28 Jun 2009

'Terminator salvation'

Religión, espiritualidad o fe ciega en un líder de carne y hueso con aura de profeta. En un futuro apocalíptico dominado por las máquinas, los supervivientes se aferran a este triunvirato como único vínculo con su humanidad, como un ‘copyright’ que les diferencia de las almas hechas de bujías y tornillos. O al menos eso es lo que augura la industria del cine, empeñada en su papel de médium de lo que está por venir. En la serie ‘Battlestar Galáctica’, tras el genocidio de los Cylon, son Gaius Baltar y la presidenta Roslin quienes se disputan las creencias monoteístas y politeístas de las doce colonias. En ‘Matrix’, Neo, ‘El elegido’, resucita como un Jesucristo de pixeles para hacer frente al arquitecto. En ‘Blade Runner’ son los propios robots quienes se recrean en el siempre inapelable miedo a la muerte. ‘Yo, robot’, ‘Inteligencia artificial’… los ejemplos se repiten una y otra vez desde que Hall hiciera uso del libre albedrío en ‘2001: una odisea del espacio’.

‘Terminator Salvation’, la cuarta entrega de esta saga, prefiere difuminar más la filosofía para regocijarse en la adrenalina, pero no puede –ni quiere- obviar conceptos como la redención y el sacrificio. Lejos de hablar del alma y la religión, el director con nombre de discjockey, McG, prefiere ceder al corazón –no al concepto, sino al músculo- y a los recuerdos el papel de salvavidas, de único vínculo con lo que nos hace humanos.

El realizador de ‘Los ángeles de Charlie’ consigue al menos arrancar a la película la etiqueta de superproducción banal y vacua que tanto prolifera en las últimas fechas. Aunque las explosiones y los fuegos artificiales no descansan, el filme adquiere una mínima trascendencia al centrar los focos en esa dicotomía entre el metal y la carne, esa lucha interna por descubrir la identidad de cada uno. “¿Qué eres?”, le pregunta John Connor a Marcus Wright. “No lo sé”, responde él mientras el espíritu de ‘Apocalypse now’ sobrevuela el decorado.

La elección como director de McG no hacía presagiar nada bueno para una saga que parecía muerta tras el bodrio de la tercera parte. Sin embargo, el norteamericano, que ya trabaja en ’20.000 leguas de viaje submarino’, demuestra una intachable capacidad para rodar escenas de acción. O al menos no clona fórmulas agotadas. La secuencia de la cámara entrando y saliendo del helicóptero mientras una bomba atómica explota a pocos metros deja en ridículo a ‘Transformers’, ‘Lobeznos’ y demás espantapájaros paridos en un ordenador. Los homenajes a sus predecesoras o a otros títulos de ciencia ficción sí son más evidentes. En el metraje se reparten pinceladas de ‘Mad Max’ y ‘El último hombre vivo’ mezcladas con referencias muy explícitas a aquel primer ‘Terminator’ que James Cameron rodó en 1984.

McG demuestra así que la grandilocuencia y la pomposidad no están reñidas con el arte. Ese es el legado que Steven Spielberg deja al cine, aunque muchos se afanen en pudrirlo con una ristra de mal llamadas películas, cuyo único ‘mérito’ es profanar una pantalla. ‘Terminator Salvation’ es la prueba de que géneros tan corrompidos como los de ‘aventuras’ o ‘acción’ pueden reconciliar al espectador con el precio de una entrada de cine.

17 Jun 2009

'Coco'


“Una mujer enamorada no es más que una perra sumisa”. Gabrielle ‘Coco’ Chanel espeta a los diez minutos de metraje una frase que reúne todos los ingredientes que marcarán su vida: ser mujer en una sociedad, la de comienzos de siglo XX, dominada por el hombre; el amor como un cuchillo que hiere, y la sumisión como contrapunto al orgullo que la empujó a convertir a la niña huérfana y pobre en una de las leyendas universales de la moda.

La directora luxemburguesa Anne Fontaine se atreve con el ‘biopic’ de una de las personalidades más complejas y embaucadoras de la historia reciente, pero lejos de bucear en ‘Coco’ se concentra en Gabrielle. La persona, y no el personaje, monopolizan una cinta que disecciona el génesis de la rebeldía y el tormento interior que acompañarían a esta mujer hasta su muerte en 1971. Pero Fontaine no puede evitar caer, una y otra vez, en la amabilidad y la complacencia, hasta convertir la película en un bodegón clasista, una hija bastarda y edulcorada de ‘Retorno a Brideshead’.

La realizadora pierde así la noción de la realidad o, más bien, sólo se atreve a pintar la mitad del cuadro. La película parece querer justificar, y rebatir, las biografías que hablan de una mujer atormentada: “Todos los días pensaba en cómo quitarme la vida, aunque, en el fondo, ya estaba muerta. Sólo el orgullo me salvó”. Una frase dicha por la ‘Coco’ de carne y hueso y obviada en el filme. Y es que más que un ‘biopic’, Fontaine sólo quiere exaltar.

Audrey Tautou, que siempre será Amelie, no sale mal parada en un reparto monopolizado por intérpretes franceses. La actriz, sin embargo, parece ajena a la evolución que sufre su personaje. La joven que canta hastiada en el cabaret, la que intercambia su cuerpo por estatus social, la que se enamora, la que se arrepiente de haber amado, la que ve un mundo en un trozo de tela... Todas tienen la misma mirada en el rostro de la actriz francesa. Sólo al final, derrumbada en las escaleras, con los recuerdos ajados por el tiempo, como una Gloria Swanson en ‘El crepúsculo de los dioses’, Tautou encuentra a ‘Coco’ Chanel.

10 Jun 2009

'Good'

Todos podemos convertirnos en un monstruo. La pérdida de la inocencia, la vergüenza para defender nuestras ideas y el dejarnos arrastrar por la corriente pueden envilecernos hasta que la comparación entre lo que fuimos y lo que somos sea descorazonadora. No ocurre de un día para otro. Son las pequeñas decisiones, los miedos no enfrentados, los que emponzoñan nuestros límites morales hasta difuminarlos.

‘Good’ no habla de ángeles y demonios, sino de personas normales que, en una situación extraordinaria, fueron incapaces de decir ‘no’ y vendieron su humanidad por dinero, poder, estatus social o pura supervivencia. Juzgar a los civiles alemanes de los pecados del nazismo se ha convertido en un juego demasiado gratuito. Ellos eligieron democráticamente a Hitler, pero ¿conocían los extremos del holocausto judío? ¿Apoyaban la descontrolada paranoia imperialista de su Führer? ¿Fueron víctimas o verdugos de una guerra que acabó con la vida de 60 millones de personas? Una vez más, la realidad no es blanca ni negra. La mayoría se limitó a mirar para otro lado, y ese fue su pecado.

El director austriaco Vicente Amorim disecciona esas contradicciones morales de la sociedad alemana de la época en la historia de John Halder, un profesor de literatura que se pervierte a causa de su raquítica personalidad. Contrario al régimen pero sin convicción, se ve arrastrado en la vorágine del nazismo hasta verse un día uniformado como oficial de las SS al cargo de un campo de concentración. En apenas dos años, ese maestro preocupado por su madre enferma y defensor de la pluralidad ideológica, se ha convertido en un monstruo con alma de buena persona. La resignación es su cadena, como muestra Amorim en la escena de la quema de libros. Halder, en lugar de indignarse y rebelarse, aparta la mirada y suspende la clase para que sus alumnos, observando curiosos desde la ventana, bajen al patio a disfrutar de la hoguera literaria.

El realizador de ‘El camino de las nubes’ arranca con fuerza esta fábula de la debilidad del hombre, pero a medida que el metraje avanza se enfanga en capítulos insustanciales para justificar el papel de ‘buen alemán’ que juega el protagonista. Ese amigo de los judíos que, aplastado por los remordimientos, llega tarde para solucionar una traición amparada en la cobardía. Ese profesor que no lucha contra la perversión de la cultura. Ese escritor que transige cuando el ‘partido’ decide convertir la ciencia ficción en una sádica realidad.

Viggo Mortensen abusa demasiado de su torpeza, de la mirada de cordero degollado, de su flagelación, de su culpa, de su lástima. Es la cima de la hipocresía de un personaje que evoluciona por fuera pero que interiormente permanece inmóvil durante los 90 minutos que dura esta adaptación de la novela de C. P. Taylor. “Mírate en el espejo”, le dice su mujer momentos antes de que participe en ‘la noche de los cristales rotos’ que desencadenó la persecución antisemita. Y en ese reflejo no se reconoce. El uniforme negro de las SS y el anillo con la calavera en el dedo son ese disfraz de monstruo que, como un cáncer, ha podrido a John Halder y lo ha transformado en Oberscharführer Halder. Sólo las gafas sostienen las ruinas de aquel hombre apolítico y que creía en los libros como catalizadores de la evolución moral y social.

“Si queremos llevarlos –a los nazis- en la buena dirección, tenemos que hacerlo desde dentro del partido”, le dice a su amigo judío. Pero como vaticinó Hobbes, “el hombre es un lobo para el hombre”, y ni siquiera esas visiones musicales ridículas con las que el director salpica la cinta despiertan a Halder de su cobardía. Una vez que se cruza la línea, sólo los héroes son capaces de girarse. Y ahora, al igual que en la Alemania de Hitler, parece que éstos sólo viven en los cómics.

23 May 2009

'Génova'


Winterbottom ha creado un cuento de amor cruel y de odio enternecedor. ‘Génova’ es un ‘Vacaciones en Roma’ –paseo en moto incluido– sombrío y opaco, abrigado con un manto de profunda tristeza, de esa tristeza que no se despega ni siquiera cuando sonreímos.

El director inglés se embarca, junto a sus personajes, en un viaje sin retorno a las catacumbas de los sentimientos. Es allí, en los rincones más oscuros del alma –como esas calles estrechas de Génova que no dejan pasar la luz ni la vida– donde un padre y sus dos hijas deben de enfrentarse al dogma más sádico y real que existe: ser feliz no se consigue con esfuerzo. Como el ‘Azul’ de Kieslowski pero a la inversa, el director inglés arranca la película con la peor de las despedidas, la que es inesperada. Winterbottom vuelve una y otra vez a ese miedo visceral a la pérdida, y por eso en la película late sin descanso un rastro de desasosiego, de que algo malo va a suceder sin remedio.

A pesar de lo trágico de la premisa, el director demuestra su madurez narrativa en la contención del dolor, quizás para demostrar que la angustia más inaguantable es la que no tiene reflejo exterior, la que te carcome cuando la casa se queda en silencio y te quedas solo frente a los platos sucios de la cena. Pero ese minimalismo expresivo y desdeño de las lágrimas son una ecuación calculada. Sólo así los gritos nocturnos de la niña adquieren una carga desgarradora de impotencia ante lo inevitable.

El único pecado del realizador es el mismo que se le achacó a Woody Allen en ‘Vicky Cristina Barcelona’: convertir la película en una guía turística. Sin embargo, ‘Génova’, al contrario de lo que hizo el director neoyorquino, enseguida se deshace de ese hálito. La ciudad se arranca la máscara de decorado para convertirse en un personaje más de la película.

A pesar de las apariencias, ese final que parece no cerrarse sí expira en la mirada perdida del padre, esa mirada del que sabe que los mejores días de su vida ya han pasado y ahora sólo queda sobrevivir.

20 May 2009

'Star Trek'



En la década de los setenta, dos jóvenes directores desataron el corsé que oprimía a las ‘majors’ de Hollywood. Fue durante esos años cuando se fraguó el adiós definitivo del llamado cine clásico y se colocaron las primeras piedras del que hoy se conoce como moderno. Como en cualquier transición artística, acabaron en la cuneta virtudes que fueron suplantadas por pecados que aún estamos purgando, y viceversa. Pero fueron Steven Spielberg y George Lucas, sobre todo el primero, quienes lideraron el cambio y juraron lealtad al llamado cine del entretenimiento. Una nueva estética y un nuevo lenguaje para una nueva generación.

Tres décadas después, los cimientos de este dogma se han pervertido. Desde hace algunos años estamos asistiendo a la época más oscura del séptimo arte. Salvo algunos dinosaurios que sobreviven a la glaciación, como Scorsese o Eastwood, las nuevas hornadas de guionistas y directores se han rendido a la banalidad sin derramar una sola gota de sangre. Hacía falta un nuevo Spielberg para salvar un arte que agoniza por sí mismo, aunque se quiera culpar a Internet de la baja asistencia a las salas. Y J.J. Abrams está en camino de tomar ese relevo.

El director neoyorquino tiene esa mirada que diferencia a los genios del resto. Con sólo 37 años ya era el guionista jefe de la serie ‘Alias’, un aperitivo antes de crear de la nada el mayor fenómeno televisivo de los últimos veinte años: ‘Perdidos’. El salto a la gran pantalla le llegó como productor y guionista de ‘Monstruoso’, un filme que ha pasado desapercibido en nuestro país pero no en EEUU, y que engloba el decálogo de trabajo de un director obsesionado por los aviones y los viajes en el tiempo.

Arriesgarse ahora con una nueva adaptación de ‘Star Trek’, una saga con más de cuarenta años de historia, ha sido temerario. Quizás por miedo a no defraudar a los fanáticos ‘trikkies’, Abrams firma su película más convencional, aunque sin renunciar a un lenguaje reconocible en toda su carrera. Se pliega a una historia que narra los orígenes de los personajes, como acaban de hacer en ‘Batman’ y ‘Lobezno’, pero a cambio inyecta un ritmo trepidante que no abandona en los 120 minutos de metraje. Claudica ante el perfil de ciertos personajes pensados para un público adolescente a cambio de un cheque en blanco para otros, como el doctor Spok. Es evidente el ‘toma y daca’ entre una industria conservadora que busca una rentabilidad y las ideas revolucionarias de un director diferente.

Para los que nunca sintieron curiosidad por el fenómeno ‘trikkie’, entre los que me incluyo, ‘Star Trek’ supone reconciliarse con un género -el de la ciencia-ficción- defenestrado y cuyo rostro no es otro que el de Gloria Swanson bajando las escaleras de su mansión en ‘El crepúsculo de los dioses’ de Billy Wilder.

Pero si J.J. Abrams supone para el lenguaje cinematográfico un cambio similar -aunque no a tan gran escala- al de Spielberg, Michael Giacchino tiene todas las cartas para ser el administrador de la herencia de un casi octogenario John Williams. El ‘score’ creado para ‘Star Trek’ es simplemente magistral, como ya hiciera con la música para ‘Ratatouille’, la saga de videojuegos ‘Medal of honor’ y en los proyectos en los que ha ido de la mano de Abrams, como ‘Alias’ y ‘Perdidos’.

06 May 2009

'X-Men: orígenes. Lobezno'

La mina de oro de los cómics empieza a mermar, y los grandes estudios, ante la falta de buenos guiones, recurren a los ‘spin off’ (película o serie nacida a partir de un personaje de otra) para seguir inflando una taquilla destrozada por la crisis e Internet. El sudafricano Gavin Hood toma las riendas de este ‘Lobezno’, hijo pródigo de la saga ‘X-Men’ de Bryan Singer, cineasta que ha ido de más a menos (’Sospechosos habituales’, ‘Superman returns’, ‘Valkiria’).

Hood podía haber adaptado su ‘Lobezno’ al molde fabricado por Christopher Nolan en ‘Batman’. Pero no lo ha hecho. Ha preferido continuar la senda banal y artificiosa de ‘X-Men’, en lugar de oscurecer y curtir a un personaje que daba el perfil para ello. Una vez elegida la opción sencilla, la más comercial, el director nos presenta una retahíla de tópicos para justificar la personalidad del héroe encarnado por Hugh Jackman. Los orígenes de Lobezno dejan de importar cuando muestran el irrisorio –que no trágico– suceso de su niñez.

A partir de ahí, las expectativas se marchan de la sala y la película se revela como lo que es: un mero producto de divertimento. Todas las piezas del puzzle debían encajar con la historia del Lobezno presentado en la saga ‘X-Men’, pero Hood, cuando debe narrar y no sólo fascinar con artificios, se pierde, o más bien, no le interesa encontrarse. No existe pausa, sólo obsesión por mostrar cómo las garras salen de los nudillos de Jackman. No hay ‘porqués’ sólo ‘cómos’. Incluso la explicación de su nombre, ‘Lobezno’ –’Wolverine’, en inglés– responde a una barata y merengue motivación más propia de una comedia romántica.

La justificación a la pérdida de memoria del protagonista, clave en su futura evolución, se solventa aquí con un irreverente golpe de guión, como si al escritor se le hubiera olvidado añadirlo y a última hora hubiesen injertado la escena a golpe de calzador en el metraje. La relación de Lobezno con su hermano –alter ego sin moral– resulta ser sólo una parodia de la historia de Caín y Abel, tantas veces repetida en la historia del cine. El resto de personajes secundarios se pierden en la vagueza del guión, incluso los vinculados a la historia de la saga posterior en el tiempo.

Lo único salvable, quizás, sean unos títulos de crédito iniciales que, además de avanzar en la historia de Lobezno, recorren las guerras en las que ha tomado parte EE. UU. hasta los años 90. Lo que viene después sólo es envoltorio.

30 Abr 2009

'Fast & Furious'

Pocas franquicias han conseguido sobrevivir al título de ‘trilogía’ en los últimos años. ‘Fast & furious’ es una de las pocas excepciones, no sólo por aferrarse, una y otra vez, a los primeros peldaños de la taquilla, sino por mantener casi intacto el reparto de aquel primero, y sobrevalorado, filme de 2001.

La única virtud de esta cuarta entrega –y por extensión de toda la saga- es su negación innata de la búsqueda de pretensiones. ‘F&F’ no esconde más de lo que muestra, ni pretende elevarse por encima del producto de acción enlatado, casi más cercano a las producciones estereotipadas de los años 80 que las que se destilan en la actualidad. Y es que las motivaciones de los personajes huyen de los grises para venerar los tonos más radicales. La venganza, el deber y el dinero. Estos tres elementos son el eje que mueven la historia del cine. Infinidad de los considerados clásicos apelan a algunos o a todos de ellos. Pero son la ausencia de clichés, la repetición de frases como sentencias y la aniquilación de la paleta de colores emocional de cada uno de los personajes los tres mandamientos que ‘F&F’ no cumple. Y precisamente estas tres reglas son las básicas –hay muchas más- para dibujar un raya muy gruesa entre una buena película y un producto hecho por repetición, como un tornillo en una fábrica.

La receta del filme de Justin Lin –también director de la tercera entrega- es sencilla: coches tuneados y muy rápidos; mujeres de plástico, folleto y adorno; malos tan malos como buenos los buenos, y persecuciones al límite regadas con disparos sin descanso. En dos palabras, pornografía automovilística. Y como ingrediente principal, un Vin Diesel descaradamente hierático –sólo Spielberg ha conseguido sacar algo más que un ceño fruncido del protagonista de ‘Las crónicas de Riddick’-.

Dicen que no hay literatura de hombres y de mujeres, que sólo existe la buena literatura y la mala. Pues bien, ‘Fast & Furious’ es la prueba palpable de que sí existe un cine hecho por y para los gustos masculinos más primitivos.

20 Abr 2009

'La sombra del poder'

Camuflado entre las ramas de un thriller político, el director escocés Kevin Macdonald sorprende en ‘La sombra del poder’ con una apología del periodismo de tinta y papel frente a ese otro hijo bastardo de Internet, con el apellido ‘digital’ incrustado en su nombre. El periodismo de investigación, lento y trabajado frente a la inmediatez obligada de los blogs y las páginas web, que muchas veces sacrifican la comprobación de los hechos por ‘colgar’ la noticia –o el rumor– unos minutos antes que los demás. Las seis ‘W’ están perdiendo la batalla contra las tres ‘W’ punto com. Russell Crowe y Rachel McAdams personifican una y otra escuela, como queda claro en un diálogo de la película en la que el actor replica a la directora del Boston Globe, papel interpretado por la oscarizada Hellen Mirren: «–Ella es barata y es cribe mucho y rápido. –Sí, y yo estoy sobrealimentado, salgo caro y escribo lento».

Otro ejemplo. La redactora encargada del blog nunca lleva un bolígrafo encima y Crowe, al final, lo soluciona con un regalo, metáfora del bautismo de McAdams tras su conversión al periodismo que se resiste a la esclavitud de ‘Google’. A ese periodismo que sólo necesita de suela de zapatos, un teléfono y una libreta. Macdonald no evita, sin embargo, caer en algunos tópicos de la profesión, pero sin que éstos hagan sombra a la radiografía, casi quirúrgica, con la que el realizador muestra los entresijos de los medios de comunicación actuales.

El director de ‘El último rey de Escocia’, de tan sólo 42 años, retrata esa convivencia obligada que se propaga ahora como un virus por las redacciones de todo el mundo. Y lo hace de tal modo que el eco de ‘Todos los hombres del presidente’ (1976) resuena en cada uno de los planos. Las alusiones al Watergate, la estética setentera de Crowe y las ramificaciones políticas de la trama traen a la memoria, una y otra vez, el trabajo de Woodward y Bernstein.

Tampoco pierde la ocasión Macdonald de criticar a los nuevos empresarios del periodismo, que quieren convertir los medios de comunicación en fábricas de dinero sin considerar las peculiaridades de una profesión que fue –ya no lo es– el cuarto poder. «–Vamos a publicar hoy todo lo que tengamos. –No podemos. Nuestras fuentes se retractarán. –Me da igual. Los directivos quieren resultados, tenemos que vender periódicos», discuten Crowe y Mirren en un momento del filme.

Macdonald, además, consigue mantener el pulso, la intensidad y el interés en la trama político-corrupta (últimamente estas palabras siempre van ligadas), a pesar de un Ben Affleck insípido que debería prodigarse más tras las cámaras –dirigió la excelente ‘Gone Baby Gone’– y un Rusell Crowe aceptable, que no firma su mejor interpretación pero resulta creíble. Sí se puede achacar al director que desperdicie a Hellen Mirren, imponente en su papel de directora del periódico, en sólo unas pocas escenas.

Muchos agoreros aseguran que el periódico en papel morirá en unos pocos años. Puede que sí, pero ese no es el problema. La mayor tragedia es que con él desaparezca el buen periodismo. Esa es la idea con la que Macdonald salpica cada minuto de metraje. Y por eso, en unos títulos de crédito impagables, el director –convertido ya en redentor de una profesión que se está desvirtuando– muestra todo el proceso desde que el periodista cierra su página en la redacción hasta que el periódico llega al kiosco. Un recorrido de tinta y papel que huele a nostalgia y a despedida.

15 Abr 2009

'La lista'

En la era del cine en tres dimensiones, de los guiones experimentales y de subterfugios hipócritas como el Dogma, los nuevos cineastas -y también muchos viejos- siguen exprimiendo el legado que dejó Alfred Hitchcock en los sesenta años que pasó tras las cámaras. Bajo esta premisa se estrena Marcel Langenegger como director. El esqueleto de 'La lista' se sostiene bajo las trazas de los manoseados thrillers con final inesperado, aunque esta vez sin disimular sus referencias explícitas a títulos como 'Con la muerte en los talones', 'La sombra de una duda' -Hugh Jackman es sólo un reflejo de Joseph Cotten- y, sobre todo, 'Vértigo'. Así, Ewan McGregor no está muy lejos del Scottie que interpretó James Stewart, ni Michelle Williams de la atormentada Madeleine (Kim Novak). Incluso, el juego de perversiones de clase alta en el que se enredan los protagonistas, y que da título a la película, es tan sólo el McGuffin, la herramienta que Hitchcock ya definió como una excusa argumental que motiva a los personajes y al desarrollo de una historia, y que en realidad carece de relevancia por sí misma.

La cinta sí gana en su primera parte. Un hombre normal con un trabajo aburrido (Ewan McGregor) es colocado en una situación extraordinaria, y sólo su capacidad de adaptación es lo que hará avanzar la trama argumental. El guión necesita de la evolución del protagonista para seguir adelante. De nuevo Hitchcock.

El director suizo, que realizará el próximo año la adaptación al cine de la serie 'Hermanos de sangre', producida por Steven Spielberg y Tom Hanks, mantiene hasta la mitad del metraje ese pulso narrativo sin excesos y con un toque siniestro. Pero siguiendo la tónica de muchas de las producciones que ven la luz en estos días, la cinta se desmadra en un sinsentido de giros fáciles y previsibles. Langenegger, como muchos de sus contemporáneos, no entiende que la capacidad de sorprender se disipa con golpes de guión estridentes. En 1995, una película llamada 'Sospechosos habituales' sí lo consiguió. Pero ni el suizo es Bryan Singer ni Jackman es Kevin Spacey.

Es aquí cuando ese intento de emular a Hitchcock se transforma en mera apariencia y llega incluso a rozar la parodia. Los personajes pierden sus matices y radicalizan sus estereotipos. No existen los grises cuando los malos son muy malos y los buenos son muy buenos. En esa espiral de pérdida de papeles de Langenegger, el culmen es la escena en la que Michelle Williams, dentro de un taxi, abraza entre lágrimas el pato de juguete que le regaló McGregor. Pura pastelería de merengue entre fotogramas.

Las escenas finales tienen Madrid como decorado. La calle de Alcalá, la Plaza Mayor y el Hotel Palace son algunos de los lugares donde se desenreda la trama. Pero no sólo sirven de atrezzo. En contrapunto a ese Nueva York oscuro, asocial, individualista y despersonificado, Langenegger dibuja un Madrid iluminado, con calles llenas de gente riendo, conversando en las terrazas y niños jugando. Aunque esta vez no se cae en el tópico de toros y flamenco, los norteamericanos deben creer que en España seguimos en los años 50. Si no, no se entiende los peinados y los trajes que visten los empleados del 'Banco Nacional de San Sebastián'.

09 Abr 2009

'Monstruos contra alienígenas'

Dreamworks parece haber asumido la supremacía técnica y de contenido de las películas con firma Pixar. Intentó disputarle el primer cajón del podio con ‘Shrek’, pero el ogro verde se fue desinflando frente a ‘Buscando a Nemo’, ‘Monsters’ y ‘Los increíbles’. Es precisamente esa asunción la que le ha permitido redimirse tras los sonoros fracasos de ‘Chicken Run’, ‘Spirit’ o ‘Madagascar’. La búsqueda simple y directa del entretenimiento infantil, sin pretensiones, ha roto las cadenas que lastraban los trabajos de Dreamworks. Y es que ‘Monstruos contra alienígenas’ podría verse como un alegato feminista y una velada, pero a la vez descarada, burla de la clase política. Incluso, podría adivinarse como un reflejo en miniatura de la ‘American Beauty’ de Sam Mendes en su intento por parodiar el sistema de valores norteamericano y su vomitiva adoración del éxito profesional como hoja de ruta vital. Pero ‘Monstruos contra alienigenas’ no tiene el alma de ‘Wall-E’. Es puro y duro entretenimiento, pero lo que hace lo hace bien, con agilidad.

A medida que avanza el metraje, el filme acaba precipitándose en un cajón desastre de referencias fílmicas en la que la historia pasa a convertirse en el decorado. Steven Spielberg, factótum del cine de entretenimiento, es el que más homenajes acapara: ‘Tiburón’ –escena del robot a punto de devorar a la protagonista–, ‘Encuentros en la tercera fase’ –el presidente de EE UU intentando comunicarse con los extraterrestres con un órgano–, o ‘ET’. Tampoco se olvidan los guionistas de George Lucas –obvia la referencia a ‘El ataque de los clones’–, ‘Regreso al futuro’ o a los clásicos del cine de monstruos y ciencia ficción que tanta fama alcanzaron en los años 50 –’El ataque de la mujer de 50 pies’, ‘Godzilla’, ‘Ultimatum a la Tierra’–. Quizás éste sea el único guiño de la película al público adulto, al margen de algún chiste solitario en referencia, por ejemplo, al medio ambiente y a la «verdad muy cómoda» de Al Gore.

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