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Los venidos a menos
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Álvaro Machín | 15-06-2013 | 12:18| 0

Me parece fascinante. Esa atmósfera decadente… Lo vi en una exposición, no hace mucho y apunté su nombre en el móvil (la tecnología para los torpes es haber dejado de llenar los bolsillos de papelitos). Es París, la bohemia, el hada verde, la poesía… El cuadro tiene subtítulo. Se llama ‘The absinthe drinkers’ (los bebedores de ajenjo), pero justo a su lado había también un ‘los venidos a menos’. Interesante.

 

Para saber más del cuadro sólo hay que pinchar

 

Porque esa coletilla, más allá de que los personajes de la pintura griten en silencio su descenso a los infiernos, me hizo pensar en Santander. Aquí, más que nuevos ricos hay muchos venidos a menos. No llevan sombrero de copa desgastado, ni rebajan tanto la mirada que la terminan clavando en el fondo de un vaso de tasca. El venido a menos santanderino aún mira por encima del hombro y se baja de un buen coche que, seguramente, habrá dejado sin pagar. Él sabe cómo hacerlo.

 

Sabe aparentar. Sabe pisar los buenos restaurantes sólo cuando invitan. Porque, de lo otro, nada. Igual que los conciertos. Llamo al que haga falta para ese par de entradas. Lo de saludarle por la calle al tercer día ya es otra cosa… Son la salsa de toda inauguración. Luego no vuelven, salvo que sea costumbre que las copas salgan gratis. Cuidado, siempre andan con algún negocio. Lo curioso es que cada cierto tiempo suele ser uno nuevo. Es proporcional, cada dos por tres ideas, seis pufos.

 

Pero ellos son lo más. Los que saben, los que tienen amigos de Madrid que les vienen a ver en verano. De esos que se acercan al ‘pueblín’ una vez al año, pero que viajar, lo que es viajar, Torrelodones. En Cañadío soy capaz de distinguirlos de un vistazo sólo con la regla de la pe: pelo, polo y pantalón. Porque la otra pe, la pose, ya la ponen los de aquí.

 

No se mezclan. Acabarán casados entre ellos a ser posible con alguien que garantice la ‘salvación’ y pague las facturas. De familia bien. Que lo suyo, vamos, no sea de pega. Un nuevo rico de verdad o uno de toda la vida. Eso, o meterse en política. Por profesión, no por vocación. De cargo toda la vida. Y así podrán seguir mirando por encima del hombro…

 

No como Max Estrella. No como los bebedores de absenta…

 

 

Nota: No se generaliza. Y en este artículo tampoco.

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La crónica triste
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Álvaro Machín | 04-06-2013 | 09:10| 0

No es nuevo. Lo escribí el domingo y se publicó el lunes en el periódico. Desde Ponferrada. Es la crónica del descenso y sé que en este espacio no suelo hablar de fútbol. Pero es que en mis paseos de esta semana está demasiado presente. Espero que podáis disculparme…

 

En Ponferrada, 2 de junio de 2013

 

Cien años y toda la tristeza

Todos lo han oído. «Hay cosas mucho más importantes». Y es cierto, pero el que no lo ha sentido es incapaz de entender esta tristeza. Es inexplicable llorar por el fútbol o recorrer media España sin dormir la noche antes para venir a ver un partido de Segunda y volver en cuanto termina. Es pasión. Un sentimiento con algo irracional que hace que la tristeza ante un disgusto sea estremecedora. Inexplicable para el que no lo ha sentido. No lo entienden. Por eso, nada valdrá lo que le digan hoy a un racinguista en su trabajo. En casa. No servirá de nada. Estará hundido, destrozado. Sin ganas de nada. Porque su equipo bajó a Segunda B, al abismo. Porque no pudo ser. Empató en Ponferrada, fue ganando, jugó bien, pero dio lo mismo. Se veía venir, pero nadie quería verlo. «Gol del Mirandés». Corrió por las tribunas y el trago de saliva fue amargo y frío. A ese pozo 23 años después de la última vez. Y más. Porque si se hablara sólo de fútbol es grave, pero no tanto para una grada acostumbrada a volver a casa con la decepción en los bolsillos. Aquella última vez sólo duró un año. El problema es que en Cantabria, al hablar del Racing, cada vez se habla menos de fútbol. Se habla de juicios, de acciones, de liquidación, de deudas… El problema es que muchos se marcharon diciendo que tal vez no volverían más… Que quién sabe qué pasará con este Racing en el año 101. Porque, hoy, hay cien y tristeza. La tristeza que sólo entiende el seguidor de un equipo de fútbol. Y eso no hay quien lo consuele.

Se empató en Ponferrada a última hora después de ir ganando todo el partido. Se jugó hasta bien. El equipo salió convencido de hacer su trabajo. Al menos, lo suyo. Presionó mucho y eso –y sus propios nervios– asfixiaron a la Ponferradina en una gran primera parte. Antes del cuarto de hora, Ferreiro sacó un córner al primer palo y Gullón, que tuvo que poner la cabeza a la altura de las cinturas de todo el mundo, enganchó un remate que se fue al poste opuesto. Un tanto de esperanza. En la esquina de los fieles se cantó como aquel de Iván Bolado que valió una UEFA, el de Mora con la camiseta de su abuela para ascender o el de Antoñito en el último milagro de ese mito llamado Nando Yosu. Porque ayer fue un día para acordarse de esas cosas. De mitos, de tardes, de la primera visita a los Campos de Sport con dientes de leche, de la camiseta verdiblanca el seis de enero, del autógrafo de Benito Ballent, de la gorra de Pedro Alba, de un padre ausente que vio jugar a Alsúa y lo contaba en cuanto podía…

Cantaban «volveremos», «cómo no te voy a querer»… «Si hay que morir moriremos juntos», ponía en una pancarta. De eso, casi más que de un partido, iba lo de ayer en un campo con nombre desconocido para el racinguismo hace un año. Y, por eso, mientras el equipo seguía atacando con peligro por la banda izquierda, con Ferreiro y Gai destrozando a la defensa, nadie quiso oírlo. Como si negándolo, dejando en silencio la noticia, dejara de ser verdad. El primer gol del Mirandés en Córdoba. El descenso.

Incluso, tras el descanso, equipo y grada se unieron en el ‘sí se puede’, aunque ya fuera más un hábito que una verdadera creencia. Quini falló dos claras y Jairo marcó la tercera. El chaval se fue hacia la tribuna. Estamos juntos en esto. En lo bueno lo estuvimos y toca estarlo en lo malo. Aunque en Córdoba vuelvan a marcar. Porque marcaron sólo un minuto después y dejaron la tristeza confirmada. Como si el destino quisiera dejar claro que los milagros no existen. La decepción clavada en el pecho del racinguismo. En el corazón mismo.

Trámite y recuerdos

Porque el fútbol en El Toralín dejó de tener sentido aunque se siguiera jugando y empezó sólo a pesar esa marea de sentimientos en la que flota la rabia. Algunos, los mayores, recordaron la tarde del partido ante el Betis que mandó al equipo al mismo sitio la última vez. Esa impotencia de no poder ganar con aquella plantilla de Zinho, Pedrazzi… En esa temporada nadie se lo creía. Ni siquiera el último día. En ésta, se veía venir.  Demasiado drama alrededor del césped, demasiado desastre en los despachos, demasiado maltrato a la historia, al escudo y a la dignidad. «Ahora más que nunca, Racing Santander». Mucho dolor, pero la demostración evidente de que desciende un equipo al que han llevado a la ruina, a la vergüenza y hasta, tal vez, a la liquidación (o aniquilación), pero no desciende el sentimiento, ni el amor por lo que significan cien años de historia. Eso quedó claro. En la grada seguían cantando. Y a más de uno se vio llorar.

A los jugadores, con sus limitaciones, no se les podrá decir que no lo intentaron hasta el último día. Porque, aunque nadie ya mirara –de los de fuera, claro–, lucharon hasta el final como les habían pedido. Marcó la Ponferradina, que vive su sueño. Volvió a marcar por ese empuje que inyecta ilusión en las piernas. El Racing había merecido ganar, pero nada sale este año. Y se acabó el partido. Y se acabó casi todo.

Las caras del final

Fue uno de esos momentos en los que uno se mete en su propio silencio en mitad de todo el ruido del mundo. A cada jugador le pasó lo mismo. Fueron andando, deambulando por el césped, hasta la zona en la que estaban sus seguidores. Levantaron las manos, pero apenas pudieron levantar la cabeza. Luego, el vestuario. Otra vez el silencio. Tardaron en salir y, cuando lo hicieron, no fue para subirse al autobús. El Toralín aún no estaba vacío casi una hora después y ellos volvieron a salir. Se lo debían a los que aún les esperaban dentro. Ya vestidos, en chándal. La Policía miraba de lejos. «Tranquilos, no les van a hacer nada. Todo lo contrario. Sólo quieren animarles». Se lo explicaron y dejaron hacer.

¿Y ahora qué? Ayer no había fuerzas ni para pensarlo. Para discutir si hay que reconstruir o refundar, para decirles a los que están que el problema, básicamente, son ellos si es obvio que no pueden solucionar nada y nadie les quiere. Ayer sólo había tiempo para llorar. Para sentir rabia y, sobre todo, pena. Muchísima pena.

«Hasta que no ocurre no llegas a creerlo», comentaba un futbolista verdiblanco con la cabeza agachada de camino a casa. Hundido. Como todos. Porque este cuento se acabó y ahora sólo queda saber si para siempre… Que dolor. Que rabia. Que pena.

 

 

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Que toda la vida es cine
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Álvaro Machín | 27-05-2013 | 18:53| 1

La idea no vino, esta vez, paseando. Se la cojo prestada a un maestro por partida doble. Porque fue uno de los profesores que más (y mejor) hizo por enseñarme en la facultad y porque, cuando le leo hoy, sigo asistiendo al aula sentado en un pupitre. Habla César Coca en su ‘Divergencias’ de tardes de domingo, de cafés y bollos de mantequilla antes de entrar a la función, de vida en el centro de su Bilbao, de programas dobles, de salas donde no olía a pizza ni bocadillos de panceta… Habla, en resumen, de una nostalgia de los viejos cines de ciudad que yo también siento y traslado a las cuatro esquinas de la mía.

 

Para leer el artículo íntegro de César Coca (más que aconsejable hacerlo) pinchar aquí.

 

Porque no he dejado de ir al cine, pero es otra cosa. Voy mucho. Solo (que me encanta) o acompañado (que también me encanta, a ver si se me van a enfadar). Tengo la tarjetita para que muy de vez en cuando la estocada no sea tan dolorosa. No como nada y bebo rara vez. Reconozco, además, que odio (sí, odio, con todo el énfasis) a los ‘comentaristas’, a los roedores y a esa tribu reciente que convierte la sala en la cocina cuando vuelves de la compra con las bolsas (por no hablar de que huele peor que en los restaurantes que te dejan la ropa señalada de por vida). A Cinesa (la mayoría de las veces) o a Peñacastillo (rara vez, porque las salas necesitan ya un repaso).

 

Pero echo de menos esperar en las escaleras del cine Capitol y la velocidad de Ángel, el camarero, sirviendo cafés en las sesiones con descanso. El pasillo con vitrinas, el suelo enmoquetado y las fotos de las películas en unas hileras de expositores superpuestos. La cola ante el ventanuco de la taquilla y aquella sala que siempre me pareció imponente. Recuerdo las enormes letras del cartel del Coliseum, que se veían ya cuando girabas por Calvo Sotelo para coger Lealtad. Lo moderno que nos pareció lo de los ‘Multicines Bahía’ cuando los estrenaron y hasta una cola adolescente para ver ‘Aquí huele a muerto’ (de Martes y 13) doblando la esquina del Cine Santander, en Cuatro Caminos. Sí, no me olvido de las butacas más cómodas del mundo: las del cine ‘Los Ángeles’. Y tampoco del Roxy y hasta de la Sala X, que estaba por donde La Remonta (no fui nunca, lo prometo).

 

Las ciudades eran más ciudades con sus cines del centro, que daban vida a espacios que ahora agonizan (de eso hablaremos otro día). Y mi vida, esa que se construye recordando los nervios que uno siente cuando espera a una chica por primera vez o dándose besos en la fila de atrás, era una vida mucho más de cine. De la mano de mi hermana para ver dibujos, mirando hacia otro lado por el miedo, riéndome a carcajadas dejando ver una boca desdentada o disimulando una lágrima con los amigotes (porque el cine fue, también, el primer pretexto para cerra la puerta de casa con tus padres dentro).

 

Rompo una lanza por los intentos de rescatar algo del olvido en el Cine Los Ángeles o por poder ir a La Filmoteca (aunque sea su contenido y función tenga matices diferentes). Y, sobre todo, por el valiente proyecto de los Groucho, que sobrevive en pleno centro. Allí voy a veces. A alguna de sus dos salas. Para ver películas que no veo en otra parte. Y, sobre todo, para darle un ratito de placer a la nostalgia.

 

BSO para este artículo

 

 

Anexo: Gracias a los amigos con buena memoria (y a las redes sociales, que están para algo más que para fotos de gatitos) salen nombres como el Mónaco, el Bonifaz, el Gran Cinema

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Palabra de emprendedor
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Álvaro Machín | 20-05-2013 | 17:33| 0

El emprendimiento está muy sobrevalorado. No hay discurso político que no tenga una párrafo dedicado a los emprendedores. Es una de esas palabras ‘caja’ de la jerga de las tribunas. En ellas cabe de todo y, además, suenan bien. Y, con eso (con tanto), nos han engañado un poco a todos. Porque emprender, en sí mismo, es algo que está muy bien, pero le hemos dotado a todo esto de una atmósfera de genialidad y de tontuna digna solo de unos tipos listillos y repeinados. Hace unos días, alguien que lleva de verdad tiempo trabajando en este campo me soltó una frase definitiva: “Es que hoy en día no entra en la cabeza que montar una carnicería también es emprendimiento”. Pura poesía.

Esa es la clave. El concepto. Porque si un proyecto de emprendedor implica menú del día, grasa o buzo parece que no mola. Siempre habrá un gurú que mire por encima del hombro. Gurú, otro fenómeno. Más que nada porque me alucinan los expertos en redes sociales con cuentas desapercibidas. Se las saben todas. Las horas para poner el mensaje con impacto, los simbolitos (emoticonos, para ellos) que deben acompañar cada palabra, las claves para que el ‘hashtag’ pegue… Tienen un discurso con todas las respuestas, como un oráculo en la cima de una montaña, pero no llegan a cien seguidores en su cuenta. Que no digo yo, ni mucho menos, que el objetivo del Twitter sea acumular seguidores, pero…

Todo esto viene porque estas dos castas -emprendedores y gurús- manejan un lenguaje nuevo, una ‘modelna’ terminología que se mueve como pez en el agua en reuniones y notas de prensa (porque esta gente se reúne mucho). Los participantes en una jornada reciente a la que asistí empezaban el día con un ‘Check in’, luego seguían con un ‘world café’, que estaba justo antes del ‘Brainstorming’. A la mañana siguiente no faltaba una ‘Situación lectura feedback’, antes de un ‘PrototipadoII‘ (que no sé si es un dos en números romanos o dos eles seguidas). Ya cuando se iban tocaba ‘Presentación tipo birthgiving’ y, claro, ‘Check out’. Durante las sesiones se hacía un ‘mind map’ “con los problemas-oportunidades que vayamos detectando en el entorno”. Y lo peor de todo es que la convocatoria, lo que trataron, tenía buena pinta…

Macho, yo no soy un tolay (que no está en el diccionario, pero nos entendemos) que dice ‘mercadotecnia’ en vez de márketing. Que no. Que grito córner cuando creo que ha salido y entiendo lo que significa que la parejita tuvo al niño de penalti. Pero déjate de ‘break’ para pedirme que nos tomemos un descanso y no me vendas motos con lo del ‘personal trainer’ que te está poniendo como un tiro. Porque de ahí a ir a comprarte un abrigo con la ‘personal shopper’ hay un paso y detrás de todo esto suele haber mucho humo

Lo último es lo del ‘coach’ para hablar de cualquiera que te da un curso o te enseña algo (o participa en un programa de televisión de cantantes). Tócate los ‘eggs’…




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El milagro del Seiscientos
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Álvaro Machín | 13-05-2013 | 08:48| 0

Para mover a esa sensiblería ñoña no hay como uno de esos carteles ‘diseñados’ para colgar en el Facebook con la imagen de dos gatitos y una frase definitiva de Paulo Coelho. Gatitos, amaneceres, bebés… No falla. Interruptores de emoción. Pero hay un elemento más sincero capaz de hacerles la competencia a los motores tipificados de nostalgia. Es más de verdad y consigue hasta el difícil efecto de no generar disputas entre los españoles (como si se ganara un Mundial cada vez que se ve uno). El SEAT 600 es la ternura sobre ruedas. Posiblemente, la máquina que ha conseguido aunar más cariño en este país nuestro habituado a echar pestes de todo lo que hace.

 

(Antes de seguir leyendo, si les interesa la historia del SEAT 600, pinchen aquí)

 

Y todo esto viene, porque este fin de semana, además de cruceros, hubo una concentración nacional de Seiscientos en Santander. Casi cien. De entrada, siempre he sentido devoción por la gente que organiza cosas. El torneo de futbito del barrio o la sardinada popular. No importa. Admirables, porque lo normal es que venga uno de esos que –como yo- nunca hace nada y se dedique únicamente a tocar las pelotas en la cola de las sardinas porque está ‘muy mal organizado’. Somos así.

 

Los Seiscientos, por San Fernando.

 

Fue una pasada. Los coches en La Porticada y, sobre todo, la caravana recorriendo las calles de Santander. Me pillaron por San Fernando, en una cafetería. Media barra dejó el café y el pincho a la mitad y se echó a la acera para verles pasar. Que nadie se olvide que esta crisis también es de alegría. Y ver una explosión de aplausos espontáneos y de sonrisas sólo por ver una hilera de cochecitos por la carretera me arregló el día (y casi la semana, que no era la mejor). El milagro del SEAT 600.

 

(Otro inciso en forma de recomendación. Esta vez musical. Pincha aquí)

 

Pero hay más. Porque, por cada coche, había mínimo dos personas (son Seiscientos, no autobuses) y, muchas, venidas de fuera. O sea, que éstos sí se quedaron a dormir, comieron de menú, echaron gasolina y bebieron copas por la noche. No arregla nada, lo sé. Pero suma. Más que nada porque igual, a bote pronto, dejaron hasta más dinero que los cruceristas, a los que no abrieron ni las tiendas.

 

De celebración. Uno de los participantes.

De celebración. Uno de los participantes.

 

Algo más de estas pequeñas cosas nos vienen bien.

 

PD. Lo de los cruceros no me parece mal en absoluto. Al revés, porque (repito) todo suma. Es escaparate para la ciudad y movimiento, aunque su impacto real no sea, tal vez, el de las cuentas de la lechera que más de uno se había hecho (y que quede claro que no me gustó ver todo cerrado).

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Turismo con escamas
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Álvaro Machín | 06-05-2013 | 19:40| 0

En el Mercado Central aprendí que a los mejillones allí les llaman ‘choros’. Hice la broma española de los ‘ostiones’, que se vendían por todos los puestos. Luego, después de recorrer pasillos de montañas de hielo y de ver pescados tan frescos que parecían silbarme, hice cola para conseguir una mesa en Donde Augusto. Allí mismo, sin salir del recinto. Lleno de turistas y de curiosos que pululan entre señoras con bolsas, dependientes con prisas y aprendices de oficio. Comí ‘locos’, que me supieron a gloria. Saqué fotos, como los japoneses, que ven el mundo a través de una pantalla diminuta pagando una barbaridad. Y, en la mesa, pasé el rato con ese ejercicio tan fantástico y tan poco usado que es mirar. Porque un mercado, sea el de Santiago de Chile o el de cualquier rincón del planeta, es uno de los mejores observatorios de la cultura y de la vida de una ciudad, de un país. Después de aquello he repetido ejercicio en Atenas, en Estambul, a orillas del lago Baikal (Siberia), en Hanoi… Allá donde voy busco un mercado. Y siempre encuentro viajeros.

 

Aquí comí, en pleno Mercado Central de Santiago de Chile

 

La lonja de Castellón está en el apartado de Turismo de la web del Ayuntamiento, La Boquería es un reclamo en Barcelona y el Mercado de San Miguel –aunque le han vaciado de lo que es de verdad un mercado- es ahora un punto de esos de ‘quedamos a las ocho’. El concepto vende. La pesca, la subasta en directo al amanecer, los puestos, la llegada de los barcos, la cocina en directo… Pero aquí, en Santander, da la sensación de que eso no se ha cuidado mucho.

 

Y no será por Mercado o por Barrio. La Esperanza es un templo laico de la rutina santanderina. Del acento de Puertochico, del pasado de los vendedores que bajaban andando desde Cueto, de las especies singulares del Cantábrico. Yo aprendí lo de los choros y ellos aprenderían lo de los bocartes. Por no hablar de un edificio espectacular, con aire sublime y callejero. No sé de arquitectura (aunque ese edificio tiene valor), pero sí de cómo se mueve la vida y de que esas cosas gustan al visitante. Como le gustaría un Pesquero que no se desconchara por las paredes y que no fuera un símil tan fácil de esas barriadas que las ciudades parecen querer esconder. Como un cuarto trasero. Hay restaurantes, sí (buenos, por cierto). Pero no sólo es eso (ya les pusieron trabas para asar las sardinas junto a la puerta). Son las calles bautizadas con los nombres de los personajes de Sotileza. Es ver cómo descargan los barcos. Cómo les arreglan en la rampa. Es, con algo de imaginación, un parque temático de la vida en directo.

 

El Mercado de La Esperanza

 

No quiero otro Mercado del Este (que está bien, pero no hablo de eso). Hablo de fomentar la visita al Mercado de La Esperanza sin que pierda su esencia o de lavarle la cara al Barrio Pesquero y enseñar a través de él la historia de los pescadores y su mundo. La historia, en definitiva, del Santander del mar, que no se acaba en Puertochico.

 

Nota: Hace unos días, un grupo de cruceristas tenía entre sus visitas organizadas un paseo por el Mercado de La Esperanza. Era un crucero gastronómico. Me gustó saberlo.

 

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Esa ropa
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Álvaro Machín | 17-04-2013 | 17:47| 0

El día de los enamorados es un ejemplo loable, pero no llega. Al fin y al cabo es sólo un día de horteradas o de pasar por el aro (he visto a absolutos ‘machotes’ que renegaron de ‘esas bobadas’ calzarse un peluche abrazado a un corazón y tener que pasearlo por el centro de la ciudad). El concepto más engañoso que nos coló el consumismo es el de ‘entretiempo’. ¿Cuándo puede ponerse uno la ropa de ‘entretiempo’? ¿Cuál es el día ideal para esa cazadora que no abriga en invierno pero que da calor cuando hace sol?

Los hay esforzados. No voy a insistir en los tíos con gorro de lana y camiseta en un bar nocturno en el que sudas hasta cuando levantas el brazo para saludar. Eso es ‘modelnismo’, pero todos hemos portado alguna vez ese cuero plasticoso recién comprado que mete a la piel en una sauna o hemos tirado de polo de zoo (cocodrilos, caballitos…) sin nada por encima en un febrero cualquiera. Todo por estrenar.

Por eso, los armarios están llenos de ‘entretiempos’ igual que los cajones se saturan de ‘porsiacasos’. En mi casa hay bombillas que nunca he utilizado. No tengo lámparas para las que valgan. Y, si las tengo, cuando se funden las que hay puestas voy a comprar otras porque no recuerdo haber guardado nada. Cremalleras, tela de los bajos cortados de un pantalón, cables, papel de regalo… ‘Guardalo, por si acaso’ es una frase que deberían prohibir. Porque yo caigo. Lo guardo. Debe venirme de familia. Mi madre vive sola y su mudanza provocó una huelga del gremio de transporte. No quiso tirar ni los tarros de cristal de los yogures de Danone.

Y luego están las bolsas, aunque a esas ya les dediqué un capítulo en este lugar. En Santander, las bolsas de tienda bien están muy cotizadas. Cuentan que alguna ha ido y ha vuelto a la misma casa más de doscientas veces. La cuelgan más estirada que la chaqueta de ‘entretiempo’. Para que dure. Por si acaso…

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Esto es una dorada
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Álvaro Machín | 02-04-2013 | 13:01| 0

Cuando voy a ver a Juan y a Andrés a su bodega, siempre miro ese mostrador de maravillas que tienen con aires de elección. Es falso, pura pose. Porque lo que en realidad hago es avergonzarme por dentro por no saber qué es cada cosa. Voy guardando nociones, pero poco más. Doradas, besugos, jargos… Ya distingo los cabrachos con su rojo casi de neón de carretera, pero al san Martín no le pesco nunca. Soy un santanderino de mar, pero de orilla. De paseo marítimo. Un marinero en tierra sólo de olor a salitre y palabra, pero escaso de ropa mojada y aventuras allá donde no hago pie. Estuve en la casa de Neruda en Isla Negra, en ese Chile natal tan poético como contradictorio. Hay un barco en el jardín y él era capitán, pero desde tierra firme. Escribía en una habitación, frente a la orilla, tras una ventana enmarcada con vistas al agua. Como una marina pintada, pero en movimiento. Un día vio un madero que trajo la corriente y lo convirtió en su mesa de trabajo. Un genio. El poeta, buen anfitirión, llevaba a tomar la última copa a sus amigos al pequeño barco, fuera de la casa. Después de muchas ya. Muy tocados. Y todo para soltarles al irse a casa que de un barco siempre se baja uno mareado.

El barquito de la casa de Neruda (la de Isla Negra, porque hay más). La visita es más que recomendable si se dejan caer por Chile

Me encantó la historia (que no sé si viene al caso, pero la cuento, porque para eso este espacio es mío). Lo cierto es que el cuentito me recordó a mí mismo. Y no por ser Neruda ni parecerme (ni siquiera me atrevo a poner un ‘ya quisiera’ porque es presuntuoso). Mas bien porque yo no sé vivir sin el mar, pero le conozco poco. Y eso pasa a menudo. Que conocemos poco lo que es más nuestro.

 

Hoy he visto a un padre con dos niñas pequeñas en la plaza, en el mercado. ‘Esto son ojitos. Esto –lo alargado- es una merluza. Allí tenéis rape…’. Yo no supe que responder a la pescadera cuando me preguntó si las doradas limpias y enteras, a la espalda o en lomos. Porque yo no sé nada, apenas cuatro ideas. Y he pensado que hay muchas cosas que no nos enseñan en la escuela y, ni siquiera, en casa. Que están los libros, la urbanidad, la educación y las asignaturas, pero que, demasiadas veces, hay grandes lecciones que se aprenden mirando, paseando. Escuchando. A los niños, y a mí, deberían llevarnos un día al mercado. Deberían ponernos ejemplos sencillos. Que el rodaballo es como una bandeja con los dos ojos en el mismo lado, que a la paparda (que es algo más que una decepción del Racing) hay que seguirla porque detrás o delante va un pez grande y que ‘moma’ no es sólo lo que yo llamo a los que tengo cariño para decirles que andan poco espabilados.

 

Deberían, a mí y a los niños, enseñarnos en el bosque y no en un vídeo o en el google qué árbol es el tejo, qué pinos dan piñas y cuáles son robles, hayas y abetos. Y muchas más cosas que están aquí al lado. Para qué sirve un faro, a dónde hay que mirar para ponerse frente a Inglaterra y de dónde vienen esos vecinos que tienen un color distinto de piel. Pero no en un mapa. Eso después. Primero, con ellos. Y más cosas. Llevarnos a un museo y dejarnos correr. Al de aquí al lado. Que de una vaca acaba ‘saliendo’ el queso (o de una oveja, o de una cabra), que la mantequilla no se hace en el bote y que el jamón del bocata viene de alguna parte.

 

Pasé un día fantástico hace poco en Valderredible. El director del único colegio de la zona me explicó, más allá de kilómetros en autobús y otros tópicos en un valle enorme y medio vacío, que a los niños intentaban darles a conocer lo que tienen más cerca. Lo suyo. Salir a los pueblos, hablar con la gente, descubrir su propia historia. Y eso no significa dejar programas, libros, asignaturas e informáticas. Sólo dar más herramientas que las del Windows para aprender y para disfrutar de la vida. Que luego ya verán ellos si se van o se quedan. Pero irán al mostrador de la Bodega de Juan y Andrés, La Cigaleña, y sabrán qué quieren comer.

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La bata de Fermín
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Álvaro Machín | 12-03-2013 | 14:44| 4

En la tienda de Fermín, que se ponía bata azul, aprendí de memoria aquello de ‘uns pican e outros non’ cuando me mandaban a comprar el pan. Luego iba donde el padre de Reyes a por el periódico mordiendo el cuscurro (que, para mí, era currusco) y, si sobraba algo para sisar, me pasaba por el patio de la Carbonería para llenar el bolsillo de azúcar y la boca de hielo (benditos flashes de cola). La modernidad se cargó el ultramarinos, el quiosco y el puesto de chuches. Ya no existen. Y todo esto, más allá de ese espíritu ñoño con el que escribo casi siempre, me viene a la mente por lo que pienso que es el enésimo efecto de nuestro tiempo.

Yo también estoy harto de artículos sobre la crisis, pero es que, leyendo lo del cierre de ‘Jota’ (‘J’), no me resisto a contar otra de sus consecuencias. Porque esta lacra que nos han impuesto se está llevando por delante hasta la personalidad de las ciudades. Primero murieron los barrios y dejamos de saber el nombre del tipo al que comprábamos las naranjas y de contarle un ligue al que te servía el café. Pero, ahora, el centro ya no es nuestro y la ciudad deja de parecerse a una casa hecha a medida y reconocible.

 

Queda muy moderno lo de las siglas conocidas en todo el mundo para comer hamburguesas o comprarse zapatillas. Pero pasa factura. Los locales rancios, los que hacen que las ciudades sean diferentes unas de otras sin contar las catedrales, están muriendo. Los ‘comerciantes’ vienen enlatados y pierden ese punto de gremio. Unos cierran y los que ocupan su sitio son multinacionales de cartón piedra y color adictivo. Que sí, que están bien y esto no va contra ellos, pero son especies invasoras que se cargan lo autóctono, como le pasó al cangrejo de río. Por no hablar de bancos, antes a la caza de locales privilegiados y ahora sobrados de espacio.

Que sí, que ya sé que a veces los comercios de toda la vida no lo han hecho bien… Pero vuelvo a decir que no va de eso. Que va de que las ciudades no sean fotocopias y de que uno pueda seguir tratando de tú hasta que se jubile al que siempre te vendió las camisas, las gafas o te recitaba de memoria el menú del día.

 

Porque Santander, con su punto rancio y estrecho de miras, era reconocible y adorable (y ojalá lo siga siendo). Pero, con tanto cierre local y apertura multinacional, se nos está quedando en una delegación.

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Urgencias
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Álvaro Machín | 04-03-2013 | 17:03| 0

A cierta edad, la retentiva se mantiene impoluta sólo para el historial médico. Son alucinantes las conversaciones en una sala de espera de urgencias entre dos jubiladas que acaban de conocerse. Sentadas una junto a otra por una casualidad que cuesta creer que no les llevara a encontrarse mucho antes. Tantas cosas en común… Lumbalgia, el Termalgin de por las noches por la artrosis del dedo gordo, el Lexatín para esos nervios que se ponen rebeldes y todos esos viajes al quirófano de los que, si pudieran, enseñarían las fotos y el vídeo reuniendo a la familia. Se cambian dolencias y palmarés de bisturí como cromos en Pombo cada domingo. Con el ‘si le’ y el ‘no le’ incluido y con el ‘y yo más’ de las aventuras entre críos de barrio. Saboreando cada ‘logro’.

Llega el turno en la consulta –después de esperar un buen rato- y el doctor pregunta cómo se hizo esa herida. La respuesta se remonta a ‘Sicilia, año 1935’… No hay prisa. Pero sí que la hay cuando la enfermera llama en voz alta a fulanita, “que ha llegado después que yo”. Poco importa que fulanita venga con el ojo en la mano o con el hígado entre las muelas. “Es que yo tenía hora a las diez y he venido a las ocho y media”.

 

‘Sólo un acompañante por persona’. En España, o no sabemos leer o nos importa una mierda lo que ponga en los carteles. Somos así, sorprendidos de que los políticos nos mientan, pero orgullosos de conseguir salir del bar sin haber pagado. Porque el que más protesta por una sala de espera a reventar (aluciné en mi última visita con eso y con la paciencia de un personal al que a veces maltratamos sin tener la culpa) es el que viene con media familia, la fiambrera y el perro.

Ahora, por desgracia, pasamos por la etapa de detectar el recorte. Un nuevo éxito en la lista de temas de conversación en un hospital. Y no me extraña, porque hay cosas que saltan a la vista (y se sufren), pero tampoco me gusta que ande todo el mundo a ver si le dan agua sólo para pillar (yo siempre tuve que ir al bar a comprarla) o volviendo loca a una pobre enfermera que, a este paso, acabará poniendo vendas a una señora con dolor de cabeza.

 

P.D. Que no se me enfaden las señoras mayores que tienen que ir a urgencias, pero tomen ejemplo de mucha gente de su quinta, que aún sabe mantener una conversación llena de vida. A esos deberíamos escucharles todos, que ya nos tocará llegar.

Por favor, lean esto   Es buenísimo.

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Sobre el autor Álvaro Machín
Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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