Prince of Broadway’ construye, a través de una textura especial, un pequeño reino despojado en el que habitan miedos y princesas sin trono. Es la crisis, idiota, pero es también, y sobre todo, un trozo de vida que se queda pegado en la garganta antes de que se lo trague el tiempo o de que la memoria nos traicione. Un hermoso cuento amargo de verano para corretear detrás de espejismos, sombras y monstruos.
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Descarrilar tres veces
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Guillermo Balbona | 13-02-2018 | 08:26| 0

15:17 Tren a París 

2018 94 min. EE UU Dirección: Clint Eastwood.
Guion: Dorothy Blyskal. Música: Christian Jacob.
Fotografía: Tom Stern. Reparto: Spencer Stone,  Anthony Sadler,  Alek Skarlatos, Judy Greer, Jenna Fischer.
Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Lo mejor que puede decirse de este trayecto a ninguna parte es que el viaje dura poco, aunque se haga pesado. Lo peor, que el maestro Clint Eastwood es invisible, se ha desvanecido o, simplemente no ha comparecido. ‘15:17 Tren a París’ es una película innecesaria, superflua y banal. ¿Qué aporta en una filmografía casi impoluta, colosal en ocasiones y sembrada por varias obras maestras de uno de los constructores del gran cine americano de las últimas décadas? Absolutamente nada. Más allá de un sentido patriótico del deber (lo suyo hubiera sido un documental de encargo) y de reiterar por activa y por pasiva el elogio del héroe anónimo demasiado consciente de ello, la película estructurada en tres partes carece de vigor, se diluye en su falta de fe en sí misma y la intensidad, fuerza, claridad y solidez que integran habitualmente el cine del director de ‘Sin perdón’ no tienen aquí ninguna adherencia. Es evidente que a sus 88 años Eastwood hace y puede hacer el cine que le da la gana, pero a excepción del bache de ‘Jersey Boys’, su última etapa tan prolífica como desigual no había caído en tal tono de desorientación como en este triple descarrilamiento. Situaciones ridículas, diálogos insustanciales y una construcción que provoca extrañeza y distancia salpican este retrato de tres jóvenes americanos, envueltos en un clima religioso y de querencia por el ejército y la guerra, a los que perfila a través de la infancia, su visita a Europa y su intervención heroica frente al ataque terrorista que hace tres años se produjo a bordo de un tren Thalys. Como en su anterior título, ‘Sully’ –aunque  éste sí poesía energía, lenguaje directo e inteligencia en el montaje–, el destino, el azar, los héroes anómimos tras vidas anodinas, atraviesan la esencia de la trama. Pero en este pasaje todo está vacío, carente de sentido, incluso, y sujeto a un traqueteo narrativo como si la catenaria del talento se hubiera quedado sin chispazos y alumbramientos. Un filme fallido, superficial, sin fe ni hondura. En la primera, la más larga, la silueta es una vuelta de tuerca sobre Dios, la bandera y la patria tan aburrida como gris y trivial. Con discutibles saltos en el tiempo y algún flashforward relámpago de lo que sucederá en el tren, la cinta se traslada a Europa en la parte del metraje más ridícula y trivial. Una sucesión de postalistas que provocan sonrojo por paletas. Eastwood contrató a los héroes reales de esta historia para que se interpretaran a sí mismos. Una decisión que parece responder más a un capricho que a un meditado factor narrativo. Si algo se le puede achacar a  ‘15:17 Tren a París’ es precisamente la ausencia de aquello que imana del clasicismo y rigor del director y que se traduce ahora en falta de autenticidad. Ni verosimilitud ni coraje. Eastwood sólo asoma en los escasos minutos del ataque, desaprovechados y enmarcados por un preludio sin estilo. Convencional y simple. Hay desastre, que no fascinación. Y el supuesto realismo riguroso no es más que una obra plana, una mancha que no oculta un mar inmenso de talento. Si el tren pasa de largo, no se preocupen.
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De gatillazos, polvos y cenizas
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Guillermo Balbona | 13-02-2018 | 07:56| 0
Cincuenta sombras liberadas
Wise BlFifty Shades Freedaka  2018 105 min. EE UU. Dirección: James Foley
Guion: Niall Leonard.  Música: Danny Elfman.
Fotografía: John Schwartzman.
Reparto: Dakota Johnson,  Jamie Dornan, Eric Johnson,  Eloise Mumford, Rita Ora, Luke Grimes.
Género: Drama. Salas:Cinesa, Peñacastillo y Autocine

Lo mejor que puede decirse de este telefilme ingenuo, bobalicón y osado por ramplón es que cierra la historieta de esta pareja y nos libera definitivamente. ¿O no? Toda su andadura vulgar y tontorrona ha estado marcada por ver quien la tenía más larga…la cuenta corriente. Y el camino hacia el final no podía ser menos. Cada paso de estas cincuenta sombras se resuelve dramáticamente tirando de la cartera y del cheque. Cada gatillazo…sentimental, muestra de redención y mohín de frustración se compensa y corrige con un avión privado, una mansión señorial y un viaje interminable. La tercera entrega de la pareja parece el catálogo de colorines y papel de brillo de una comunidad de nuevos ricos. La cuestión es que tras esa patina, supuestamente atractiva, de deseo y lujo no hay conflicto ni verdad, ni siquiera un mero engarce dramático que pueda sostener el ejercicio argumental. El factor de thriller e intriga que recorre la trama, es un decir, del universo Anastasia /Grey es irrisorio y sirve para estirar los encuentros afectados de la parejita y para mostrarnos su cuarto de juegos reunidos Geyper y el cajón erótico de la señorita Pepis. A estas alturas, y con poco que defender, el actor Jamie Dorna se pasa toda la película con cara de yogur desnatado y caducado y Dakota Johnson haciendo pucheritos hasta darse cuenta de que esta no es su película. James Foley, que ya se había encargado de la anterior entrega –un veterano con filmes nada desdeñables en su larga trayectoria como ‘Glengarry Glen Ross’ y ‘Confidence’, antes de entregarse a las series de televisión–, evita cualquier amago de profundidad y se desliza por la barandilla que sube y baja las escaleras de esta pareja carente de química y opuesta a cualquier prueba de afinidad. Las dos anécdotas insustanciales que fundamentan la nueva entrega son tan livianas que o se lo toma uno por el lado jocoso, o no sobrevive a tanta superficialidad. Al margen de la premisa de la joven sometida voluntariamente al control afectivo y sexual de su pareja, con toda la violencia moral y social que implica, las fantasías y las connotaciones sadomaso resultan kitsch y apenas pueden eludir la sensación de producto prefabricado. La sensualidad brilla por su ausencia y muchas de las imágenes asociadas a una ilustración de la intimidad no pasarían el examen de un anuncio de perfumes. La conspiración criminal de fondo es simplista y mera excusa. Y la trilogía se funde en una trama ridícula, escapista, que ni siquiera encuentra justificación en el entretenimiento. Falsamente atrevida, su conservadurismo se traduce en unas criaturas domesticadas y domadas por el brillo de la opulencia. Ahora sí de verdad que los polvos, si es que los hubo, son ya ceniza. Una película solo apta para bolsillos con libido y espectadores que nunca se han preguntado qué es un drama romántico. Mientras los protagonistas se embadurnan con helado y conducen fastuosos coches deportivos, el hedonismo y el amor hace tiempo que se ausentaron de este suplemento donde hasta el sexo es una marca.
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Pesada , que no pesadilla
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Guillermo Balbona | 11-02-2018 | 20:08| 0

Amityville: El despertar 

Amityville: The Awakeningaka  2017 85 min. EE UU.
Dirección y guión: Franck Khalfoun.
Música: Robin Coudert. Fotografía: Steven Poster.
Reparto: Bella Thorne,  Cameron Monaghan,  Mckenna Grace, Jennifer Jason Leigh, Jennifer Morrison,  Taylor Spreitler.
Género: Terror. Salas: Peñacastillo.

Hurga en el bucle de la saga. En su identidad y su huella. Pero sin talento ni gracia ni acierto. Lo mejor que tiene esta vuelta de tuerca supuestamente oscura en el legado de una de las casas encantadas más famosas es que su metraje es escaso. Lo peor es su pretenciosa y cargante pretensión de que se revela capaz de ironizar sobre el género con escenas sonrojantes y alusiones directas, dentro de la propia ficción, a las secuelas y precuelas.  Aunque no lo parezca,  ‘Amityville’ es una marca que ha dado algunas producciones dignas pero también ha generado mucha morralla conducida en la pasada década a través del dvd hasta conformar casi una veintena de títulos. En este ‘despertar’, más pesado que de pesadilla, agotado el modelo original, el cineasta Franck Khalfoun, responsable de ‘Maniac’ persigue las autorreferencias, las ironías sobre citas solapadas y mediocres reconversiones como pedantes guiños al género y a esta saga en particular. La cuestión generacional late al fondo con el conflicto entre una madre y una hija, pero tópicos aparte, los sustos siguen mandando y el filme carece de personalidad visual y deambula encantado de sí mismo en busca, en todo momento, de la coartada del origen de la saga: esa cinta de terror que hace casi cuatro décadas abordó el relato de una casa habitada por fenómenos paranormales, vivencias fundamentadas en la muerte y una fragilidad absoluta, todo ello amparado en la etiqueta entonces inquietante de estar ‘basada en hechos reales’. El drama familiar, desencadenante de la turbulenta vivienda, apenas resulta una cortina de humo, mientras discurren las presencias maléficas y los temblores nocturnos. Poseída por lo convencional y lo previsible, la fotografía de Steven Poster y el teabajo de interpretación salvan al filme, estrenado con demora, del naufragio. ‘Terror en Amityville’, la obra de Stuart Rosenberg, en 1979, tuvo algo de aire fresco y originalidad al jugar con la ambigüedad de la ficción y la realidad y mezclar con eficacia los fantasmas con lo paranormal y los agujeros negros. Khalfoun, también guionista, al margen de la autoparodia envuelve la atmósfera con la sombra de la enfermedad terminal, la angustia juvenil y la acumulación de visiones. El clímax de sótano y en rojo, no podía ser de otro modo, llega cuando las visiones del horror se han presentado tan desmayadas que parecen incómodas visitas de vecinos inesperados. Por cierto en los títulos de crédito asoma el nombre de Weinstein con lo que, ante el horror que sugiere, cabe concluir que la secuela está garantizada.
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La destrucción o el amor
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Guillermo Balbona | 06-02-2018 | 10:26| 0

El hilo invisible

Phantom Thread 2017 130 min. EE UU.
Dirección y Guión: Paul Thomas Anderson.
Música: Jonny Greenwood. Fotografía: Anderson.
Reparto: Daniel Day-Lewis,  Vicky Krieps, Lesley Manville,  Richard Graham,  Bern Collaco, Jane Perry,  Camilla Rutherford.
Género: Drama. Salas: Cinesa

 No hay puntada sin hilo en este traje sobre la destrucción o el amor. Una delicada, original, sutil, perfeccionista confección de la mirada en torno a la dependencia, la subordinación, las relaciones de poder, la seducción y ese fuego extraño de la relación sentimental. ‘El hilo invisible’ toma las medidas al otro, usa tejidos de alta calidad, modela las formas del amor, cose las heridas, abotona los detalles y se recrea en los acabados reflejados en primeros planos o fundiendo piel, textura y silencio en un travelling circular definitivo. Paul Thomas Anderson, cineasta de la espléndida ‘Magnolia’ y ‘Pozos de ambición’, es un virtuoso del bordado que busca casi siempre hablar de la pasión desde la mesura. En su regreso con ‘El hilo invisible’, una dura y fría disección de piel, tejido y alta costura emocional, firma un retrato meticuloso y asfixiante del amor y sus expresiones. Lo implacable y vital de este retablo a dos bandas, a modo de obra de cámara, reside en sus contrastes: es fría pero se siente el ardiente ejercicio de la emoción, y parece academicista y clásica pero siempre traza un peligroso trayecto rupturista con una hondura arrebatadora. El filme genera atmósferas sutiles e invita a acceder, desde la ceremonia y el ritual de un gabinete de alta costura, a estancias donde las miradas, los silencios, los gestos despósticos, la ironía, el dolor, la indiferencia o el relámpago pasional construyen un hábitat tan demoledoramente íntimo como familiar y aparente. Hay veces que juega al absurdo, otras riza el rizo y pasa del pliegue al pespunte; en otras ocasiones, es vehemente y provocadora y en otras, simplemente, fugaz y extraña. Drama, gabinete de curiosidades humanas, agria, absorbente y distante, ‘Phantom Thread’ es, sobre todo, una de las películas más elegantes de los  últimos años. Ambientada en los 50 con la moda como decorado y metáfora, la historia de Reynolds (se ha hablado de la inspiración en Balenciaga) y Alma es un combate cuerpo a cuerpo, tejido entre los suyos y los ajenos, también, en el que Thomas Anderson va modelando un encaje bordado con el suspense, el morbo, el deseo y la fragilidad fascinantes del misterio de amar. Daniel Day-Lewis , sea o no su último filme, vuelve a dar un recital de poderosa presencia y Vicky Krieps es una sorpresa inmensa. Sin desdeñar a Lesley Manville, que encarna a una especie de señora Danvers, guardiana de todas las esencias. Porque hay Hicthcock y Kubrick en esta obra sin patrones, de obsesión y humor cáustico, de hilo negro y aguja punzante. «Bésame antes de que me lleguen las náuseas»,  dice el personaje. Grave y ligera, dolorosa y fútil. Un pequeño tratado sobre los límites de amar y las fronteras de la creación. Ya lo escribió Aleixandre: «La realidad que vive/ en el fondo de un beso dormido,/donde las mariposas no se atreven a volar/por no mover el aire tan quieto como el amor».
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Guillermo Balbona | 06-02-2018 | 10:24| 0
El cuaderno de Sara
2018 115 min. España. | Dirección: Norberto López Amado.
Guión: Jorge Guerricaechevarría. Fotografía: David Omedes.
Reparto: Belén Rueda, Manolo Cardona, Enrico Lo Verso, Marián Álvarez
Género: Aventuras | Salas: Cinesa y Peñacastillo

 Le faltan páginas o le sobra esfuerzo en el formato. A este loable ejercicio de producción, desmesurado y excesivamente plano, le ha vencido lo formal, la envoltura, la dimensión de la apuesta. Su monótona narración, lo deslavazado de algunos personajes de vete y ven y cierta superficialidad mediatizan la incursión honesta en una geografía cinematográfica de denuncia, más cosmopolita y abierta que la media encorsetada del cine más cercano. Pero ‘El cuaderno de Sara’, entre apuntes y notas al margen, no es capaz de mantener un equilibrio y un pulso, y ese periplo indagador de una mujer en busca de su hermana por un territorio convulso –el Congo del coltrán, las guerrillas y tribus dedicadas a asesinar, violar y secuestrar– suena a estereotipo, a encargo de ONG y a ingenuo retrato afectivo. Muchas de las situaciones límite, resueltas de manera burocrática y sin brío, carecen de credibilidad y se muestran encadenadas para extender la acción como un telediario sin noticias, estirado de manera artificial. Sus puntos de apoyo son demasiados y el filme cojea demasiado a menudo: los interrogantes éticos de quienes desempeñan labores humanitarias; el compromiso o su ausencia, en este caso la mirada occidental sobre Africa; la formación de niños-soldado; la explotación minera, la complicidad de gobiernos y dirigentes…y aún hay más. Norberto López Amado, cuya trayectoria está plagada de trabajos para televisión, de ‘El tiempo entre costuras’ a ‘Mar de plástico, cineasta de ‘La decisión de Julia’ y ‘Nos miran’, se enreda en sus propias posibilidades. Con realismo y crudeza imprime las imágenes de la violencia y, sin embargo, la reiteración en el subrayado sufriente del punto de vista de Belén Rueda (pese a su excelente trabajo interpretativo), hacen que la película parezca encarcelada en la omnipresencia del personaje. Por el contrario, el papel de Marián Alvarez está desaprovechado, resulta confuso en sus juegos de presencias y ausencias y los flashbacks aún lo ponen peor. Si la cinta pivota en torno a los enigmas de Sara, al menos en intenciones, también el filme, por contra, pierde identidad al no saber reflejar con consistencia ese vínculo. Superficial, retórica, la película nunca encuentra el tono y vacila entre lo inabarcable de su discurso, la insistencia en algunas imágenes pese a su simpleza y la sensación de que prima la trascendencia de lo que se va a contar sobre la credibilidad de lo que se cuenta. La aventura como género y compartimento, la iniciación de la protagonista en las medidas del horror no conocido u oculto y la fragilidad dramática de muchas situaciones impiden que el cuaderno se abra a todas las voces en toda su justa dimensión humana.
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Celebración del deseo
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Guillermo Balbona | 30-01-2018 | 08:52| 0
Call me by your name 
2017 130 min. Italia. Dirección: Luca Guadagnino.
Guion: James Ivory, Guadagnino. Música: Sufjan Stevens.
Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom
Reparto: Timothée Chalamet,  Armie Hammer,  Michael Stuhlbarg,  Amira Casar,  Esther Garrel, Victoire Du Bois.
Género: Romance. Salas: Peñacastillo

Cuando muestra el combate cuerpo a cuerpo en la lucha entre los prejuicios y el deseo el filme de Luca Guadagnino alcanza sus momentos más intensos y personales. Cuando transcurre por las apariencias, la postal, lo social, le vence de algún modo cierta afectación y pedantería, que no pretenciosidad. Pero ‘Call me by your name’ es, no obstante, una atractiva visualización de la celebración del amor y del deseo, más allá de las citas y más acá de algunas poses éticas discursivas. La iniciación, la escuela del deseo, el aprendizaje, la experiencia, la sensualidad, el misterio, incluso, de lo desconocido tienen cabida en un filme que recorre trayectos de Bach a Praxíteles, de Heráclito a Franco Battiato, pero que bajo la pátina de coartada intelectual e isla sensorial de verano, asoma un viaje sutil sobre el placer y el descubrimiento del otro. El cineasta de ‘Melissa P’ de la mano de James Yvory firma su particular (des) habitación con vistas, su ‘Retorno a Brideshead’, su ‘Maurice’, a través de la relación entre un maduro joven adolescente y un seductor americano en uno de esos encuentros azarosos pero destinados a perdurar en el tiempo. El filme encadena detalles, fugaces elipsis y guiños subliminales para transparentar ese preludio de deseo y sexo, todo rezumado por un sentido del humor que empapa el rubor, los temores, la educación sentimental, la moral oficial y el juego de apariencias y estancias. En el vínculo formal de libertad, en la creación de una atmósfera es donde mejor se desenvuelve la identidad de la película: los bañadores colgados tras una erección; las camas desordenadas; los cigarrillos compartidos; los libros, siempre abiertos de forma cálida sobre las hamacas; el melocotón y el cuerpo retorcido buscando su identidad; el piano, la radio o los sonidos de la campanas y ese relato culturalista, de la arqueología al vitalismo de una frase o de una partitura. Una obra, muchas veces contemplativa, exenta de esas urgencias que han convertido muchos géneros en estropajos de usar y tirar y material de reciclaje. Un canto a la vida en cuya aparente sencillez reside y se revela toda su complejidad. Lo importante es mostrar la belleza y su caducidad inevitable, los golpes de vida y su fugacidad. El secreto, la privacidad, los perjuicios e hipocresías ante la homosexualidad subyacen pero no son relevantes. Donde la película hace hincapié y triunfa es en esa reivindicación con levedad, que no superficialidad, sutileza y sensibilidad de un espacio de libertad. El cineasta de ‘Cegados por el sol’ elude el esteticismo facilón y el revestimiento ornamental y se decanta por una honda paciencia visual. Una excelente manera de pronunciar una máxima que debería estar siempre presente «No sentir nada por miedo a sentir algo es un desperdicio». (Una vez más la dictadura del doblaje roba y adultera la visión de un filme. El absurdo y el disparate en este caso alcanzan proporciones surreales. Cuando los personajes hablan en francés e italiano la peícula recurre a los subtítulos; cuando lo hacen en inglés, se dobla).
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Sin freno de mano
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Guillermo Balbona | 29-01-2018 | 08:39| 0
El pasajero (The Commuter)
2018 105 min.EE UU. Dirección: Jaume Collet-Serra.
Guión: Byron Willinger, Philip de Blasi. Música: Roque Baños.
Fotografía: Paul Cameron. Reparto: Liam Neeson,  Patrick Wilson,  Vera Farmiga,  Sam Neill,  Jonathan Banks, Clara Lago. 
Género: Thriller Salas: Cinesa y Peñacastillo

No es sólo un AVE de vía estrecha y sin freno de mano, este tren cinematográfico tiene un jefe de estación con las ideas muy claras, gran parte del trayecto recorrido de antemano y varios supervisores de confianza. No importa si usted ya conoce el billete y el destino. Lo mejor que puede hacer es elegir asiento, esperar el zarandeo, la agitación o el golpe de efecto. Los tiquismiquis y quejicas mejor se abstengan. ‘El pasajero’ no busca la excelencia, sino la precisión. No se detiene en las ideas y los detalles, que los hay, sino en trazar un permanente juego donde el cambio de vía, la parada o el paisaje pueden provocar adicción o mareos. Jaume Collet Serra y Liam Neeson, ya pareja de hecho, regresan por cuarta vez con ese tándem, cineasta/actor, que ha encontrado un filón en un cine fórmula que no sólo no ha pinchado, sino que ha mantenido las espadas en alto. Desde su aparición emergente con ‘La casa de cera’, el español instalado en Hollywood ha alternado las series televisivas con reapariciones muy taquilleras, caso de la inteligente ‘Infierno azul’, un gore húmedo revestido de serie B. Desde ‘Sin identidad’, que abrió en 2011 su particular apuesta por Neeson como aparente ciudadano dispuesto a emprender una nueva vida y al que siempre se le tuercen los planes, el cineasta ha ido salpicando la década con estos thrillers personales, muy planificados, de acción contundente y sembrados por connotaciones sociales y políticas nada amables. En ‘El pasajero’ las alusiones, el legado y los rescoldos de la crisis vertebran la trama aparente: ese recorrido ferroviario, de rutina y pasaje anodino, convertido en un castillo de trampas, apariencias, vueltas de tuerca y solapadas decisiones en un viaje a ninguna parte. Quien busque las cartas marcadas, que las encontrará, debería quedarse en el andén. Este es un Hitchcock de suspense domesticado en un estudio, que alterna el ingenio con la velocidad, narrado siempre con solidez y apenas descuidos. La historieta de este representante de la clase media, que se mueve entre aseguradoras y cuenta con un pasado oscuro, no pide poso ni pose. Mezcla de complot, opresión, claustrofobia, policíaco con prisas, el filme y la propia trama ganan en las distancias cortas, en la celeridad controlada por una puesta en escena muy potente en un espacio cerrado, y pierden eficacia cuando la espectacularidad se convierte en una pequeña dictadora que obliga al déjà vu. Collet abraza su ya subgénero construido junto al actor con la tradición de los trenes, uno de los iconos de la historia del cine. Al montar en este Orient Exprés de cercanías, con guiños a lo ‘Diez negritos’ y un agitado y convulso intercambio de papeles entre el suspense, la sospecha constante y la acción, el entretenimiento está asegurado. A este ‘con el tren en los talones’ se le puede achacar algunas cosas, como reiteraciones y trucos, pero la solvencia, la sorpresa (esos planos en continuidad del arranque), su irónica manera de provocar lo inesperado en la rutina son suficientes razones para no mirar el reloj. Además está Vera Farmina. El destino puede esperar.
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Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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