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Alergia gratuita

2012 enero 9
por Alvaro Machin

Me aterra. Pero no con el temor de otras palabras mucho más duras. No es el miedo trascendente de sinónimos de dolor, enfermedad o tristezas catalogadas. Lo de ‘gratis’ es otra cosa. Es por su efecto de ‘mecha’, su papel de interruptor para encender las bajezas y la pérdida absoluta del decoro. Hace ya tiempo, casi sin querer, a un político con cierto mando se le escapó una frase que no he olvidado. ‘Aquí regalas piojos y vienen a por ellos’, dijo en una conversación inofensiva. Me cuesta reconocerle algún mérito a la frase de un político de ahora, pero es que es una descripción perfecta.

A todos nos agrada una invitación o un regalo. No va de eso. Ni siquiera de ese fenómeno tan santanderino de acudir solo a los bares donde no te cobran (casualmente, lo hacen los que más tienden a poner la vista sobre el hombro) o de asistir a las inauguraciones de nuevos locales porque invitan y no volver más. Tampoco a la extendida idea de no ir a un concierto si exige paso previo por taquilla (he visto a gente arrastrarse hasta por invitaciones para actos benéficos). De eso he escrito ya muchas veces. Hablo de las escenas traumáticas de colas para comer un chorizo o servirse un plato de paella. Fiestas  maravillosas elaboradas con entusiasmo. Pero, entre los que desean probar y divertirse, siempre hay alguien que lleva un ‘tupper’ o que se pone tres veces en la fila. Hablo del hombretón sonriente con diez cajas de pizza el día de promoción o del que empuja a un crío en una feria para coger publicidad…  Lo hay. Todos lo hemos visto. Engañan, cocean, golpean… Movidos por la codicia absurda de la palabra ‘gratis’. La pizza acabará en la basura porque no hay estómago capaz de acabar con tanta masa. En la misma bolsa que la publicidad de las vacaciones en Malta, la gastronomía peruana y los cruceros que salen de Mallorca. Se estropeará, privará a otro de disfrutarlo, se matará la tripa o reventará de colesterol… No importa. Porque es ‘gratis’. Y el que lo consigue, el que hace una cola de dos horas por una camiseta que se pondrá para dormir o que destrozará para hacer trapos, luego presume y lo proclama. Es tan vil como regatearle un euro a un vendedor de discos de pega. Porque no es por dinero (ojalá el gratis cayera en quien lo necesita). Es otra cosa. Y, si no, ahí dejo la pregunta: ¿cuántos se pondrían a la cola si el plato de paella costara un euro destinado a una buena causa?

Los verdaderos retos…

2011 noviembre 21
por Alvaro Machin

Los verdaderos retos…

2011 noviembre 21
por Alvaro Machin

El trastero de las aficiones

2011 noviembre 7
por Alvaro Machin

Los chicos de barrio sabemos que los juegos eran cosa de temporadas. Estaba la de las chapas, la de las canicas, la de la peonza… No había fecha fija. Todo era cuestión de que alguien diera el paso de bajar a la calle el artilugio y empezar. Cuando eso ocurría era imparable hasta que a otro le diera por traerse otra cosa (o la pusieran a la venta en la minúscula tienda de chuches del patio de la Carbonería, en mi caso). Con los años, a esos juegos se les llama aficiones, pero el mecanismo no cambia. Somos animales de costumbres, niños grandes. A mis amigos ahora les ha dado por la pesca. La cosa surgió por generación espontánea y, a día de hoy, en las tiendas de cañas se frotan las manos cuando les ven entrar. Todo gira en torno a eso. No hay un aperitivo sin anzuelo, ni sobremesa sin la hazaña del presunto jargo que capturó Pablo. No hablan de otra cosa.

No es nuevo. Les dio por el ciclismo y encargaron a una de esas ‘tiendas’ chinas que funcionan en la red unos maillots de pega que daban el pego. El golf, las rutas por los montes, las apuestas por internet… Hasta tuvieron una época que se creyeron capaces de obtener el sistema infalible para ganar en el Casino. Tres meses de conversaciones monopolizadas y a otra cosa.

Lo bueno (o lo malo, según se mire) es que ese catálogo de juegos algo más caros que aquella peonza deja una huella fácil de seguir. El trastero es el rastro. La novia de Javi lo llama el armario de las aficiones. Discos de la época heavy, maderas y palos que sólo se usaron los domingos en la playa, una bici con óxido anunciada en el ebay, un pantalón de nieve y una tabla de snow y hasta alguna guitarra con sólo dos clases… Somos hombres. Somos así.

Vuelta a los paseos…

2011 noviembre 5
por Alvaro Machin

Este breve mensaje es para pedir disculpas por haber dejado de pasear durante demasiado tiempo. Tengo la firme intención de volver a hacerlo en esta nueva etapa que he empezado con nuevos artículos, comentarios y también con fotos (las que saque durante los paseos y considere que dicen algo).  De hecho, voy a empezar con una imagen. Es una pequeña curiosidad, pero cuesta encontrarse con un cartel como éste con la que está cayendo. Enhorabuena a los que consiguen traspasar un comercio por jubilación… Hoy el cartel habitual es otro muy distinto.

Crisis

2011 febrero 28
por Alvaro Machin

“Cierra la oficina crece el desvarío, los peces se amotinan contra el dueño del río…”. Que bien lo escribe Sabina a puro asfalto. Describe con pelos y señales un virus genético, contagioso, expandido, arraigado y asido en pleno vecindario. Pero esto de la crisis no va sólo de pasta y lista del INEM. Va de soluciones a martillazos, como la de ese bar de Santander que me clavó 28,80 por cuatro pinchos y dos vinos (literal) con la persiana ya bajada por ser de última hora y un tipo diciendo que ya podía fumar…

Va de princesas de barrio televisivas con tetas de plástico pagadas por la abuela que van a un casting de presentadora sin estudios pero con escote. Si puede Belén… De pequeñas empresas que sobreviven a base de ética y de negocios que pierden la estética y hasta la cara porque no tienen vergüenza. Crisis en el taxi, que la sufren y mucho, pero alguno no se preocupa de ventilar. Crisis en la voz de una oficina que te responde que suspende una semana el servicio porque se le estropeó el fax. No sé que es peor. Si su respuesta sin sonrojo o la del taller que tarda una semana en arreglárselo. Porque cierran pobres empresarios que caen en desgracia y otros se mantienen con vida por una gracia que debe ser divina.

Y más desórdenes que me encuentro entre paseo y paseo. La crisis de un parque de agua ligado a mi infancia y a mi vista desde la ventana. Está tan enfermo de crisis que ya no tiene agua. Le cortaron el grifo y esta semana han cubierto de tierra un estanque pagado hace poco más de diez años. Porque hay que ahorrar, pero en todos los ayuntamientos levantan los suelos que cerraron ayer por una obra para levantar los que cerrarán mañana por la siguiente. Y entre levanto y levanto, tiro porque me toca aunque no tenga permiso ni decencia para tirar (o levantar, que ahí está la cuestión). El ahorro en combustible y el derroche de tinta con el que se firmarán las multas de más de 110. Crisis de valores, crisis de ideales, crisis de políticos de todo a cien.

Crisis de respeto que me obliga a ir al cine a la una de la mañana. Crisis de conciencia como la de los que acostumbran a mentirnos a diario con una sonrisa. Crisis de educación como la de ese vecino que no quiere saludar. Crisis de buen día, crisis de mil gracias y crisis de un por favor…

Seguiré paseando, aunque no guste. “Putas de rebajas, reyes sin baraja, inmundo mundo mundial…”. Sabina.

Enero

2011 enero 17
por Alvaro Machin

Soy un comprador impulsivo. No porque lo haga con frecuencia, sino por el concepto de impulso. No sé mirar, ni probarme, ni comparar… No sé y no me gusta. De hecho, desconozco mi talla de pantalón o de camisa. Más aún, nunca encuentro lo que busco si, precisamente, me pongo a buscarlo. Lo mío es más de un golpe visual cuando menos me lo espero. La prenda viene a mí más que yo a ella. Pero cada vez viene menos. Lo digo porque en estas rebajas descubro tiendas con más frenesí que el Pachá de Ibiza. La música es atronadora y delirante y da la impresión de que las dependientas van a preguntarte en cualquier momento si quieres la ropa con hielo o en vaso de tubo. Pobres dependientas, con ocho horas de Lady Gaga a todo volumen. La estética es tan estresante que junto a las camisas parece que puedes encontrarte a un forzudo sacando abdominales en un banco de ejercicios. Como en un gimnasio.

Entre tanto, a mi acompañante le empuja un encargado para colgar dos camisas en una tienda del centro. Empuja y parece molestarle que quiera comprar algo. La tienda está llena, pero él, lejos de sonreír, observa a los compradores con desprecio. El chico parece saberlo todo sobre el nuevo comercio, pero me cuentan que tiene poco más de veinte años. Se come a los que entran a su negocio con chaqueta de marca. Todo les sienta ideal y todo les vale. Pero ni mira a la cara a quién no considera. Gran error, amigo. Y más en Santander…

En otra tienda, andan etiquetando. Han mezclado precios rebajados con otros que no lo son. Eso pasa mucho. Te pillas la camiseta de quince y en la caja pagas 25. Y te da corte decir que ese no era el precio porque en esta ciudad nuestra suena a pobre andar racaneando. Se lo advertí a la chica y me encontré con una sonrisa amable y un gracias por la advertencia. También lo hay. No como en otro lugar, dónde se limitan a decirte sin levantar la cabeza que es que ‘en el ordenador pone que vale eso…’. Lo de pedir perdón o arreglar el malentendido no lo hace el ordenador. Ella tampoco.

Entre tanta música atronadora y encargado que da buen ejemplo, decido darme un capricho antes de acabar el día en la fila once de una sala de cine. El capricho es para el estómago en forma de comida rápida. Pero ni es tan rápida ni mi estómago se alegra en exceso. Yo también he tenido problemas con la grasa de mi pelo. Pero decidí cambiar de champú y no mostrárselo en exceso al mundo. Y eso que yo no era la encargada de un establecimiento de hostelería…

Cenas de Navidad

2010 diciembre 17
por Alvaro Machin

Querer hacer en unas pocas horas lo que no se ha hecho en todo un año y, encima, con las personas menos indicadas es imposible, además de peligroso. Ocurre en cualquier ámbito pero prolifera en este mes lleno de bombillas, pero con pocas luces. Las cenas de empresa en navidad son un peligro para los que las disfrutan y para los que la soportan. Durante estos días, es imposible salir a tomar una copa por Santander sin encontrar a una pareja de ‘mira quién baila’ que convierte un bar abarrotado en escenario y a gente que no sale nunca y quiere aglutinar una falta de ‘fiesta’ acumulada en una sola noche. Comen mucho, gritan más y beben, sin costumbre, todo lo que encuentran. Y hasta para eso, hay que estar entrenado…

Al protagonista le ves venir desde que entra en el bar. Me pasó el viernes pasado. Yo pido en la barra, yo hago la gracia, yo hablo más fuerte que todos los demás, yo piso y no me entero, yo voy al baño y golpeo la puerta aunque esté ocupado… Yo estoy de cena y eso justifica todo y yo era el rey de la noche en los ochenta. Treinta minutos después de cruzar la puerta, estaba montando un lío en la barra. Lo llevaba escrito en la frente.

Y el menor problema, si me apuran, es el de molestar a todo bicho viviente. Porque el prototipo de ‘cenador navideño’ suele acometer misiones imposibles en el peor de los momentos. A altas horas y mayor número de tragos, le entra un afán confesor (o crítico, que es peor) ante cualquier presunto compañero o un irrefenable instinto amoroso ante la lista de trabajadoras de la oficina (y digo lista, porque a la primera le sigue la segunda, la tercera…). Al jefe, le cambia el Don Ramón por el ‘Moncho’ y le abraza exageradamente. Para hablar con él, empieza sus frases con un “ya que estamos, quería comentarte hace tiempo…” y le suelta todos sus proyectos para hacer un mundo mejor (normalmente, nada coincidentes con los de la dirección). Porque él, en ese momento, sí que sabe… Y él si que puede hablar con el jefe con confianza… “Coño, Moncho, si es lo que yo digo, que no eres tan mal tío, joder…”.

Pero lo peor de la cena no está en el postre. Más bien, en el café de la máquina al día siguiente. Porque es ahí, justo ahí, cuando descubres que en la casilla de mensajes enviados del móvil están tus mayores errores…

Nota: Pido disculpas por haber tardado tanto en volver a ‘pasear’ y os deseo a todos unas felices fiestas (y cenas).

Venga usted mañana…

2010 junio 1
por Alvaro Machin

Al padre de Alberto le dijeron que la moto estaría lista mañana, a eso de las cuatro. A Sergio le dieron cita a las nueve en punto para su bulto en la espalda. A mí, que el técnico instalador tocaría el timbre entre nueve y once. Son partes de una conversación trivial a eso de las ocho y media. Algo de qué hablar tras un «tomamos un vino y a casa» en un martes incrustado en la rutina.

Cuando fue a por la moto se la encontró en el mismo sitio donde la dejó. El primer mecánico con el que se topó le dijo que no tenía ni idea. Dio un par de gritos al del fondo y obtuvo un «mañana» desde la distancia. «Es que estamos muy ‘liaos’…». No contestó. Se limitó a regresar en el día y la hora que le habían indicado por segunda vez. Y allí estaba la moto… Intacta de arreglos y revisiones. Sin tocar.

Cinco minutos antes de lo acordado ya tenía de frente la puerta del especialista en el hospital. No había nadie a derecha e izquierda. Diez minutos, veinte, media hora… Pasadas las diez una enfermera asomó la cabeza. «Oiga, yo venía…». El doctor no llega antes de las once. Está pasando consulta…

Yo esperé desayunado, duchado y listo. Justo antes de agotar el plazo sonó el teléfono. «Lo sentimos pero no va a poder ir… Mañana, entre nueve y once». Y así hasta que les pregunté si realmente querían vender su producto dos días después. A la pobre telefonista le cayó una bronca no destinada a ella…

Entre Alberto, Sergio y yo perdimos una jornada laboral completa. Y a todos nos citaron con hora precisa. Como si uno pide un café y le dicen que se lo servirán dentro de 25 minutos. Por no hablar de ese «es que estoy trabajando» al inicio de muchos atascos o el obrero con una señal de esas obras tan necesarias como lentas. Yo también estoy trabajando y llegaré tarde por tu culpa… No se juega con el tiempo.

«¿Nos vamos?». A las nueve y media ya estaba en casa.

De todo corazón

2010 mayo 25
por Alvaro Machin
Dedicado a los que siempre quieren bajarse antes que nadie del avión. Al vecino que siempre fuma en el ascensor. A los camareros que no se despiden con un ‘gracias’ y a los clientes que se presentan sin un ‘por favor’.

Al que va por el carril vacío y se cuela en el lleno muchos metros después. A los listos que se adelantan en una cola porque ‘sólo quieren preguntar una cosa’. Al que pide en la barra aunque te vio al llegar. Al que te pisa y no pide perdón.

Al que le escuece responder a un ‘buenos días’. A los que caminan por la calle como si vinieran de recibir siempre una mala noticia. A los que nunca dejaron caer una moneda porque ‘vete tú a saber en qué se lo gastarán’.

Al que habla en el cine en la fila de atrás. A los que nunca dejarían pasar al que sólo ha comprado un pan.

A los que usan el móvil para que les escuchen sin él. A los que aparcan en doble fila con un hueco veinte metros más allá.

Al que no da la mano después de perder. Al que no donó nada porque ‘llegará la mitad de la mitad’. A los que acuden a un concierto y no dejan de hablar.

A los padres del ‘déjales, que son niños’ y a los hijos que mandan a la mierda a sus papás. Al que para al taxista una curva antes de la espera en la parada.

Al de ‘no me di cuenta que estabas tú’. Al que siempre responde ‘pues yo.’ cuando alguien necesita contar sus problemas.

Al que se divierte rompiendo el retrovisor. Al del papel al suelo. A la dueña del perro de eso que hay en mi suela.

A los que nunca tienen tiempo para escuchar y a los que nunca se dan cuenta que ya les escuchaste demasiado.

A todos ellos. Feliz día, incluso, con vosotros.