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Autor: amachin
SSS (Semana Santa Santanderina)
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Álvaro Machín | 16-04-2014 | 12:33| 0

Hay placeres tan cotidianos que no están al alcance de los que sólo son felices a base de lo extraordinario. Ponerse el albornoz al salir de la ducha, el tacto de las sábanas limpias, cantar a gritos en casa una canción de Perales, mirar fijamente el lunar que esa chica tiene cerca de los labios, sentarse en un sillón al sol con una copa de vino blanco o comer albóndigas gigantes en Casa Cofiño… Cualquiera puede hacerlo. Pero disfrutarlo es otra cosa…

 

Yo me propongo disfrutar estos días. Tengo tiempo y planes. Pero hay ideas, incluso, para el que no disponga de lo uno o de lo otro. Más allá de procesiones, bares, mercados, cines o conciertos hay un universo cercano con el que entrenerse. Pasatiempos de un santanderino de toda la vida. Mi amiga María, que tiene más arte que un pincel, dice que arde en deseos de ir a Cañadío para ver de qué colorines serán este año los pantalonucos que se traen los madrileños. Que nadie se moleste -de Madrid al cielo, de verdad-, pero es sublime. Ver los modelines de los que vienen a Santander como si fueran a Ibiza -esos pantalones blancos gaseosos- es una diversión muy nuestra. O escuchar pedir en las barras tercios, zuritos, cortos, peniques… Y hasta calamares… Que no se enfade nadie, en serio. Que les recibimos encantados, con nuestras dos caras y ese mirar cerrado de ‘¿y quién es éste?’ o ‘¿de qué familia es?’. Que aquí somos de reírnos mucho de los demás, pero poner mala cara al echarnos la vista al ombligo. ¿Cuántos tratarán (que sí, que yo lo he hecho) de acercarse a una chavala con aquello de ‘tú no eres de aquí y se te nota’?

 

(Sin acritud, aquí va un enlace)

 

Lo prometo, no quiero meterme con nadie (o con todos, incluidos nosotros mismos y yo encabezando el grupo, que así nadie se queja). Por eso propongo también para los de casa que hagamos turismo. Que seamos viajeros en donde vivimos. Porque hay una ciudad que no conocemos. Que subamos al funicular del Río como cuando pagamos por subir a los ascensores de Lisboa, que pisemos la Plaza de La Esperanza con la misma curiosidad que el Mercado de Las Especies de Estambul o que juguemos a encontrar el árbol grabado en el suelo de Mataleñas como la rana en Salamanca. Buscar la terraza que multiplica el sol -la de Los Girasoles- y saber que allí mismo, a un paso, está la farmacia que regentó el poeta León Felipe.

 

Aprendamos a buscar. A mirar de otra manera para descubrir la placa en latín del primer edificio que se construyó tras el incendio, para encontrar el cementerio inglés que hay entre casas en pleno Cazoña o para presumir antes del aperitivo en el Faro de saber que allí mismo hay tres bloques de piedra que eran un reloj de sol.

 

De verdad. Lo recomiendo. Igual ese paseo por ‘casa’ nos da hasta para un álbum bien bonito en el Facebook. Yo le daré al ‘Me gusta’.

 

 

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Con la cabeza alta
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Álvaro Machín | 27-03-2014 | 4:47| 0

El mundo, el de verdad, está a la altura de los ojos del otro. Se ve desde las ventanas del autobús y se siente cuando la brisa golpea de frente el rostro. La vida está delante.

 

 

Escribo esas dos primeras líneas y me las repito en voz alta al levantar la cabeza. Porque me culpo con frecuencia de llevarla demasiado abajo, de enseñar la coronilla y ese flequillo que va perdiendo fuerza. Y no hablo de resignación, que también nos sobra en estos tiempos. Sólo de pasar las horas con la mirada cuadrada y esguince en el dedo. Soy adicto al móvil, denunciado por los que me aprecian y consciente de mi patología. Pero tengo remedio porque aún levanto la vista y pienso en lo gilipollas que puedo llegar a ser cuando en una mesa, por lo bajini y casi a escondidas, consulto el Facebook o los puntos del Comunio.Aún veo, como esta mañana, unos labios preciosos en el asiento de al lado de la línea 17 y siento ese resolín tan nuestro en la mejilla traspasando el cristal. Me cuesta, pero aún tengo remedio. Entre actualización del Twitter y repaso a las fotos de algún pedorro en Instagram. Pero aún lo hago. Aún veo la vida sin editar la imagen.

 

 

 

La imagen está tomada de este sitio (interesante)

 

Me culpo. Porque yo también digo que he hablado con alguien sólo porque está en un grupo del WhatsApp (y hablar es otra cosa). Porque me atrevo a decir frases aplicando el corrector que no sé si diría en persona. Porque también he chocado con algo que no vi mientras caminaba. Ya no charlamos en el autobús sobre el tiempo. Cascos y mirada baja. Dedo frenético. Conectados al mundo pero molestos si el de al lado nos hace una pregunta. El móvil andando, en el metro, en el salón de casa mientras ves una película, en el cine, después de hacer el amor… Cervezas, amigos, conversaciones y teléfonos sin que nadie llame. Soy culpable, lo he hecho todo. Y soy imbécil. Por mirar el móvil antes de decir buenos días cuando me despierto. Por dejar de sentir la mirada de alguien que me está hablando. Por tonterías…

 

Y está bien el móvil y la conexión permanente (la posibilidad). No soy un nostálgico de aquellas llamadas al fijo con temor a que cogiera su padre (un poco sí, ahora es todo más fácil). Me viene de perlas en mi trabajo y también en las relaciones sociales. Es un avance y no hay vuelta atrás (yo no podría, lo asumo). Pero me propongo ser capaz aún de mirar por la ventana del 17 o descubrir esa boca de una chica estupenda. Me propongo mirar e, incluso, de vez en cuando, pasar un rato con el aparato en silencio, en el bolsillo y hasta apagado. Hay un punto de felicidad en la desconexión

 

Despedida musical

 

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'Todos a una, pero como yo diga'
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Álvaro Machín | 26-02-2014 | 7:04| 0

Ser santanderino y cántabro es, de entrada, un orgullo. Yo presumo. También un aprendizaje. Porque en esta tierra, ya con años, uno aprende a sentir temor a determinadas frases. Esa de ‘esto no es para Santander’ ya me dio para juntar letras hace unos meses. Me tiemblan las canillas cuando la escucho igual que cuando oígo a una ‘niña bien’ decir que ella no se echaría un novio albañil. O cuando le reprochan a una chavala maravillosa que se mezcle y sea feliz con uno de esos ‘santanderinos de toda la vida’ (juzgado así por motivos más que superficiales). Paso de lo uno y de lo otro.

 

Pero últimamente tiemblo con el ‘todos juntos’, con los consensos y las intenciones que van de la mano. En aquel diccionario de ‘cántabru’ que tanto dio que hablar deberían traducirlo. Porque el ‘todos juntos’ en la tierruca es ‘todos juntos, pero como yo diga’. Y, si no, nada. Sobran ejemplos. En el caso Racing, en nuestro Parlamento y, en general, cada vez que cuatro tíos intentan ponerse de acuerdo en algo en este precioso trozo de mundo. Aquí lo de trabajar en equipo sólo se aplica al deporte. Porque, más allá, cuesta. ‘A ver si a éste le van a dar más que a mí…’ (piensa algún marido al salir de la reunión), ‘A ver si fulano va a sacar más que tú…’ (le dice alguna mujer al mismo marido cuando llega a a casa).

 

Ya antes de desbancar a los desvergonzados que secuestraron el Racing se palpó en ocasiones ese conmigo o contra mí que, particularmente, me atemorizaba en el proceso. Esa forma de medir racinguismos como los niños chicos se miden el pene. Porque había que desbancarles -y se hizo, menos mal- pero a la solución le tardaron poco en salir las banderas. Y lo mejor (o lo peor) es que yo creo que en esto todos tienen buena intención, pero somos demasiado cántabros para ponernos de acuerdo (y que nadie entienda que reparto culpas o razones, porque en esto pecamos casi todos). En eso y en tanto. A las victorias, aquí, les salen mil padres. Y a las derrotas, mil primos a los que cargarles el muerto. Porque la vía rápida para tener razón es desacreditar al que propone otra cosa.

 

Me tocó sesión parlamentaria hace poco en la calle Alta. Más allá de sentir cierta vergüenza ajena porque en un Pleno se hace poco caso al que habla, pude asistir a un consenso político (que es como asistir al paso de un cometa). Sin entrar en detalles, todos contra el fracking. De eso iba. Bien. Pero la intervención de cada portavoz fue como vaciar el cargador de un Kaláshnikov en los movimientos del resto. En algo en lo que estaban conforme todos. Será el juego político… Prefiero la brisca.

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La otra justicia
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Álvaro Machín | 27-01-2014 | 1:28| 0

Santander está lleno de tribunales. Es una urbe harta de justicia. Aquí no se amontonan las demandas, todo buen fiscal actúa de oficio y los juicios son, más que rápidos, veloces. Andamos sobrados de sentencias. Nos encantan.

 

Son procesos de barra de bar, de luz medio apagada. De ‘ten cuidado con ese’, de ‘sé de buena tinta lo de aquella’… No cabe recurso. Una sentencia es una sentencia, sin atenuantes y sin derecho a defensa. Tribunales implacables con una ley moral ancha cuando sale por los labios y estrecha si se cuela por el culete de cada cual. Pero, por supuesto, bien intencionada. ‘Te lo digo por tu bien’.

 

Es un juicio de versión única. Con testigos desconocidos que siempre vieron todo o amigos de amigos de otros amigos. Esos son los que siempre saben. Los que conocen. Gente fiable que sale bajo las piedras cuando nadie mira. Hay alegatos memorables ante el tribunal, tendentes a hincharse como las mentiras contagiosas. Como los pisos en los buenos tiempos. Que, de mano a mano, iban engordando la codicia.

 

Serás culpable hasta que se demuestre lo contrario. Y, si se demuestra, también. Porque ‘por algo será’. Esa es una gran frase de los justos, que saludan con la sonrisa falsa el domingo por la mañana por el Paseo de Pereda. Justos de vida aburrida. Tanto, que necesitan llenarla con la de los demás.

 

 

Y luego dicen que la justicia no funciona…

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Las uvas desde el box 18
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Álvaro Machín | 03-01-2014 | 1:49| 0

En la mesita de noche del box número 18, a eso de la una de la mañana, hay una botella medio vacía de agua que ya está caliente, unas gafas, un móvil con poca batería y una caja de color rojo en la que puede leerse ‘Navidad, dulces de Navidad’. En la papelera, el envoltorio vacío de las doce uvas. Y, bien cerca, la imagen de la bacinilla posada en el lavabo contrasta con los restos de una docena de pasteles. La paciente está dormida, aunque no ha apagado la luz. «¿Quién me iba a decir a mí que iba a pasar la Nochevieja aquí metida?», comentaba un día antes, mientras esperaba en un pasillo del hospital, junto a otros muchos, que le encontraran un hueco y le dieran los resultados de unas pruebas. Entre sueños, no se da cuenta que tres personas han corrido la cortina. Son tres de sus cuatro hijos. A Gracita, que se despierta sobresaltada, se le ilumina la cara. Ya le habían deseado ‘feliz año’ por teléfono. Ellos, los nietos, el yerno y la nuera… Un instante después de las doce. Pero han venido para darle un beso. Cinco minutos y una historia. Una de tantas en tantos hospitales.

 

Cuando llegan a la UARH de Valdecilla (Unidad de Alta Resolución Hospitalaria), el silencio sólo se rompe por la conversación del box de al lado. Allí están cenando las enfermeras y las auxiliares. «Primero comemos las uvas y luego cenamos. Solemos hacerlo así siempre». Más que cenar, tratan de crear una atmósfera que acerque un lugar como éste al otro, al que ve a Los Morancos en el salón y repasa las actuaciones de todos los años mientras suenan cohetes y petardos –desde aquí también se escuchan, pero a lo lejos–. Por eso, el árbol adornado con bolas azules y plateadas junto al mostrador y una fila de máquinas. Y, por eso, sus compañeras del turno anterior les dejaron la mesa preparada y hasta unas bolsas de cotillón listas. Ese fue el ‘trajín’ de la tarde. El diferente al de otras tardes. Porque aquí el vete y ven es la rutina. Una trajo vasos de colores y servilletas del Mercadona y la otra, pelucas y labios gigantes de un chino. «Yo ya he dejado preparada la cena», «que pases buena noche, ¿vas a tu casa?»… Lo típico, pero entre aparatos para medir la tensión, rondas con el termómetro, meriendas de dieta blanda y el sonido de un hombre al que intentan hacer recordar cómo se cuenta del uno al cinco, todo parece mucho más realista.
En esta sala, porque hay dos, esta noche forman equipo tres enfermeras y dos auxiliares. Están pendientes de los 17 pacientes que hay en la lista. A algunos –hay 23 boxes– les han dado «permiso». Les dejaron ir a casa a pasar la Nochevieja con sus familias, pero con la obligación de volver al día siguiente. A uno, de hecho, le trasladaron a eso de las diez y media. Gracita estuvo a punto, pero un susto por la mañana hizo pensar a todos que lo mejor era quedarse. Por eso, por la tarde, tuvo que repasar con su nuera por teléfono la receta de la salsa de los calamares. Dichosos calamares. A una mujer de 77 años pendiente de una intervención pueden crearle más tensión esos calamares que la anestesia. Las madres son (y todos lo seremos a su edad) así.

 

A las ocho le sirvieron la cena. Especial. Entremeses variados (chorizo, salchichón, queso, un par de langostinos…) y rape en salsa americana, además de la cajita roja del ‘Navidad, dulces de Navidad’ y las doce uvas. El que puede, claro. Falta tanto para las doce, que, una hora antes de las campanadas, el bullicio, si acaso, son un par de ronquidos en los boxes. Mucha tranquilidad mientras las trabajadoras repasan el listado de pacientes y hacen ronda de tensiones y termómetros. «Venga, que ya queda poco». En el box de la cena del personal hay un ordenador portátil. Es la ‘Puerta del Sol’ de la UARH. Y bajito, para no molestar.

 

Algún acompañante, de los que apenas dormirán en esas butacas que debió diseñar un mal tipo, hace de intermediario. Se coloca lo más cerca posible y canta las campanadas. «No, espera, que esos son los cuartos», le dicen a Gracita desde la puerta del 18. Como en casa, como todos los años, pero nada que ver. «Ahora, ahora». Se las come todas. Bueno, casi, porque se da cuenta que una se escurrió entre la colcha y la sábana. No importa. De la cortina del box catorce asoma la figura de una señora con un vaso y las uvas dentro. «Venga, mujer». Sonríe y saluda con la mano, pero no. «Es que estoy con mi marido». Las come desde allí. Y se encienden algunas luces más en la fila.

 

Suenan los teléfonos. «Tranquilos, que estoy bien aquí. A ver si todo sale bien y el año que viene vuelvo a estar allí como siempre, con todos vosotros. Yo también me acuerdo mucho de todos». Se escucha algo así mientras las enfermeras se besan y brindan. «Por todas, para que tengamos un buen año». Es el momento clave. Luego, poco a poco, silencio y luz baja. El sonido, muy de vez en cuando, del timbre de llamada de algunos pacientes. Y fuera, más allá de los cristales de las dos puertas de la Unidad, ya no se ven las dos camas ocupadas que había en los pasillos de Urgencias.

 

Porque ya son casi las tres al llegar a estas líneas. Porque Gracita, que es mi madre, ya está dormida del todo y porque hace casi dos horas que sus otros tres hijos, que son mis hermanos, se marcharon a casa. Feliz 2014 desde la Unidad de Alta Resolución Hospitalaria.

 

P.D. Este artículo fue publicado en las páginas del periódico en papel el día 2. Normalmente este blog recoge otro tipo de artículos, pero alguno me ha preguntado por éste, que no apareció en Internet y he optado, con vuestro permiso, por compartirlo.

 

 

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Sobre el autor Álvaro Machín
Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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