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El trastero de las aficiones

2011 noviembre 7
por Alvaro Machin

Los chicos de barrio sabemos que los juegos eran cosa de temporadas. Estaba la de las chapas, la de las canicas, la de la peonza… No había fecha fija. Todo era cuestión de que alguien diera el paso de bajar a la calle el artilugio y empezar. Cuando eso ocurría era imparable hasta que a otro le diera por traerse otra cosa (o la pusieran a la venta en la minúscula tienda de chuches del patio de la Carbonería, en mi caso). Con los años, a esos juegos se les llama aficiones, pero el mecanismo no cambia. Somos animales de costumbres, niños grandes. A mis amigos ahora les ha dado por la pesca. La cosa surgió por generación espontánea y, a día de hoy, en las tiendas de cañas se frotan las manos cuando les ven entrar. Todo gira en torno a eso. No hay un aperitivo sin anzuelo, ni sobremesa sin la hazaña del presunto jargo que capturó Pablo. No hablan de otra cosa.

No es nuevo. Les dio por el ciclismo y encargaron a una de esas ‘tiendas’ chinas que funcionan en la red unos maillots de pega que daban el pego. El golf, las rutas por los montes, las apuestas por internet… Hasta tuvieron una época que se creyeron capaces de obtener el sistema infalible para ganar en el Casino. Tres meses de conversaciones monopolizadas y a otra cosa.

Lo bueno (o lo malo, según se mire) es que ese catálogo de juegos algo más caros que aquella peonza deja una huella fácil de seguir. El trastero es el rastro. La novia de Javi lo llama el armario de las aficiones. Discos de la época heavy, maderas y palos que sólo se usaron los domingos en la playa, una bici con óxido anunciada en el ebay, un pantalón de nieve y una tabla de snow y hasta alguna guitarra con sólo dos clases… Somos hombres. Somos así.