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El pincho de después
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Álvaro Machín | 13-07-2015 | 11:53| 1

Los libros de viajes rara vez incluyen los regresos. El camino de vuelta. No suele haber capítulos para esa parte de la aventura que parece morir al cerrar la cremallera de la mochila. A mí me gusta irme, pero también volver. Van en el mismo lote de la experiencia. Y tengo liturgias de ida y vuelta cuando paseo por la bola del mundo. Liturgias con los cinco sentidos. Me gusta ver Santander desde el aire y jugar a reconocer por la ventanilla del avión. Esa playa, ese monte, Peña Cabarga, Liencres… Cuando vuelves a bordo del Ferry, todavía lejos, una legión de gaviotas y cormoranes aparece como un pelotón de bienvenida con pista de despegue en Mouro. Vista. Al oído le dejo alguna canción de Enrique Urquijo o de Quique González mientras voy sacando la ropa sucia de la maleta y abro las ventana de la cocina para airear la casa y ver si han sobrevivido las plantas. Ahí juega el olfato, porque abrir la bolsa es revivir los aromas de lo que fue un destino. Pocas cosas son tan evocadoras de algo o de alguien como lo que se cuela con fuerza por la nariz.  

El gusto es muy personal. Mi manía sabe a tortilla de patata. Llegar, ducharme, ponerme pantalones cortos (cuando los llevo tengo la sensación de vivir en vacaciones) y bajar andando por el Parque del Agua o por La Alameda a alguna de las barras que no fallan nunca. Es el pincho de después y sabe a gloria. Tengo sincio (una de esas palabras propias por partida doble: porque es muy de aquí y porque la usaba mucho mi padre) casi desde que me marcho. El primer bocado sabe a regreso, a casa, a tierra… Cosas de un tipo maniático que siempre comía un pincho después de poner el último punto a cada examen en la universidad.  

Luego llegan los otros retornos, con los sentidos ya muy mezclados. Ir a comer a casa de mi madre, ver a los amigos, recorrer el centro y seguir andando hasta El Sardinero por Reina Victoria, tomar copas en Cañadío, los recados pendientes, la tarde en el sofá… Los viajes que hay dentro del viaje. Y últimamente ando algo obsesionado con seguir viajando sin marcharme. Con eso tan manido y tan abandonado de ser turista en tu propio lugar. Porque parece increíble que un viajero extraño conozca los rincones que se le escapan a un vecino. Y en Santander (como en todas las ciudades) siempre hay lugares pendientes. Hasta tesoros. Ella se asombró como yo con la biblioteca del Trinity College y sus filas de conocimiento. Mágico (y no porque fuera escenario de algunas escenas de Harry Potter). Muy recomendable. Paseó entre los bustos blancos de los sabios y se hizo fotos junto a la escalera forjada de caracol después de asomarse a la vitrina del libro de Kells. Luego paseamos por St Stphens Green y estaba tan cansada que se quedó dormida en un banco. Fue Dublín, pero también Santander un sábado por la mañana. Está feo eso de comparar (no es comparable, ni mucho menos), pero más perderse la vista cercana de otra biblioteca que está aquí mismo. Por eso volvió a asombrarse con la sala de Don Marcelino, en pleno centro. Con la explicación de la vida del sabio, por su afán por recopilar conocimiento y con el lugar donde descansa su legado. No cuesta dinero y la mujer que nos abrió la puerta (las visitas son de lunes a viernes) nos explicó los detalles con el encanto de las cosas que se sienten. Luego visitamos la casa de los Menéndez Pelayo y nos fuimos de allí sabiendo algo más que cuando entramos. Fuimos, como si formara parte de la liturgia de un viaje de vuelta, a comer un pincho de tortilla…

PD. Faltaba el tacto entre las costumbres del regreso: coger la mano a la persona que más me echó (y eché) de menos en el último gran viaje. Si alguien espera nunca se viaja solo.

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¿Votar a Sergio o a Pilar?
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Álvaro Machín | 19-05-2015 | 17:48| 3

Siento pereza política. No puedo negarlo. Esto de la campaña (y la precampaña) se parece a la sensación de despertarme a diario y escuchar por la radio el mismo ‘They say we’re young and we don’t know…’ que Bill Murray a las seis de la mañana. Que los que llevan toda la vida pidan tiempo para rematar el proyecto es tan aburrido como que los que estuvieron antes aseguren que ahora tienen la llave para resolverlo todo. Y, para colmo, los que pretenden desalojar a unos y a otros no son capaces de ponerse de acuerdo ni para fijar la hora de bajar a tomar un café. Lo dicho, pereza (y cada uno que elija al que quiera).

 

Pero hay debates que me tienen entretenido más allá de visitas a un gremio seguidas de promesas de planes estratégicos y estudios consensuados para hacer que el mundo sea mucho más maravilloso. Mi amigo Sergio decía el otro día en el coche que estaría bien que el domingo, para las mesas de los colegios electorales, llamaran a personas desempleadas. Que a ellos les vendrían mejor que a muchos los sesenta euros (antes pagaban algo así, ahora no sé cuánto) y que ese día les apareciera como cotizado a la Seguridad Social. Y más en estos tiempos. Mejor para ellos, mejor para los que les toca y no quieren y para las empresas que tienen que darles después medio día libre a ‘los elegidos’. El sorteo es cosa de los ayuntamientos, según indica la Ley. A Pilar, otra amiga, no le parece bien la idea. Dice que el sorteo para elegir cargos y vocales debe ser universal (lo es con unas condiciones lógicas de edad), como el sufragio, porque eso forma parte de la misma garantía de limpieza del proceso. Además, considera que eso de contar con desempleados tiene más de caridad que de medida social. Que a los parados no les saca de nada cobrar por ese único día (y sí que se establezca una renta social básica y políticas que de verdad generen empleo).

 

Pues nada, que cada piense lo que quiera. ¿Sergio o Pilar? ¿Un pacto entre ambos? Pensaré en ello mientras sigo paseando entre carteles con caras y fotos que parecen mirarme desde los autobuses del TUS.

 

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Un 19 de marzo
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Álvaro Machín | 19-03-2015 | 13:43| 0

Será el día libre o que este Santander es capaz de amanecer con lluvia e instalarse a media mañana en un día precioso. Como si pasara por las estaciones de la biografía a cada rato. El caso es que este jueves está lleno de ‘tal vez’. Tal vez porque tiran la peña Eguía y a ti te gustaba el boxeo (te hubieras divertido viéndome pegar al saco donde Barquín, en La Atalaya, hace ya unos años). Tal vez porque el Racing me duele y al Madrid no lo acabo de ver. O porque te imagino riñendo con el telediario desde la esquina del sofá de la que siempre será nuestra casa. Allí, junto a la Plaza de Toros. Con la manta roja, la bata azul y llamando de todo a más de un aspirante a sillón ahora que andamos de campañas. Sin escucharles demasiado. Mamá también lo hace ahora (en otro piso, cosas de la vida). Tal vez porque se me ha llenado el muro de Facebook (ya te explicaré otro día, que sería muy largo) de fotos de padres e hijos. Puede que por todo eso, aunque me dé cierto apuro. Porque vuelve a haber agua en el parque del agua, lo que era un terraplén en nuestros tiempos. Porque ya no se puede fumar en los bares y tendrías que hacer como en casa. Irte a la ventana para que yo no te viera. Ni siquiera en El Diluvio. Antes he estado allí con Miguel y me he quedado mirando ese fondo tan tuyo de la barra.

 

Tal vez sea porque a casa de Lorena ha vuelto el gato. No se parece al que te iba a buscar cuando roncabas en el salón para que te fueras a la cama con Gracita, pero un gato es un gato. Yo no tengo animales y se me olvida regar las plantas, pero me apaño. Escribí el capítulo de un libro para contar que tú me llevaste una vez al viejo Sardinero. Te gustaría saber que me gusta lo que hago, que viajo todo lo que puedo, que escribo mucho en tu periódico de siempre y que aprendo por dentro, aunque por fuera no haya crecido mucho. En eso salgo a ti. Bajito, muy talla española de tu época. Y en discutir mucho. Ahí te pasaste con lo de la herencia… Más de una buena persona lo ha pagado. Te hubieran caído bien, seguro. Pero tranquilo, me va bonito. Soy un tipo con suerte por tener a quien tengo a mi lado. Fui con ella, que es adorable, a Ogarrio y volvieron a hablarme de ti. ‘Tú eres de aquí’, me dijo el hermano de Tomás. Y a mí me emociona eso e ir a ver el letrero en azulejos de Riva pegado a la fachada de una casa, o eso de ‘la capital del mundo’ en Arredondo.

 

No te preocupes por nada. En serio. Mamá, con sus achaques, está bien. Todos nos ocupamos de eso. Nosotros, tirando. Por aquí todo el mundo dice eso mucho últimamente. La cosa se puso fea en los últimos años. Se ha pasado mal y muchos de los que tenían que arreglarlo se lo llevaron a paladas. Pero ahí andamos. Cada uno con sus cosas, con altos y bajos. Con problemas, sí, como todos. Como tuviste tú, pero igual de unidos que siempre, aunque deberíamos juntarnos más a menudo. Marién y Pedro, Andrés y Leticia, Miguel, mamá y yo. Eso vale más que muchos ceros en la cuenta de una herencia y, además, no paga impuesto de sucesiones (que lo han cambiado tantas veces que ya no sé si se paga o no). Y tus nietos… María va de escándalo en la universidad. Se te caería la baba. El año que viene se va a Inglaterra. Tú la llevabas de paseo y ahora es una mujer… El resto son unos sinvergüenzas… Vaya tres. Buenos chavales, de verdad. Todos seguimos aquí, en este Santander que cambia tanto, pero sigue siendo el mismo. Tal vez algún día pueda hablarte yo de otro chaval. No lo sé. Eso no se promete y yo soy algo raro… Quién sabe. Lo que sí sé es como se llamaría. Seguro.

 

Un abrazo, Andrés. Un abrazo fuerte. Tal vez vuelva a escribirte dentro de otros veinte años. Tal vez…

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Noviembre 38
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Álvaro Machín | 18-11-2014 | 12:32| 1

Noviembre se empeña en ser importante, aunque todos los taxistas de esta ciudad digan que es el mes más triste. Con los años, se me ha llenado de imperdibles. Todo lo que entra y sale de mi mundo se empeña en usar la puerta de noviembre.Tal vez porque yo mismo entré a este circo por la misma puerta.

 

Y llueve. Lo sé. Y también que es el interruptor del frío, que las noches son más cortas, que vuelven los pies helados al fondo de la cama y que ya han limpiado las hojas del otoño idílico. Que no es un mes diez, que el once es como el cuarto puesto en unos Juegos olímpicos. Sé, por resumir, que noviembre es un mes perdedor, pero, puestos a contar, prefiero las historias de perdedores. Me encajan, además, en un Santander que se pone de postal con la nostalgia. Con sabor de castañas de locomotora y de churros de Áliva. Con el gris por fuera y por dentro.

 

Esa atmósfera triste sirve como pretexto para acumular días que no significan nada. Empezamos por el ‘no tengo tiempo’ y acabamos por el ‘es que en Santander no hay nada’. Y eso no. Me niego. Es mentira. Porque más allá de que unas cañas, un paseo o una buena conversación no necesitan gestores culturales ni programa de fiestas, sí que hay. Y siempre hay tiempo (no lo hay para ir al gimnasio o para apuntarse a inglés porque realmente no tienes tanto interés en hacerlo). Puede que sea porque ya cuento cosas que pasaron hace veinte años o porque mañana subo otro peldaño hacia los cuarenta, pero pienso cada día más en estas cosas. En lo afortunado que soy por llenar la mochila de experiencias y en las ganas que tengo de seguir viviendo. Sí, aquí, en Santander (o muy cerca). En pleno noviembre.

 

Porque desde Todos los Santos no he parado. Y eso que no pude ir a ver a Raphael (y tampoco a Fito)… Aprendí a coger setas en Silió (o a saber que sin ayuda no se puede ir a cogerlas) y ví las maquetas de un tipo con increibles historias en el Doctor Madrazo. He viajado en el tiempo sin salir de mi ciudad pegado a una muralla bajo La Porticada y en el espacio por la colección del archivo Lafuente. He corrido por Gamazo con más de mil personas con una luz en la cabeza y con otra a mi lado en forma de buenos amigos (mi segunda carrera, estoy muy contento). Cené otra vez como un marqués en el Cadelo, comí sushi en El Diluvio, descubrí las hamburguesas del Musli (en Torrelavega), probé grandes vinos en La Cigaleña y ya saboreo las jornadas japonesas del Umma que vendrán en unos días. Como saboreo ese tributo a Los Secretos en la Black Bird o el té turco que me descubrieron en La Oca sobre el Océano (que está en Ruente). Di un paseo por Isla y alguien que ha decidido hacerse muy importante para mí en noviembre se empeñó en sorprenderme con el descubrimiento del Molino de Santa Olaja, en Arnuero (lo conseguiste). He llenado una portada un domingo y he disfrutado contando la historia de unos padres con un par, he bebido tequila con una amiga que siempre sabe abrirme los ojos a base de verdades y hasta aluciné en forma de charla con una obra de Ciuco Gutiérrez en el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Santander y Cantabria (el MAS, gracias Salvador por la invitación y Luis Alberto por el trato). He hablado con Serbia, con México, con Vietnam y hasta con Siberia. He cerrado aventuras para enero con José Luis y para febrero con el pequeño Enrique. Y he… Vivido.

 

Molino de Santa Olaja

 

Y queda. Mes y cosas que contar. Borracheras, conversaciones, besos, bocados… Hasta una fiesta con amigos para celebrar los 38 otoños y un concierto -mío y de Pablo- que supone repetir por un día algo que dejé hace tres años. Un secreto a voces. Y será, como todo esto -incluido el recuerdo a ti, que hace ya casi veinte años que te fuiste-, en este mes de noviembre…

 

Ciuco Gutiérrez, mi alucinación en el MAS

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Mi otoño santanderino
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Álvaro Machín | 28-09-2014 | 20:46| 3

Nos cayó como un telón, con la fuerza que los chicos de Gamazo arriaron las velas. Y me dio pena, aunque me encante. Soy muy de otoño, sí. Soy tan cursi como una foto de Instagram de hojas caídas. Porque ahora, en estos meses, Santander y yo nos reconocemos más. Nos sabemos cerca, nos miramos y nos decimos: ‘mira que eres tonto (eso me dice ella)’. La ciudad vuelve a sus juegos de rutina. A cruzarte a diario por la calle con quien no quieres ver y a esconderte para siempre a esa persona que buscas. Bribona. Parece increíble, pero el Paseo de Pereda y el fondo de la barra no saben de estadística.

 

Me gusta el otoño santanderino porque la luz no falsea. Porque volveremos a buscar los bares con el cartel de ‘Hay caldo’ y a apreciar ese sol tan nuestro que es el resolín. Porque recordaré los besos en aquel portal de la calle San José con la chica más buena del mundo. Han pasado muchos años. Hace poco supe que va a ser mamá y sonreí por dentro. Porque en el cine ponen cosas que merecen la pena y puedo volver a salir a correr por el barrio sudando sólo lo que necesito. En otoño, en la tele, reponen ‘Forrest Gump’ (ya la han puesto), ‘Notting Hill’ y ‘Mejor imposible’. Y volveré a cenar alguna noche sopa de sobre.

 

La foto de un paseo estos días. En ese parque que hay cerca de El Corte Inglés.

Es una estación posesiva. Porque cada uno hace suyos algunos rincones. Aquí, en casa, me quedo con el árbol que hace esquina en la Plaza de Pombo. Otro juego urbano. Porque un día te recibe de rojo, pero se cambia de ropa al día siguiente. Yo no sé de árboles, pero tengo mi preferido. En Mataleñas, en el parque. Un plátano centenario que parecen cinco porque está hundido y, a la vista, engaña con sus ramas enormes. El hueco es una cama de hojas, un colchón. Los parques se hicieron para pisarlos en otoño. Hasta ese pequeño y desconocido que hay al lado de El Corte Inglés, con sus bancos cubiertos estos días. Mío, mío… Como los veinte metros que recorro cada mañana para ir a trabajar por detrás de la Plaza de México. Allí, más allá de hojas y marrones, los árboles forman una especie de arco. Una galería. Se quieren a distancia y se tocan sólo en otoño, cuando se desnudan. Como tener una novia en Madrid. Me gusta pensar eso. Mi caja de chorradas. Y también pensar que sólo a mí me parece preciosa una cuesta de hierba que había junto a la casa donde viví siempre. Cerca de la Plaza de Toros. Lo dicho, soy un cursi. Ya lo digo yo. Luego ya vendrán otros a ponerme el resto de etiquetas. Eso también es muy del otoño y de Santander. Ahora que nos quedamos aquí cuatro, el odioso ‘nos conocemos todos’. El otro día uno me escribió para decirme que se me veía el plumero político… Me lo ha dicho gente de un lado y del opuesto. Mira que andamos sobrados de plumeros en esta tierra, pero yo no soy de votar mucho. Piensa lo que quieras, sin rencor.

 

Me gusta el otoño aquí al lado porque saben cómo ponerte el café sin pedirlo y los taxistas me preguntan antes de decirles nada. ‘¿A La Albericia?’. Porque Santander es una ciudad de jerseys y me encanta escuchar el día que sale bueno eso de la ropa ‘de entre tiempo’. Porque volveré a intentar sin éxito comprarme zapatos y llevaré las punteras de las playeras mojadas. Y volveré a comer cocido al Fuente Dé y a apoderarme del rincón del fondo de La Cigaleña para beber buen vino. A escuchar ‘Y los conserjes de noche’, que a mí me parece que es muy de otoño y de intimidad con las ciudades.

 

Y también por la nostalgia, qué le vamos a hacer. Porque enero es el propósito, agosto el desorden y mayo, las prisas. Porque junio es el principio y septiembre el final. Porque octubre parece que no está en ninguna parte. Pero noviembre, mi noviembre santanderino, es la nostalgia. Seré un año mayor, recordaré aniversarios y echaré un poco más de menos. A ti, porque no te veré más aunque sé que estás conmigo y a ti porque, aunque te vea, nunca será lo mismo.

 

 

 

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Lo que aprendí este verano (II)
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Álvaro Machín | 14-09-2014 | 18:46| 0

Escribir, como cantar, es adictivo y hasta útil. Dicen que el que canta, su mal espanta. Y es más sano espantar los males cantando o juntando letras que ahogándolos junto a los hielos en vaso de sidra (y lo sé, porque también pruebo). Aunque moleste. Sólo eso explica, digo yo (que soy un rebelde de perfil bajo y me niego a no poner la tilde en ‘sólo’), que después de tres días de velas, inauguraciones, paseos junto a un rey y funerales ilustres con sus correspondientes crónicas larguísimas, aquí me encuentre. En la habitación llena de trastos de la calle Argentina después de un paseo por un Santander que anda bonito este septiembre. En mi día libre. En domingo.

 

Son ganas. Dice una chica de ojos increíbles que me gustan demasiado los escenarios y yo no sé como explicarle que me vuelvo vulgar cada vez que me bajo de uno. Si va de los estribillos de mi verano tengo que decir que descubrí estos meses que ‘se me va la voz’ y que, últimamente, ‘mejor ya no digo tu nombre’. Que ‘ni ayer ni hoy ni nunca es un buen día para mandarte flores’ y que ‘puedo ser un cabrón, pero no un tonto’. Y ‘lo noto’.

 

Qué de cosas este verano… Yo que reñía a los que andaban descalzos y ahora he mandado las zapatillas a la vitrina de un museo. Una gozada poner el pie sin fundas en el suelo al despertarme (con menos durezas gracias a los consejos de un blog de aquí al lado). Y que gozada el paseo por la ciudad de esta mañana. Más allá de unos debates que cada vez me cogen más lejos y de unas guerras internas que no harán que me salgan callos en las manos por cavar trincheras. No quiero que me oígan por gritar mucho o por criticarlo todo (pero apoyo la vigilancia y la denuncia). De Santander me van sobrando ironías y males al prójimo. Sea de derechas, de izquierdas o del centro. Grite podemos o reparta aplausos. Ando sobrado de dimes y diretes políticos y de ingenios periodísticos destinados a leerse entre ellos. ‘Que lo que escribas, lo entienda mi madre, que va para ochenta’. Es lo que más repito a los chicos de prácticas que me preguntan algo. No soy quién para enseñarles mucho más y menos para dar lecciones. Las personas son lo que importa. Lo único. Nota para gestores de lo público e informadores.

 

Cada vez que hay que acreditarse salen periodistas de debajo de las piedras. Pero no veo fotos suyas ni tinta en ningún sitio. Me lo decía mi amigo Nacho el otro día. Que hay que cuidar un poco la profesión. Sí, Nacho, tienes razón. Es como con las entradas en esta ciudad. Para el teatro, para los conciertos… Hay gente que te llama para pedirte alguna y luego no te saluda cuando se cruza contigo por el Paseo de Pereda. Hay que tenerlos cuadrados para eso… A muchos les veo en eso de las zonas VIP. De gorra siempre.

 

Un poco destructivos sí que somos los santanderinos… Muy del ‘que se joda’ el que tuvo la idea y del ‘ésta se ha debido tirar a alguien’. Muy injustas. Las dos me las han contado hace poco. Cada vez menos, eso sí. Lo dice un orgulloso santanderino de toda la vida. Pero con algún kilómetro a la derecha y a la izquierda del mundo para saber lo que de rancio también contiene esa frase. Por eso, hoy, en el paseo y en este verano intenso me da por hablar bien de gente, de vecinos. De los que ponen el escaparate de la Librería Gil, que me encanta. De los de la ginebra Siderit (que también me encanta). Del dueño de La Gallofa, al que he conocido hace poco y que me ha parecido un gran tipo (más allá de que lo esté petando con su empresa y su acierto). Del chaval que se ha inventado esas camisetas –y su hermana, que me ha contado la historia- con ‘The raqueros’ (Northway se llama su marca). De los que organizan las fiestas de mi barrio. O sea, de la gente que conjuga el verbo hacer en el reino del ‘Esto no es para Santander’ (ya, sé que lo pongo siempre, pero es que es mi cruzada). Digo que me gusta mucho como ha quedado la Duna y el dique de Gamazo y que espero que los chicos de las velas se lleven una buena impresión de mi ciudad. Porque lo deseo.

 

La camiseta que he comprado

Y, al margen, si va de las cosas que he aprendido este verano no puedo dejar de decir que no suelen conducir a nada las respuestas que empiezan por un ‘ya si eso’ o un ‘vamos hablando’. Son como el ‘ya quedaremos’. Que no creo en horóscopos, pero que hay días que parece escribirlo un tipo que te espía. Que antes, cuando uno quería dar un cambio de rumbo a su vida, empezaba por cortarse el pelo y ahora cambia la foto y el estado del WhatsApp. Que me encanta esta frase de mi amigo Pablo: ‘Lo bueno del anonimato, lo verdaderamente luminoso, es que te puedes morir sin comentarios’. Que tengo pendiente volver a comer tarta con cerveza en Notting Hill con alguien con un futuro prometedor y que encender un fósforo quita el olor del baño después de… (una amiga lleva una caja de cerillas en el bolso cuando sale de copas por Cañadío). Que es una lástima que no me dejes ayudarte a quitar esa mochila de tristeza que se te ha pegado a la espalda. Que la soltería cerca de los cuarenta da para una película tipo ‘Love actually’ y, por último, que le debo mucho, muchísimo, a personas que no conozco y que me siguen regalando su cariño. Tal vez porque no me conocen mejor…

 

P.D. Como siempre, si alguien se molesta, que sepa que me pongo el primero en la lista de pecadores de todo lo que critico.

 

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Lo que aprendí este verano
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Álvaro Machín | 08-08-2014 | 11:02| 4

En el verano 37 sigo aprendiendo. Hasta empapo mejor. Tal vez por estar ya en la mitad de esta carretera, tal vez porque de tanto estar solo me perdono más todas mis miserias…

El caso es que últimamente he aprendido que no es bueno empezar las frases por ‘es que lo normal es…’ ni terminarlas con ‘es que eso no es normal’. Que Santander la noche de los fuegos es Giancaldo el día que sacaban el proyector de cine en una barca y que no puedes fiarte de los monos de Sri Lanka. Que no quiero pasar las vacaciones en lugares en los que hay que madrugar si quieres coger sitio para la sombrilla, que Jennifer López suena a Camela la segunda vez que canta en ‘Sube la adrenalina’ y lo que quiere decir Romeo Santos cuando suelta eso de ‘llévame contigo aunque sea de chaperón’...

Este verano he aprendido que algunos somos malos, muy malos, pero acabamos estando cuando los buenos se quitan la careta y se tiran del barco. Que es una verdad como un templo eso de ‘consejos vendo…’ y que no me creo a los solteros (y solteras) talluditos (y talluditas) que culpan a todo el mundo de su soledad. Que a los niños no hay que meterles en las trifulcas entre padres, que hay muchas familias bien de Santander construidas a base de medicina de American Beauty y que en los gabinetes de prensa de algunos pueblos de Cantabria te envían el programa de fiestas junto a una foto del alcalde.

He aprendido que hay naves que laten gracias a personas que hacen que una mañana de domingo quede en la memoria para siempre, que no me da pudor reconocer que me encanta ‘el potrillo’ y que me vengo arriba -con un punto cachondo- con lo de ‘con tu física y tu química y también tu anatomía, la cerveza y el tequila…’. Sí, que a veces yo tampoco puedo más y que tengo pendiente una noche loca. Que quiero seguir emocionándome con canciones y llorando con películas. Que el poder tiene miedo en este país. Que hay circos que sí son quimeras, que el agua del Cantábrico es un reconstituyente maravilloso y que nunca es tarde para superar miedos y escalar montañas (Sigiriya es mi montaña para siempre).

He descubierto que tengo muy alto el GGT, que tengo que comer más fruta y que ese descubrimiento de salir a correr me viene de maravilla. Que en Capri tienen helado de Tiramisú, que mi amigo Kiano sabe lo que se hace en ese restaurante (Cadelo) que ha montado en el Río y que en Totero hay un lugar donde se come de escándalo. Que mi hermano es un artista (y no solo por los pinchos de El Diluvio), que me encanta el regalo de subir al escenario con The Gordini y que subestimé a mi amiga Eugenia, capaz de diseñar noches perfectas con todos sus detalles (debe venirle de su madre, que ha sido mi confesora cuando más me ha hecho falta). Hablando de amigas, que María tiene un par y que escribe de escándalo, que Marta me odiaba aunque ella siempre me cayó bien y que otra Marta sigue teniendo la cara de sol.

Acabo, que mientras escribo igual me estoy perdiendo algo. Me queda en el repaso decir que he aprendido que todos los programas de fiestas ‘son variados’ en las frases de los periódicos, que Santander es ese maravilloso rincón con su toque rancio, que primero es la romería y luego la verbena, que la afición del Racing es la mejor de mi mundo y que me he propuesto pensar menos y fluir más. Sí, eso de ‘be water’.

Y aún queda verano, aunque aprendí -esto ya hace tiempo- que a estas alturas ya se pasa volando…

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Pequeñas historias de veranos santanderinos
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Álvaro Machín | 29-07-2014 | 15:30| 1

Serán las horas a la sombra. Escribir -y, sobre todo, editar- las páginas de fiestas te deja la piel blanca en los días de sol. Eso alimenta la nocturnidad y, en los ratos muertos, las carreras de la memoria en este verano 37, convertido en la montaña rusa que ya no viene a las ferias (ahora está el ‘súper ratón’ y su ametrallador ‘que te como, que te como’).

 

Todo era más fácil cuando el principio era la hoguera de San Juan. Veranos sobre la planta acolchada de la gruesa suela de unas J’hayber. Me pasé horas viéndolas en el escaparate del Bazar Juvenil, en Vargas. Nike era de niños bien y los de barrio mirábamos aquello de ‘Air Jordan’ como se miran los catálogos de EuroDisney. Lo más cercano era la camiseta del Mundobasket 86 con las dos jirafas que regalaban con el Cola Cao (fue la evolución en el tiempo y en la moda de la de la Carrera Popular Pryca) y ponerse un par de muñequeras como aquellos tipos que aparecían en el Gigantes. Bajábamos a la calle a jugar partidos con las normas que los de Coca Cola han bordado en los anuncios (la ley de la botella, mete gana, acaba cuando al del balón le llaman para cenar…). Jugábamos a ver quién era el primero en bajar justo cuando terminaba la serie de las tres y media. Que sí, que todos nos acordamos de ‘V’, ‘El coche fantástico’ o ‘El equipo A’, pero recordar ‘El halcón callejero’ y ‘El trueno azul’ tiene más mérito. Y tararear la sintonía de ‘El gran héroe americano’ es una seña de identidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Guardo todos esos recuerdos en la mochila azul de SAM/RAM. La de ir a una playa con más sombrillas que las de ahora. Las dos horas de la digestión y el paso vergonzoso tras el baño de coles por aquel faldón enorme de tela con bordados bautizado como cambiador. Cerrado al cuello. En el Sardi, saltos al vacío a la arena desde la acera del Parque. En La Magdalena, colas para la zambullida desde el embarcadero. Presumías de haber ido nadando hasta la Isla de los ratones, pero no contabas que la marea estaba tan baja que hacías pie casi todo el tiempo. Y los fines de semana, a Noja. El maletero del R8 llevaba provisiones suficientes para sobrevivir a un holocausto caníbal.

 

Ya con más edad había tarde de ferias. Las llegué a ver en La Alameda y, por La Albericia, tuvimos que salir corriendo porque quisieron pegarnos. La ‘Ranita Smith’ y aquel año que vino a la ciudad ‘El pasaje del terror’. A la hora de comprar helados, cisma. Ser santanderino es decidir entre Regma, Capri o La Italiana y haberse comprado zapatos en una zapatería del centro que tiene columpio. Eran años de elecciones: VHS, Beta o Sistema 2000. Vi Rambo II en casa de mis primos, en Madrid, tras una tarde en un videoclub (como ir de safari). Aquello era increible.

 

Con los granos, los nervios (de lo primero tuve pocos, pero de lo segundo…). Grabar éxitos de la radio en casettes apurando para cortar al locutor. La primera visita al Covent Garden. Me puse una camiseta blanca de Nike -ya era ‘mayor’- de manga larga y cuello alto. Modas (creo que no puede haber nada más feo) y tardé casi una hora en decidirme a llegar hasta la puerta y pagar las 100 pesetas de la entrada (dentro, zumo de piña, ñoño total). Con carrerilla, después, el Swing, el ‘No’ (que fue Pentágono)… Yo sí que recuerdo el ‘Línea de Playa’ y ‘La Real’ en lo que ahora es un Lupa. O la calle Panamá cuando allí no se ponía el sol.

 

La noche de fuegos merece capítulo aparte, pero de eso me tocó escribir el otro día. (Aquí lo tienes)

 

Era otra cosa. En mi calle nos sacábamos unos durillos diciendo a los que iban a la Plaza de Toros que les cuidábamos el coche. A los toros o a los conciertos (yo estuve en el de Sting -que no es una leyenda urbana- y en el de Emilio Aragón -que lo petó un verano con olor a pies-). Nos daban la pasta y nos íbamos a la tienda de Fermín a comprar Flashes (y allí quedaba el coche, claro). Viviendo allí, la visita de Miguel El Torero era un clásico. Un año con las peonzas, otro con la mano de pega… Lo que tocara. Hasta que tocaron las chicas, que fue como descubrir a los Reyes Magos.

 

Bueno, sigo editando. Ha sido un desahogo de recuerdos. El reloj de la redacción marca las dos de la tarde. Hay mucho que hacer todavía y, aunque mire el móvil cada minuto y medio, no acaba de llegar el mensaje que espero. De una chica, claro. Como si hubiera vuelto la montaña rusa. En el verano 37 seguimos con eso…

 

Nota: si pinchas aquí encontrarás 10 señales de que creciste en Santander

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El regreso de los 'modelnos'
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Álvaro Machín | 01-07-2014 | 10:03| 0

Pido disculpas por anticipado. Pero es que las curvas me han traído de regreso a la noche. No es uno de esos regresos al estilo de Adriano, el futbolista, y espero que tampoco sea una cuestión de no haberme sabido retirar a tiempo (la ‘Boomer’ llaman mis amigos con muy mala leche a una mítica porque estiró su juventud tanto como su rostro). Y en este caminar en círculos he retomado el asunto de una raza que prolifera como los plumeros. Una especie invasora. El ‘modelno’.

 

El ‘modelno’ no mira, perdona. De lunes a viernes espera agazapado desde la tercera fila de la vida y lejos de un telediario mientras sigue con lápiz y papel a los tronistas. Pero el sábado mira por encima del hombro a un mundo que no se ha sabido poner al día. Que no sabe posar de ‘photocall’. Es el día del ‘selfie’, del cuello subido, de la ceja recortada con escuadra. Él no se viste, se diseca. Hace de su aspecto el plano de un ingeniero de caminos, canales y puertos. Capaz de no sudar pese a ese ‘look’ de camiseta con gorro de lana en un local más caliente que el infierno. A él no. No se le arruga la camisa, que parece pegada con Prit a un cuerpo que se olvidó del sabor de los callos con patatas.

 

Sí, son las tres de la mañana y estoy escuchando a ‘Diego, el Cigala’ cantar ‘El día que me quieras’ echando de menos. No me lo tomen a mal, que a estas alturas de la biografía soy muy formalito. Son cosas de la vida. Pero es que el ‘modelno’ se pone en medio, justo entre la chica con la que hablas y la conversación que tratas de mantener. Él es infalible. ‘¿Cómo vas a estar con éste, que no puede ponerse más escote que su novia?’.

 

Él sueña con una Ibiza de plástico, con neones y con ir a la tele (sin nada que contar pero con la camiseta pensada). No tiene marcas del sol porque nunca llegó blanco a la playa. Una vida entregada al bronceado y a la talla. Una mística Santa Teresa del abdominal.

 

Déjalo Álvaro, en serio. Estás en bucle. Son casi las cuatro y Diego canta ahora ‘Si te contara’. Párate a escuchar, a regocijarte y deja de pensar en esos dos que has visto en el último bar de una noche santanderina que se te escurre entre los dedos… Deja de imaginarlos haciendo un vídeo ‘happy. Perdonen las molestias. Tal vez bebí más de la cuenta. Tal vez me haya vuelto un antiguo… Pero es que de ‘modelno’ no me veo.

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Dar forma a la luz
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Álvaro Machín | 05-05-2014 | 16:24| 0

Este artículo tiene trampa. Pequeña, como las de los niños chicos que juegan al Parchís con papá. Pero trampa. Se publicó hace poco en el periódico. Sobre papel, ese material sobre el que algunos nos movemos con más certezas que sobre el mundo. O sea, que no es nuevo. Pero me apetecía traerlo a un lugar llamado ‘El paseante’. Aunque nada tenga que ver con lo que por aquí enseño últimamente. ¿Por qué? Porque las farolas han alumbrado muchos paseos.

Dar forma a la luz

Cuando el hombre consiguió la luz hizo el mundo más suyo. Las ciudades son ejemplos de una luz modelada. La Piaf nació bajo el calor de una farola de la parisina calle de Belleville. Eso es nacer mito. Y nacer, no consta. Pero en Santander se ha bebido y se ha besado junto a las luces tenues. Hay una geografía física, histórica, llena de memoria y hasta poética de farolas santanderinas. Viajeras, artísticas, útiles o simbólicas. Quién no almacena un recuerdo junto a una farola no tiene nada de nada. Rien de rien, que cantaba Edith.

Al adolescente le daba vértigo seguir a su chica hasta esa farola al fondo del espigón. Ni las hormonas podían con el vértigo de la Bahía a los dos lados. Esa, la del Palacete del Embarcadero, en el muelle, es farola de beso en los labios. Pareja que huye del bullicio del viernes con la luz encendida y foto de recuerdo con la postal al fondo cuando está apagada. Carne de amor y de turismo. Es una de ellas. De las famosas. A la de Las Cuatro Estaciones le gusta darse paseos por la ciudad. Es viajera. Ahora, en La Alameda, antes (dos veces) frente al Ayuntamiento y también junto al Mercado de La Esperanza. Desde 1913 dando tumbos por un Santander lucero. Una ‘STV’ cincelada por José Quintana. Con curiosidad y todo. ¿Sabe usted quiénes son en realidad las cuatro estaciones? Pues las cuatro son una sola (o todo parece indicar eso). La modelo que posó para Quintana –según se ha escrito– era una tal Basilisa García Herrera, aunque todos la conocían como Luisa. Era de Polanco y reguapa. Parece ser que el escultor le pagó a la chica veinticinco pesetas por sesión. Y eso en Santander se paga con apodo, ‘La veinticinco’. Para nota la historia, sólo al alcance de los muy faroleros.

La dedicada a Pío Muriedas, la de José Hierro, la de Numancia, la de Perines, las de los querubines, los adornados faroles de la iglesia de Santa Lucía, las del Paseo de Pereda… Lámparas con nombre propio que se ganaron la medalla de ser reconocidas más allá de alumbrar. Du¬rante años, lentamente. Porque la luz de estos gigantes parece viajar más despacio que esa tan veloz de la física y los ceros. Como si ralentizara el paso de las horas y retuviera el tiempo. Retener un rato, como a los jóvenes y a los que aún quieren seguir siéndolo en Cañadío. Una más, que es pronto, no te marches todavía. Esas farolas de la plaza sí que lo han visto todo… Si ellas hablaran, luz y taquígrafos. La copa de más, las miradas de quien echa de menos… Y también las risas necesarias y los gritos a destiempo. La farola de Cañadío es generacional. Los mismos niños que jugaron al balón a su alrededor apoyaron en ella una cerveza a medio beber más adelante. Y, después, ya ancianos, sentados en su base, recordaron lo uno y lo otro.

Las famosas y las desconocidas. Porque hay muchas que nadie echaría de menos, salvo los pájaros. Luces en serie de cadena de montaje que no pasaron de ese concepto gris de mobiliario urbano. Fotocopias lumínicas que hacen de la utilidad su virtud. Tan triste como vivir sólo por ser útil. Sin nada que contar y sin más recuerdo que el del papel pegado ofreciendo en la base servicios de fontanería o cuidado de ancianos. Las que están en todas las ciudades del mundo pero no son de ninguna.

Historia urbana de luces y sombras. Ahora, por esta crisis hasta de palabras, en las farolas del centro ya no se encienden todos los focos. Dos o tres, que ya se ve con eso. Hay que ahorrar y ser inteligente. Y eso está bien. Pero que nadie nos apague las luces. Ni los besos.

Nota: Artículo publicado en la edición en papel de El Diario Montañés junto a unas maravillosas fotos de mi compañero Celedonio Martínez. En la sección ‘Mapas visuales’ del 20 de abril de 2014. A los que lo leyeron, les pido perdón por la trampa. El mundo está lleno de ellas y esta, francamente, no me parece tan grave…

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Sobre el autor Álvaro Machín
Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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