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20 años de Barcelona 92

2012 July 25
por
Me permitirá el lector que me salga un poco de mi ámbito, el de las piscinas, pero no me puedo resistir a recordar que un día como hoy de hace 20 años se inauguraron los Juegos de Barcelona. Hace dos décadas, Antonio Rebollo, el arquero más famoso de la historia (con permiso de Robin Hood) puso en vilo a medio mundo cuando prendió su flecha y apuntó hacia el pebetero. Dio el pistoletazo (o en este caso el flechazo) de salida a unos juegos en los que el mundo vibró con, entre otros, el Dream Team de baloncesto, con Carl Lewis, Linford Christie, Javier Sotomayor  o con el oro de Cacho (¡qué grande Fermín!). Pero yo me quedo con dos momentos inolvidables, que pude vivir en primera persona y que por supuesto no fueron portada de ningún diario. Acudí con mi padre a presenciar las competiciones en la piscina Bernat Picornell y cuando llegamos ya no quedaban entradas. Alucinante, pero cierto. Debió de ser la primera y la única vez en la historia de España que una prueba natatoria logró colgar el cartel de no hay billetes. El caso es que mi padre negoció con los de la entrada y pudimos acceder sin comprar el billete. A los pocos minutos, tras acercarme a las primeras filas, pude ver a mi ídolo de la adolescencia: Matt Biondi. Fue un momento muy corto, quizá medio minuto, el suficiente para sacar la cámara y hacerle una foto. Me pareció enorme. Nunca había visto un campeón olímpico tan cerca, a un metro, y me quedé helado. Quise decirle algo, pero no pude, o no supe. Estaba bloqueado. Barcelona no fueron sus juegos, de hecho sólo triunfó en los relevos y tuvo que rendirse ante la aparición del gran Popov, pero a mí ya no me importaba. Había podido verle y con eso había justificado el viaje. La otra escena la viví en las calles de la ciudad, muy cerca de la plaza España, por donde pasó la maratón femenina. Las caras de esfuerzo eran sobrecogedoras, pero nada que ver con la de una corredora, creo que era rumana, que de repente se salió de la carretera, se acercó a donde estaba yo, al otro lado de la valla, y se puso a vomitar. Vaya escena, qué sufrimiento. Supongo que lo que expulsó por la boca no fue suficiente porque en ese momento pidió monedas a todos los que le observábamos para poder entrar a un WC público que había ahí al lado para terminar de arreglar su indisposición. Debió de conseguirlo, porque salió del servicio y se puso a correr como si nada. La medalla la tenía muy lejos, pero con llegar creo que ya tenía suficiente premio. Nunca supe su nombre, pero siempre pensé que quizá un mal desayuno le apartó de la gloria.