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Preguntontas
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Álvaro Machín | 04-02-2013 | 20:04| 0

Me cruzo por la calle con un tipo que parece hablar solo. Le detecto de lejos. Se ríe, gesticula… En realidad habla por teléfono, pero lo que yo veo es un hombre hablándole a un cable que le cuelga de un bolsillo. Muy ‘modelno’. ¿Pero de verdad es tan importante ir con las manos como palomas surcando el cielo? ¿Tanto pesa el artefacto? ¿Tanta marca colorada deja en la oreja? Igual es comodísimo. Seguro que lo es. Pero, más allá de los supuestos prácticos que siempre encuentran los del ‘no, pero’ o el ‘y si’, yo no lo veo. Salvo que te guste ir de ‘modelno’ por la vida y creas que los demás se morirán de envidia diciendo ‘que tipo más a tope’ cuando en realidad piensan ‘vaya un colgao’.

No se me enfaden. Es que me ha vuelto a dar por recopilar preguntas que no llevan a ninguna parte. ¿Por qué eso de ‘gel de baño y ducha’? Esa la leí el otro día en Twitter. Me pareció fascinante. Luego está un clásico personal. El del chaval guapete que llega al bar de copas y se queda en camiseta porque hace calor, pero no se quita el gorro de lana de la cabeza. Ahí se deben poder cocer un par de huevos, pero da igual. Otra vez la ‘modelnez’. Cuando me tomo un par de copas me obsesionan estas cosas.

De verdad, no quiero ofender. Pero prefiero hablar de esto que de todo lo que nos rodea a derecha y a izquierda. Prefiero pensar un rato en lo estúpido de agacharse cuando llueve que en el hecho de convocar a todo el mundo para dar una explicación pero no aceptar preguntas. Eso no está bien, pero al menos lo entiendo. Sé de qué va. Porque lo de, para esa misma convocatoria, meterse en una sala y que te tengan que ver por una pantalla desde otra no es que me parezca mal. Es que no lo entiendo. Como tantas cosas en esta nuestra política. En todas las trincheras. Pero bueno, sin ofender, que no quiero hablar de esto…

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Paraguas
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Álvaro Machín | 16-01-2013 | 19:51| 1

Soy algo maniático. Sí, ¿qué pasa? De los que no puede quedarse sentado viendo la televisión si los muñecos que viven en la estantería no miran donde yo les dije. De los que se retuerce al pensar que tiran del cable al desenchufar o se piensa dos veces volver a una casa en la que dejan levantada la tapa del váter. A estas alturas, ya no tiene remedio, así que me preocupa poco.

No puedo con esto

Una solución para maniáticos

Pero hay una manía superior. Casi obsesiva y, gracias a al twitter, sé que compartida por decenas (tal vez miles) de personas en el mundo entero. Los paraguas son la manzana de un jardín del edén mojado. Un invento de las fuerzas del mal para trasladarnos a todos al lado oscuro. Porque hay pocos egoísmos tan evidentes, tan dolorosos, como el del que lleva un paraguas. Y en Santander es un clásico.

Esto requiere descripción de situaciones:

1.- La cornisa

La lógica es aplastante. Si tú llevas paraguas y yo no lo llevo, deberías dejarme a mí la cornisa. Es obvio, un ejercicio de civismo sin discusión. Pero bajo este artilugio la conducta humana se individualiza, se aísla, se separa de la racionalidad y la lógica. No se ve. No se mira. El camino es un todo recto sin solidaridad en el horizonte. Un ‘paso yo’ y tú haz lo que puedas.

2.- El ojo

Y lo peor, y ahí reside la obsesión, es el miedo. A que esa varilla puntiaguda y metálica, casi afilada, haga estragos en el globo ocular. Que se clave en el iris o, peor, que extraiga todo lo extraíble haciendo un efecto palanca. Me da escalofríos escribirlo.

El miedo...

3.-La medida

Porque el problema está en la altura. Si eres bajo y llevas paraguas, levanta, por favor. Levanta. Para no golpearme en el hombro cada vez que pasas, para no despeinarme, para no mojarme la chaqueta… Para que no camine pensando que perderé un ojo…

4.-El posado

Es tan curioso este artilugio que desprende peligro hasta cuando está cerrado. Primero, porque ejerce un efecto hipnótico similar al del anillo de Frodo Bolsón. Se hace invisible y uno lo olvida. Pero, otras veces, puñetero él, se ocupa de recordar que está allí presente dejando un charco en el suelo, junto a la mesa del bar, o en la silla de al lado. Muy agradable, claro… Paragüero. Repito: Paragüero.

5.-La cubierta

En este Santander tan de paraguas nos quedan, además, estampas inolvidables. Bajo la parada del autobús todos buscan refugio. Pero ella (y que no se me enfaden las jubiladas, pero está incrustado en el perfil de esta escena), ancianita de rostro dulce y abrigo voluminoso, llega, ocupa y moja. Porque se coloca bajo la marquesina mientras espera al 7C2 en San Fernando, pero no cierra su paraguas, colocado a la altura del ojo del español medio. Ella no se moja. Tiene doble protección. Pero consigue calar a los que tiene al lado. Y, lo peor, es que se ofende si alguien le recomienda que lo cierre, que no se preocupe, que ni una gota bailará entre sus cabellos tintados…

Todos, por favor

Podría hablar de supersticiones, de la maldita moda de esos paraguas de tamaño familiar o de esa niña adorable que le pone orejas a un artilugio de tela plasticosa y transparente… De ventoleras, de cierres que siempre parece que van a arrancarte la piel, de los que se llevan en el bolsillo y se abren con un toque tan peligroso como el del tapón de la botella de champagne… Hasta de frases como ‘no te olvides el…’ al salir de casa o esa de ‘ya te tapo yo’. Hay tanto

Pero prefiero dejarlo aquí. Queda, si gustan, leer algunas de las respuestas que me dejaron mis amigos de Twitter cuando dejé el siguiente mensaje:

Joder, si llevas paraguas, dejame la cornisa. Joderrrrrrr

Fueron éstas:

Con todo lo que llueve en Cantabria y que la gente siga sin saber usar un paraguas y una cornisa, tiene delito

Un clásico en esta nuestra ciudad. Hoy llevaba prisa y sólo he pegado dos gritos, eso sí, hipohuracanados.

DIOS CUANTA RAZON!!!!!!

Ésto y cómo circular en las rotondas debieran ser asignaturas obligatorias en las escuelas e institutos 😉

Un clásico

Ya te dije hace tiempo, no te apartes. Que se aparte el que lleva el paraguas. Yo lo tengo clarisimo

Eso es una batalla perdida

Doble protección contra la lluvia cornisa mas paraguas, siempre quedara la capucha..

Jaja cada vez que llueve te pasa lo mismo…te lo hacen queriendo ya para que te enfades jajaja

Ya conoces el refran… Ande yo caliente, riase la gente (cada vez veo que mas gente lo toma como estilo de vida, una pena!)

Hace agnos esto no pasaba…se notaba que alguien del norte por lo bien,que llevaba un paraguas

La historia de siempre!!!con un cabreo bueno pa casa cuando sales sin paraguas. No tienen remedio Álvaro…

 

Gracias a todos y, si os ha gustado, es aconsejable pinchar aquí

 

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Capri, en Navidad, era una juguetería
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Álvaro Machín | 10-01-2013 | 00:36| 0

O soy un tipo raro o empiezo a parecerme a Antena 3 con Los Simpson por aquello de poner en verano la enésima repetición del especial Halloween y en primavera el episodio en que Homer se lleva todos los regalos de navidad. Porque las fiestas han pasado y, justo ahora, cuando todos se obligan a pasar página y a bajar tripa, es cuando pienso escribir sobre ellas.

El click que me compré y que me mira mientras escribo

El click que me compré y que me mira mientras escribo

Y todo por un click, porque está aquí mirándome tan fijamente como sólo un muñeco puede hacer. Ahora los llaman los Playmobil o los Famobil, pero para un hijo de los setenta son clicks, el juguete que destronó a los Argamboys como el cangrejo americano se cargó a la legión española en los ríos (o como el Geyperman se cepilló al Madelman). Fui a hacer de Rey Mago y acabé, a los 36 años, volviendo a pasar por caja para comprarme uno. ‘Sin papel de regalo, que es para mí’.

Seré un nostálgico, pero al mirarnos fijamente el click y yo recordé las navidades de verdad. Porque las únicas navidades ciertas son las de un niño. De entrada, hacía más frío y mamá me compraba unos zapatos Kickers que eran para encargar a Baltasar, pero que extrañamente me encontraba guardados debajo de su cama. Pasábamos por Capri, la heladería, que marcaba el inicio de las fiestas cuando, allá por noviembre, se transformaba en tienda de juguetes. Porque existían las jugueterías -y los cines- en el centro… Por Lealtad había barquilleros y en Juan de Herrera se vivía una experiencia que ahora sólo podría compararse con la de una adolescente pecosa que se cruza con Justin Bieber. La foto con los Reyes era un tesoro. Y allí estaba yo, con la cazadora heredada de mi primo el mayor, el flequillo de una España recién democrática y unos papos dignos del verano azul de Tito. Feliz con un pastel de nata de Gómez y deseando volver a mi barrio para bajar a jugar a la calle.

La foto con los Reyes

Oro en paño en mi biografía. Un tesoro que conservo. Sí, soy yo

Eran semanas de ‘Me lo pido’ cuando jugaba con mis hermanos a los anuncios y salía cualquiera de juguetes. Cantábamos la canción de El Almendro -la antigua, la de ‘se ha llenado de luces la ciudad…’– y flipábamos al saber quién era el famoso del año que brindaba con Freixenet. Porque todo nos sorprendía más. Tal vez porque el lechazo y los langostinos eran de esos días y de pocos más. Tal vez porque la BH California era el regalo más increíble al que uno aspiraba. Tal vez porque jugábamos con otros niños sin pantallas de por medio. Tal vez porque los árboles no eran minimalistas y se recargaban hasta los topes de espumillón y de adornos viejos que se guardaban envueltos en papel de periódico. Tal vez porque en Nochevieja sólo había un canal que ver (Sabrina, Martes y Trece…).

Yo di el coñazo como sólo un niño sabe darlo. Y me costó años, pero los Reyes, que en micasa se bebían un vaso de Vichy Catalán y dejaban una gradabación en cassette en la que se oía hasta cómo abrían la ventana, me lo trajeron. Aún pongo la voz del anuncio cuando cantaba lo de ‘cafetería fabrica pastas, para modelar la buena pasta…’. Y me duele no encontrar ese anuncio en el Youtube. Me lo trajeron, sí. Mi padre tocó la campana, abrimos todos juntos (los seis) la puerta del salón y gritamos “¡hala!’ alargando mucho las ‘aes’. Como todos los años. Mi padre sí que era un mago y aquello sí que eran navidades…

Fin de la historia

Fin de la historia

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Cena entre interrogantes
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Álvaro Machín | 09-12-2012 | 16:28| 0

¿Por qué  todos creemos que los ruidos que se escuchan en el piso del vecino de arriba son porque juega con canicas por el pasillo? ¿Hay tantos jugadores de canicas? ¿En todas las casas juegan a las canicas? ¿En todos los edificios se escucha algo parecido a bolas que ruedan? ¿Aún existen las canicas?

Canicas, de toda la vida

Una pregunta en una cena. Tan estúpida que sirve para una conversación entera. De esas tan necesarias de vez en cuando para evitar enredarse en los temas recurrentes. Y, al día siguiente, paseo y más preguntas.

¿Por qué cuesta tanto decir “hola” por el Paseo de Pereda? ¿Por qué se gasta más tiempo y esfuerzo en mirar a otro lado de forma artificial, coger el móvil, dar un rodeo o hacerse el despistado que en decir esa palabra? ¿Por qué dos personas que no piensan hacerlo se dicen “nos llamamos” cada vez que se ven?

¿Por qué da pudor llevarse una botella de vino que se ha pagado y que se ha quedado entera sobre la mesa del restaurante? ¿Por qué a mi amigo Quique no le gusta el queso pero le encanta la tarta de queso? ¿Por qué aparto el coco rallado pero me encanta el trozo de coco de las ferias? ¿Por qué en todos los grupos hay un amigo con el “esfínter inteligente”, ese que abre el conducto cuando toca pagar?

¿Por qué la ‘amiga de’ decía siempre “cuándo nos vamos”? ¿Por qué todos los que se echan novia piensan que ahora que la tienen ligarían más? ¿Por qué se saluda a un tío en el extranjero y no en Cuatro Caminos? ¿Por qué todos los hombres desconfían del monitor del gimnasio al que va su mujer? ¿Los monitores de gimnasio desconfían de los monitores de sus mujeres? (hay que ver las preguntas que pueden llegar a surgir). ¿Por qué agachamos la cabeza cuando llueve?

¿Por qué hay tipos que dentro de un bar se quitan el abrigo, se quedan en camiseta, pero no se quitan el gorro de lana? ¿Por qué hay madres que visten a sus hijos con gorro de pom pom, bufanda y guantes combinado con pantalones cortos? ¿Por qué las gafas, que son para ver, son ahora tan grandes que no dejan ver las caras?

 

¿Por qué ahora los profesores en los programas de la tale son ‘coaches‘? ¿Por qué las hojas de publicidad son ‘flyers’? ¿Por qué una empresa de embalaje es de ‘packaging? ¿Por qué alguien que te asesora sobre compras es en España una ‘Personal Shopper’?

Probablemente, todo esto carece de importancia. ¿O no? ¿Por qué si el banco me deja dinero para comprar una casa y no puedo devolvérselo se queda con la casa y le sigo debiendo el dinero?

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'Murolejas', conclusiones del muro
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Álvaro Machín | 27-11-2012 | 11:02| 0

Las cámaras de los teléfonos móviles nos han cambiado la vida y los paseos. Este mensaje obedece únicamente a una limpieza. A ese rato en el que empiezas a borrar imágenes de una memoria que lo pide a gritos, que está atiborrada. Entre ellas, salvadas de ese bajar veloz de pantalla táctil, me han saltado a los ojos las que contenían palabras.

Y de eso va esto. De enseñaros los mensajes que uno se encuentra en este Santander limpio, pero al que se le ven las tripas si se le saben buscar las cosquillas. Un álbum de fotos con cierto mensaje. Todas salieron de mi móvil. Todas son de aquí. Se lo prometo.

1.- Un clásico de aquí

El Santander elegante tiene puerta de atrás. Somos viento sur, aire alcohólico, algo mareante.

2.- Historias de andar por casa

Porque detrás de la postal está el barrio y sus cosas. Anécdotas, pequeñas rencillas… Acompañadas de ese tan nuestro “aquí nos conocemos todos”.

3.- Cabreos y peticiones

Esto obedece al calor de la pequeña ira, la rutinaria. Un vecino que deja todo lo que está haciendo para subir a casa y elaborar la nota. La escribe, la baja, la coloca… Y todo, por encontrarse la puerta abierta. Por enésima vez… Así se define esa rojez llamado crispación.

4.-Recordatorios

Con lo poco que cuesta… En este bar, le pusieron precio. Repita conmigo: ‘Buenos días’, ‘gracias’

5.-¿Roma o Reina Victoria?

No hemos cambiado tanto. Muchos siglos, mismos juegos… El poder sabe lo que se hace. Siempre lo supo.

6.-Nocturna

La clandestinidad siempre formó parte de la protesta. Saltó a la vista oscura de unas tres de la mañana de regreso. Contraste. La ciudad del grito, aunque aquí seamos de gritar en casa y callar fuera.

7.-El mensaje

Nada que añadir. Mire, lea y piense lo que quiera…

 

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De noche
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Álvaro Machín | 21-11-2012 | 11:17| 0

Tengo nostalgia de un jueves por la noche. Quedar con Julio para tomar una cerveza que nunca se terminaba. Luego, a un mexicano que ya no existe, y llegar a casa a punto de amanecer sin saber de quién era el teléfono apuntado en un papel arrugado del bolsillo (y sin saber si era un cinco o un seis el último número). Hipólito, su hermano… La pandilla del jueves noche, de la mejor noche.

Dicen mis amigos que he salido más que el camión de la basura (la frase es de Leo Harlem, creo). Tienen razón. Me ha tocado ser demasiadas veces el encargado de responder a una pregunta cargada de nocturnidad: ¿Dónde vamos ahora? Y no solía fallar. Pero, de todas las salidas, me quedo con las de los jueves cuando el cuerpo no me pasaba demasiada factura al día siguiente. La justa. La merecida. Era la fecha de los especialistas, de gente que sabía salir, de habituales (que, por entonces, éramos muchos más que ahora). Por eso, el ambiente era tan especial, tan distinto al ‘tren playero’ de los sábados, a la ‘marabunta’ con urgencias por beber y por divertirse. Hasta para eso, las prisas son malas compañeras. Te sabías la ruta, el bar y su hora buena. Las camareras te invitaban a una copa porque sabían que pedías tres, que entrabas y salías, que volverías con alguien nuevo el jueves próximo…

Me dice un amigo que sabe de hostelería con la luna que en un bar de aquellos tiempos trabajaban dos porteros (que te llamaban ese noche por el nombre de pila), tres camareras y un pincha en el cuarto día de la semana. Ahora ya no abre y, si cuadra por las fechas, un camarero sube y baja la persiana sin compañía. Algunos hablarán de la crisis, otros del precio de las copas… Y a nadie le faltará algo de razón, pero el jueves noche murió antes de eso porque el hábito se fue quedando en casa. Murió, como tantas cosas. Como la calle Panamá, como la discoteca del fondo de El Sardinero (La Real, Línea de Playa). Cosas que recordamos los que sabemos que el Kudeta fue Pachá, No y Pentágono. Que El Divino fue antes Covent Garden y que recordamos la hora de los lentos en el Swing (ahora Indian y antes BB2). Los que pasamos vergüenza antes de pagar veinte duros en la puerta de la sesión de críos del Amarras y pisamos aquel experimento llamado Aqua y Driza (la pirámide de Raos).

Sí, he salido mucho. Por eso sé que la noche en Santander se ha vuelto, en general, decadente. Con excepciones (que me encantan), a las que voy menos que antes aunque siga dejándome caer algún jueves para mitigar la nostalgia.

Será que ya soy muy mayor.

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Ayer, domingo…
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Álvaro Machín | 12-11-2012 | 09:48| 0

No apetecía. Ni el día ni la hora ni el cielo… Fue, el de este domingo, un paseo con todo en contra. Sin embargo, mi mañana resultó ser como aquellas noches de ‘Una y pa casa’. Las mejores de la historia.

Empezó con pereza para entrar en la ducha. El pijama, cuando hace frío y suena el suicidio de las gotas en el cristal, es un catarro que cuesta quitar. Se pega, se adhiere como el ‘Supergén’ (¿aún existe?). El estímulo fue ese café con olor a Santander que ponen en el Suizo. Hecho. El resto fue pasear, un ejercicio desvirtuado en estos tiempos. Porque ya no es lo que era. El paseo fue un fin en sí mismo para generaciones de descendientes de Pereda. Si uno va solo, es andar y mirar, levantar la cabeza y mover las piernas al tiempo. Nada que ver con el paseo familiar, lento y crítico, en el que se pone pingando a media ciudad. Ese, muy de aquí, de sábado por la tarde a partir de los cuarenta, no pasa de moda. Pero ahora hay demasiadas distracciones. Demasiadas prisas y ese sentido práctico y asqueroso de la vida (‘ir andando a ninguna parte’), amén de la pantalla del teléfono (o del aparato de turno).

Porque si uno levanta la cabeza, mira y, lo que es mejor, ve. Así que me dio por fotografiar lo que ví y pensar un poco en ello…

 

Foto 1. Otoño en la ciudad

 

Hojas caídas de un árbol en la Plaza de Pombo

Hojas caídas de un árbol en la Plaza de Pombo. Del domingo por la mañana

Soy fan del otoño. Entregado. Ya sé que en nuestro ADN va implícito quejarse del calor y del frío y maldecir los días de lluvia (me acabó de acordar que una vez escribí que la misión de un buen santanderino es convencer a un turista de que hace unos días hizo muy bueno). Pero es que vivimos en una ciudad de agua. Y que, con agua, muestra una cara brillante. Me dio por mirar árboles por el centro. En Pombo, aquí mismo, encontré uno con hojas de tres colores. Marrones, verdes y rojas. Un espectáculo (búscalo y me cuentas). Como el tono dorado al borde de los Jardines de Pereda, junto a la carretera. Puedes llamarme cursi y hortera por hablar de los colorines, las ramas y los paisajes bucólicos de gotas de agua… Pero prefiero eso que repetir todo el tiempo lo jodido que está todo y regoderme en un catálogo de problemas. Fue un respiro. Y ahora nos hacen mucha falta.

 

Foto 2. Recuerdo infantil

 

Buzones de Correos

Buzón de Correos. Con esa boca...

Fue tal vez empezar por ponerme ñoño lo que precedió a ese puntito nostálgico que te hace sonreír por dentro. Llovía y me metí, como siempre hemos hecho, en los bajos de Correos. Cuántas horas habré pasado yo sentado en estas escaleras que parecen pulidas por el desgaste… Esperando al autobús o al momento oportuno de darle un beso a la novieta de turno. Ahí sentado. Pero no fue ese el recuerdo. Miré arriba y ví los buzones con cabeza de león. Un clásico. Ahí vino. Por un instante volví a ser el niño de seis años que se moría de la curiosidad y del miedo por meter la mano en aquella boca con un abismo detrás. Todo crío de esta ciudad lo ha sentido… Todos hemos fantaseado con la trastienda de ese buzón. Todos quitamos la mano rápido, por si acaso. Porque las ciudades, ésta y todas, están llenas de pequeñas curiosidades que uno se cree que son únicas, personales, pero que, en el fondo, son un poco de todos.

 

Foto 3. La reflexión

 

Botella sobre el banco

Botella de 'Kalimotxo' mojada sobre un banco del Paseo Marítimo

Ya acabo, que esto se alarga (y dicen los que saben, que en Internet debes ser breve). Un domingo por la mañana es la consecuencia de un sábado por la noche. Ahí estaba la botella. Sobre el banco y frente al mar. En lo que pensé entonces fue en demagogia. Empecé por el botellón y acabé por las chicas muertas en la fiesta de Madrid. En la cantidad de tonterías que se han dicho y que se dicen. En que en esa trágica noche sucedió un accidente y muchas cosas que se hicieron mal (y que hay que investigar y juzgar hasta depurar todas las responsabilidades). Porque aquello fue una vergüenza. Pero la culpa no es de la música (aunque mí el fenómeno DJ no me diga nada), ni del ocio de los jóvenes, ni de salir a divertirse por la noche… Y las soluciones no pasan por prohibir las fiestas (es como si se hubiera prohibido el fútbol tras la catástrofe de Heysel) como tampoco pasan por la cantidad de frases que se dicen en estos casos sólo para quedar bien. De esas que son mucho más horribles que el silencio.

 

La adolescencia de muchos tertulianos debió ser un coñazo perfecto. Eso es lo último que pensé antes de sentarme a comer un cocido

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Niños tras la vitrina
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Álvaro Machín | 06-11-2012 | 19:25| 0

Siempre hubo niños repelentes. De esos que volvían corriendo a la mesa de los padres con un lloro más agudo que la voz del rubio de Los Pecos (cuando era rubio). Entre sollozos había un ‘mamá’ con la ‘a’ postrera bien prolongada y una acusación rápida y gratuita con nombre propio. Siempre. Eran esos que abusaban del ‘esto es mío’y del ‘no te doy’. Repelentes de toda la vida, vamos. A veces surgían por generación espontánea y, otras, por unos padres que les regalaban la repelencia desde la hora del desayuno.

Eso no es nuevo. Forman parte de cualquier recuerdo infantil amontonado junto al catálogo de tipos de críos con los que uno se va topando. El problema es que ahora tengo la impresión de que el catálogo se reduce. Hay cada vez menos tipos y prolifera el ‘sobreprotegido’. Todo esto viene por la historia que me contó el domingo un amigo con un buen plato de rabas de por medio. Unos padres que esterilizaban los juguetes del chaval cada vez que los usaba. Le dí vueltas un buen rato y esta cabeza mía no pudo evitar la imagen repetida de estos chavalucos metidos en una burbuja, aislados.

Y yo comprendo que ahora no puede ser como fue para mí. Que lo de bajar a la calle, tener cuadrilla y jugar partidos con los mismos que me daba piñas al día siguiente no encaja con estos tiempos. Que hay más coches y más dramas en el telediario. Pero más de uno ha cambiado la calle por la vitrina. Han creado niños colgados de una pared y separados de la vida por una mampara. Y, claro, cuando les descuelgan no saben pisar el suelo.

Habrá un término medio entre ‘El libro de la Selva’ y la educación ‘by Nintendo’, ¿no? Yo creo que sí. Por cierto, al crío de los juguetes con agua hervida se le encontró su madre en el cuarto de baño en un despiste. Abrió la puerta y allí estaba. Con la escobilla del váter en la mano después de un buen par de lametazos. Verídico.

Toma baño de realidad.

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Sobrados de mirilla
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Álvaro Machín | 26-10-2012 | 11:48| 0

Aquí somos mucho de usar la mirilla cuando a la vecina le traen la lavadora nueva. La señora que mira, en bata y pijama de felpa con la figura de un oso sonriente en el pecho, le dice al marido algo así como ‘les habrá tocado la lotería’ o un ‘¿de dónde lo sacarán éstos (con ese punto maligno que se le pone al ‘éstos’ al entonarlo)?’. Y poco importa que a los dos días, vestidas las dos de domingo y tras encajarle ambas la corbata marrón al marido, se deshagan en elogios mutuos cuando se cruzan por el Paseo de Pereda. No es de extrañar en un país que nunca coloca entre los más simpáticos a los que de verdad triunfan lejos.

A los veinte kilos que Amancio Ortega ha dejado en la puerta de Cáritas también se les mira por la mirilla. Media España les ha puesto coletilla. Y seguro que hay mil matices en el gesto, pero yo no me apunto al carro de la crucifixión. Porque si a alguien no le gusta cómo gestiona su empresa, cómo se viste, cómo viste a los demás o cómo trata a sus empleados, le sobran días (y puede que hasta razones, ni lo sé ni me importa demasiado) para decirlo. Pero no el día de los 20 kilos. A mí don Amancio y su intención me dan igual, pero déjate de matices. ¿Que para él 20 millones son calderilla? Seguro. ¿Y? Yo nunca me he parado a reprocharle el gesto al que le da 50 céntimos a un pobre diablo que pide por la calle. ¿O se ven gritando con el puño cerrado ‘dale más que a ti te sobra, cabrón’?

Un monumento no (que también somos dados), pero piedras tampoco. Se pierde tanto tiempo y tanto ingenio en criticarlo todo… Puede que a más de uno le sobre lo primero y le falte lo segundo. Posible causa. Y no me refiero, ni mucho menos, a los casi seis millones con todos los días malditamente libres. Que va. Más que nada, porque a unos cuantos de estos que de verdad están jodidos -y no a los que sólo saben joder- les llegará algo de los veinte kilos de don Amancio.

P.D. Lunes y miércoles, en unos bajos de la calle Alta, los de Cáritas recogen donativos para las 150 familias de mi barrio que pasan hambre. Por si hay algún Amancio que lea esto

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Alergia gratuita
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Álvaro Machín | 09-01-2012 | 18:01| 0

Me aterra. Pero no con el temor de otras palabras mucho más duras. No es el miedo trascendente de sinónimos de dolor, enfermedad o tristezas catalogadas. Lo de ‘gratis’ es otra cosa. Es por su efecto de ‘mecha’, su papel de interruptor para encender las bajezas y la pérdida absoluta del decoro. Hace ya tiempo, casi sin querer, a un político con cierto mando se le escapó una frase que no he olvidado. ‘Aquí regalas piojos y vienen a por ellos’, dijo en una conversación inofensiva. Me cuesta reconocerle algún mérito a la frase de un político de ahora, pero es que es una descripción perfecta.

A todos nos agrada una invitación o un regalo. No va de eso. Ni siquiera de ese fenómeno tan santanderino de acudir solo a los bares donde no te cobran (casualmente, lo hacen los que más tienden a poner la vista sobre el hombro) o de asistir a las inauguraciones de nuevos locales porque invitan y no volver más. Tampoco a la extendida idea de no ir a un concierto si exige paso previo por taquilla (he visto a gente arrastrarse hasta por invitaciones para actos benéficos). De eso he escrito ya muchas veces. Hablo de las escenas traumáticas de colas para comer un chorizo o servirse un plato de paella. Fiestas  maravillosas elaboradas con entusiasmo. Pero, entre los que desean probar y divertirse, siempre hay alguien que lleva un ‘tupper’ o que se pone tres veces en la fila. Hablo del hombretón sonriente con diez cajas de pizza el día de promoción o del que empuja a un crío en una feria para coger publicidad…  Lo hay. Todos lo hemos visto. Engañan, cocean, golpean… Movidos por la codicia absurda de la palabra ‘gratis’. La pizza acabará en la basura porque no hay estómago capaz de acabar con tanta masa. En la misma bolsa que la publicidad de las vacaciones en Malta, la gastronomía peruana y los cruceros que salen de Mallorca. Se estropeará, privará a otro de disfrutarlo, se matará la tripa o reventará de colesterol… No importa. Porque es ‘gratis’. Y el que lo consigue, el que hace una cola de dos horas por una camiseta que se pondrá para dormir o que destrozará para hacer trapos, luego presume y lo proclama. Es tan vil como regatearle un euro a un vendedor de discos de pega. Porque no es por dinero (ojalá el gratis cayera en quien lo necesita). Es otra cosa. Y, si no, ahí dejo la pregunta: ¿cuántos se pondrían a la cola si el plato de paella costara un euro destinado a una buena causa?

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Sobre el autor Álvaro Machín
Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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