img
‘¡Tun, tun! ¿Quién es?’
img
Guillermo Balbona | hace 14 horas| 0

La gran muralla

China. 2017. 104 m. (7). Acción.

Director: Zhang Yimou.

Intérpretes: Matt Damon, Pedro Pascal, Willem Dafoe, Andy Lau, Jing Tian, Zhang Hanyu, Eddie Peng, Lu Han, Kenny Lin, Ryan Zheng, Cheney Chen.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Cabe en este cineasta de altura un vértigo de ligereza que le devuelve epatante y casi irreconocible. El director de ‘Sorgo rojo’ regresa transformado en un zascandil de géneros, muy lúdico eso sí, para firmar esta coreografía entre la extravagancia y el populismo de acción pop. Con ‘La gran muralla’ a veces uno no sabe si está en una verbena con disfraces, en un desfile de moros y cristianos en Alcoy, o en un espectáculo franquicia del Circo del Sol. Como coartada Zhang Yimou se ha buscado al actor Matt Damon, en horas bajas, para firmar este festival aparatoso de bestias insaciables como orcos, una pareja de ladronzuelos que parece un esqueje de ‘Arma letal’ y una parafernalia de efectos y secuencias de acción entre volatines, tambores y guerreros que danzan, todo ello sobre la gran muralla y su entorno. La cosa se queda a medias entre la postal digital, la desmesura colorista y ciertas huellas de sus dagas voladoras, pero sin finura. Como baúl de los recuerdos comercial no tiene precio. El primer filme de Damon en China y primera incursión en inglés del cineasta de obras maestras como ‘Semilla de crisantemo’, ‘La linterna roja’ y ‘El camino a casa’, se inclina aquí por lanzarse a tumba abierta, como las hordas de reptiles que amenazan a los protagonistas, por la ladera del espectáculo visual pero vacío de grandeza y sin llegar tampoco al ejercicio de estilo. La gran muralla es un pastiche de su cine y del de otros, donde todo es apariencia y demostración de capacidad visual peo como en artefacto de feria, sin alma. Yimou abre una mirilla para que nos asomemos a un mundo, entre antiguo, mitológico y posmoderno, y cuando se acaba la moneda nos quedamos ciegos. Dura lo que se prolonga el efecto de turno. Hasta seis guionistas han metido mano en este cóctel de virtuosismo estilístico en el que apenas asoma el cineasta mayor que Yimou lleva dentro. Frente al espectáculo visual que trata de imponerse todo resulta hierático, agarrotado, desde unos personajes acartonados a una trama enquistada que nunca evoluciona y se mantiene aferrada a dos o tres factores humanos y de leyenda sobre los que gira como un bucle interminable. La excelencia militar, cierto elogio de las tradiciones, el canto a la amistad recorren la trama entre desfile de abusos panorámicos y la facilidad del cineasta para manejar el color como un personaje más. Todo es dispar y disperso en este cuento de sentencias pretenciosas que si pretendía mostrarse alternativo se vuelve convencional y monótono. Fantasía algo cansina, los arquetipos sólo tienen vuelo cuando los efectos toma el mando. Producto de alianza comercial entre las civilizaciones del marketing en su fusión todo resulta tan ampuloso como exento de hondura. Con toques de western y guiños a los clásicos de la aventura uno tiene que llamar a las puertas de esta muralla para escuchar el eco de una gran cineasta, muchas veces atado por su país, aquí al servicio de una megaindustria que intenta abrir un boquete en la caja fuerte de las fuerzas dominantes.

Ver Post >
La entraña de Camelot
img
Guillermo Balbona | hace 14 horas| 0

Jackie

EE UU. 2016. 95 m. (12). Drama.

Director: Pablo Larrain.

Intérpretes: Natalie Portman, Peter Sarsgaard, Billy Crudup, John Hurt, Greta Gerwig, John Carroll Lynch y Richard E. Grant.cía.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Todo discurre a flor de piel. Lo sofisticado y lo político, la pose y el poso. ‘Jackie’ es una opción. Arriesgada, cercana y distante a la vez, juega con el interior y el exterior, lo íntimo y lo social, lo icónico y lo mítico, lo azaroso y lo documentado. La cámara, siempre adherida al rostro, a la herida, a las sensaciones no mediáticas, es un caudal de extrañeza y entraña. Que nadie piense en el biopic al uso ni al desuso. No hay vocación de biografía, si acaso retrato de una huella. Una mirada diferente sobre un símbolo del siglo XX del que no se sabe casi nada, se cree saberlo todo y se disfraza el resto. Camelot al fondo, el reino de esta princesa sin príncipe es una pesadilla, a su vez, oscurecida por las sombras de una personalidad que transcurre en la superficialidad y que aquí asoma entre desvelos y confesiones, riesgos y atrevimientos. ‘Jackie’ es un filme inteligente que aparenta ser mainstream y es un soplo de intimismo, dolor y radiografía humana. Es una silueta dramática que obligadamente traza la silueta del mito pero que lo desnuda poco a poco sin pornografía emocional, entre la ansiedad y el vértigo, la determinación y la soledad. Y toda su cartografía física y química tiene un nombre: Natalie Portman. El primer milagro es que no parece ella (la actriz, claro). El segundo su capacidad para sostenerse en largos primeros planos. El tercero su capacidad para encauzar ese juego de contrastes, ese desfile de sensaciones confrontadas, ese diálogo entre el icono y la persona, entre la máscara y el rostro. En realidad, lo que el chileno Pablo Larrain logra es, historiografía documental aparte, filmar un sólido retrato de mujer. El cineasta ha saltado de ‘Neruda’ a Jacqueline Kennedy y lo ha hecho huyendo del tópico y centrándose en una panorámica de miradas, a modo de mosaico, en los cuatro días posteriores al asesinato de JFK, en Dallas, el 22 de noviembre de 1963. El cineasta de la magnífica ‘El club’ se mueve entre la sorpresa y la provocación, ambas ajenas al concepto de lo fácil, y entre la elegancia y la extrañeza. Poliédrico y singular, aparentemente frío, el perfil que firma el  director de ‘Post-morten’ instala sus voces y sus miradas entre la entrevista que un periodista realiza a Jackie, el atentado, el funeral, el diálogo con un sacerdote (el desaparecido John Hurt), el concierto de Pau Casals y un reportaje televisivo sobre las estancias de la Casa Blanca.  Todo resulta denso y el cineasta de ‘No’ maneja con destreza la fragmentación emocional, el rompecabezas de flashbacks y sentencias y rostros sostenidos. Contenido anti biopic, su milagro reside en abrir una brecha entre lo público y lo privado, uno de los territorios más sensibles del presente. La misma distancia que existe entre el vestido rosa de ‘Jackie’ manchado de sangre y esos desconcertantes planos frontales como un ángel negro buscando su cielo perdido.

Ver Post >
Fogonazos fuller
img
Guillermo Balbona | 14-02-2017 | 08:14| 0

The Naked Kiss  (Una luz en el hampa)

The Naked Kiss 1964 90 min. Estados Unidos.

Director: Samuel Fuller.

Reparto: Constance Towers, Anthony Eisley, Michael Dante, Virginia Grey, Patsy Kelly, Bill Sampson.

Género: Drama

Sala: Bonifaz. Filmoteca de Cantabria. Esta semana.

El momento Fuller es aquí un fogonazo que coincide con un arranque espectacular e intenso. En realidad todo el filme se deriva, e incluso padece, este golpe bajo que el cineasta imprime en la escena inicial de ‘The Naked Kiss’, título estúpidamente reconvertido pese a su clarividencia en ‘La luz en el hampa’. Linealmente, y en apariencia, el filme es una historia de redención y transformación vital pero el cineasta de ‘Yuma’ salpica la trama de sorprendentes bofetadas y giros que mutan cualquier intento de encasillamiento y juega con el concepto de híbrido de géneros, hoy tan manido y en boga. Al melodrama virado en noir, al cine social zarandeado por el espíritu corrosivo le sigue el mensaje moral envuelto en un álbum kitsch de imágenes curiosas. Dado que decide que nada ejemplar hay que mostrar, bajo las apariencias del sueño americano y los personajes instalados en los valores del sistema, subyace la crudeza y el pesimismo donde nada es normal ni emite destellos de honestidad y retazos de humanismo. Constance Towers encarna esa luz engañosa que baña al resto de personajes que salen al paso de la prostituta que encarna en su regreso a la sociedad. Un jefe de policía, el hombre rico y más respetado entre los vecinos…son algunos de los personajes que revelan esa sed de mal disfrazada de falso moralismo. Y es ahí donde el Fuller mas visceral asoma desde esa brutal invitación de partida a su mirada más panfletaria. Entre la sutileza aislada y lo más zafio, burdo y directo, el difícil equilibrio oscila entre la luminosidad femenina del personaje protagonista y la oscuridad latente que atraviesa la trama. Claroscuros e hipocresía son los termómetros del latido que pueden escucharse en esta historia iluminada por Stanley Cortez,  mientras esa agresividad extraña que también manejaba la cámara de Fuller se va deslizando entre los pliegues de una película habitada por escenas impulsivas, impactantes y esa desolación que, poco a poco, se instala en la mirada dominante. ‘The Naked Kiss’, uno de esos referentes obvios del cine de Tarantino, por ejemplo, siempre discurre en lo fronterizo entre géneros, entre lo sublime y lo ridículo, entre cierto rigor social y lo grotesco. Rabia y ternura, frescura y arrebato caben entre lo deslumbrante y lo desconcertante, mientras Fuller retrata este viaje narrativo, sugerente, de mirada sintética. Efervescente y, a veces, extrema, casi delirante y también al borde de lo hortera, sólo Fuller podría salir vivo de semejante miscelánea. Todo es turbadoramente desbordante. Una prosa poética con mucho atrevimiento y lucidez.

Ver Post >
Patética cosmética
img
Guillermo Balbona | 14-02-2017 | 08:04| 0

Cincuenta sombras más oscuras

Fifty Shades Dark 2017 115 min. Estados Unidos

Director: James Foley.

Reparto: Dakota Johnson, Jamie Dornan, Bella Heathcote, Kim Basinger, Rita Ora,  Marcia Gay Harden.

Género: Drama romántico.

Salas: Cinesa, Peñacastillo yAutocine

Todo discurre en la epidermis, en la superficie de la superficialidad. Y su argumento, mínimo y nulo, coquetea con lo patético y lo ridículo. No son sombras, sino un cielo negro que encapota cualquier signo de sentido, honestidad y lucidez de este interminable y tedioso ejercicio de cosmética sentimental que convierte las relaciones humanas en un artículo de broma. Como chiste malo no tiene precio. Como tomadura de pelo no hay premios suficientes para reconocerla. James Foley, director de ‘¿Quién es esa chica?’, firma estas ‘Cincuenta sombras más oscuras’, antes de convertirlas en 2018 en ‘liberadas’, en lo que amenaza con ser una saga enquistada en un largo contrato con la mediocridad que actúa a modo de viagra para la taquilla. La secuela de ‘50 sombras de Grey’, el vínculo supuestamente atormentado entre el millonario engreído y la joven Anastasia, es una grotesca nadería envuelta en un videoclip caducado, afectado e infectado de irrisoria gravedad. Las situaciones más dramáticas, que no pasan de discusiones o encuentros desagradables, solo provocan hilaridad. Y su pretencioso por vacuo y tontuno festival erótico, incita e invita a jocosas asociaciones y comparaciones de sex shop de grandes almacenes. Las frases más trascendentes que alcanza a decir la pareja protagonista son ‘qué fuerte’ y ‘qué horror’, mientras se atraen y se repelen en función de su mutuo termostato de placer con mecánica y rutinaria vocación de no saber cómo contar una historia. Las aventuras de este conseguidor chulesco y dolorido millonario, cuyo tormento parece ser el de ponerle precio a todo, es un canto a la posesión y la propiedad cuya transgresión consiste en cómo disfrazar su incapacidad para adentrarse con valor y honestidad en las fronteras de los cuerpos y la emociones. Algo ajeno a este pijo y, en el fondo, conservador, congelado, soporífero y vergonzoso cuentecito de riqueza y mal gusto que se limita a posar sus intenciones y que convierte todo en mera pose. Como consolador de taquilla puede aún servir de reclamo. Como sueño húmedo no resiste una siestecita. Como artefacto narrativo podría recetarse a modo de ejercicio antidepresivo para los que tengan un bajón de autoestima y como prueba cinematográfica no pasaría el examen de ingreso en la escuela de ‘cine exin’. La metáfora más inteligente y profunda que se permite este soso y plano álbum sobre las cosas de la piel es que hay que aprender a andar antes de correr. Para entonces el espectador ya hace lo posible por contener la carcajada ante este objeto erótico que no sería admitido en la prueba de fin de carrera del canal de playboy. Empalagosa y bobalicona, como mucho puede aspirar a ser la película de cabecera de dormitorio de Donald Trump. Cachetes sadomasoquistas de salón de peluquería o lluvia de dólares. Esa es la pregunta más filosófica que esta soporífera anécdota se permite entre la ducha y la cama. Su exploración de la dominación y la sumisión y el abuso de poder nunca se toma en serio. A todo ello, además, se le unta una capa de cremosa ñoñería sentimental para equilibrar el calorcito corporal exento de descaro. Cincuenta sombras…más estúpidas aún. Si las leyes del mercado fueran justas en la publicidad de este filme, que copa centenares de salas de exhibición sin ningún pudor, debería llevar un cartelito de advertencia: ‘Esta película puede provocar impotencia’…visual, claro.

Ver Post >
Apocalipsis caducado
img
Guillermo Balbona | 08-02-2017 | 13:15| 0

Resident Evil: Capítulo Final

EE UU. 2017. 106 m. (16). Acción.

Director: Paul W. S. Anderson.

Intérpretes: Milla Jovovich, Ali Larter, Shawn Roberts, Ruby Rose.

Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Una franquicia que dice adiós oficialmente, entre fuegos de artificio y con el maletín del fin del mundo de la señorita Jovovich bajo el brazo, es una cosa tan rara como escuchar dimitir a alguien en España. Pues bien, ‘Resident Evil’, tan agotada y agotadora como tantas otras sagas, se despide exhausta con cohetería y un desfile de reiterativos gestos de esta Robin Hood cibernética, adalid de un cine clon exprimido hasta lo cansino. El tándem Paul W. S. Anderson/ Milla Jovovich ha durado tanto como lo hace un matrimonio entre amagos de separación, intentos de revitalizar la relación y afectos a costa de lo rutinario. La sexta entrega, retórica y machaconamente repetitiva hasta ese epígrafe de ‘capítulo final’ por si alguien lo dudaba, se aplica el ejercicio de la síntesis y sospechosamente deja la puerta virtual abierta en caso de que algunos tengan nostalgia, o les flaqueen las fuerzas al equipo de guardia de guionistas. Como si se tratase de una cabalgata y un muestrario de género el cineasta de ‘Mortal Kombat’ convierte a su protagonista en una mujer para todo a través de la acción de centrifugado, acumulando todas las sucesivas gesticulaciones efectistas aparecidas durante la saga. Entre el peor Alien y el gigantismo apocalíptico se sitúa, sin ninguna épica ni emoción, esta aventura de supervivencia de Alice y sus proscritos resucitados. El videojuego impone su ley y la heroína nunca adquiere categoría humana ni en cercanía ni en empatía. Todo suena a ejercicio zombi, confundiendo el ritmo frenético con la acumulación, y la velocidad con el tocino. Con espíritu de juego de rol la protagonista, que abandona al espectador en demasiadas ocasiones, va superando pruebas entre retorcidos giros y acciones circenses. Incluso cuando el conjunto vacío no serviría ni para una pizarra matemática, se permite introducir cual parábola distópica cierto mensaje político sobre una futura sociedad de selectos magnates y afortunados elitistas. Una especie de raza aria fundamentada en la riqueza. Para entonces ya es demasiado tarde para revestimientos. La historia que tiene su propio santo grial se deja llevar por la inercia y el final de la saga apunta más a muerte asistida que a celebración. El montaje entre la montaña rusa y un caótico tren de la bruja, solo contribuye a crear distancia, a fomentar la confusión y a que el personaje se antoje una interminable parodia de sí mismo. El director de ‘Pompeya’ busca ornamentos visuales hasta debajo de su tablet. Efectos sí, criaturas también, aunque sean fruto de un mestizaje hipertecnológico. En este epílogo todo es mesiánico como corresponde a la agonía y el gran videojuego llevado a su hipérbole de sofisticación reviste una mirada medieval con metáforas de castillo y fortalezas. Lo cierto es que la saga venía de una quinta entrega más que estimable pero dice adiós con esta carrera cronometrada a ninguna parte. El cineasta, responsable de cuatro de las seis entregas de la saga, mezcla en su particular batidora el terror con las artes marciales y ese cine catastrofista de última hora en busca de un mensaje finalista. Afortunadamente después de ‘Resident’ seguirá habiendo cine y, además, bueno.

Ver Post >
Esa escalera, esa sonrisa
img
Guillermo Balbona | 08-02-2017 | 13:09| 0

El beso de la muerte

Kiss of Death 1947 98 min. Estados Unidos

Director: Henry Hathaway. Guion Bent Hetch, Charles Lederer. 

Música: David Buttolph. Fotografía: Norbert Brodine

Reparto: Victor Mature, Richard Widmark, Brian Donlevy, Coleen Gray, Karl Malden.

Género: Intriga . Sala: Bonifaz. Filmoteca. Próxima semana.

Este es el ejemplo máximo de cómo la fuerza de una secuencia marca la identidad histórica de una película. Debutaba Richard Widmark, el gran Henry Hathaway firmaba su incursión en el negro de la mano de la Fox y ‘El beso de la muerte’ transparentaba muchos factores innovadores a la hora de ahondar en la psicología criminal. Pero la interpretación del actor que abría su trayecto hacia el estrellato y su psicótico personaje prácticamente devoraron todo lo que representaba el relato abordado con pulso, energía y tensión pero con algunos desequilibrios documentales. El filme, que recobra la Filmoteca en su programación de febrero, marcó en el tatuaje de la memoria esa escena en la que el machista criminal arroja a una inválida por las escaleras. Dureza y sadismo en una escena ya vista en otras ocasiones pero que el tándem Widmark/Hathaway convierte en un icono de lo despiadado, rubricado por esa sonrisa maquiavélica, espesa e inquietante del actor en todo su esplendor. Ciertas desviaciones hacia el docudrama y las deudas del expresionismo, presentes en casi todo el cine negro, envuelven la historia que tiene sus mejores momentos en la atmósfera de melodrama donde las tragedias personales, las pérdidas y las traiciones afloran dejando un rastro de radiografía fragmentada y realismo de la condición humana. Hasta el punto que la visualización de un suicidio fue coartada por la censura, aunque no consiguió frenar la excelencia del dúo integrado por Ben Hecht y Charles Lederer, autores de  ‘Luna Nueva’, a la hora de escribir este relato vertebrado por el flashback y la voz en off. La redención, lo criminal, el precio de ser un delator, el pasado con su pesado equipaje, preceden y dan solidez y consistencia a un filme que, inevitablemente, en su segunda parte va a quedar marcado por la aparición del criminal brutal que encarna Widmark, manteniendo un equilibrio y una pose sostenida que nunca desciende a la sobreactuación. El silencio y el juego con la muerte como detonante y como único camino para la salvación tienen su expresión diáfana en este filme donde la artesanía de Hathaway y la tensión hipnótica de Widmark potencian la identidad social y el gancho narrativo del drama. Lástima que  la presencia de Victor Mature como antagonista fuera una mancha dadas sus limitaciones interpretativas, que bordeaban lo irrisorio. La expresión maníaca y macabra y la risa fácil y perversa constituye la verdadera banda sonora de esta película que no oculta sus guiños al cine de terror, que suple con inteligentes elipsis la acción de la censura y que enmarca su mirada sintética y aguda bajo una iluminación que aporta verdad a esas criaturas marcadas por las sombras.

Ver Post >
Un inmenso y desolador poema
img
Guillermo Balbona | 08-02-2017 | 13:07| 0

Manchester frente al mar

EE UU. 2016. 135 m. (12). Drama.

Director: Kenneth Lonergan.

Intérpretes: Casey Affleck, Michelle Williams, Kyle Chandler, Matthew Broderick.

Salas:Cinesa y Peñacastilo.

La gravedad del dolor y el peso de la vida atraviesan como dos latigazos hondos el paisaje de este inmenso poema. Y, sin embargo, todo es leve, profundamente contenido e infinitamente triste. ‘Manchester frente al mar’ es un pasaje al centro de una herida enquistada en el músculo de los sentimientos. El filme de Kenneth Lonergan se abre y se cierra en torno a una embarcación que no tiene ningún destino fijo y que, como el protagonista, –intensa lección interpretativa de Casey Affleck– es el símbolo de una vida varada, con el motor dañado, a la espera de un golpe de mar o de un atraque definitivo. Brutal en su descarnado desgarro, el tercer filme del cineasta de ‘Margaret’  es un mapa de la condición humana en el que tan pronto hay señales falsas como encrucijadas verdaderas, lugares del presente y del pasado entrelazados por recuerdos de afectos infectados de dolor y vidas que ya no nos pertenecen. ‘Manchester’ es la geografía sentimental de un hombre muerto que vive anclado en su vacío, ese no lugar en el mundo marcado por un melancólico desfallecimiento. Desolador drama, escapa del territorio más trillado mediante una mirada distante, contenida, una extrañeza empática que a veces coquetea con el humor y esa risa negra fruto de la colisión entre lo trascendente y lo cotidiano, entre el misterio y la supervivencia. En los pliegues emotivos y contemplativos es donde reside la entraña austera pero profunda de una historia elocuente en sus silencios y lúcida en sus miradas. Que el pasaje narrativo más importante del filme se sostenga en el ‘Adagio’ de Albinoni, o que las tópicas imágenes y sonidos de un funeral sean ralentizadas y sordas, revela la arriesgada apuesta de este pentagrama visual que Lonergan conduce con sutil naturalidad, sin aspavientos. La muerte y sus sombras subyacen en esta vida rota a la que acompañamos en su viaje al fin de la culpa y la redención. Aquí ni los móviles ni los ordenadores son importantes.  El personaje está vinculado con asombrosa ligereza emotiva a un puñado de criaturas que conforman su cordón umbilical con el mundo. En la relación del protagonista omnipresente con su sobrino, o más fugazmente con su exmujer, encontramos algunas escenas tremendas en su dicción emocional, en su sostenido pulso entre lo social y lo íntimo, entre el doloroso estar y la dignidad de ser. Hay demolición y ruinas que buscan su propio orden. Nunca manipulación sentimental ni regodeo manoseado en lo trágico. Todo duele, todo es tristeza en estos fragmentos de vida perdidas y de pérdidas de vida. Pero en el sinsentido y en el desconcierto es donde el cineasta encuentra un camino de indagación original, sólo aparentemente minimalista, poético en su disección de la realidad. Una película inmensa, grande, seca y, probablemente, necesaria.«¿Ingenio? ¿En el dolor? Puede ser, pues hay sal en las lágrimas…», escribió Marguerite Yourcenar.

Ver Post >
Mirada de director, ceguera de actor
img
Guillermo Balbona | 03-02-2017 | 11:24| 0

Vivir de noche

EE UU. 2016. 129 m. (16). Drama.

Director: Ben Affleck.

Intérpretes: Ben Affleck, Sienna Miller, Zoe Saldana, Elle Fanning, Chris Cooper, Scott Eastwood, Brendan Gleeson.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

 

Boston, la Ley Seca y Florida. Cadáveres, atracos y atentados. Terrenos acotados y territorios dominados por capos y mafias. El paisaje es conocido. Todo está teñido de un cierto romanticismo y una atmósfera de elegante melancolía, pero en ‘Vivir de noche’ el duelo verdadero es el del poder y la redención, el perdón y la culpa. El Ben Affleck director vuelve a demostrar su pulso, su facilidad para hacer crecer una crónica con muchas aristas y lugares comunes pero en la que siempre sabe abrir un resquicio, un cambio de vía. Lástima que el Ben Affleck actor, siempre muy limitado, y aquí con un protagonismo desmesurado, frustre cada paso hacia la excelencia de esta historia basada en la obra de Dennis Lehane, al que ya había recurrido el actor para su ópera prima ‘Adiós pequeña, adiós’. Para dotar a la figura del gángster, entre la venganza, el reinado y la culpa, de esa consistencia, ambigüedad y extrañeza letales era preciso otro intérprete con mayor personalidad. De ahí que en estas dos horas largas de ascensos y caídas, de viacrucis sentimental y moral cruzados por la muerte como eje dominante, la colisión entre ambientación y pasiones y entre envoltura y hondura contenga continuas brechas y agujeros negros. Es una narración sólida pero marcada por esa falta de profundidad emocional, de ceremonioso himno trágico con la complicidad de Shakespeare tan habitual en los retratos de hombre frágil con delirios de grandeza. El cineasta de la sobrevalorada ‘Argo’ y la más que digna ‘The Town’, un antecedente de hechuras similares a ‘Vivir de noche’, desaprovecha pasajes trascendentales para valorar el latido del personaje, caso de esa relación convulsa paternofilial. Affleck logra escenas de una gran intensidad cuando mezcla acción y violencia o cuando, en apenas unos detalles, narra esa atmósfera de traiciones y decadencia con muchos rictus y complicidades con la serie ‘Boardwalk Empire’. Apretar el gatillo en ese universo de ambiciones y corrupciones es el eje de una historia muy bien contada aunque sin el músculo tenso ni la sutileza dramática afilada para retorcer el género. El lado oscuro está siempre presente pero la película no acaba de apropiarse de la mirada del cineasta, lastrada por la del actor impasible. Entre ambos, entre ambas distancias, discurre errante un filme que unas veces se encuentra a sí mismo y otras pierde su consciencia de creación. El perfil del patriota, del héroe sin sitio, del violento con problema de conciencia resulta tan atractivo como irregularmente planteado. En los claroscuros del sueño americano, en esta senda bajo la señal de amar, matar, perdonar, aflora el simbolismo de los males enquistados de la sociedad.

Ver Post >
La elegancia del perdón
img
Guillermo Balbona | 01-02-2017 | 09:00| 0

Frantz 
Francia. 2016. 113 m. (7). Drama.

Director: François Ozon.

Música: Philippe Rombi. Fotografía: Pascal Marti.

Intérpretes: Pierre Niney, Paula Beer, Cyrielle Clair, Johann von Bülow, Marie Gruber.

Salas: Groucho.

El paseo por el amor y la muerte que contiene ‘Frantz’ es como esas estelas que dejan los aviones en el cielo. Una huella del subrayado al desvanecimiento que nunca parece borrarse del todo. Esta historia de perdón, redención, remordimiento –como el título original de Lubitsch– es un elegante, sutil y delicado trayecto que el prolífico cineasta François Ozon deja sobre la pantalla. A veces la posa, otras la desgarra. Rodada con pulcritud y ceremoniosamente desprendida, este relato nacido de las cenizas de la I Guerra Mundial –podría serlo de cualquier guerra– es fruto de la madurez de un estilo que en apariencia se fundamenta en no tenerlo. Probablemente Ozon sea el cineasta actual con mayor capacidad poliédrica, diversificada y plural, de modo que temas, miradas, desde la más delicada a la más delirante y disparatada, asoman en una filmografía que desde ‘8 mujeres’ ha crecido en cantidad y calidad. ‘Una nueva amiga’, ‘Joven y bonita’ y, sobre todo, la excelente ‘En la casa’ han precedido a ‘Frantz’, en la que vuelve a adentrarse y a sugerir inquietantes zonas oscuras, fronteras difusas, atmósferas extrañas y un duelo entre la levedad y la trascendencia que caracteriza buena parte de su copiosa filmografía. La ambigüedad, la redención, el antibelicismo cruzan esta historia, a modo de remake de la obra de los años treinta de Lubitsch, en la que un soldado francés viaja hasta el pueblo en el que están las huellas, y viven las personas, del soldado alemán al que mató en las trincheras. Culpa y mentira, oportunismo y destino se combinan, asoman y se ocultan en un juego entre realidad y representación. ‘Frantz’ es un filme elegante, que abre un resquicio y una mirilla entre los pliegues para introducir sus agujas en una especie de acupuntura sobre la piel más fina de la realidad. En este sentido lo que en otro sería un recurso epatante y forzado, resulta en Ozon una maravillosa invitación: la utilización de un hermoso blanco y negro, sólo roto por fugaces incursiones en el color cuando el pasado se instala en la trama, o en determinadas pinceladas que nunca se antojan caprichosas, caso de los planos del pueblo en blanco y negro y de los árboles en color. En el cineasta de ‘La petit mort’ siempre hay algo viscoso, sinuoso, sugerente y en este relato de fronteras emocionales, de melodrama romántico sin enérgicas colisiones, esas insinuaciones adquieren categoría de estilo seductor. Sobre la obra original de Maurice Rostand, Ozon imprime una caligrafía visual de excelencia donde recuerdos y sentimientos encontrados se funden en un esteticismo delicado de contemplación y paseo pero nunca cómodo. Intensidad, ironía y sensibilidad, con la música como factor narrativo, afloran entre la fragilidad y el encanto, la evocación y el dolor. Todo tan extraño y atractivo como la bella presencia de la actriz Paula Beer

Ver Post >
Fragmentos de vida
img
Guillermo Balbona | 31-01-2017 | 08:22| 0

Lion

Australia. 2016. 120 m. (12). Drama.

Director: Garth Davis.

Intérpretes: Dev Patel, Nicole Kidman, Rooney Mara, David Wenham, Nawazuddin Siddiqui.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

La comunión global es Google Earth. El nuevo mapa de los tesoros que funde las geografías, no así las fronteras ni los muros, cobra especial protagonismo en este trayecto fragmentado que oscila entre el retrato errante existencial y la ONG. Entre la excelencia del camino, Itaca al fondo, frente a la meta, y el melodrama varado en una esquina del mundo. En ‘Lion’, una película amable pese a las cargas de profundidad que contiene y que nunca acaban de explotar, se revela un continuo combate entre la superficialidad y la hondura, entre el telefilme bienintencionado y el mensaje desgarrador, entre la postal y ese viaje interior inmenso a prueba de satélites y exento de cámaras. También estructura y ajada por dos partes bien diferentes, esta crónica de niño perdido y adoptado y joven que busca reencontrarse, se debate entre el perfil del vacío y las pérdidas y lo convencional y casi lacrimógeno. También oscila entre ese honesto y sincero retrato moral de la pobreza en la India, en ese caso en los años ochenta, y el salto a la pose cuando la trama se centra en la Australia de la pasada década. El silencio y la mirada del niño encarnado de forma extraordinaria por Sunny Pawar otorgan verdad al filme. Después este se torna afectado, emocionalmente burdo en ocasiones y con un moralismo de discurso fácil y sin empatía en torno a la familia y la adopción. De Calcuta aMelbourne el filme, que a veces irrumpe con aires de ‘Slumdog Millionaire’ pero sin ese toque colorista y turístico, adopta en otras ocasiones la apariencia de gran melodrama manipulador. Por separado Dev Patel y Nicole Kidman dan solidez a la narración, especialmente ella capaz de sostener arriesgados primeros planos, pero cuando el guion exige juntarles no existe conmoción alguna. Por contra Rooney Mara –que repetirá a las órdenes del cineasta Garth Davis al encarnar a María Magdalena– deja huella de su cómplice relación con la cámara en un papel fugaz. Con la etiqueta de ‘basada en un hecho real’ (rubricado en los títulos de crédito finales con la aparición de las personas reales de estas vivencias) ‘Lion’ pasa con demasiada facilidad de la mirada de denuncia a un drama personal, del riesgo al telefilme, de la belleza a la rutina visual. Garth Davis, que se ha movido entre las series televisivas y la publicidad, debuta dubitativo. Esta producción australiana que se ha colado en los Oscar se eleva y crece cuando la mirada es la del cruce de vías hacia ninguna parte, y se desmaya con su vulgar búsqueda de la identidad entre tópicos y lugares comunes. De la odisea personal y auténtica a la navegación con ratón y GPS en busca del artificio que fundamente una estatuilla.

Ver Post >
Sobre el autor Guillermo Balbona
Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

Otros Blogs de Autor