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Autor: amachin
Los que vimos al diablo (vestido de ángel)
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Álvaro Machín | 25-04-2016 | 11:10| 0

Ellos no vieron a los chicos del barrio. No sé si era la mirada o los ojos lo que se les iba cayendo. Desparramándose sobre un rostro cada vez más afilado y pálido. La carne de los papos se les hizo fina y los pómulos, sin oposición, se les marcaban en la cara como a los cadáveres. Del pupitre de al lado y los tiros a trallón en la pista de la Peña a los tumbos en la calle y otros tiros. No vivieron los años de los que daban el palo, del ‘déjame veinte duros’, del ‘o me lo das o todo lo que tengas pa mí’, del ‘no me hagas mirarte los bolsillos’… Siempre tenían prisa hasta que llegaba la hora de deambular lento, siempre discutiendo entre ellos en su ir y venir, siempre muy abrigados con cuero de verano…

 

No vieron al chico bien de La Alameda que ya me conocía. Ya me pedía las cien pesetas con familiaridad y a mí me fue doliendo menos darle lo que costaba la entrada al Covent Garden en la sesión de los sábados tarde. Fueron años de miedo y costumbre. Porque en el fondo, la mayoría, no era mala gente y su estampa se instaló en la ciudad como las paradas de autobús. Aquí no hubo movida madrileña pero había un pirata con guitarra. Allí fueron Enrique o Antonio y aquí, chicos anónimos de las cuatro esquinas. Todos se cruzaban de acera por Cuatro Caminos al ver al vecino de siempre, al que su madre echó de casa, al que volvía de vez en cuando y se paraba a mirar en la distancia.

 

Ellos no entienden por qué la buena chica tenía poco apego a la vida y por qué fue demasiado tarde para la princesa. Nada de diablos vestidos de ángeles, más chutes no. Por qué acabó así la rubia de la pista. La que venía a comerse los morros a los columpios, frente a mi ventana. A mí me parecía una Olivia Newton-John forrada por la tela vaquera de una cazadora con hueco para alguna mano por debajo. Cómo envidié infantilmente a aquellos chicos con la mano larga y los labios rojos…

 

No comprenden, no han visto lo que vimos en esos ochenta idealizados que me pillaron crío y en los noventa que ya me cogieron más crecidito. Ahora, con mis amigos -todos hacemos cuarenta este año-, cantamos la de ‘Tony, el gitano’ en todas las fiestas. Nos reímos con eso, pero esto va en serio. ‘Maldita droga, me tiene loco. No tengo alegría ni sueño tampoco’. Está en la banda sonora de Torrente.

 

Nota: La Policía ha incautado en España el mayor alijo de heroína de lo que va de año en toda Europa. En la carrocería de un Porsche Cayenne blanco. Ahí estaban escondidos 54 paquetes con más de 56 kilos… Todos los indicadores coinciden en que el caballo vuelve a ponerse de moda.

 

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La foto de las olas
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Álvaro Machín | 12-02-2016 | 1:21| 0

Puede que sean los mismos que siguen hablando sin inmutarse mientras el crío chilla, imita los taconeos de Farruco y los acompaña con golpes, móvil en mano, en el respaldo de las sillas de los clientes de dos mesas más allá. Con ese teléfono que le compraron al chaval a los cinco años para que estuviera entretenido. Para que no diera mucho el coñazo, aunque a los amigos les digan que es por si tiene que avisarles al salir de clase de piano. Tal vez se trate de los que siempre achacan a algún problema con el profesorado la tendencia de su hijo a no aprobar casi ninguna. O los que van evitando tener que llamar a ‘Hermano Mayor’ a base de juegos para la consola. Tiene que ser algo así. Formar parte de un programa educacional definido, concreto. Basado en muchas horas frente a príncipes, sálvames y viceversa. Porque me cuesta entender que unos padres levanten la cinta de una zona acordonada por la policía para llevar a los enanos a ver olas gigantes. Para plantarles ahí, frente a una barandilla al borde del temporal y reírse a carcajadas cada vez que la cresta de agua les pasa por encima. ‘Ponte para la foto justo cuando venga’. Eso, la foto. La mierda de foto que pondrás en Instagram para tus veinte seguidores lo justifica todo. Enseñar a tu chaval a saltarse a la torera lo que le ha dicho un policía que tiene más trabajo parando a tontos que vigilando peligros. Y, por supuesto, ponerle en riesgo. Corre, que viene. Da igual leer las noticias. Da igual saber que aún no ha aparecido una criatura que se llevó la corriente. Da igual porque eso en el Facebook no sale y no lo has visto.

Tonto. Sí, tonto. Yo lo he sido mil veces (he llenado de ejemplos la zona de copas). Pero esta semana me ardía la sangre mientras trabajaba viéndote poner a los niños ahí delante. Viendo los vídeos de los telediarios, llenos de insensatez. Viendo a un tipo subido a las grandes rocas del Camello con las olas rompiendo bien cerca. Con paraguas y, por supuesto, móvil. Baja de ahí. Porque lloraremos de lástima al saber que te engulló el Cantábrico. Porque tendrás, seguro, una bonita historia que hará que a todos nos de pena. Porque habrá una familia, un perro, un camarero que te servía café… Porque olvidaremos los motivos al ver las consecuencias. Porque nadie pensará -y ni siquiera será ya importante- que te pasó por hacer el tonto. Por la foto.

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Lunes de lluvia en día libre
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Álvaro Machín | 18-01-2016 | 1:14| 0

Santander tiene color de lluvia los lunes por la mañana. Si cae, en agua y lunes, se pone de ese gris propio con más fuerza que ningún otro día. Es un gris que se te mete dentro. Que te moja desde abajo, empapa por el adoquín y va ascendiendo. Que cala las entrañas y las conversaciones. Que se quiebra con el amarillo intenso de las hojas de la hilera de árboles que hay en Calvo Sotelo. Que moja la ropa de los tendales de los despistados de barrio y desespera a los que buscan aparcamiento.

 

Es curioso. En una ciudad acostumbrada al chaparrón no sabemos conducir ni llevar paraguas cuando llueve (lo primero lo he oído decir mil veces y en lo segundo ya no voy a insistir). En casa, la piel del albornoz parece de mujer al salir de la ducha. Uno se recrea en eso y en la barra caliente de la cafetería. Más que un martes o un jueves. Se habla del empate del Racing, de si alcanzará para ser primeros. De las anchoas de Sánchez y la cantada de Casillas. De las últimas cadenas que llegaron al WhatsApp poniendo a parir al PP y a Podemos. De lo mal que está todo y lo sinvergüenzas que son. De la pena de un país que tiene a esos ‘VIP’… Se mira de reojo al que lee El Diario en un bar y siempre se piensa que tarda demasiado en dejarle libre. “¿Qué tal el finde?”, se preguntan al encontrarse y alguno se detiene a recordar con cierta melancolía cuándo pudo responder algo distinto.

 

Hoy se habla de que murió Fernandito y de que Santander, en la modernidad, está perdiendo a esos personajes que son un poco de todos y un poco de nadie. Que ya casi no quedan. Se habla del Porsche Cayenne volcado en pleno Puertochico a las tantas…

 

Y se habla de que llueve. Porque en Santander, acostumbrados al agua, somos muy de hablar de que llueve…

 

 

 

* Escrito desde un portal de la calle Lealtad…

 

 

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La semana tonta
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Álvaro Machín | 27-10-2015 | 12:34| 0

Fin de mes, lunes, viento sur, luna llena… Lo tuvo todo el día. Tal vez fuera eso lo que me hizo sentir que octubre se me está haciendo largo. Tengo la pereza metida en la almohada y no la ayudo a salir eligiendo canciones. Tendrá que ver que esto del Halloween me resquema y que se hace triste ver que, al final, todo se reduce a ir a los bares a ver a chicos y chicas con poca ropa pero con mucha sangre. No ayuda saber que ha cerrado La Góndola, en los bajos del Casino. Porque allí he pasado buenos ratos y porque es (era) el único lugar que recordaba que El Sardinero también es un barrio en este Santander de elitismos que abre tiendas y bares impersonales.

 

Debe ser cansancio. Saber que ya no habrá más viajes este año porque hay que pagar las obligaciones, los seguros y los impuestos. O resignación al pensar que antes las respuestas a estos días tontos estaban en la literatura o en el cine y ahora aparecen en forma de frase de banco de datos de todo a cien enmarcada en los muros de Facebook. Esas de ‘la vida es como…’ o las de ‘estoy en un momento de la vida en el que…’ copiadas de cualquier biblioteca de lugares comunes. Si pones ‘frases para el Facebook’ en Google aparecen más de 18 millones de páginas (las hay hasta firmadas por una discoteca). Filosofía. Que nadie se me moleste, que ando espeso. Por seguir con esto de las redes, me enfadé el otro día porque al reportaje de seguimiento de un duro accidente que escribió un compañero, uno de esos que se publican los días después para saber cómo lo están viviendo los vecinos, le pusieron un comentario del tipo ‘me molestan estas noticias en las que no cuentan lo que ha pasado, así que os lo cuento yo por aquí’. Informarse de lo que ocurre en el mundo solo con los enlaces que se caen al Facebook entre selfies y recuerdos de dónde estabas el año pasado es lo que tiene. Perderse los días previos, las explicaciones, los motivos… Todo publicado, obviamente, días antes. Da pereza que el trabajo de un profesional quede para eso… Da pereza que los titulares digan que no comamos carne y que el jamón mata. Lo que me están matando es el consuelo para este octubre tonto.

 

Hoy llueve y los paraguas me ponen nervioso. También es eso. Que tengo que escribir otra vez de números, que hace tiempo que no voy al cine, que hicieron obras en mi barrio y han dejado el suelo a parchazos… Que me reprocho no ponerme a hacer lo que debo hacer y me encuentro los pretextos en que ‘no tengo tiempo’ (la gran mentira para no cumplir sueños). Y lo peor es que después de octubre llegará noviembre, que este año será una cuenta atrás de mítines y frases. Porque lo de la campaña también me da pereza… Mucha pereza. Aunque sean las elecciones más interesantes de la democracia consciente.

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Verano 38
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Álvaro Machín | 10-08-2015 | 12:23| 0

Desde la redacción del periódico veo pasar un verano que se fotocopia al del año anterior y al otro, y al otro… Vuelvo a repetir las frases. ‘La misión de todo santanderino es convencer al que viene de fuera que ayer hizo bueno’. Vuelvo a debatir si las ferias trajeron más o menos cosas esta vez. Si el helado de Regma triunfa solo por ser tan grande. La noche de los fuegos me recuerda de nuevo a esa en la que veían el cine desde el agua en Cinema Paradiso. Ahora vivo el verano más de día, porque los chicos que vienen de prácticas tienen siempre la misma edad, pero yo estoy cada año un poquito más lejos. La última noche que salí acabé discutiendo con el dueño de un restaurante moderno. Sé que Cañadío vuelve a estar lleno y que los pantalones cortos de los chavales son mucho más estrechos (yo no me veo). Sé que aparcar está imposible y que se nota que hay mucho turista porque en los bares escucho decir zuritos y ‘una de calamares’.

 

En este verano 38 bebo más agua y como más pescado. Hasta voy a la pescadería cuando entra bonito (y todo eso no ha impedido que recupere algo del peso que se había marchado). He cambiado una parte de las zancadas de los paseos por las pedaladas. Así voy a trabajar a diario. Y he aprendido que aún falta cultura de bicicleta en esta ciudad nuestra. Que mal está que los ciclistas vayamos por la acera. Tan mal como esa costumbre de los paseantes de ocupar los carriles bici. Sobra acera, pero ese color rojizo pintado para marcar la vía atrae a caminantes, corredores con cascos y hasta a parejas con carrito de crío… Si sobra espacio, hombre. De los conductores no hablo porque aún no me atrevo a pisar la carretera, pero no me cuentan nada bueno. Y sí, hay ciclistas que se equipan como para ir al Tour solo para recorrer estos carriles bici ‘volando’. Tampoco. Si quieres exhibir piernas, vete con los que saben a subir puertos (que cada vez hay más gente y más afición y me parece fantástico)… Cada cosa, su espacio.  

 

Que rutón me he vuelto. Pero es que no se puede ir a un concierto con paraguas y querer estar en primera fila. El verano en Santander también son días de lluvia. Y si toca, toca. No hay veraneo sin chubasquero y sobran los recuerdos de chupas en noches históricas. Con paraguas a la campa, no. Que no dejas ver y mojas al de al lado. Es agua, nada grave y todos queremos ver a los que cantan, más allá de que a tu chica se le moje el pelo. 

 

Tengo suerte. Otra reflexión de verano. Por haber viajado mucho y haber vuelto siempre. Porque alguien me estuviera esperando y por pasar los días a su lado. Por los helados al salir del trabajo, por descubrir el rincón de la biblioteca, por la barbacoa con mis amigos de siempre, por poder seguir escribiendo de veranos… Por seguir haciendo planes y por descubrir que al lado mismo de casa hay un paisaje de película llamado Ría de Cubas que media ciudad no ha visitado nunca. Claro que tengo suerte. Mucha. Un verano en Santander nunca se puede olvidar… Y tampoco olvidaré este verano 38.

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Sobre el autor Álvaro Machín
Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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