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Autor: amachin
El pincho de después
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Álvaro Machín | 13-07-2015 | 12:53| 0

Los libros de viajes rara vez incluyen los regresos. El camino de vuelta. No suele haber capítulos para esa parte de la aventura que parece morir al cerrar la cremallera de la mochila. A mí me gusta irme, pero también volver. Van en el mismo lote de la experiencia. Y tengo liturgias de ida y vuelta cuando paseo por la bola del mundo. Liturgias con los cinco sentidos. Me gusta ver Santander desde el aire y jugar a reconocer por la ventanilla del avión. Esa playa, ese monte, Peña Cabarga, Liencres… Cuando vuelves a bordo del Ferry, todavía lejos, una legión de gaviotas y cormoranes aparece como un pelotón de bienvenida con pista de despegue en Mouro. Vista. Al oído le dejo alguna canción de Enrique Urquijo o de Quique González mientras voy sacando la ropa sucia de la maleta y abro las ventana de la cocina para airear la casa y ver si han sobrevivido las plantas. Ahí juega el olfato, porque abrir la bolsa es revivir los aromas de lo que fue un destino. Pocas cosas son tan evocadoras de algo o de alguien como lo que se cuela con fuerza por la nariz.  

El gusto es muy personal. Mi manía sabe a tortilla de patata. Llegar, ducharme, ponerme pantalones cortos (cuando los llevo tengo la sensación de vivir en vacaciones) y bajar andando por el Parque del Agua o por La Alameda a alguna de las barras que no fallan nunca. Es el pincho de después y sabe a gloria. Tengo sincio (una de esas palabras propias por partida doble: porque es muy de aquí y porque la usaba mucho mi padre) casi desde que me marcho. El primer bocado sabe a regreso, a casa, a tierra… Cosas de un tipo maniático que siempre comía un pincho después de poner el último punto a cada examen en la universidad.  

Luego llegan los otros retornos, con los sentidos ya muy mezclados. Ir a comer a casa de mi madre, ver a los amigos, recorrer el centro y seguir andando hasta El Sardinero por Reina Victoria, tomar copas en Cañadío, los recados pendientes, la tarde en el sofá… Los viajes que hay dentro del viaje. Y últimamente ando algo obsesionado con seguir viajando sin marcharme. Con eso tan manido y tan abandonado de ser turista en tu propio lugar. Porque parece increíble que un viajero extraño conozca los rincones que se le escapan a un vecino. Y en Santander (como en todas las ciudades) siempre hay lugares pendientes. Hasta tesoros. Ella se asombró como yo con la biblioteca del Trinity College y sus filas de conocimiento. Mágico (y no porque fuera escenario de algunas escenas de Harry Potter). Muy recomendable. Paseó entre los bustos blancos de los sabios y se hizo fotos junto a la escalera forjada de caracol después de asomarse a la vitrina del libro de Kells. Luego paseamos por St Stphens Green y estaba tan cansada que se quedó dormida en un banco. Fue Dublín, pero también Santander un sábado por la mañana. Está feo eso de comparar (no es comparable, ni mucho menos), pero más perderse la vista cercana de otra biblioteca que está aquí mismo. Por eso volvió a asombrarse con la sala de Don Marcelino, en pleno centro. Con la explicación de la vida del sabio, por su afán por recopilar conocimiento y con el lugar donde descansa su legado. No cuesta dinero y la mujer que nos abrió la puerta (las visitas son de lunes a viernes) nos explicó los detalles con el encanto de las cosas que se sienten. Luego visitamos la casa de los Menéndez Pelayo y nos fuimos de allí sabiendo algo más que cuando entramos. Fuimos, como si formara parte de la liturgia de un viaje de vuelta, a comer un pincho de tortilla…

PD. Faltaba el tacto entre las costumbres del regreso: coger la mano a la persona que más me echó (y eché) de menos en el último gran viaje. Si alguien espera nunca se viaja solo.

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¿Votar a Sergio o a Pilar?
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Álvaro Machín | 19-05-2015 | 6:48| 0

Siento pereza política. No puedo negarlo. Esto de la campaña (y la precampaña) se parece a la sensación de despertarme a diario y escuchar por la radio el mismo ‘They say we’re young and we don’t know…’ que Bill Murray a las seis de la mañana. Que los que llevan toda la vida pidan tiempo para rematar el proyecto es tan aburrido como que los que estuvieron antes aseguren que ahora tienen la llave para resolverlo todo. Y, para colmo, los que pretenden desalojar a unos y a otros no son capaces de ponerse de acuerdo ni para fijar la hora de bajar a tomar un café. Lo dicho, pereza (y cada uno que elija al que quiera).

 

Pero hay debates que me tienen entretenido más allá de visitas a un gremio seguidas de promesas de planes estratégicos y estudios consensuados para hacer que el mundo sea mucho más maravilloso. Mi amigo Sergio decía el otro día en el coche que estaría bien que el domingo, para las mesas de los colegios electorales, llamaran a personas desempleadas. Que a ellos les vendrían mejor que a muchos los sesenta euros (antes pagaban algo así, ahora no sé cuánto) y que ese día les apareciera como cotizado a la Seguridad Social. Y más en estos tiempos. Mejor para ellos, mejor para los que les toca y no quieren y para las empresas que tienen que darles después medio día libre a ‘los elegidos’. El sorteo es cosa de los ayuntamientos, según indica la Ley. A Pilar, otra amiga, no le parece bien la idea. Dice que el sorteo para elegir cargos y vocales debe ser universal (lo es con unas condiciones lógicas de edad), como el sufragio, porque eso forma parte de la misma garantía de limpieza del proceso. Además, considera que eso de contar con desempleados tiene más de caridad que de medida social. Que a los parados no les saca de nada cobrar por ese único día (y sí que se establezca una renta social básica y políticas que de verdad generen empleo).

 

Pues nada, que cada piense lo que quiera. ¿Sergio o Pilar? ¿Un pacto entre ambos? Pensaré en ello mientras sigo paseando entre carteles con caras y fotos que parecen mirarme desde los autobuses del TUS.

 

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Un 19 de marzo
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Álvaro Machín | 19-03-2015 | 2:43| 0

Será el día libre o que este Santander es capaz de amanecer con lluvia e instalarse a media mañana en un día precioso. Como si pasara por las estaciones de la biografía a cada rato. El caso es que este jueves está lleno de ‘tal vez’. Tal vez porque tiran la peña Eguía y a ti te gustaba el boxeo (te hubieras divertido viéndome pegar al saco donde Barquín, en La Atalaya, hace ya unos años). Tal vez porque el Racing me duele y al Madrid no lo acabo de ver. O porque te imagino riñendo con el telediario desde la esquina del sofá de la que siempre será nuestra casa. Allí, junto a la Plaza de Toros. Con la manta roja, la bata azul y llamando de todo a más de un aspirante a sillón ahora que andamos de campañas. Sin escucharles demasiado. Mamá también lo hace ahora (en otro piso, cosas de la vida). Tal vez porque se me ha llenado el muro de Facebook (ya te explicaré otro día, que sería muy largo) de fotos de padres e hijos. Puede que por todo eso, aunque me dé cierto apuro. Porque vuelve a haber agua en el parque del agua, lo que era un terraplén en nuestros tiempos. Porque ya no se puede fumar en los bares y tendrías que hacer como en casa. Irte a la ventana para que yo no te viera. Ni siquiera en El Diluvio. Antes he estado allí con Miguel y me he quedado mirando ese fondo tan tuyo de la barra.

 

Tal vez sea porque a casa de Lorena ha vuelto el gato. No se parece al que te iba a buscar cuando roncabas en el salón para que te fueras a la cama con Gracita, pero un gato es un gato. Yo no tengo animales y se me olvida regar las plantas, pero me apaño. Escribí el capítulo de un libro para contar que tú me llevaste una vez al viejo Sardinero. Te gustaría saber que me gusta lo que hago, que viajo todo lo que puedo, que escribo mucho en tu periódico de siempre y que aprendo por dentro, aunque por fuera no haya crecido mucho. En eso salgo a ti. Bajito, muy talla española de tu época. Y en discutir mucho. Ahí te pasaste con lo de la herencia… Más de una buena persona lo ha pagado. Te hubieran caído bien, seguro. Pero tranquilo, me va bonito. Soy un tipo con suerte por tener a quien tengo a mi lado. Fui con ella, que es adorable, a Ogarrio y volvieron a hablarme de ti. ‘Tú eres de aquí’, me dijo el hermano de Tomás. Y a mí me emociona eso e ir a ver el letrero en azulejos de Riva pegado a la fachada de una casa, o eso de ‘la capital del mundo’ en Arredondo.

 

No te preocupes por nada. En serio. Mamá, con sus achaques, está bien. Todos nos ocupamos de eso. Nosotros, tirando. Por aquí todo el mundo dice eso mucho últimamente. La cosa se puso fea en los últimos años. Se ha pasado mal y muchos de los que tenían que arreglarlo se lo llevaron a paladas. Pero ahí andamos. Cada uno con sus cosas, con altos y bajos. Con problemas, sí, como todos. Como tuviste tú, pero igual de unidos que siempre, aunque deberíamos juntarnos más a menudo. Marién y Pedro, Andrés y Leticia, Miguel, mamá y yo. Eso vale más que muchos ceros en la cuenta de una herencia y, además, no paga impuesto de sucesiones (que lo han cambiado tantas veces que ya no sé si se paga o no). Y tus nietos… María va de escándalo en la universidad. Se te caería la baba. El año que viene se va a Inglaterra. Tú la llevabas de paseo y ahora es una mujer… El resto son unos sinvergüenzas… Vaya tres. Buenos chavales, de verdad. Todos seguimos aquí, en este Santander que cambia tanto, pero sigue siendo el mismo. Tal vez algún día pueda hablarte yo de otro chaval. No lo sé. Eso no se promete y yo soy algo raro… Quién sabe. Lo que sí sé es como se llamaría. Seguro.

 

Un abrazo, Andrés. Un abrazo fuerte. Tal vez vuelva a escribirte dentro de otros veinte años. Tal vez…

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Noviembre 38
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Álvaro Machín | 18-11-2014 | 1:32| 0

Noviembre se empeña en ser importante, aunque todos los taxistas de esta ciudad digan que es el mes más triste. Con los años, se me ha llenado de imperdibles. Todo lo que entra y sale de mi mundo se empeña en usar la puerta de noviembre.Tal vez porque yo mismo entré a este circo por la misma puerta.

 

Y llueve. Lo sé. Y también que es el interruptor del frío, que las noches son más cortas, que vuelven los pies helados al fondo de la cama y que ya han limpiado las hojas del otoño idílico. Que no es un mes diez, que el once es como el cuarto puesto en unos Juegos olímpicos. Sé, por resumir, que noviembre es un mes perdedor, pero, puestos a contar, prefiero las historias de perdedores. Me encajan, además, en un Santander que se pone de postal con la nostalgia. Con sabor de castañas de locomotora y de churros de Áliva. Con el gris por fuera y por dentro.

 

Esa atmósfera triste sirve como pretexto para acumular días que no significan nada. Empezamos por el ‘no tengo tiempo’ y acabamos por el ‘es que en Santander no hay nada’. Y eso no. Me niego. Es mentira. Porque más allá de que unas cañas, un paseo o una buena conversación no necesitan gestores culturales ni programa de fiestas, sí que hay. Y siempre hay tiempo (no lo hay para ir al gimnasio o para apuntarse a inglés porque realmente no tienes tanto interés en hacerlo). Puede que sea porque ya cuento cosas que pasaron hace veinte años o porque mañana subo otro peldaño hacia los cuarenta, pero pienso cada día más en estas cosas. En lo afortunado que soy por llenar la mochila de experiencias y en las ganas que tengo de seguir viviendo. Sí, aquí, en Santander (o muy cerca). En pleno noviembre.

 

Porque desde Todos los Santos no he parado. Y eso que no pude ir a ver a Raphael (y tampoco a Fito)… Aprendí a coger setas en Silió (o a saber que sin ayuda no se puede ir a cogerlas) y ví las maquetas de un tipo con increibles historias en el Doctor Madrazo. He viajado en el tiempo sin salir de mi ciudad pegado a una muralla bajo La Porticada y en el espacio por la colección del archivo Lafuente. He corrido por Gamazo con más de mil personas con una luz en la cabeza y con otra a mi lado en forma de buenos amigos (mi segunda carrera, estoy muy contento). Cené otra vez como un marqués en el Cadelo, comí sushi en El Diluvio, descubrí las hamburguesas del Musli (en Torrelavega), probé grandes vinos en La Cigaleña y ya saboreo las jornadas japonesas del Umma que vendrán en unos días. Como saboreo ese tributo a Los Secretos en la Black Bird o el té turco que me descubrieron en La Oca sobre el Océano (que está en Ruente). Di un paseo por Isla y alguien que ha decidido hacerse muy importante para mí en noviembre se empeñó en sorprenderme con el descubrimiento del Molino de Santa Olaja, en Arnuero (lo conseguiste). He llenado una portada un domingo y he disfrutado contando la historia de unos padres con un par, he bebido tequila con una amiga que siempre sabe abrirme los ojos a base de verdades y hasta aluciné en forma de charla con una obra de Ciuco Gutiérrez en el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Santander y Cantabria (el MAS, gracias Salvador por la invitación y Luis Alberto por el trato). He hablado con Serbia, con México, con Vietnam y hasta con Siberia. He cerrado aventuras para enero con José Luis y para febrero con el pequeño Enrique. Y he… Vivido.

 

Molino de Santa Olaja

 

Y queda. Mes y cosas que contar. Borracheras, conversaciones, besos, bocados… Hasta una fiesta con amigos para celebrar los 38 otoños y un concierto -mío y de Pablo- que supone repetir por un día algo que dejé hace tres años. Un secreto a voces. Y será, como todo esto -incluido el recuerdo a ti, que hace ya casi veinte años que te fuiste-, en este mes de noviembre…

 

Ciuco Gutiérrez, mi alucinación en el MAS

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Mi otoño santanderino
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Álvaro Machín | 28-09-2014 | 9:46| 0

Nos cayó como un telón, con la fuerza que los chicos de Gamazo arriaron las velas. Y me dio pena, aunque me encante. Soy muy de otoño, sí. Soy tan cursi como una foto de Instagram de hojas caídas. Porque ahora, en estos meses, Santander y yo nos reconocemos más. Nos sabemos cerca, nos miramos y nos decimos: ‘mira que eres tonto (eso me dice ella)’. La ciudad vuelve a sus juegos de rutina. A cruzarte a diario por la calle con quien no quieres ver y a esconderte para siempre a esa persona que buscas. Bribona. Parece increíble, pero el Paseo de Pereda y el fondo de la barra no saben de estadística.

 

Me gusta el otoño santanderino porque la luz no falsea. Porque volveremos a buscar los bares con el cartel de ‘Hay caldo’ y a apreciar ese sol tan nuestro que es el resolín. Porque recordaré los besos en aquel portal de la calle San José con la chica más buena del mundo. Han pasado muchos años. Hace poco supe que va a ser mamá y sonreí por dentro. Porque en el cine ponen cosas que merecen la pena y puedo volver a salir a correr por el barrio sudando sólo lo que necesito. En otoño, en la tele, reponen ‘Forrest Gump’ (ya la han puesto), ‘Notting Hill’ y ‘Mejor imposible’. Y volveré a cenar alguna noche sopa de sobre.

 

La foto de un paseo estos días. En ese parque que hay cerca de El Corte Inglés.

Es una estación posesiva. Porque cada uno hace suyos algunos rincones. Aquí, en casa, me quedo con el árbol que hace esquina en la Plaza de Pombo. Otro juego urbano. Porque un día te recibe de rojo, pero se cambia de ropa al día siguiente. Yo no sé de árboles, pero tengo mi preferido. En Mataleñas, en el parque. Un plátano centenario que parecen cinco porque está hundido y, a la vista, engaña con sus ramas enormes. El hueco es una cama de hojas, un colchón. Los parques se hicieron para pisarlos en otoño. Hasta ese pequeño y desconocido que hay al lado de El Corte Inglés, con sus bancos cubiertos estos días. Mío, mío… Como los veinte metros que recorro cada mañana para ir a trabajar por detrás de la Plaza de México. Allí, más allá de hojas y marrones, los árboles forman una especie de arco. Una galería. Se quieren a distancia y se tocan sólo en otoño, cuando se desnudan. Como tener una novia en Madrid. Me gusta pensar eso. Mi caja de chorradas. Y también pensar que sólo a mí me parece preciosa una cuesta de hierba que había junto a la casa donde viví siempre. Cerca de la Plaza de Toros. Lo dicho, soy un cursi. Ya lo digo yo. Luego ya vendrán otros a ponerme el resto de etiquetas. Eso también es muy del otoño y de Santander. Ahora que nos quedamos aquí cuatro, el odioso ‘nos conocemos todos’. El otro día uno me escribió para decirme que se me veía el plumero político… Me lo ha dicho gente de un lado y del opuesto. Mira que andamos sobrados de plumeros en esta tierra, pero yo no soy de votar mucho. Piensa lo que quieras, sin rencor.

 

Me gusta el otoño aquí al lado porque saben cómo ponerte el café sin pedirlo y los taxistas me preguntan antes de decirles nada. ‘¿A La Albericia?’. Porque Santander es una ciudad de jerseys y me encanta escuchar el día que sale bueno eso de la ropa ‘de entre tiempo’. Porque volveré a intentar sin éxito comprarme zapatos y llevaré las punteras de las playeras mojadas. Y volveré a comer cocido al Fuente Dé y a apoderarme del rincón del fondo de La Cigaleña para beber buen vino. A escuchar ‘Y los conserjes de noche’, que a mí me parece que es muy de otoño y de intimidad con las ciudades.

 

Y también por la nostalgia, qué le vamos a hacer. Porque enero es el propósito, agosto el desorden y mayo, las prisas. Porque junio es el principio y septiembre el final. Porque octubre parece que no está en ninguna parte. Pero noviembre, mi noviembre santanderino, es la nostalgia. Seré un año mayor, recordaré aniversarios y echaré un poco más de menos. A ti, porque no te veré más aunque sé que estás conmigo y a ti porque, aunque te vea, nunca será lo mismo.

 

 

 

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Sobre el autor Álvaro Machín
Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.