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Autor: amachin
Cuatro y cero
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Álvaro Machín | 19-12-2016 | 12:34| 0

Desde que los he cumplido no han dejado de pasar cosas. Ahora siempre llevo los pantalones sucios porque tengo un peluche que come y ladra. Repaso las canciones de Charles Aznavour y no me importaría pasarme un día entero con ‘Non, je ne regrette rien’, de Edith Piaf, como banda sonora repetida. Una y otra vez. Y eso que nunca olvidaré la frase que me dijo José Antonio Marina: ‘el que no se arrepiente de nada o es idiota o no tiene memoria’.

 

Las cosas sí que han cambiado. Uno se acomoda. Mis amigos ahora son gourmets del Gin Tonic y antes compraban botellas prohibidas por la convención de Ginebra. He cambiado yo y ha cambiado el mundo. Los niños cantaban en el autobús de las excursiones. Ahora se hacen selfies en silencio poniendo morritos y los dedos como tijeras.

 

Es cierto que una especie de calma va descendiendo párpados abajo. Empieza por la cabeza, pero le cuesta llegar a un corazón que sigue negándose a reconocer que ya tiene que preocuparse por el colesterol. Las piernas se resisten y, de vez en cuando, se apuntan a partidos de fútbol que son un pasaje de ida a tres días de sofá y agujetas.

 

Uno ya no teme la rutina cuando la echa en falta. Y se apunta frases en el teléfono que dicen cosas así como ‘prefiero vivir bien que vivir mucho’. Uno no es más listo, sólo tiene algo más claro sus principios. Asumes cosas. Que nunca encajarás las derrotas como José Luis Perales. Que además de hacer lo que hay que hacer hay que encontrar huecos para no dejar de hacer lo que te gusta. Lo cedido es lo perdido. Que pasé de llevar a una chica a ver Aladdin en la primera cita a viajar a Jiva, la ciudad de las mil y una noches. Qué bien hice en viajar y qué bien haré en seguir intentándolo. Dice un poeta local que ‘somos un gran ombligo tendente a pensar que la vida transcurre entre Correos y Puertochico’. Los vuelos de Ryanair son tan importantes… No porque vengan turistas. Que sí. Pero más porque nos lleven a otra parte y nos traigan de vuelta con los ojos más grandes.

 

Me he acordado de cosas. Las trufas que mi hermana me preparaba una vez al año, que casi todo lo importante, bueno o malo, me pasa en noviembre y que nadie se acuerda de la canción de la ‘cafetería fabricapastas’ que me tuvo obsesionado tres navidades hasta que la trajeron los reyes. Esos detalles se conservan. Otros te llaman la atención. Hace un par de días fui a comprar una de esas lucecitas con una pinza para poder leer en la cama sin molestar a quien me soporta… Tuve que ir a cuatro tiendas. Las había para el Ebook, las había con el USB… Pero no las tenían para libros ni siquiera donde van a comprar los que no son tontos. Llegaron a decirme que para qué, que el papel ya no lo lee nadie…

 

No sé. Han pasado unos días. Han sido raros, complejos por cosas que toca pasar. Hospitales, paciencia, estar al lado de quien te necesita. Nada grave, pero siempre incómodo. Por eso he tardado en pararme a pensar este rato.

 

En lo que me dijo mi madre en la puerta de una consulta hace unas semanas. Ella tiene ochenta y me tuvo justo a la mitad. A los cuarenta. Los que he cumplido. Nos quedamos en silencio y, con la mirada perdida en la pared, dijo: ‘se me ha pasado volando’. Me sirvió para dos cosas. Para pensar en la otra media vida, que no hay que dejar de aprovecharla y seguir llenando la mochila de historias que contar. Para eso y para darme cuenta de que en los próximos cuarenta no quiero dejar de emocionarme.

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Verano 39
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Álvaro Machín | 10-08-2016 | 6:30| 0

Justo ahora, en este instante en el que toco la tecla que acabará poniendo esto en la red -lo hago con una delicadeza salivante porque es lo último que hago antes de pensar en no hacer nada-, empieza mi descanso. Lo de merecido es una etiqueta demasiado subjetiva (nadie va a decir que se toma un ‘inmerecido’ descanso aunque haya casos clamorosos). Hasta obscena teniendo en cuenta a los que descansan porque no les queda más remedio. Sigo, que me lío. Es el verano 39 y a él llego sabiendo que eran verdad muchas de las cosas que decían sobre acercarse al verano 40. Que el cuerpo ya no responde igual, que es frecuente lo de levantarse con ganas de volverse a acostar y que la euforia de las noches de fiesta dura lo que empiezan. Ya no sé qué decir cuando me preguntan por el bar al que toca ir según la hora. Y ya no convences para que se quede a tomar la última al que dice que se va a su casa. No es lloriqueo. La cabeza rinde y el espíritu está donde tiene que estar. Pero ahora entiendes por qué se retiran los futbolistas. No lloro, insisto. Más que nada porque lo viví cuando tocaba y no hago el ridículo que observo en ocasiones en los que, con media vida ya a la espalda, tratan de hacer lo que no hicieron en su momento. 

 

Son cosas que he pensado estos días. Tachando números de un papel en el que escribí ‘The final countdown’. Que no invitaría jamás a un político en ejercicio (no voy a decir en funciones en los tiempos que corren porque podría malinterpretarse) a dar una charla a un curso de verano. Para los mítines les sobran las tribunas. Suelen ser flojos, aportan poco y se venden demasiado. Que ir en procesión al derribo de unas viviendas aberrantes resta crédito y hace que pierda fuerza la denuncia contra quienes cometieron la aberración. Que no entiendo que unos padres quieran ponerle ‘Lobo’ a un hijo, pero que, si se lo quieren poner, que se lo pongan sin tanto ridículo follón. O que la crisis nos ha instalado en una desconfianza permanente. Que no es mala, pero puede ser cansina y hasta peligrosa. 

 

Reflexiones o recuerdos que vuelven. Que ‘el esto no es para Santander’ es una mancha que se difumina, pero no se quita. Como el postureo de julio. Que a los conciertos no se puede ir con paraguas y querer ponerse en primera fila. Que no eres nadie si asistes a un recital o al rescate de un delfín sin teléfono. Y que en algunas casetas de las fiestas -no en todas, y la diferencia se ve venir desde dos calles más allá- pretenden hacer pasar un churro con palillo por cocina en miniatura. 

 

Cosas de uno. Cosucas. Que tengo que tener más paciencia, que soy perezoso para escribir sin obligación, que cada vez soy más consciente de mi larga lista de defectos, que la ropa se me está quedando vieja… Que tengo que cuidarme del colesterol, pero que la vista para ver venir a los que no me conviene tener cerca mejora con los años. Que hay personas que viven a la sombra de otras unas vidas de segunda mano. Olisqueando restos. Y que otras, como mi compañera Rosa, se merecen todo (me prometí dedicarle esta frase en alguna parte, en algún sitio).  

 

No sé. Ya saboreo la maravillosa sensación que sentiré mañana al despertar. Esa de pensar a qué voy a dedicar la hora siguiente. O esa otra de no cumplir ni un solo plan previsto horas después. Nada extraordinario (o sí). Pienso en lo que meteré en la maleta, en que me gustaría acabar de escribir lo que he empezado, en vivir horas de paz contigo y en acertar con los fichajes del Comunio para no pagar en la próxima cena. Pienso. Cosas importantes y tonterías importantísimas. Pienso en los 39 veranos… Hago un repaso. Y doy gracias porque no me ha ido mal del todo…

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Aléjate de mi culo
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Álvaro Machín | 09-05-2016 | 7:17| 0

No puedo dar consejos porque aún no sé aparcar y dos gotas gordas me empapan las sienes cada vez que veo un semáforo a punto del rojo en plena cuesta. El coche está sucio porque todavía ando con el apuro de las primeras veces. La ‘ele’ es un ángel de la guarda. Se me despegó esta mañana y la he colocado con celo hasta que consiga otra. Sigo descubriendo cosas. La semana pasada, que el agua con jabón para limpiar la luna sale tirando hacia mí de la palanquita. Ya me atrevo a cambiar de canción y a abrir y bajar las ventanas mientras conduzco. ‘Conduzco’. Reconozco que en primera persona me suena raro, que me cuesta decirlo. Raro me veía entre los críos el día del teórico. Acabé el primero y me daba ‘cosa’ irme. Fue un paso. Luego vinieron las prácticas en secreto. Un amigo me dijo que me había visto en un coche de autoescuela. ‘Debe haber un tío que se parece mucho a mí porque me lo ha dicho más gente’. Coló. En el práctico llevé de copiloto a San José de Calasanz y a un ejército de ángeles celestiales. Entre ellos y la Virgen hicieron el trabajo… Mucha suerte. Y después vino una de las experiencias más estresantes de mi vida. La compra me ha robado años y pelo. Casi, hasta una relación familiar. Y he aprendido dos cosas: que en este país todos llevan dentro un entrenador de fútbol y un comprador de coches, y que el mío tiene que durar mucho porque no tengo ganas de volver a pasar por ello.

 

Insisto. No puedo dar consejos porque aún no sé aparcar y se me cala en las cuestas. Pero ya llevo más de mil kilómetros y eso me acredita, al menos, como observador. De las rotondas no diré nada porque no quiero perder amistades. Pero de la obsesión, sí. Tiene que haber algo erótico. Tiene que ser eso. Porque no entiendo el afán por arrimarse. En los semáforos, en el cruce… Se palpa la cercanía antes de ver por el espejo. Les miras la cara y piensas en el ligón cutre que arrimaba cebolleta en El Divino. En los viejos verdes que sacaron una vez en el Telediario porque plantaban la bragueta del pantalón de pinzas cerca del trasero de las turistas de Las Ramblas a la primera montonera. 

 

Se pegan. Se arriman. Ganando centímetros inútiles. Poniendo calientes las defensas. ¿Vas a llegar antes? Me advierten que yo también lo haré cuando pase el tiempo. No lo entiendo. Diría que es cosa de gallitos cutres, de aquí estoy yo y ‘nótalo, nena’. Pero no, porque ellas también lo hacen. También llegan frenando y paran a punto del beso. 

 

Distancia de seguridad convertida en esa gente que te habla demasiado cerca de la cara. Ay, que angustia. Pues nada, tú sigue. Yo, tranquilo. La ‘ele’ me protege. Párate a pensarlo. La llevo y se me atragantan las cuestas. Tú acércate en el semáforo, pégate del todo… Yo tiro, se me cala y… Ya sabes quién pagará la factura

 

 

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Colillas sin tumba
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Álvaro Machín | 02-05-2016 | 12:46| 0

Son tres. Sentados en taburetes altos. De la botella encajada en el escanciador artificial ya no salen culines. La hija lo intenta para servir otra ronda, hunde la yema en el botoncito, pero, más allá del ruido, nada. Entonces vuelve a lo que estaba. A lo que estaban los tres. La mirada clavada en el teléfono. Cada uno en el suyo, hipnotizados. Papá, mamá y una adolescente en un bar de Llanes metido en un callejón. Sentados en torno a un barril de terraza. Solos, rodeados de mundo. Es domingo, ha salido el sol y en El Antoju -allí cerca- cuesta encontrar mesa. Tan embobados que, cuando llega la cuarta, una niñuca que anda enredando por allí, nadie le recibe. Habla desde abajo -no llega a lo alto del barril- y el mensaje no llega a los trozos de carne posados en los taburetes. Viva la familia. Ni un gesto hasta que mamá apura la última calada del cigarro. Saca un brazo a pasear, sale del letargo. Hay cenicero. Pero desviar los ojos de la pantalla es mucho pedir y el suelo no exige puntería… El suelo es tan cómodo, tan agradecido. Se lo traga todo…

 

Es su colilla y es la de la pareja de la mesa de al lado. Es la que hay junto a unas flores de postal en la ruta que te pone a pasear por encima de la playa de Poo. Hay una, otra, otra más… Para recordar en medio de un escenario que reconcilia con el planeta que en las reconciliaciones siempre hay alguien que cede. Son las cientos que hay en las puertas de los bares, en los portales de las oficinas… En Llanes de escapada y en Santander de rutina. Por el Paseo de Pereda, por la Alameda, despegando de las ventanas de cualquier coche en marcha o haciéndose fuertes asomando la cabeza entre los granos de arena de Los Peligros. 

 

Colillas taponando alcantarillas. En verso. Colillas que ensucian (en prosa). Colillas, colillas, colillas… Bombas de humo mal apagadas en una papelera. Flotando sobre la marea en las rampas de los muelles de la Bahía. Descubriendo el cauce del Ebro y el caudal del Pisuerga. En las marismas negras de Astillero, arrojándose al fondo en el Faro y como rastro de ese instante de paz libro en mano -y conciencia en el sobaco- en uno de los pocos rincones que quedan para calarse de esa paz. 

 

Si ya no hay apego al papel caído (aún queda, pero algo hemos avanzado), ¿por qué la colilla sigue sin sepultura? ¿Por qué el suelo sigue lleno de cadáveres? Es lunes y hay cosas mucho más importantes. Seguro. Pero hoy pienso en ello. Será que no fumo, que a mí las colillas en el suelo me dan bastante asco… 

 

Para encontrar un ejemplo, consultar este enlace

 

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Los que vimos al diablo (vestido de ángel)
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Álvaro Machín | 25-04-2016 | 11:10| 0

Ellos no vieron a los chicos del barrio. No sé si era la mirada o los ojos lo que se les iba cayendo. Desparramándose sobre un rostro cada vez más afilado y pálido. La carne de los papos se les hizo fina y los pómulos, sin oposición, se les marcaban en la cara como a los cadáveres. Del pupitre de al lado y los tiros a trallón en la pista de la Peña a los tumbos en la calle y otros tiros. No vivieron los años de los que daban el palo, del ‘déjame veinte duros’, del ‘o me lo das o todo lo que tengas pa mí’, del ‘no me hagas mirarte los bolsillos’… Siempre tenían prisa hasta que llegaba la hora de deambular lento, siempre discutiendo entre ellos en su ir y venir, siempre muy abrigados con cuero de verano…

 

No vieron al chico bien de La Alameda que ya me conocía. Ya me pedía las cien pesetas con familiaridad y a mí me fue doliendo menos darle lo que costaba la entrada al Covent Garden en la sesión de los sábados tarde. Fueron años de miedo y costumbre. Porque en el fondo, la mayoría, no era mala gente y su estampa se instaló en la ciudad como las paradas de autobús. Aquí no hubo movida madrileña pero había un pirata con guitarra. Allí fueron Enrique o Antonio y aquí, chicos anónimos de las cuatro esquinas. Todos se cruzaban de acera por Cuatro Caminos al ver al vecino de siempre, al que su madre echó de casa, al que volvía de vez en cuando y se paraba a mirar en la distancia.

 

Ellos no entienden por qué la buena chica tenía poco apego a la vida y por qué fue demasiado tarde para la princesa. Nada de diablos vestidos de ángeles, más chutes no. Por qué acabó así la rubia de la pista. La que venía a comerse los morros a los columpios, frente a mi ventana. A mí me parecía una Olivia Newton-John forrada por la tela vaquera de una cazadora con hueco para alguna mano por debajo. Cómo envidié infantilmente a aquellos chicos con la mano larga y los labios rojos…

 

No comprenden, no han visto lo que vimos en esos ochenta idealizados que me pillaron crío y en los noventa que ya me cogieron más crecidito. Ahora, con mis amigos -todos hacemos cuarenta este año-, cantamos la de ‘Tony, el gitano’ en todas las fiestas. Nos reímos con eso, pero esto va en serio. ‘Maldita droga, me tiene loco. No tengo alegría ni sueño tampoco’. Está en la banda sonora de Torrente.

 

Nota: La Policía ha incautado en España el mayor alijo de heroína de lo que va de año en toda Europa. En la carrocería de un Porsche Cayenne blanco. Ahí estaban escondidos 54 paquetes con más de 56 kilos… Todos los indicadores coinciden en que el caballo vuelve a ponerse de moda.

 

Consultar este enlace



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Sobre el autor Álvaro Machín
Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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