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A Pitarch le impresionó un desconocido llamado Diego Costa en un campo impracticable
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esplendorenlahierba | 04-10-2013 | 08:01

“Hemos fichado al nuevo Kaká”. Así definió Enrique Cerezo, presidente rojiblanco, la contratación de un nuevo jugador para el Atlético en enero de 2007. La nacionalidad sí que era la misma del por entonces futbolista del Milan, pero no así su posición. Horas después se conoció su identidad: Diego Costa, un total desconocido para todos.  19 años, delantero nacido en Lagarto, cedido por el Sporting de Braga al Peñafiel de Segunda, primeras referencias de un jugador, cuya operación se cerró en 900.000 euros por el 50 por ciento de su pase. Tres años después se concretó en 600.000 euros más.

 

Jorge Mendes puso al Atlético sobre la pista del brasileño. “Ha llegado un chico al Sporting de Braga que lo ha cedido al Peñafiel. Tiene 18 años. No perdéis nada por verle”, apuntó. Jesús García Pitarch, entonces director deportivo colchonero, tomó días después un avión a Portugal.  “La primera vez que le vi jugar fue en un partido que se jugó a las 12.30 horas. Él estaba en el Peñafiel en Segunda.  El campo estaba impracticable.  Apenas se podía jugar. De hecho, debió haberse suspendido el encuentro porque el agua abarcaba todo el terreno de juego. Pese a las condiciones del campo, vi un jugador de una fuerza y una potencia descomunal. Diego metia mucha intensidad”, recuerda Pitarch.

Aquel primer seguimiento se tradujo en otros tres partidos más. Luego, una comida para conocer al futbolista fuera del césped. “Aparte del carácter y temperamento beligerante había detrás un jugador de una gran calidad y gestos técnicos. Es cierto que por esa época hacía pocos goles, pero todo era cuestión de que tuviera más pausa y jugar partidos”.  Diego Costa llevaba sólo dos años jugando de manera profesional.  El brasileño practicaba el fútbol en la calle de manera amateur hasta que se enroló en el Barcelona  Esportivo Capela. En febrero de 2006, los ojeadores del Sporting de Braga le echaron el lazo. Tras un paso efímero por el primer equipo, en diciembre fue cedido al Peñafiel, donde disputó 13 partidos y anotó cinco goles. “Un chico con 18 años puede llevar más de 100 partidos disputados entre cadetes y juveniles, algo que él no tenía”, apunta el ex director deportivo rojiblanco.

Diego Costa no se incorporó al Atlético hasta julio de 2007. Llegó con unos kilitos de más, una norma de la casa del brasileño en varias pretemporadas. “La culpa la tiene mi mamá. Cocina muy bien”, fue la explicación que dio unos años después en el stage de pretemporada en Los Ángeles de San Rafael. Por entonces, se disputaba con Salvio la última plaza de extracomunitario y ser el tercero en discordia en el ataque tras Forlán y Kun.  Finalmente, Quique Sánchez Flores, entonces técnico colchonero, se decantó por el brasileño, el cual no las tuvo todas consigo, pues se vio fuera de la entidad en aquel verano.

El brasileño se veía como el ‘patito feo’. A la sombra de Forlán y Kun, Diego Costa tomó el papel de aprendiz o becario. “Él llegó a pensar que no confiábamos en él. Le demostramos que no era cierto al ampliarle el contrato por tres años más. Por delante tenía a Forlán y Agüero, por lo que hubo que medir los tiempos para que fuera creciendo y eligiendo siempre las cesiones. En el Albacete y Valladolid estuvo a un gran nivel y no así en el Celta”, mantiene Pitarch.

En 2010 regresa al Atlético. Por fin, había logrado meter la cabeza. El brasileño ya había hecho méritos suficientes tras su carrusel de cesiones en el Celta, Albacete y un traspaso efímero al Valladolid.  El Atlético lo recompró por un millón de euros. Ese verano, el Deportivo estuvo pendiente de su futuro. En los siguientes, Levante, Mallorca o Getafe.  Costa ya estaba dentro y era cuestión de esperar. Tras su grave lesión en el verano de 2011, y su exitoso paso por el Rayo en una nueva cesión, Costa compartió cuota de protagonismo con Falcao. El Liverpool quiso reclutarlo este verano, pero el Atlético se movió con celeridad y le amplió el contrato hasta 2018.  Él, a los suyo y cumpliendo. Sus números no tienen nada que envidiar a los de Messi y Cristiano: 12 goles en 13 partidos. Tras Simeone, es el jugador que más cariño y devoción siente la grada del Calderón.  Y por su carácter y dotes goleadoras se ha convertido en todo un incordio y en el terror de los defensas contrarios. Como en su día lo fueron Hugo Sánchez o Stoichkov.