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Autor: amachin
De noche
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Álvaro Machín | 21-11-2012 | 12:17| 0

Tengo nostalgia de un jueves por la noche. Quedar con Julio para tomar una cerveza que nunca se terminaba. Luego, a un mexicano que ya no existe, y llegar a casa a punto de amanecer sin saber de quién era el teléfono apuntado en un papel arrugado del bolsillo (y sin saber si era un cinco o un seis el último número). Hipólito, su hermano… La pandilla del jueves noche, de la mejor noche.

Dicen mis amigos que he salido más que el camión de la basura (la frase es de Leo Harlem, creo). Tienen razón. Me ha tocado ser demasiadas veces el encargado de responder a una pregunta cargada de nocturnidad: ¿Dónde vamos ahora? Y no solía fallar. Pero, de todas las salidas, me quedo con las de los jueves cuando el cuerpo no me pasaba demasiada factura al día siguiente. La justa. La merecida. Era la fecha de los especialistas, de gente que sabía salir, de habituales (que, por entonces, éramos muchos más que ahora). Por eso, el ambiente era tan especial, tan distinto al ‘tren playero’ de los sábados, a la ‘marabunta’ con urgencias por beber y por divertirse. Hasta para eso, las prisas son malas compañeras. Te sabías la ruta, el bar y su hora buena. Las camareras te invitaban a una copa porque sabían que pedías tres, que entrabas y salías, que volverías con alguien nuevo el jueves próximo…

Me dice un amigo que sabe de hostelería con la luna que en un bar de aquellos tiempos trabajaban dos porteros (que te llamaban ese noche por el nombre de pila), tres camareras y un pincha en el cuarto día de la semana. Ahora ya no abre y, si cuadra por las fechas, un camarero sube y baja la persiana sin compañía. Algunos hablarán de la crisis, otros del precio de las copas… Y a nadie le faltará algo de razón, pero el jueves noche murió antes de eso porque el hábito se fue quedando en casa. Murió, como tantas cosas. Como la calle Panamá, como la discoteca del fondo de El Sardinero (La Real, Línea de Playa). Cosas que recordamos los que sabemos que el Kudeta fue Pachá, No y Pentágono. Que El Divino fue antes Covent Garden y que recordamos la hora de los lentos en el Swing (ahora Indian y antes BB2). Los que pasamos vergüenza antes de pagar veinte duros en la puerta de la sesión de críos del Amarras y pisamos aquel experimento llamado Aqua y Driza (la pirámide de Raos).

Sí, he salido mucho. Por eso sé que la noche en Santander se ha vuelto, en general, decadente. Con excepciones (que me encantan), a las que voy menos que antes aunque siga dejándome caer algún jueves para mitigar la nostalgia.

Será que ya soy muy mayor.

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Ayer, domingo…
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Álvaro Machín | 12-11-2012 | 10:48| 0

No apetecía. Ni el día ni la hora ni el cielo… Fue, el de este domingo, un paseo con todo en contra. Sin embargo, mi mañana resultó ser como aquellas noches de ‘Una y pa casa’. Las mejores de la historia.

Empezó con pereza para entrar en la ducha. El pijama, cuando hace frío y suena el suicidio de las gotas en el cristal, es un catarro que cuesta quitar. Se pega, se adhiere como el ‘Supergén’ (¿aún existe?). El estímulo fue ese café con olor a Santander que ponen en el Suizo. Hecho. El resto fue pasear, un ejercicio desvirtuado en estos tiempos. Porque ya no es lo que era. El paseo fue un fin en sí mismo para generaciones de descendientes de Pereda. Si uno va solo, es andar y mirar, levantar la cabeza y mover las piernas al tiempo. Nada que ver con el paseo familiar, lento y crítico, en el que se pone pingando a media ciudad. Ese, muy de aquí, de sábado por la tarde a partir de los cuarenta, no pasa de moda. Pero ahora hay demasiadas distracciones. Demasiadas prisas y ese sentido práctico y asqueroso de la vida (‘ir andando a ninguna parte’), amén de la pantalla del teléfono (o del aparato de turno).

Porque si uno levanta la cabeza, mira y, lo que es mejor, ve. Así que me dio por fotografiar lo que ví y pensar un poco en ello…

 

Foto 1. Otoño en la ciudad

 

Hojas caídas de un árbol en la Plaza de Pombo

Hojas caídas de un árbol en la Plaza de Pombo. Del domingo por la mañana

Soy fan del otoño. Entregado. Ya sé que en nuestro ADN va implícito quejarse del calor y del frío y maldecir los días de lluvia (me acabó de acordar que una vez escribí que la misión de un buen santanderino es convencer a un turista de que hace unos días hizo muy bueno). Pero es que vivimos en una ciudad de agua. Y que, con agua, muestra una cara brillante. Me dio por mirar árboles por el centro. En Pombo, aquí mismo, encontré uno con hojas de tres colores. Marrones, verdes y rojas. Un espectáculo (búscalo y me cuentas). Como el tono dorado al borde de los Jardines de Pereda, junto a la carretera. Puedes llamarme cursi y hortera por hablar de los colorines, las ramas y los paisajes bucólicos de gotas de agua… Pero prefiero eso que repetir todo el tiempo lo jodido que está todo y regoderme en un catálogo de problemas. Fue un respiro. Y ahora nos hacen mucha falta.

 

Foto 2. Recuerdo infantil

 

Buzones de Correos

Buzón de Correos. Con esa boca...

Fue tal vez empezar por ponerme ñoño lo que precedió a ese puntito nostálgico que te hace sonreír por dentro. Llovía y me metí, como siempre hemos hecho, en los bajos de Correos. Cuántas horas habré pasado yo sentado en estas escaleras que parecen pulidas por el desgaste… Esperando al autobús o al momento oportuno de darle un beso a la novieta de turno. Ahí sentado. Pero no fue ese el recuerdo. Miré arriba y ví los buzones con cabeza de león. Un clásico. Ahí vino. Por un instante volví a ser el niño de seis años que se moría de la curiosidad y del miedo por meter la mano en aquella boca con un abismo detrás. Todo crío de esta ciudad lo ha sentido… Todos hemos fantaseado con la trastienda de ese buzón. Todos quitamos la mano rápido, por si acaso. Porque las ciudades, ésta y todas, están llenas de pequeñas curiosidades que uno se cree que son únicas, personales, pero que, en el fondo, son un poco de todos.

 

Foto 3. La reflexión

 

Botella sobre el banco

Botella de 'Kalimotxo' mojada sobre un banco del Paseo Marítimo

Ya acabo, que esto se alarga (y dicen los que saben, que en Internet debes ser breve). Un domingo por la mañana es la consecuencia de un sábado por la noche. Ahí estaba la botella. Sobre el banco y frente al mar. En lo que pensé entonces fue en demagogia. Empecé por el botellón y acabé por las chicas muertas en la fiesta de Madrid. En la cantidad de tonterías que se han dicho y que se dicen. En que en esa trágica noche sucedió un accidente y muchas cosas que se hicieron mal (y que hay que investigar y juzgar hasta depurar todas las responsabilidades). Porque aquello fue una vergüenza. Pero la culpa no es de la música (aunque mí el fenómeno DJ no me diga nada), ni del ocio de los jóvenes, ni de salir a divertirse por la noche… Y las soluciones no pasan por prohibir las fiestas (es como si se hubiera prohibido el fútbol tras la catástrofe de Heysel) como tampoco pasan por la cantidad de frases que se dicen en estos casos sólo para quedar bien. De esas que son mucho más horribles que el silencio.

 

La adolescencia de muchos tertulianos debió ser un coñazo perfecto. Eso es lo último que pensé antes de sentarme a comer un cocido

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Niños tras la vitrina
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Álvaro Machín | 06-11-2012 | 8:25| 0

Siempre hubo niños repelentes. De esos que volvían corriendo a la mesa de los padres con un lloro más agudo que la voz del rubio de Los Pecos (cuando era rubio). Entre sollozos había un ‘mamá’ con la ‘a’ postrera bien prolongada y una acusación rápida y gratuita con nombre propio. Siempre. Eran esos que abusaban del ‘esto es mío’y del ‘no te doy’. Repelentes de toda la vida, vamos. A veces surgían por generación espontánea y, otras, por unos padres que les regalaban la repelencia desde la hora del desayuno.

Eso no es nuevo. Forman parte de cualquier recuerdo infantil amontonado junto al catálogo de tipos de críos con los que uno se va topando. El problema es que ahora tengo la impresión de que el catálogo se reduce. Hay cada vez menos tipos y prolifera el ‘sobreprotegido’. Todo esto viene por la historia que me contó el domingo un amigo con un buen plato de rabas de por medio. Unos padres que esterilizaban los juguetes del chaval cada vez que los usaba. Le dí vueltas un buen rato y esta cabeza mía no pudo evitar la imagen repetida de estos chavalucos metidos en una burbuja, aislados.

Y yo comprendo que ahora no puede ser como fue para mí. Que lo de bajar a la calle, tener cuadrilla y jugar partidos con los mismos que me daba piñas al día siguiente no encaja con estos tiempos. Que hay más coches y más dramas en el telediario. Pero más de uno ha cambiado la calle por la vitrina. Han creado niños colgados de una pared y separados de la vida por una mampara. Y, claro, cuando les descuelgan no saben pisar el suelo.

Habrá un término medio entre ‘El libro de la Selva’ y la educación ‘by Nintendo’, ¿no? Yo creo que sí. Por cierto, al crío de los juguetes con agua hervida se le encontró su madre en el cuarto de baño en un despiste. Abrió la puerta y allí estaba. Con la escobilla del váter en la mano después de un buen par de lametazos. Verídico.

Toma baño de realidad.

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Sobrados de mirilla
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Álvaro Machín | 26-10-2012 | 12:48| 0

Aquí somos mucho de usar la mirilla cuando a la vecina le traen la lavadora nueva. La señora que mira, en bata y pijama de felpa con la figura de un oso sonriente en el pecho, le dice al marido algo así como ‘les habrá tocado la lotería’ o un ‘¿de dónde lo sacarán éstos (con ese punto maligno que se le pone al ‘éstos’ al entonarlo)?’. Y poco importa que a los dos días, vestidas las dos de domingo y tras encajarle ambas la corbata marrón al marido, se deshagan en elogios mutuos cuando se cruzan por el Paseo de Pereda. No es de extrañar en un país que nunca coloca entre los más simpáticos a los que de verdad triunfan lejos.

A los veinte kilos que Amancio Ortega ha dejado en la puerta de Cáritas también se les mira por la mirilla. Media España les ha puesto coletilla. Y seguro que hay mil matices en el gesto, pero yo no me apunto al carro de la crucifixión. Porque si a alguien no le gusta cómo gestiona su empresa, cómo se viste, cómo viste a los demás o cómo trata a sus empleados, le sobran días (y puede que hasta razones, ni lo sé ni me importa demasiado) para decirlo. Pero no el día de los 20 kilos. A mí don Amancio y su intención me dan igual, pero déjate de matices. ¿Que para él 20 millones son calderilla? Seguro. ¿Y? Yo nunca me he parado a reprocharle el gesto al que le da 50 céntimos a un pobre diablo que pide por la calle. ¿O se ven gritando con el puño cerrado ‘dale más que a ti te sobra, cabrón’?

Un monumento no (que también somos dados), pero piedras tampoco. Se pierde tanto tiempo y tanto ingenio en criticarlo todo… Puede que a más de uno le sobre lo primero y le falte lo segundo. Posible causa. Y no me refiero, ni mucho menos, a los casi seis millones con todos los días malditamente libres. Que va. Más que nada, porque a unos cuantos de estos que de verdad están jodidos -y no a los que sólo saben joder- les llegará algo de los veinte kilos de don Amancio.

P.D. Lunes y miércoles, en unos bajos de la calle Alta, los de Cáritas recogen donativos para las 150 familias de mi barrio que pasan hambre. Por si hay algún Amancio que lea esto

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Alergia gratuita
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Álvaro Machín | 09-01-2012 | 7:01| 0

Me aterra. Pero no con el temor de otras palabras mucho más duras. No es el miedo trascendente de sinónimos de dolor, enfermedad o tristezas catalogadas. Lo de ‘gratis’ es otra cosa. Es por su efecto de ‘mecha’, su papel de interruptor para encender las bajezas y la pérdida absoluta del decoro. Hace ya tiempo, casi sin querer, a un político con cierto mando se le escapó una frase que no he olvidado. ‘Aquí regalas piojos y vienen a por ellos’, dijo en una conversación inofensiva. Me cuesta reconocerle algún mérito a la frase de un político de ahora, pero es que es una descripción perfecta.

A todos nos agrada una invitación o un regalo. No va de eso. Ni siquiera de ese fenómeno tan santanderino de acudir solo a los bares donde no te cobran (casualmente, lo hacen los que más tienden a poner la vista sobre el hombro) o de asistir a las inauguraciones de nuevos locales porque invitan y no volver más. Tampoco a la extendida idea de no ir a un concierto si exige paso previo por taquilla (he visto a gente arrastrarse hasta por invitaciones para actos benéficos). De eso he escrito ya muchas veces. Hablo de las escenas traumáticas de colas para comer un chorizo o servirse un plato de paella. Fiestas  maravillosas elaboradas con entusiasmo. Pero, entre los que desean probar y divertirse, siempre hay alguien que lleva un ‘tupper’ o que se pone tres veces en la fila. Hablo del hombretón sonriente con diez cajas de pizza el día de promoción o del que empuja a un crío en una feria para coger publicidad…  Lo hay. Todos lo hemos visto. Engañan, cocean, golpean… Movidos por la codicia absurda de la palabra ‘gratis’. La pizza acabará en la basura porque no hay estómago capaz de acabar con tanta masa. En la misma bolsa que la publicidad de las vacaciones en Malta, la gastronomía peruana y los cruceros que salen de Mallorca. Se estropeará, privará a otro de disfrutarlo, se matará la tripa o reventará de colesterol… No importa. Porque es ‘gratis’. Y el que lo consigue, el que hace una cola de dos horas por una camiseta que se pondrá para dormir o que destrozará para hacer trapos, luego presume y lo proclama. Es tan vil como regatearle un euro a un vendedor de discos de pega. Porque no es por dinero (ojalá el gratis cayera en quien lo necesita). Es otra cosa. Y, si no, ahí dejo la pregunta: ¿cuántos se pondrían a la cola si el plato de paella costara un euro destinado a una buena causa?

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Sobre el autor Álvaro Machín
Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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