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SSS (Semana Santa Santanderina)
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Álvaro Machín | 16-04-2014 | 11:33| 0

Hay placeres tan cotidianos que no están al alcance de los que sólo son felices a base de lo extraordinario. Ponerse el albornoz al salir de la ducha, el tacto de las sábanas limpias, cantar a gritos en casa una canción de Perales, mirar fijamente el lunar que esa chica tiene cerca de los labios, sentarse en un sillón al sol con una copa de vino blanco o comer albóndigas gigantes en Casa Cofiño… Cualquiera puede hacerlo. Pero disfrutarlo es otra cosa…

 

Yo me propongo disfrutar estos días. Tengo tiempo y planes. Pero hay ideas, incluso, para el que no disponga de lo uno o de lo otro. Más allá de procesiones, bares, mercados, cines o conciertos hay un universo cercano con el que entrenerse. Pasatiempos de un santanderino de toda la vida. Mi amiga María, que tiene más arte que un pincel, dice que arde en deseos de ir a Cañadío para ver de qué colorines serán este año los pantalonucos que se traen los madrileños. Que nadie se moleste -de Madrid al cielo, de verdad-, pero es sublime. Ver los modelines de los que vienen a Santander como si fueran a Ibiza -esos pantalones blancos gaseosos- es una diversión muy nuestra. O escuchar pedir en las barras tercios, zuritos, cortos, peniques… Y hasta calamares… Que no se enfade nadie, en serio. Que les recibimos encantados, con nuestras dos caras y ese mirar cerrado de ‘¿y quién es éste?’ o ‘¿de qué familia es?’. Que aquí somos de reírnos mucho de los demás, pero poner mala cara al echarnos la vista al ombligo. ¿Cuántos tratarán (que sí, que yo lo he hecho) de acercarse a una chavala con aquello de ‘tú no eres de aquí y se te nota’?

 

(Sin acritud, aquí va un enlace)

 

Lo prometo, no quiero meterme con nadie (o con todos, incluidos nosotros mismos y yo encabezando el grupo, que así nadie se queja). Por eso propongo también para los de casa que hagamos turismo. Que seamos viajeros en donde vivimos. Porque hay una ciudad que no conocemos. Que subamos al funicular del Río como cuando pagamos por subir a los ascensores de Lisboa, que pisemos la Plaza de La Esperanza con la misma curiosidad que el Mercado de Las Especies de Estambul o que juguemos a encontrar el árbol grabado en el suelo de Mataleñas como la rana en Salamanca. Buscar la terraza que multiplica el sol -la de Los Girasoles- y saber que allí mismo, a un paso, está la farmacia que regentó el poeta León Felipe.

 

Aprendamos a buscar. A mirar de otra manera para descubrir la placa en latín del primer edificio que se construyó tras el incendio, para encontrar el cementerio inglés que hay entre casas en pleno Cazoña o para presumir antes del aperitivo en el Faro de saber que allí mismo hay tres bloques de piedra que eran un reloj de sol.

 

De verdad. Lo recomiendo. Igual ese paseo por ‘casa’ nos da hasta para un álbum bien bonito en el Facebook. Yo le daré al ‘Me gusta’.

 

 

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Con la cabeza alta
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Álvaro Machín | 27-03-2014 | 15:47| 2

El mundo, el de verdad, está a la altura de los ojos del otro. Se ve desde las ventanas del autobús y se siente cuando la brisa golpea de frente el rostro. La vida está delante.

 

 

Escribo esas dos primeras líneas y me las repito en voz alta al levantar la cabeza. Porque me culpo con frecuencia de llevarla demasiado abajo, de enseñar la coronilla y ese flequillo que va perdiendo fuerza. Y no hablo de resignación, que también nos sobra en estos tiempos. Sólo de pasar las horas con la mirada cuadrada y esguince en el dedo. Soy adicto al móvil, denunciado por los que me aprecian y consciente de mi patología. Pero tengo remedio porque aún levanto la vista y pienso en lo gilipollas que puedo llegar a ser cuando en una mesa, por lo bajini y casi a escondidas, consulto el Facebook o los puntos del Comunio.Aún veo, como esta mañana, unos labios preciosos en el asiento de al lado de la línea 17 y siento ese resolín tan nuestro en la mejilla traspasando el cristal. Me cuesta, pero aún tengo remedio. Entre actualización del Twitter y repaso a las fotos de algún pedorro en Instagram. Pero aún lo hago. Aún veo la vida sin editar la imagen.

 

 

 

La imagen está tomada de este sitio (interesante)

 

Me culpo. Porque yo también digo que he hablado con alguien sólo porque está en un grupo del WhatsApp (y hablar es otra cosa). Porque me atrevo a decir frases aplicando el corrector que no sé si diría en persona. Porque también he chocado con algo que no vi mientras caminaba. Ya no charlamos en el autobús sobre el tiempo. Cascos y mirada baja. Dedo frenético. Conectados al mundo pero molestos si el de al lado nos hace una pregunta. El móvil andando, en el metro, en el salón de casa mientras ves una película, en el cine, después de hacer el amor… Cervezas, amigos, conversaciones y teléfonos sin que nadie llame. Soy culpable, lo he hecho todo. Y soy imbécil. Por mirar el móvil antes de decir buenos días cuando me despierto. Por dejar de sentir la mirada de alguien que me está hablando. Por tonterías…

 

Y está bien el móvil y la conexión permanente (la posibilidad). No soy un nostálgico de aquellas llamadas al fijo con temor a que cogiera su padre (un poco sí, ahora es todo más fácil). Me viene de perlas en mi trabajo y también en las relaciones sociales. Es un avance y no hay vuelta atrás (yo no podría, lo asumo). Pero me propongo ser capaz aún de mirar por la ventana del 17 o descubrir esa boca de una chica estupenda. Me propongo mirar e, incluso, de vez en cuando, pasar un rato con el aparato en silencio, en el bolsillo y hasta apagado. Hay un punto de felicidad en la desconexión

 

Despedida musical

 

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'Todos a una, pero como yo diga'
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Álvaro Machín | 26-02-2014 | 18:04| 2

Ser santanderino y cántabro es, de entrada, un orgullo. Yo presumo. También un aprendizaje. Porque en esta tierra, ya con años, uno aprende a sentir temor a determinadas frases. Esa de ‘esto no es para Santander’ ya me dio para juntar letras hace unos meses. Me tiemblan las canillas cuando la escucho igual que cuando oígo a una ‘niña bien’ decir que ella no se echaría un novio albañil. O cuando le reprochan a una chavala maravillosa que se mezcle y sea feliz con uno de esos ‘santanderinos de toda la vida’ (juzgado así por motivos más que superficiales). Paso de lo uno y de lo otro.

 

Pero últimamente tiemblo con el ‘todos juntos’, con los consensos y las intenciones que van de la mano. En aquel diccionario de ‘cántabru’ que tanto dio que hablar deberían traducirlo. Porque el ‘todos juntos’ en la tierruca es ‘todos juntos, pero como yo diga’. Y, si no, nada. Sobran ejemplos. En el caso Racing, en nuestro Parlamento y, en general, cada vez que cuatro tíos intentan ponerse de acuerdo en algo en este precioso trozo de mundo. Aquí lo de trabajar en equipo sólo se aplica al deporte. Porque, más allá, cuesta. ‘A ver si a éste le van a dar más que a mí…’ (piensa algún marido al salir de la reunión), ‘A ver si fulano va a sacar más que tú…’ (le dice alguna mujer al mismo marido cuando llega a a casa).

 

Ya antes de desbancar a los desvergonzados que secuestraron el Racing se palpó en ocasiones ese conmigo o contra mí que, particularmente, me atemorizaba en el proceso. Esa forma de medir racinguismos como los niños chicos se miden el pene. Porque había que desbancarles -y se hizo, menos mal- pero a la solución le tardaron poco en salir las banderas. Y lo mejor (o lo peor) es que yo creo que en esto todos tienen buena intención, pero somos demasiado cántabros para ponernos de acuerdo (y que nadie entienda que reparto culpas o razones, porque en esto pecamos casi todos). En eso y en tanto. A las victorias, aquí, les salen mil padres. Y a las derrotas, mil primos a los que cargarles el muerto. Porque la vía rápida para tener razón es desacreditar al que propone otra cosa.

 

Me tocó sesión parlamentaria hace poco en la calle Alta. Más allá de sentir cierta vergüenza ajena porque en un Pleno se hace poco caso al que habla, pude asistir a un consenso político (que es como asistir al paso de un cometa). Sin entrar en detalles, todos contra el fracking. De eso iba. Bien. Pero la intervención de cada portavoz fue como vaciar el cargador de un Kaláshnikov en los movimientos del resto. En algo en lo que estaban conforme todos. Será el juego político… Prefiero la brisca.

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La otra justicia
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Álvaro Machín | 27-01-2014 | 12:28| 2

Santander está lleno de tribunales. Es una urbe harta de justicia. Aquí no se amontonan las demandas, todo buen fiscal actúa de oficio y los juicios son, más que rápidos, veloces. Andamos sobrados de sentencias. Nos encantan.

 

Son procesos de barra de bar, de luz medio apagada. De ‘ten cuidado con ese’, de ‘sé de buena tinta lo de aquella’… No cabe recurso. Una sentencia es una sentencia, sin atenuantes y sin derecho a defensa. Tribunales implacables con una ley moral ancha cuando sale por los labios y estrecha si se cuela por el culete de cada cual. Pero, por supuesto, bien intencionada. ‘Te lo digo por tu bien’.

 

Es un juicio de versión única. Con testigos desconocidos que siempre vieron todo o amigos de amigos de otros amigos. Esos son los que siempre saben. Los que conocen. Gente fiable que sale bajo las piedras cuando nadie mira. Hay alegatos memorables ante el tribunal, tendentes a hincharse como las mentiras contagiosas. Como los pisos en los buenos tiempos. Que, de mano a mano, iban engordando la codicia.

 

Serás culpable hasta que se demuestre lo contrario. Y, si se demuestra, también. Porque ‘por algo será’. Esa es una gran frase de los justos, que saludan con la sonrisa falsa el domingo por la mañana por el Paseo de Pereda. Justos de vida aburrida. Tanto, que necesitan llenarla con la de los demás.

 

 

Y luego dicen que la justicia no funciona…

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Las uvas desde el box 18
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Álvaro Machín | 03-01-2014 | 12:49| 2

En la mesita de noche del box número 18, a eso de la una de la mañana, hay una botella medio vacía de agua que ya está caliente, unas gafas, un móvil con poca batería y una caja de color rojo en la que puede leerse ‘Navidad, dulces de Navidad’. En la papelera, el envoltorio vacío de las doce uvas. Y, bien cerca, la imagen de la bacinilla posada en el lavabo contrasta con los restos de una docena de pasteles. La paciente está dormida, aunque no ha apagado la luz. «¿Quién me iba a decir a mí que iba a pasar la Nochevieja aquí metida?», comentaba un día antes, mientras esperaba en un pasillo del hospital, junto a otros muchos, que le encontraran un hueco y le dieran los resultados de unas pruebas. Entre sueños, no se da cuenta que tres personas han corrido la cortina. Son tres de sus cuatro hijos. A Gracita, que se despierta sobresaltada, se le ilumina la cara. Ya le habían deseado ‘feliz año’ por teléfono. Ellos, los nietos, el yerno y la nuera… Un instante después de las doce. Pero han venido para darle un beso. Cinco minutos y una historia. Una de tantas en tantos hospitales.

 

Cuando llegan a la UARH de Valdecilla (Unidad de Alta Resolución Hospitalaria), el silencio sólo se rompe por la conversación del box de al lado. Allí están cenando las enfermeras y las auxiliares. «Primero comemos las uvas y luego cenamos. Solemos hacerlo así siempre». Más que cenar, tratan de crear una atmósfera que acerque un lugar como éste al otro, al que ve a Los Morancos en el salón y repasa las actuaciones de todos los años mientras suenan cohetes y petardos –desde aquí también se escuchan, pero a lo lejos–. Por eso, el árbol adornado con bolas azules y plateadas junto al mostrador y una fila de máquinas. Y, por eso, sus compañeras del turno anterior les dejaron la mesa preparada y hasta unas bolsas de cotillón listas. Ese fue el ‘trajín’ de la tarde. El diferente al de otras tardes. Porque aquí el vete y ven es la rutina. Una trajo vasos de colores y servilletas del Mercadona y la otra, pelucas y labios gigantes de un chino. «Yo ya he dejado preparada la cena», «que pases buena noche, ¿vas a tu casa?»… Lo típico, pero entre aparatos para medir la tensión, rondas con el termómetro, meriendas de dieta blanda y el sonido de un hombre al que intentan hacer recordar cómo se cuenta del uno al cinco, todo parece mucho más realista.
En esta sala, porque hay dos, esta noche forman equipo tres enfermeras y dos auxiliares. Están pendientes de los 17 pacientes que hay en la lista. A algunos –hay 23 boxes– les han dado «permiso». Les dejaron ir a casa a pasar la Nochevieja con sus familias, pero con la obligación de volver al día siguiente. A uno, de hecho, le trasladaron a eso de las diez y media. Gracita estuvo a punto, pero un susto por la mañana hizo pensar a todos que lo mejor era quedarse. Por eso, por la tarde, tuvo que repasar con su nuera por teléfono la receta de la salsa de los calamares. Dichosos calamares. A una mujer de 77 años pendiente de una intervención pueden crearle más tensión esos calamares que la anestesia. Las madres son (y todos lo seremos a su edad) así.

 

A las ocho le sirvieron la cena. Especial. Entremeses variados (chorizo, salchichón, queso, un par de langostinos…) y rape en salsa americana, además de la cajita roja del ‘Navidad, dulces de Navidad’ y las doce uvas. El que puede, claro. Falta tanto para las doce, que, una hora antes de las campanadas, el bullicio, si acaso, son un par de ronquidos en los boxes. Mucha tranquilidad mientras las trabajadoras repasan el listado de pacientes y hacen ronda de tensiones y termómetros. «Venga, que ya queda poco». En el box de la cena del personal hay un ordenador portátil. Es la ‘Puerta del Sol’ de la UARH. Y bajito, para no molestar.

 

Algún acompañante, de los que apenas dormirán en esas butacas que debió diseñar un mal tipo, hace de intermediario. Se coloca lo más cerca posible y canta las campanadas. «No, espera, que esos son los cuartos», le dicen a Gracita desde la puerta del 18. Como en casa, como todos los años, pero nada que ver. «Ahora, ahora». Se las come todas. Bueno, casi, porque se da cuenta que una se escurrió entre la colcha y la sábana. No importa. De la cortina del box catorce asoma la figura de una señora con un vaso y las uvas dentro. «Venga, mujer». Sonríe y saluda con la mano, pero no. «Es que estoy con mi marido». Las come desde allí. Y se encienden algunas luces más en la fila.

 

Suenan los teléfonos. «Tranquilos, que estoy bien aquí. A ver si todo sale bien y el año que viene vuelvo a estar allí como siempre, con todos vosotros. Yo también me acuerdo mucho de todos». Se escucha algo así mientras las enfermeras se besan y brindan. «Por todas, para que tengamos un buen año». Es el momento clave. Luego, poco a poco, silencio y luz baja. El sonido, muy de vez en cuando, del timbre de llamada de algunos pacientes. Y fuera, más allá de los cristales de las dos puertas de la Unidad, ya no se ven las dos camas ocupadas que había en los pasillos de Urgencias.

 

Porque ya son casi las tres al llegar a estas líneas. Porque Gracita, que es mi madre, ya está dormida del todo y porque hace casi dos horas que sus otros tres hijos, que son mis hermanos, se marcharon a casa. Feliz 2014 desde la Unidad de Alta Resolución Hospitalaria.

 

P.D. Este artículo fue publicado en las páginas del periódico en papel el día 2. Normalmente este blog recoge otro tipo de artículos, pero alguno me ha preguntado por éste, que no apareció en Internet y he optado, con vuestro permiso, por compartirlo.

 

 

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Silencio, por favor
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Álvaro Machín | 11-12-2013 | 15:52| 2

Suena duro, pero a este país nuestro no le sobra cultura de música en directo. Y a Santander, menos. Hablo, sobre todo, de ese sonido de escenario sin tarima, en el rincón del fondo de la barra. Antes con birras y humo y ahora sólo con birras (siento cargarme el encanto de la frase, pero de esta última parte me alegro). Esa historia de músicos malditos de tugurio, de jóvenes prometedores, de citas históricas con cantantes solitarios que abren el estuche de una guitarra, de bandas de amigos…

Música en los bares. En salas. De entrada, mi aplauso a los que siguen apostando (los chicos de la Black Bird cada día se ganan más mi respeto, pero también los de pequeños bares con ganas). De entrada, también, mi grito para mejorar una normativa que, lejos de fomentar la vida, la silencia. Sí, política y políticos. Que nos den lo que queremos. Está bien demandar y es necesario (y ese cambio en la normativa que permita más conciertos lo es). Pero mirarnos el ombligo tampoco está demás. Porque también es cansino ver a un tipo que despotrica sobre chorizos y corruptos y luego se va sin pagar del bar la última caña aprovechando que no miran. Como lo es escuchar lo de ‘aquí no hay nada’ en la boca de alguien que nunca fue a ninguna cosa. O el mítico ‘es que no informan de las cosas’ que dice alguien que leyó el último periódico cuando el Racing se metió en la UEFA.

Pero es mucho peor cierto asistente. El que va para que le vean y, especialmente, el que decide que un concierto es el escenario ideal para una charla y carcajadas con otros asistentes de similar pelaje. Si nos sobran bares… Porque no es la Sinfónica ni el patio de butacas del Palacio de Festivales, pero ir a un bar donde un artista hace lo mejor que puede merece respeto. Silencio, por favor. Al menos un poco. Comenta con el de al lado a qué te recuerda la canción o la habilidad de los dedos de ese tío que toca la guitarra. Pide en la barra, que de eso se trata (tampoco estaría de más darle un palo al que asiste y no se gasta un duro). Dile a tu colega que te vas porque has quedado, vete al baño si lo necesitas, salte a fumar y vuelve… Sí, haz todo eso. Forma parte de la liturgia. Pero ten claro que no es el día para contarle a un amigo lo mal que estás porque tu historia de amor ha terminado, para saludar a gritos a los del fondo de la barra, para hacer tertulia, para hablar por teléfono o para contaros chistes. Aquí no. Eso molesta. Molesta mucho al que actúa y al que le escucha. Sobre todo, porque al tipo que no ha callado durante la canción es al primero al que escuchas decir al final: ‘Esto es una mierda. ¿Ves? Es que en Santander no hay nada’.

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Café cada mañana
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Álvaro Machín | 04-12-2013 | 12:12| 4

Mi manual de pequeñas terapias está lleno de cosas sencillas. El albornoz al salir de la ducha cuando hace mucho frío, el té de manzana que aún queda en la bolsita que vino de Estambul, ‘Love actually’, ‘Mejor imposible’ o ‘El hijo de la novia’, tocar la piedra del lago Baikal que llevo en un bolsillo o dormir una siesta con la manta más vieja que recuerdo en el sofá de casa de mi madre. Un catálogo de remedios caseros para los días en que son necesarios. Son ñoños, pero son míos (o sea, que me importa un bledo lo que otros piensen).

La música es esencial. ‘Sea’, de Jorge Drexler, suena en las encrucijadas. En los cambios de ciclo de mi biografía. Cada uno tiene las suyas, encrucijadas y canciones. Hoy la he escuchado. Esta misma mañana. Y poco después me he encontrado por la calle con Mario San Miguel, una de esas personas que te tocan y ya te hacen sentir mejor. Hay gente así -y gente tóxica, como dicen en un libro que no deja de venderse-. Con don, con energía…

Hay, incluso, gente que hace ese trabajo a diario. Tomo el café y el pincho cada mañana en una cafetería del centro que, ni siquiera, me pilla a mano. Quedo con un par de amigos y hablamos, más que nada, del Comunio (sí, yo también). Pero voy, sobre todo, porque desde la barra me dicen buenos días y me preguntan cómo estoy. Porque me reciben con una sonrisa y me despiden con buenos deseos. Porque me sirven el mediano sin pedirlo y le meten una sonrisa junto a la sacarina. Y eso no tiene tarifa. Sus jefes han subido el precio del desayuno y no me importa. Hasta eso, ellas (las camareras de este local) lo saben decir con el mejor tono. Está lleno siempre y no me extraña. Todos buscamos lo mismo. Sentirnos a gusto, que nos hagan sentir cómodos en mitad de ciudades cada vez más impersonales. Repetimos donde ocurre al tomar el café, beber un gintonic, cortarnos el pelo o comprar pantalones. Y eso, en este Santander, no siempre es fácil. Aún hay comercios donde parece que te hacen un favor cuando tú compras y ellos venden. Hosteleros (o camareros que contratan) que te lanzan el plato y te escupen un morro torcido. Malas caras.

Bastante jodido está ya todo como para tener que aguantar algo de eso… No vuelvo a los sitios donde no me siento bien tratado. Gracias y hasta siempre. Pero repito -y perdono los fallos- donde me tratan bien. En los días que necesito escuchar ‘Sea’ o ponerme el albornoz porque tengo frío por fuera y por dentro, me ayudan a sentirme mejor. Y en el resto -por suerte la mayoría-, también.

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'Esto no es para Santander'
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Álvaro Machín | 07-11-2013 | 18:23| 12

Santander tiene un punto rancio. Es como su noveno mandamiento, como la ‘S’ que llevaban los coches en la matrícula o como la postal que compran los turistas con la foto aérea del Palacio de La Magdalena. Identidad. Un tatuaje en el culete de una ciudad en la que vestir bien está por encima de pasar hambre en la escala de valores. Tiene hasta su encanto si uno no llega a empaparse. Un estilo calmado, como lento… Me decía un amigo que siempre le atrajo ese concepto del ‘aquí nunca pasa nada’ pero eso se confunde a menudo con el ‘mejor que no pase’. Y por ahí ya no. Porque entre el ‘como esto no lo hay’ y el ‘esto no es para Santander’ el coche no acelera y se estanca.

 

Somos muy de ‘que bonito’, pero ‘lo mío que no lo toquen’. Muy del ‘habría que hacer’ (así, de esta manera) pero que ‘lo haga otro’. Asistir a una inauguración, comer canapés, beber de gorra, soltar un ‘que buena idea’ y no volver. Muy de exigir nuevas ideas pero no apoyar las que surgen. De exigir en general, pero sin poner contrapeso. Y esto no va de políticas y de políticos -que hay que mirarles y hasta protestarles, pero sin esperar sentado a que vengan a cambiarnos el mundo (que ya vamos teniendo claro que no…)-.

 

Va de apoyar a dos jóvenes que han dado la vuelta a una antigua nave portuaria y la han convertido en un nuevo espacio cultural que parece trasladarte a un Berlín de colección o a un Nueva York de baile de Flashdance (La nave que late). Va de dejar pagados cafés pendientes para que otros que andan pasándolo mal puedan tomarlo sin pagar en ‘Le petit Plaisir’ (ya van por más de 425). Va de asistir a una charla en ese espacio de ideas alternativas que es ‘La Vorágine’. De mirar la agenda de conciertos y pasarse (porque no es verdad que nunca hay nada), de animar a los que organizan cosas en vez de protestar porque cortan el tráfico diez minutos, de apoyar al vecino que monta una idea en vez de morirse de envidia y putearle todo lo posible, de innovar en la hostelería como hacen los bares de Tetuán… Va de emprendedores, pero no de los que usan cuatro palabras en inglés para camuflar humo. Del emprendedor de barrio, del que organiza la fiesta, del que monta el bar o de mi amigo Pedro, que se quedó en paro de lo suyo y está aprendiendo a ser pastelero… De comprarles la libreta a los de Manipulados Solidarios, de ver espectáculos en la calle, de hacernos turistas en nuestra ciudad, de ver vida en el centro los domingos y hasta de pagar la entrada por entrar a un museo nuestro (las cobran en todo el mundo, pero si lo hacen aquí nos parece un robo).

 

Ya está bien ‘del mira el tonto ese’ y del ‘algo habrá detrás’. Del no por sistema, de la pega y del ‘sí, solo si es de gorra’. Y de muchas más cosas, porque esto es solo una lista de ejemplos y de culpas que yo también entono. Porque alguna vez dije lo de ‘esto no es para Santander’. Esta música, esta idea, este edificio…  Pero cada día me suena peor.

 

 

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Una foto para la vuelta
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Álvaro Machín | 19-09-2013 | 10:38| 0

Después de un tiempo de inactividad -el verano, el calor, andar ‘descolocado’…- esta foto sirve para retomar el contacto. Es Santander y es ‘La Alberi’. Y es… Pues es algo que uno se encuentra paseando. Feliz rutina a todos.

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El fuego de los mejores veranos
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Álvaro Machín | 25-06-2013 | 20:05| 0

Era el principio de casi todas las cosas que importan. Al menos, a esos años. El paréntesis para volver al colegio algo más alto y con ropa nueva, para la Vuelta y el Tour (por España, por Francia y por el vecindario), para los partidos que no terminaban nunca, para la serie de las tres y media y hasta para las chicas cuando empezaron a ser importantes… Para las vacaciones, que duraban tres meses. Porque empezaban, de verdad, después del fuego, de la hoguera, que hacía arder los coloretes de los niños de barrio como yo.

 

Ha pasado San Juan y se me ha llenado la casa de recuerdos. Porque vivo en el mismo barrio (aunque no sea en la misma casa), pero ya no huele a humo en la noche más corta. Bajábamos a por maderos por un terraplén que ahora es parque. Limpiábamos la casa de los periódicos que estaban debajo de la mesa de la cocina. Hacíamos el agujero en la tierra y plantábamos el palo más alto, el más gordo. Era una escuela de trabajo en equipo. También de liderazgo. Hasta de tolerancia.

Como de crío siempre se tiene prisa, antes de la hoguera, con tanto tablón, siempre acabábamos construyendo una caseta. Pasarse horas allí dentro, incómodo, entre cartones, no tenía ningún sentido, pero aquello era mejor que una estancia en el Caribe. Yo era de balón, mucho, y –no me quedó más remedio que aprender para no quedarme solo- de bicicleta. Una tarde eras Mike, el bueno de V, y otra Perico, demarrando en el Tourmalet que era la cuesta de Susanor. Y, al siguiente, Villacampa, metiendo triples en el neumático del columpio.

 

Con cinco duros eras el rey de la tienda de Fermín o el del quiosco de la carbonería. Un Pirata, puro hielo rojo. O el flash, que ya descongelado no era más que agua sucia (pero que rico…). Uno era feliz si conseguía ser el primero en pisar la calle cuando terminaba El coche fantástico. Luego volvías, ya cuando se hacía de noche, lleno de mierda porque habías ganado en ‘a ver quién cae el mejor’…

 

A la hoguera bajábamos todos. Y los que no podían, se asomaban a la ventana para verlo. Se discutía si las antorchas tenían que hacer su trabajo a las once o a las doce. Todos los años. Era un fuego sin permiso. Porque lo único que había que vigilar es que los de la Pista no te la hicieran arder antes (y ellos, controlarnos a nosotros, los de la Bolera). Éramos amigos, pero en el amor, en el fútbol y en San Juan esas cosas no cuentan. Todo el mundo lo sabe.

 

Digo demasiadas veces que ya no se juega en la calle. Cuento demasiadas historias de mi barrio y de mis amigos de infancia. Soy un joven viejo. Demasiada nostalgia y azúcar. Sí. Pero, ¿saben? Me gusta que no se me olvide todo aquello y me gusta contarlo.

 

Feliz verano a todos.

 

 

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Sobre el autor Álvaro Machín
Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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