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Un pequeño recuerdo para Paco
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Álvaro Machín | 14-04-2008 | 13:41| 0

Las canciones que merecen la pena tienen la virtud de evocar sensaciones, personas, olores… Hasta besos, pero éso formaría parte de una carta de amor nostálgica y no es el caso. Ayer la letra de una canción –unido a un largo y reflexivo paseo por Santander (terapia barata para cientos de males)– me trajo a la mente a alguien que pasó por la vida sin hacer daño. Qué pocos pueden decir éso…

En estos tiempos en los que el saludo y la sonrisa son más complicados que un crédito, él regalaba palabras y gestos sin pedir permiso. Era amigo hasta de las placas de las calles por las que tanto se dejaba ver. Santander era suyo y él era de cada uno de sus habitantes.

Mientras paseaba por el centro no me resultaba difícil dibujar su pequeña figura viniendo hacia mí con el brazo levantado. Unos pantalones enormes y sucios, un polo que le llegaba por las rodillas y una vieja cazadora que alguien le regaló… Y una bondad que podía olerse desde el Sardinero. En la conversación no faltaban las palabras claves: ‘niño’, ‘perro’, ‘nene’… Era tan de todos que cada uno le llamaba de una manera. Lo importante es que él siempre respondía aunque ya estuviera bien lejos. Tenía prisa porque iba a ver a sus amigos de tal o cual bar, dónde le invitaban a tomar un vino.

Creo que fue feliz. Al menos lo parecía mirando su rostro ingenuo y sincero, escuchando sus repetidos chistes, lanzando sus particulares ‘fotos’, teniendo sus segundos de gloria en la televisión… No olvidaré el día en que se comió un plato de macarrones en mi casa o las veces que pasaba por el bar de mi hermano. Fregaba el suelo a cambio del menú del día y un cafetito en la barra. Le colgaban los pies en el taburete y sonreía. Siempre sonreía.

Hace poco más de cuatro años nos dejó Francisco Serrano, ‘Paco, el niño’. Nunca estará en el pabellón de hombres ilustres ni en los libros de historia. No era un sabio, pero ojalá hubiéramos aprendido algo de él.

Como dice la canción de Los Secretos, ‘Te he echado de menos hoy’. Cuídate niño.

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Hay un agujero en el mapa
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Álvaro Machín | 03-04-2008 | 12:18| 0

Déjame ver las noticias, mamá! De esta frase inicial se pueden extraer dos conclusiones. La primera es que a mis 31 añazos todavía voy a comer a diario a casa de Gracita (que ya me vale, lo admito). Y la segunda es que mi madre siempre me interroga mientras vemos el Telediario (antes de que me obligue a cambiar para poner ‘Saber y Ganar’, que para eso es su casa y el mando es suyo…).

Pero hace bien poco, me hizo una pregunta a la que no supe responder: ‘¿Por qué nunca sale Cantabria?’. Y es que tiene razón… Hagan la prueba: Noticia de temporal en el norte; conexión en directo con la playa de Riazor (La Coruña) y con La Concha (San Sebastián) y, a continuación, imágenes de gente con paraguas en Vitoria, bolazos de nieve entre dos críos en Pamplona, un camionero atascado en Altube y entrevistas por las calles de Bilbao. Luego dan el parte del tiempo y dicen que lloverá en toda la cornisa mientras el dedo del meteorólogo señala a gallegos y vascos –y, como mucho, a navarros– y resbala por el resto de autonomías. Y los ejemplos no sólo tienen que ver con la meteorología. Conexiones para saber cómo evolucionan los precios de la vivienda, ejemplos de celebraciones de Carnaval o manifestaciones contra el terrorismo…

Y digo yo que el viento pega aquí tan fuerte como en cualquier lado, que para paraguas los de Santander, que en Mataporquera pueden dar lecciones de nieve y que en El Escudo también se paran los camiones. Más aún, para urbanismo, El Cuco, de carnavales, Santoña, y de terrorismo… De terrorismo, cualquiera…

Así que salvo que se derrumbe Valdecilla, se nos caiga el Cabildo o Revilla coja un taxi, nosotros no salimos y yo no encuentro respuestas para explicar a mi madre que entre Galicia y el País Vasco no hay un agujero. Y todo, aunque la cornisa sea Cantábrica y el mar donde todos se bañan, también.

Por cierto mamá, mañana voy a comer.

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Aquellos chicos del barrio
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Álvaro Machín | 31-03-2008 | 17:58| 1

Ya no se juega en la calle. Es triste. Igual que ya no conocemos a los vecinos del edificio y miramos con extrañeza a cualquier desconocido que nos sonríe y nos regala un ‘buenos días’. Es el precio de una modernidad que llega, aunque le cueste, a ciudades pequeñas y tradicionales como Santander. El precio de la ‘urba’ de Valdenoja, el ‘ya no como en casa’, la inseguridad, el tráfico, el chalet con parcela…

Yo soy un chico de barrio. Uno de ésos que bajaba a jugar partidos interminables de fútbol. Uno de ésos que se volvía a casa con un agujero en el pantalón porque le había tocado ponerse de guardameta en la puerta de un garaje. Aún saboreo al recordar el pan con chocolate que mi madre me tiraba por la ventana después de vocear mi nombre. Algún ‘goluco’ metí sin soltar el bocadillo cuando jugaba por las calles del Grupo Pedro Velarde. Echábamos partidos (o carreras, o guerras y hasta nos dabamos alguna piña) con los de la Plaza del Dos de Mayo o la Peña del Cuervo. Y eso pasaba con cientos de chavales en Tetuán, General Dávila, Monte… Y hasta por el centro de la ciudad, que yo sólo conocía porque mi madre me bajaba a comprar zapatos.

Hoy miro por la ventana –sigo en el mismo barrio– y no veo niños jugando. Hay chicos de fútbol en el pabellón nuevo, de inglés en clase particular, de natación en la piscina… Niños que se juntan para un cumple en un parque de esos con bolas. Críos que se quedan a dormir en casa de los padres de su amigo del cole… Pero ya no tienen su ‘panda’ del barrio. Como me acuerdo de Santi, Jose, Felipe, Ángel o Alejandro. O de Sotiris, mi amigo griego que venía todos los veranos. Fueron mis primeros amigos. Amigos de verdad.

Y creo que eso me ayudó a ser medianamente espabilado (aunque me la pegue, como cualquiera). Porque la calle no me enseñó a controlar los botones de la Nintendo, pero me regaló lecciones para manejar la vida.

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Mercedes y bocata de mortadela
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Álvaro Machín | 31-03-2008 | 17:58| 0

Esto de los problemillas económicos saca a flote esa ley no escrita tan santanderina de la apariencia y la economía del ‘qué dirán’. Las subidas del 20% del pollo, el 22 de las cebollas o el casi 10 de la pasta –la de comer, no la de gastar– se suma a mis propias fuentes de información (un par de dueños de bares, el encargado de una tienda de comida para llevar, un par de dependientas…).

Creo que muchos ya sabrán de qué hablo, pero me explico. La vida sube, sobre todo en lo referente a la cesta de la compra, y cuesta llegar a fin de mes. Da para menos, pero el orgullo de niño bien del centro de la ‘capi’ puede y hay que intentar, ante todo, que no se note. Hay muchas fórmulas. La primera es la de ahorrar en producto básico. Aumenta en el ‘Lupa’ el consumo de mortadela con aceitunas y el de lechuga. Las ensaladas están tan ricas… Encima va poniendo el ‘tipín’ para pasearlo por el Sardinero. Y si alguien le dice que le ve más delgado, contará, para incrementar su leyenda, que ahora da clases de pádel y ha retomado el tenis (sí, en Eurosport…). En esta técnica es básico atiborrarse con motivo de invitación a cumpleaños o festividad de ésas a las que sólo me llaman porque soy de lo mejorcito…

Y hay más. Dejo el ‘Gin-Tonic’ y me paso a la ‘Sanmi’, saco del armario la camisa de papá –versión ‘Cuéntame’– porque pongo de moda lo ‘retro’ y paso del cine porque no hay buenas pelis y ahora me relaja dar paseos por la zona marítima. Conclusión, no gasto un duro y vivo como un perro, pero sigo siendo el del cochazo que da vueltas por Cañadío aunque haya visto tres sitios, luzco moreno de cuando fui a esquiar (no creo que los esquís entraran en el solarium) y no pierdo una fiesta donde vamos ‘los más’.

Me contaron una vez que alguien de esta especie dijo que se iba a Maldivas de vacaciones. Le pillaron encerrado quince días en un piso de la calle Vargas… Verídico.

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Ponme otra a mí, que ella no paga
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Álvaro Machín | 31-03-2008 | 17:57| 0

Me fastidiaron el artículo hace ya meses. Pensaba yo –ingenuo e inocente– escribir de la decidida apuesta de los partidos políticos en Cantabria por la juventud. Pero con los respectivos números uno de cada lista me dejaron sin argumentos. Y ahí llegó Bernat Soria para, al más puro estilo ‘Poltergeist’, indicarme el camino hacia la luz. La lucha por la calidad del alcohol, el cerrojazo al garrafón, la propuesta más audaz para ganar el voto joven. Porque de éso, de copas y de alcohol dicen que sí sabemos…

Así que este último fin de semana me dejé seducir por Santander ‘la nuit’ para hacer un estudio de campo. Cañadío inspira tantas cosas… A las primeras de cambio ya tenía tema para este artículo: la desigualdad por sexo está presente en la noche de la capital cántabra. En más de un establecimiento hostelero –bar de copas, en jerga– se ofrece como reclamo segunda copa gratis para las chicas o invitación a la primera ronda sólo para ellas. Más aún, conozco dos lugares (de esos de ultimísima hora) que cobran entrada. Tienen derecho. Nada que objetar, salvo que el pago es sólo para ellos y no para ellas.

Entiendo el plan empresarial. Si vienen ellas, vendrán ellos, pero no por eso me deja de parecer injusto, sexista y hasta rancio. Y es que el discurso que late de fondo en todo este asunto es que ellas son trozos de carne que sirven de señuelo y carnada para que los machitos de la selva sin cerebro, pero con el celo encendido, acudan a la llamada del amor… Para mí chicos y chicas somos otra cosa, pero nadie lo reivindica. No hay asociaciones de defensores de no se qué, no se leen cartas de denuncia, ni surgen colectivos por la igualdad que hablen de ésto. Ni masculinos, ni femeninos. ¿Y si los hombres nocturnos de Santander en su conjunto dejáramos de ir a esos lugares? ¿Irían ellas entonces?

Me temo que mañana por la noche me encontrarán buscando respuestas.

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Sobre el autor Álvaro Machín
Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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