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Autor: amachin
Lo que aprendí este verano (II)
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Álvaro Machín | 14-09-2014 | 7:46| 0

Escribir, como cantar, es adictivo y hasta útil. Dicen que el que canta, su mal espanta. Y es más sano espantar los males cantando o juntando letras que ahogándolos junto a los hielos en vaso de sidra (y lo sé, porque también pruebo). Aunque moleste. Sólo eso explica, digo yo (que soy un rebelde de perfil bajo y me niego a no poner la tilde en ‘sólo’), que después de tres días de velas, inauguraciones, paseos junto a un rey y funerales ilustres con sus correspondientes crónicas larguísimas, aquí me encuentre. En la habitación llena de trastos de la calle Argentina después de un paseo por un Santander que anda bonito este septiembre. En mi día libre. En domingo.

 

Son ganas. Dice una chica de ojos increíbles que me gustan demasiado los escenarios y yo no sé como explicarle que me vuelvo vulgar cada vez que me bajo de uno. Si va de los estribillos de mi verano tengo que decir que descubrí estos meses que ‘se me va la voz’ y que, últimamente, ‘mejor ya no digo tu nombre’. Que ‘ni ayer ni hoy ni nunca es un buen día para mandarte flores’ y que ‘puedo ser un cabrón, pero no un tonto’. Y ‘lo noto’.

 

Qué de cosas este verano… Yo que reñía a los que andaban descalzos y ahora he mandado las zapatillas a la vitrina de un museo. Una gozada poner el pie sin fundas en el suelo al despertarme (con menos durezas gracias a los consejos de un blog de aquí al lado). Y que gozada el paseo por la ciudad de esta mañana. Más allá de unos debates que cada vez me cogen más lejos y de unas guerras internas que no harán que me salgan callos en las manos por cavar trincheras. No quiero que me oígan por gritar mucho o por criticarlo todo (pero apoyo la vigilancia y la denuncia). De Santander me van sobrando ironías y males al prójimo. Sea de derechas, de izquierdas o del centro. Grite podemos o reparta aplausos. Ando sobrado de dimes y diretes políticos y de ingenios periodísticos destinados a leerse entre ellos. ‘Que lo que escribas, lo entienda mi madre, que va para ochenta’. Es lo que más repito a los chicos de prácticas que me preguntan algo. No soy quién para enseñarles mucho más y menos para dar lecciones. Las personas son lo que importa. Lo único. Nota para gestores de lo público e informadores.

 

Cada vez que hay que acreditarse salen periodistas de debajo de las piedras. Pero no veo fotos suyas ni tinta en ningún sitio. Me lo decía mi amigo Nacho el otro día. Que hay que cuidar un poco la profesión. Sí, Nacho, tienes razón. Es como con las entradas en esta ciudad. Para el teatro, para los conciertos… Hay gente que te llama para pedirte alguna y luego no te saluda cuando se cruza contigo por el Paseo de Pereda. Hay que tenerlos cuadrados para eso… A muchos les veo en eso de las zonas VIP. De gorra siempre.

 

Un poco destructivos sí que somos los santanderinos… Muy del ‘que se joda’ el que tuvo la idea y del ‘ésta se ha debido tirar a alguien’. Muy injustas. Las dos me las han contado hace poco. Cada vez menos, eso sí. Lo dice un orgulloso santanderino de toda la vida. Pero con algún kilómetro a la derecha y a la izquierda del mundo para saber lo que de rancio también contiene esa frase. Por eso, hoy, en el paseo y en este verano intenso me da por hablar bien de gente, de vecinos. De los que ponen el escaparate de la Librería Gil, que me encanta. De los de la ginebra Siderit (que también me encanta). Del dueño de La Gallofa, al que he conocido hace poco y que me ha parecido un gran tipo (más allá de que lo esté petando con su empresa y su acierto). Del chaval que se ha inventado esas camisetas –y su hermana, que me ha contado la historia- con ‘The raqueros’ (Northway se llama su marca). De los que organizan las fiestas de mi barrio. O sea, de la gente que conjuga el verbo hacer en el reino del ‘Esto no es para Santander’ (ya, sé que lo pongo siempre, pero es que es mi cruzada). Digo que me gusta mucho como ha quedado la Duna y el dique de Gamazo y que espero que los chicos de las velas se lleven una buena impresión de mi ciudad. Porque lo deseo.

 

La camiseta que he comprado

Y, al margen, si va de las cosas que he aprendido este verano no puedo dejar de decir que no suelen conducir a nada las respuestas que empiezan por un ‘ya si eso’ o un ‘vamos hablando’. Son como el ‘ya quedaremos’. Que no creo en horóscopos, pero que hay días que parece escribirlo un tipo que te espía. Que antes, cuando uno quería dar un cambio de rumbo a su vida, empezaba por cortarse el pelo y ahora cambia la foto y el estado del WhatsApp. Que me encanta esta frase de mi amigo Pablo: ‘Lo bueno del anonimato, lo verdaderamente luminoso, es que te puedes morir sin comentarios’. Que tengo pendiente volver a comer tarta con cerveza en Notting Hill con alguien con un futuro prometedor y que encender un fósforo quita el olor del baño después de… (una amiga lleva una caja de cerillas en el bolso cuando sale de copas por Cañadío). Que es una lástima que no me dejes ayudarte a quitar esa mochila de tristeza que se te ha pegado a la espalda. Que la soltería cerca de los cuarenta da para una película tipo ‘Love actually’ y, por último, que le debo mucho, muchísimo, a personas que no conozco y que me siguen regalando su cariño. Tal vez porque no me conocen mejor…

 

P.D. Como siempre, si alguien se molesta, que sepa que me pongo el primero en la lista de pecadores de todo lo que critico.

 

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Lo que aprendí este verano
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Álvaro Machín | 08-08-2014 | 12:02| 0

En el verano 37 sigo aprendiendo. Hasta empapo mejor. Tal vez por estar ya en la mitad de esta carretera, tal vez porque de tanto estar solo me perdono más todas mis miserias…

El caso es que últimamente he aprendido que no es bueno empezar las frases por ‘es que lo normal es…’ ni terminarlas con ‘es que eso no es normal’. Que Santander la noche de los fuegos es Giancaldo el día que sacaban el proyector de cine en una barca y que no puedes fiarte de los monos de Sri Lanka. Que no quiero pasar las vacaciones en lugares en los que hay que madrugar si quieres coger sitio para la sombrilla, que Jennifer López suena a Camela la segunda vez que canta en ‘Sube la adrenalina’ y lo que quiere decir Romeo Santos cuando suelta eso de ‘llévame contigo aunque sea de chaperón’...

Este verano he aprendido que algunos somos malos, muy malos, pero acabamos estando cuando los buenos se quitan la careta y se tiran del barco. Que es una verdad como un templo eso de ‘consejos vendo…’ y que no me creo a los solteros (y solteras) talluditos (y talluditas) que culpan a todo el mundo de su soledad. Que a los niños no hay que meterles en las trifulcas entre padres, que hay muchas familias bien de Santander construidas a base de medicina de American Beauty y que en los gabinetes de prensa de algunos pueblos de Cantabria te envían el programa de fiestas junto a una foto del alcalde.

He aprendido que hay naves que laten gracias a personas que hacen que una mañana de domingo quede en la memoria para siempre, que no me da pudor reconocer que me encanta ‘el potrillo’ y que me vengo arriba -con un punto cachondo- con lo de ‘con tu física y tu química y también tu anatomía, la cerveza y el tequila…’. Sí, que a veces yo tampoco puedo más y que tengo pendiente una noche loca. Que quiero seguir emocionándome con canciones y llorando con películas. Que el poder tiene miedo en este país. Que hay circos que sí son quimeras, que el agua del Cantábrico es un reconstituyente maravilloso y que nunca es tarde para superar miedos y escalar montañas (Sigiriya es mi montaña para siempre).

He descubierto que tengo muy alto el GGT, que tengo que comer más fruta y que ese descubrimiento de salir a correr me viene de maravilla. Que en Capri tienen helado de Tiramisú, que mi amigo Kiano sabe lo que se hace en ese restaurante (Cadelo) que ha montado en el Río y que en Totero hay un lugar donde se come de escándalo. Que mi hermano es un artista (y no solo por los pinchos de El Diluvio), que me encanta el regalo de subir al escenario con The Gordini y que subestimé a mi amiga Eugenia, capaz de diseñar noches perfectas con todos sus detalles (debe venirle de su madre, que ha sido mi confesora cuando más me ha hecho falta). Hablando de amigas, que María tiene un par y que escribe de escándalo, que Marta me odiaba aunque ella siempre me cayó bien y que otra Marta sigue teniendo la cara de sol.

Acabo, que mientras escribo igual me estoy perdiendo algo. Me queda en el repaso decir que he aprendido que todos los programas de fiestas ‘son variados’ en las frases de los periódicos, que Santander es ese maravilloso rincón con su toque rancio, que primero es la romería y luego la verbena, que la afición del Racing es la mejor de mi mundo y que me he propuesto pensar menos y fluir más. Sí, eso de ‘be water’.

Y aún queda verano, aunque aprendí -esto ya hace tiempo- que a estas alturas ya se pasa volando…

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Pequeñas historias de veranos santanderinos
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Álvaro Machín | 29-07-2014 | 4:30| 0

Serán las horas a la sombra. Escribir -y, sobre todo, editar- las páginas de fiestas te deja la piel blanca en los días de sol. Eso alimenta la nocturnidad y, en los ratos muertos, las carreras de la memoria en este verano 37, convertido en la montaña rusa que ya no viene a las ferias (ahora está el ‘súper ratón’ y su ametrallador ‘que te como, que te como’).

 

Todo era más fácil cuando el principio era la hoguera de San Juan. Veranos sobre la planta acolchada de la gruesa suela de unas J’hayber. Me pasé horas viéndolas en el escaparate del Bazar Juvenil, en Vargas. Nike era de niños bien y los de barrio mirábamos aquello de ‘Air Jordan’ como se miran los catálogos de EuroDisney. Lo más cercano era la camiseta del Mundobasket 86 con las dos jirafas que regalaban con el Cola Cao (fue la evolución en el tiempo y en la moda de la de la Carrera Popular Pryca) y ponerse un par de muñequeras como aquellos tipos que aparecían en el Gigantes. Bajábamos a la calle a jugar partidos con las normas que los de Coca Cola han bordado en los anuncios (la ley de la botella, mete gana, acaba cuando al del balón le llaman para cenar…). Jugábamos a ver quién era el primero en bajar justo cuando terminaba la serie de las tres y media. Que sí, que todos nos acordamos de ‘V’, ‘El coche fantástico’ o ‘El equipo A’, pero recordar ‘El halcón callejero’ y ‘El trueno azul’ tiene más mérito. Y tararear la sintonía de ‘El gran héroe americano’ es una seña de identidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Guardo todos esos recuerdos en la mochila azul de SAM/RAM. La de ir a una playa con más sombrillas que las de ahora. Las dos horas de la digestión y el paso vergonzoso tras el baño de coles por aquel faldón enorme de tela con bordados bautizado como cambiador. Cerrado al cuello. En el Sardi, saltos al vacío a la arena desde la acera del Parque. En La Magdalena, colas para la zambullida desde el embarcadero. Presumías de haber ido nadando hasta la Isla de los ratones, pero no contabas que la marea estaba tan baja que hacías pie casi todo el tiempo. Y los fines de semana, a Noja. El maletero del R8 llevaba provisiones suficientes para sobrevivir a un holocausto caníbal.

 

Ya con más edad había tarde de ferias. Las llegué a ver en La Alameda y, por La Albericia, tuvimos que salir corriendo porque quisieron pegarnos. La ‘Ranita Smith’ y aquel año que vino a la ciudad ‘El pasaje del terror’. A la hora de comprar helados, cisma. Ser santanderino es decidir entre Regma, Capri o La Italiana y haberse comprado zapatos en una zapatería del centro que tiene columpio. Eran años de elecciones: VHS, Beta o Sistema 2000. Vi Rambo II en casa de mis primos, en Madrid, tras una tarde en un videoclub (como ir de safari). Aquello era increible.

 

Con los granos, los nervios (de lo primero tuve pocos, pero de lo segundo…). Grabar éxitos de la radio en casettes apurando para cortar al locutor. La primera visita al Covent Garden. Me puse una camiseta blanca de Nike -ya era ‘mayor’- de manga larga y cuello alto. Modas (creo que no puede haber nada más feo) y tardé casi una hora en decidirme a llegar hasta la puerta y pagar las 100 pesetas de la entrada (dentro, zumo de piña, ñoño total). Con carrerilla, después, el Swing, el ‘No’ (que fue Pentágono)… Yo sí que recuerdo el ‘Línea de Playa’ y ‘La Real’ en lo que ahora es un Lupa. O la calle Panamá cuando allí no se ponía el sol.

 

La noche de fuegos merece capítulo aparte, pero de eso me tocó escribir el otro día. (Aquí lo tienes)

 

Era otra cosa. En mi calle nos sacábamos unos durillos diciendo a los que iban a la Plaza de Toros que les cuidábamos el coche. A los toros o a los conciertos (yo estuve en el de Sting -que no es una leyenda urbana- y en el de Emilio Aragón -que lo petó un verano con olor a pies-). Nos daban la pasta y nos íbamos a la tienda de Fermín a comprar Flashes (y allí quedaba el coche, claro). Viviendo allí, la visita de Miguel El Torero era un clásico. Un año con las peonzas, otro con la mano de pega… Lo que tocara. Hasta que tocaron las chicas, que fue como descubrir a los Reyes Magos.

 

Bueno, sigo editando. Ha sido un desahogo de recuerdos. El reloj de la redacción marca las dos de la tarde. Hay mucho que hacer todavía y, aunque mire el móvil cada minuto y medio, no acaba de llegar el mensaje que espero. De una chica, claro. Como si hubiera vuelto la montaña rusa. En el verano 37 seguimos con eso…

 

Nota: si pinchas aquí encontrarás 10 señales de que creciste en Santander

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El regreso de los 'modelnos'
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Álvaro Machín | 01-07-2014 | 11:03| 0

Pido disculpas por anticipado. Pero es que las curvas me han traído de regreso a la noche. No es uno de esos regresos al estilo de Adriano, el futbolista, y espero que tampoco sea una cuestión de no haberme sabido retirar a tiempo (la ‘Boomer’ llaman mis amigos con muy mala leche a una mítica porque estiró su juventud tanto como su rostro). Y en este caminar en círculos he retomado el asunto de una raza que prolifera como los plumeros. Una especie invasora. El ‘modelno’.

 

El ‘modelno’ no mira, perdona. De lunes a viernes espera agazapado desde la tercera fila de la vida y lejos de un telediario mientras sigue con lápiz y papel a los tronistas. Pero el sábado mira por encima del hombro a un mundo que no se ha sabido poner al día. Que no sabe posar de ‘photocall’. Es el día del ‘selfie’, del cuello subido, de la ceja recortada con escuadra. Él no se viste, se diseca. Hace de su aspecto el plano de un ingeniero de caminos, canales y puertos. Capaz de no sudar pese a ese ‘look’ de camiseta con gorro de lana en un local más caliente que el infierno. A él no. No se le arruga la camisa, que parece pegada con Prit a un cuerpo que se olvidó del sabor de los callos con patatas.

 

Sí, son las tres de la mañana y estoy escuchando a ‘Diego, el Cigala’ cantar ‘El día que me quieras’ echando de menos. No me lo tomen a mal, que a estas alturas de la biografía soy muy formalito. Son cosas de la vida. Pero es que el ‘modelno’ se pone en medio, justo entre la chica con la que hablas y la conversación que tratas de mantener. Él es infalible. ‘¿Cómo vas a estar con éste, que no puede ponerse más escote que su novia?’.

 

Él sueña con una Ibiza de plástico, con neones y con ir a la tele (sin nada que contar pero con la camiseta pensada). No tiene marcas del sol porque nunca llegó blanco a la playa. Una vida entregada al bronceado y a la talla. Una mística Santa Teresa del abdominal.

 

Déjalo Álvaro, en serio. Estás en bucle. Son casi las cuatro y Diego canta ahora ‘Si te contara’. Párate a escuchar, a regocijarte y deja de pensar en esos dos que has visto en el último bar de una noche santanderina que se te escurre entre los dedos… Deja de imaginarlos haciendo un vídeo ‘happy. Perdonen las molestias. Tal vez bebí más de la cuenta. Tal vez me haya vuelto un antiguo… Pero es que de ‘modelno’ no me veo.

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Dar forma a la luz
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Álvaro Machín | 05-05-2014 | 5:24| 0

Este artículo tiene trampa. Pequeña, como las de los niños chicos que juegan al Parchís con papá. Pero trampa. Se publicó hace poco en el periódico. Sobre papel, ese material sobre el que algunos nos movemos con más certezas que sobre el mundo. O sea, que no es nuevo. Pero me apetecía traerlo a un lugar llamado ‘El paseante’. Aunque nada tenga que ver con lo que por aquí enseño últimamente. ¿Por qué? Porque las farolas han alumbrado muchos paseos.

Dar forma a la luz

Cuando el hombre consiguió la luz hizo el mundo más suyo. Las ciudades son ejemplos de una luz modelada. La Piaf nació bajo el calor de una farola de la parisina calle de Belleville. Eso es nacer mito. Y nacer, no consta. Pero en Santander se ha bebido y se ha besado junto a las luces tenues. Hay una geografía física, histórica, llena de memoria y hasta poética de farolas santanderinas. Viajeras, artísticas, útiles o simbólicas. Quién no almacena un recuerdo junto a una farola no tiene nada de nada. Rien de rien, que cantaba Edith.

Al adolescente le daba vértigo seguir a su chica hasta esa farola al fondo del espigón. Ni las hormonas podían con el vértigo de la Bahía a los dos lados. Esa, la del Palacete del Embarcadero, en el muelle, es farola de beso en los labios. Pareja que huye del bullicio del viernes con la luz encendida y foto de recuerdo con la postal al fondo cuando está apagada. Carne de amor y de turismo. Es una de ellas. De las famosas. A la de Las Cuatro Estaciones le gusta darse paseos por la ciudad. Es viajera. Ahora, en La Alameda, antes (dos veces) frente al Ayuntamiento y también junto al Mercado de La Esperanza. Desde 1913 dando tumbos por un Santander lucero. Una ‘STV’ cincelada por José Quintana. Con curiosidad y todo. ¿Sabe usted quiénes son en realidad las cuatro estaciones? Pues las cuatro son una sola (o todo parece indicar eso). La modelo que posó para Quintana –según se ha escrito– era una tal Basilisa García Herrera, aunque todos la conocían como Luisa. Era de Polanco y reguapa. Parece ser que el escultor le pagó a la chica veinticinco pesetas por sesión. Y eso en Santander se paga con apodo, ‘La veinticinco’. Para nota la historia, sólo al alcance de los muy faroleros.

La dedicada a Pío Muriedas, la de José Hierro, la de Numancia, la de Perines, las de los querubines, los adornados faroles de la iglesia de Santa Lucía, las del Paseo de Pereda… Lámparas con nombre propio que se ganaron la medalla de ser reconocidas más allá de alumbrar. Du¬rante años, lentamente. Porque la luz de estos gigantes parece viajar más despacio que esa tan veloz de la física y los ceros. Como si ralentizara el paso de las horas y retuviera el tiempo. Retener un rato, como a los jóvenes y a los que aún quieren seguir siéndolo en Cañadío. Una más, que es pronto, no te marches todavía. Esas farolas de la plaza sí que lo han visto todo… Si ellas hablaran, luz y taquígrafos. La copa de más, las miradas de quien echa de menos… Y también las risas necesarias y los gritos a destiempo. La farola de Cañadío es generacional. Los mismos niños que jugaron al balón a su alrededor apoyaron en ella una cerveza a medio beber más adelante. Y, después, ya ancianos, sentados en su base, recordaron lo uno y lo otro.

Las famosas y las desconocidas. Porque hay muchas que nadie echaría de menos, salvo los pájaros. Luces en serie de cadena de montaje que no pasaron de ese concepto gris de mobiliario urbano. Fotocopias lumínicas que hacen de la utilidad su virtud. Tan triste como vivir sólo por ser útil. Sin nada que contar y sin más recuerdo que el del papel pegado ofreciendo en la base servicios de fontanería o cuidado de ancianos. Las que están en todas las ciudades del mundo pero no son de ninguna.

Historia urbana de luces y sombras. Ahora, por esta crisis hasta de palabras, en las farolas del centro ya no se encienden todos los focos. Dos o tres, que ya se ve con eso. Hay que ahorrar y ser inteligente. Y eso está bien. Pero que nadie nos apague las luces. Ni los besos.

Nota: Artículo publicado en la edición en papel de El Diario Montañés junto a unas maravillosas fotos de mi compañero Celedonio Martínez. En la sección ‘Mapas visuales’ del 20 de abril de 2014. A los que lo leyeron, les pido perdón por la trampa. El mundo está lleno de ellas y esta, francamente, no me parece tan grave…

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Sobre el autor Álvaro Machín
Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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