
Religión, espiritualidad o fe ciega en un líder de carne y hueso con aura de profeta. En un futuro apocalíptico dominado por las máquinas, los supervivientes se aferran a este triunvirato como único vínculo con su humanidad, como un ‘copyright’ que les diferencia de las almas hechas de bujías y tornillos. O al menos eso es lo que augura la industria del cine, empeñada en su papel de médium de lo que está por venir. En la serie ‘Battlestar Galáctica’, tras el genocidio de los Cylon, son Gaius Baltar y la presidenta Roslin quienes se disputan las creencias monoteístas y politeístas de las doce colonias. En ‘Matrix’, Neo, ‘El elegido’, resucita como un Jesucristo de pixeles para hacer frente al arquitecto. En ‘Blade Runner’ son los propios robots quienes se recrean en el siempre inapelable miedo a la muerte. ‘Yo, robot’, ‘Inteligencia artificial’… los ejemplos se repiten una y otra vez desde que Hall hiciera uso del libre albedrío en ‘2001: una odisea del espacio’.
‘Terminator Salvation’, la cuarta entrega de esta saga, prefiere difuminar más la filosofía para regocijarse en la adrenalina, pero no puede –ni quiere- obviar conceptos como la redención y el sacrificio. Lejos de hablar del alma y la religión, el director con nombre de discjockey, McG, prefiere ceder al corazón –no al concepto, sino al músculo- y a los recuerdos el papel de salvavidas, de único vínculo con lo que nos hace humanos.
El realizador de ‘Los ángeles de Charlie’ consigue al menos arrancar a la película la etiqueta de superproducción banal y vacua que tanto prolifera en las últimas fechas. Aunque las explosiones y los fuegos artificiales no descansan, el filme adquiere una mínima trascendencia al centrar los focos en esa dicotomía entre el metal y la carne, esa lucha interna por descubrir la identidad de cada uno. “¿Qué eres?”, le pregunta John Connor a Marcus Wright. “No lo sé”, responde él mientras el espíritu de ‘Apocalypse now’ sobrevuela el decorado.
La elección como director de McG no hacía presagiar nada bueno para una saga que parecía muerta tras el bodrio de la tercera parte. Sin embargo, el norteamericano, que ya trabaja en ’20.000 leguas de viaje submarino’, demuestra una intachable capacidad para rodar escenas de acción. O al menos no clona fórmulas agotadas. La secuencia de la cámara entrando y saliendo del helicóptero mientras una bomba atómica explota a pocos metros deja en ridículo a ‘Transformers’, ‘Lobeznos’ y demás espantapájaros paridos en un ordenador. Los homenajes a sus predecesoras o a otros títulos de ciencia ficción sí son más evidentes. En el metraje se reparten pinceladas de ‘Mad Max’ y ‘El último hombre vivo’ mezcladas con referencias muy explícitas a aquel primer ‘Terminator’ que James Cameron rodó en 1984.
McG demuestra así que la grandilocuencia y la pomposidad no están reñidas con el arte. Ese es el legado que Steven Spielberg deja al cine, aunque muchos se afanen en pudrirlo con una ristra de mal llamadas películas, cuyo único ‘mérito’ es profanar una pantalla. ‘Terminator Salvation’ es la prueba de que géneros tan corrompidos como los de ‘aventuras’ o ‘acción’ pueden reconciliar al espectador con el precio de una entrada de cine.




La mina de oro de los cómics empieza a mermar, y los grandes estudios, ante la falta de buenos guiones, recurren a los ‘spin off’ (película o serie nacida a partir de un personaje de otra) para seguir inflando una taquilla destrozada por la crisis e Internet. El sudafricano Gavin Hood toma las riendas de este ‘Lobezno’, hijo pródigo de la saga ‘X-Men’ de Bryan Singer, cineasta que ha ido de más a menos (’Sospechosos habituales’, ‘Superman returns’, ‘Valkiria’).
Pocas franquicias han conseguido sobrevivir al título de ‘trilogía’ en los últimos años. ‘Fast & furious’ es una de las pocas excepciones, no sólo por aferrarse, una y otra vez, a los primeros peldaños de la taquilla, sino por mantener casi intacto el reparto de aquel primero, y sobrevalorado, filme de 2001.
Camuflado entre las ramas de un thriller político, el director escocés Kevin Macdonald sorprende en ‘La sombra del poder’ con una apología del periodismo de tinta y papel frente a ese otro hijo bastardo de Internet, con el apellido ‘digital’ incrustado en su nombre. El periodismo de investigación, lento y trabajado frente a la inmediatez obligada de los blogs y las páginas web, que muchas veces sacrifican la comprobación de los hechos por ‘colgar’ la noticia –o el rumor– unos minutos antes que los demás. Las seis ‘W’ están perdiendo la batalla contra las tres ‘W’ punto com. Russell Crowe y Rachel McAdams personifican una y otra escuela, como queda claro en un diálogo de la película en la que el actor replica a la directora del Boston Globe, papel interpretado por la oscarizada Hellen Mirren: «–Ella es barata y es cribe mucho y rápido. –Sí, y yo estoy sobrealimentado, salgo caro y escribo lento».
En la era del cine en tres dimensiones, de los guiones experimentales y de subterfugios hipócritas como el Dogma, los nuevos cineastas -y también muchos viejos- siguen exprimiendo el legado que dejó Alfred Hitchcock en los sesenta años que pasó tras las cámaras. Bajo esta premisa se estrena Marcel Langenegger como director. El esqueleto de ‘La lista’ se sostiene bajo las trazas de los manoseados thrillers con final inesperado, aunque esta vez sin disimular sus referencias explícitas a títulos como ‘Con la muerte en los talones’, ‘La sombra de una duda’ -Hugh Jackman es sólo un reflejo de Joseph Cotten- y, sobre todo, ‘Vértigo’. Así, Ewan McGregor no está muy lejos del Scottie que interpretó James Stewart, ni Michelle Williams de la atormentada Madeleine (Kim Novak). Incluso, el juego de perversiones de clase alta en el que se enredan los protagonistas, y que da título a la película, es tan sólo el McGuffin, la herramienta que Hitchcock ya definió como una excusa argumental que motiva a los personajes y al desarrollo de una historia, y que en realidad carece de relevancia por sí misma.
Dreamworks parece haber asumido la supremacía técnica y de contenido de las películas con firma Pixar. Intentó disputarle el primer cajón del podio con ‘Shrek’, pero el ogro verde se fue desinflando frente a ‘Buscando a Nemo’, ‘Monsters’ y ‘Los increíbles’. Es precisamente esa asunción la que le ha permitido redimirse tras los sonoros fracasos de ‘Chicken Run’, ‘Spirit’ o ‘Madagascar’. La búsqueda simple y directa del entretenimiento infantil, sin pretensiones, ha roto las cadenas que lastraban los trabajos de Dreamworks. Y es que ‘Monstruos contra alienígenas’ podría verse como un alegato feminista y una velada, pero a la vez descarada, burla de la clase política. Incluso, podría adivinarse como un reflejo en miniatura de la ‘American Beauty’ de Sam Mendes en su intento por parodiar el sistema de valores norteamericano y su vomitiva adoración del éxito profesional como hoja de ruta vital. Pero ‘Monstruos contra alienigenas’ no tiene el alma de ‘Wall-E’. Es puro y duro entretenimiento, pero lo que hace lo hace bien, con agilidad. 
