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Cuatro y cero
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Álvaro Machín | 08-05-2017 | 08:51| 0

Desde que los he cumplido no han dejado de pasar cosas. Ahora siempre llevo los pantalones sucios porque tengo un peluche que come y ladra. Repaso las canciones de Charles Aznavour y no me importaría pasarme un día entero con ‘Non, je ne regrette rien’, de Edith Piaf, como banda sonora repetida. Una y otra vez. Y eso que nunca olvidaré la frase que me dijo José Antonio Marina: ‘el que no se arrepiente de nada o es idiota o no tiene memoria’.

 

Las cosas sí que han cambiado. Uno se acomoda. Mis amigos ahora son gourmets del Gin Tonic y antes compraban botellas prohibidas por la convención de Ginebra. He cambiado yo y ha cambiado el mundo. Los niños cantaban en el autobús de las excursiones. Ahora se hacen selfies en silencio poniendo morritos y los dedos como tijeras.

 

Es cierto que una especie de calma va descendiendo párpados abajo. Empieza por la cabeza, pero le cuesta llegar a un corazón que sigue negándose a reconocer que ya tiene que preocuparse por el colesterol. Las piernas se resisten y, de vez en cuando, se apuntan a partidos de fútbol que son un pasaje de ida a tres días de sofá y agujetas.

 

Uno ya no teme la rutina cuando la echa en falta. Y se apunta frases en el teléfono que dicen cosas así como ‘prefiero vivir bien que vivir mucho’. Uno no es más listo, sólo tiene algo más claro sus principios. Asumes cosas. Que nunca encajarás las derrotas como José Luis Perales. Que además de hacer lo que hay que hacer hay que encontrar huecos para no dejar de hacer lo que te gusta. Lo cedido es lo perdido. Que pasé de llevar a una chica a ver Aladdin en la primera cita a viajar a Jiva, la ciudad de las mil y una noches. Qué bien hice en viajar y qué bien haré en seguir intentándolo. Dice un poeta local que ‘somos un gran ombligo tendente a pensar que la vida transcurre entre Correos y Puertochico’. Los vuelos de Ryanair son tan importantes… No porque vengan turistas. Que sí. Pero más porque nos lleven a otra parte y nos traigan de vuelta con los ojos más grandes.

 

Me he acordado de cosas. Las trufas que mi hermana me preparaba una vez al año, que casi todo lo importante, bueno o malo, me pasa en noviembre y que nadie se acuerda de la canción de la ‘cafetería fabricapastas’ que me tuvo obsesionado tres navidades hasta que la trajeron los reyes. Esos detalles se conservan. Otros te llaman la atención. Hace un par de días fui a comprar una de esas lucecitas con una pinza para poder leer en la cama sin molestar a quien me soporta… Tuve que ir a cuatro tiendas. Las había para el Ebook, las había con el USB… Pero no las tenían para libros ni siquiera donde van a comprar los que no son tontos. Llegaron a decirme que para qué, que el papel ya no lo lee nadie…

 

No sé. Han pasado unos días. Han sido raros, complejos por cosas que toca pasar. Hospitales, paciencia, estar al lado de quien te necesita. Nada grave, pero siempre incómodo. Por eso he tardado en pararme a pensar este rato.

 

En lo que me dijo mi madre en la puerta de una consulta hace unas semanas. Ella tiene ochenta y me tuvo justo a la mitad. A los cuarenta. Los que he cumplido. Nos quedamos en silencio y, con la mirada perdida en la pared, dijo: ‘se me ha pasado volando’. Me sirvió para dos cosas. Para pensar en la otra media vida, que no hay que dejar de aprovecharla y seguir llenando la mochila de historias que contar. Para eso y para darme cuenta de que en los próximos cuarenta no quiero dejar de emocionarme.

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Verano 39
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Álvaro Machín | 10-08-2016 | 17:30| 0

Justo ahora, en este instante en el que toco la tecla que acabará poniendo esto en la red -lo hago con una delicadeza salivante porque es lo último que hago antes de pensar en no hacer nada-, empieza mi descanso. Lo de merecido es una etiqueta demasiado subjetiva (nadie va a decir que se toma un ‘inmerecido’ descanso aunque haya casos clamorosos). Hasta obscena teniendo en cuenta a los que descansan porque no les queda más remedio. Sigo, que me lío. Es el verano 39 y a él llego sabiendo que eran verdad muchas de las cosas que decían sobre acercarse al verano 40. Que el cuerpo ya no responde igual, que es frecuente lo de levantarse con ganas de volverse a acostar y que la euforia de las noches de fiesta dura lo que empiezan. Ya no sé qué decir cuando me preguntan por el bar al que toca ir según la hora. Y ya no convences para que se quede a tomar la última al que dice que se va a su casa. No es lloriqueo. La cabeza rinde y el espíritu está donde tiene que estar. Pero ahora entiendes por qué se retiran los futbolistas. No lloro, insisto. Más que nada porque lo viví cuando tocaba y no hago el ridículo que observo en ocasiones en los que, con media vida ya a la espalda, tratan de hacer lo que no hicieron en su momento. 

 

Son cosas que he pensado estos días. Tachando números de un papel en el que escribí ‘The final countdown’. Que no invitaría jamás a un político en ejercicio (no voy a decir en funciones en los tiempos que corren porque podría malinterpretarse) a dar una charla a un curso de verano. Para los mítines les sobran las tribunas. Suelen ser flojos, aportan poco y se venden demasiado. Que ir en procesión al derribo de unas viviendas aberrantes resta crédito y hace que pierda fuerza la denuncia contra quienes cometieron la aberración. Que no entiendo que unos padres quieran ponerle ‘Lobo’ a un hijo, pero que, si se lo quieren poner, que se lo pongan sin tanto ridículo follón. O que la crisis nos ha instalado en una desconfianza permanente. Que no es mala, pero puede ser cansina y hasta peligrosa. 

 

Reflexiones o recuerdos que vuelven. Que ‘el esto no es para Santander’ es una mancha que se difumina, pero no se quita. Como el postureo de julio. Que a los conciertos no se puede ir con paraguas y querer ponerse en primera fila. Que no eres nadie si asistes a un recital o al rescate de un delfín sin teléfono. Y que en algunas casetas de las fiestas -no en todas, y la diferencia se ve venir desde dos calles más allá- pretenden hacer pasar un churro con palillo por cocina en miniatura. 

 

Cosas de uno. Cosucas. Que tengo que tener más paciencia, que soy perezoso para escribir sin obligación, que cada vez soy más consciente de mi larga lista de defectos, que la ropa se me está quedando vieja… Que tengo que cuidarme del colesterol, pero que la vista para ver venir a los que no me conviene tener cerca mejora con los años. Que hay personas que viven a la sombra de otras unas vidas de segunda mano. Olisqueando restos. Y que otras, como mi compañera Rosa, se merecen todo (me prometí dedicarle esta frase en alguna parte, en algún sitio).  

 

No sé. Ya saboreo la maravillosa sensación que sentiré mañana al despertar. Esa de pensar a qué voy a dedicar la hora siguiente. O esa otra de no cumplir ni un solo plan previsto horas después. Nada extraordinario (o sí). Pienso en lo que meteré en la maleta, en que me gustaría acabar de escribir lo que he empezado, en vivir horas de paz contigo y en acertar con los fichajes del Comunio para no pagar en la próxima cena. Pienso. Cosas importantes y tonterías importantísimas. Pienso en los 39 veranos… Hago un repaso. Y doy gracias porque no me ha ido mal del todo…

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Aléjate de mi culo
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Álvaro Machín | 09-05-2016 | 18:17| 2

No puedo dar consejos porque aún no sé aparcar y dos gotas gordas me empapan las sienes cada vez que veo un semáforo a punto del rojo en plena cuesta. El coche está sucio porque todavía ando con el apuro de las primeras veces. La ‘ele’ es un ángel de la guarda. Se me despegó esta mañana y la he colocado con celo hasta que consiga otra. Sigo descubriendo cosas. La semana pasada, que el agua con jabón para limpiar la luna sale tirando hacia mí de la palanquita. Ya me atrevo a cambiar de canción y a abrir y bajar las ventanas mientras conduzco. ‘Conduzco’. Reconozco que en primera persona me suena raro, que me cuesta decirlo. Raro me veía entre los críos el día del teórico. Acabé el primero y me daba ‘cosa’ irme. Fue un paso. Luego vinieron las prácticas en secreto. Un amigo me dijo que me había visto en un coche de autoescuela. ‘Debe haber un tío que se parece mucho a mí porque me lo ha dicho más gente’. Coló. En el práctico llevé de copiloto a San José de Calasanz y a un ejército de ángeles celestiales. Entre ellos y la Virgen hicieron el trabajo… Mucha suerte. Y después vino una de las experiencias más estresantes de mi vida. La compra me ha robado años y pelo. Casi, hasta una relación familiar. Y he aprendido dos cosas: que en este país todos llevan dentro un entrenador de fútbol y un comprador de coches, y que el mío tiene que durar mucho porque no tengo ganas de volver a pasar por ello.

 

Insisto. No puedo dar consejos porque aún no sé aparcar y se me cala en las cuestas. Pero ya llevo más de mil kilómetros y eso me acredita, al menos, como observador. De las rotondas no diré nada porque no quiero perder amistades. Pero de la obsesión, sí. Tiene que haber algo erótico. Tiene que ser eso. Porque no entiendo el afán por arrimarse. En los semáforos, en el cruce… Se palpa la cercanía antes de ver por el espejo. Les miras la cara y piensas en el ligón cutre que arrimaba cebolleta en El Divino. En los viejos verdes que sacaron una vez en el Telediario porque plantaban la bragueta del pantalón de pinzas cerca del trasero de las turistas de Las Ramblas a la primera montonera. 

 

Se pegan. Se arriman. Ganando centímetros inútiles. Poniendo calientes las defensas. ¿Vas a llegar antes? Me advierten que yo también lo haré cuando pase el tiempo. No lo entiendo. Diría que es cosa de gallitos cutres, de aquí estoy yo y ‘nótalo, nena’. Pero no, porque ellas también lo hacen. También llegan frenando y paran a punto del beso. 

 

Distancia de seguridad convertida en esa gente que te habla demasiado cerca de la cara. Ay, que angustia. Pues nada, tú sigue. Yo, tranquilo. La ‘ele’ me protege. Párate a pensarlo. La llevo y se me atragantan las cuestas. Tú acércate en el semáforo, pégate del todo… Yo tiro, se me cala y… Ya sabes quién pagará la factura

 

 

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Colillas sin tumba
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Álvaro Machín | 02-05-2016 | 11:46| 0

Son tres. Sentados en taburetes altos. De la botella encajada en el escanciador artificial ya no salen culines. La hija lo intenta para servir otra ronda, hunde la yema en el botoncito, pero, más allá del ruido, nada. Entonces vuelve a lo que estaba. A lo que estaban los tres. La mirada clavada en el teléfono. Cada uno en el suyo, hipnotizados. Papá, mamá y una adolescente en un bar de Llanes metido en un callejón. Sentados en torno a un barril de terraza. Solos, rodeados de mundo. Es domingo, ha salido el sol y en El Antoju -allí cerca- cuesta encontrar mesa. Tan embobados que, cuando llega la cuarta, una niñuca que anda enredando por allí, nadie le recibe. Habla desde abajo -no llega a lo alto del barril- y el mensaje no llega a los trozos de carne posados en los taburetes. Viva la familia. Ni un gesto hasta que mamá apura la última calada del cigarro. Saca un brazo a pasear, sale del letargo. Hay cenicero. Pero desviar los ojos de la pantalla es mucho pedir y el suelo no exige puntería… El suelo es tan cómodo, tan agradecido. Se lo traga todo…

 

Es su colilla y es la de la pareja de la mesa de al lado. Es la que hay junto a unas flores de postal en la ruta que te pone a pasear por encima de la playa de Poo. Hay una, otra, otra más… Para recordar en medio de un escenario que reconcilia con el planeta que en las reconciliaciones siempre hay alguien que cede. Son las cientos que hay en las puertas de los bares, en los portales de las oficinas… En Llanes de escapada y en Santander de rutina. Por el Paseo de Pereda, por la Alameda, despegando de las ventanas de cualquier coche en marcha o haciéndose fuertes asomando la cabeza entre los granos de arena de Los Peligros. 

 

Colillas taponando alcantarillas. En verso. Colillas que ensucian (en prosa). Colillas, colillas, colillas… Bombas de humo mal apagadas en una papelera. Flotando sobre la marea en las rampas de los muelles de la Bahía. Descubriendo el cauce del Ebro y el caudal del Pisuerga. En las marismas negras de Astillero, arrojándose al fondo en el Faro y como rastro de ese instante de paz libro en mano -y conciencia en el sobaco- en uno de los pocos rincones que quedan para calarse de esa paz. 

 

Si ya no hay apego al papel caído (aún queda, pero algo hemos avanzado), ¿por qué la colilla sigue sin sepultura? ¿Por qué el suelo sigue lleno de cadáveres? Es lunes y hay cosas mucho más importantes. Seguro. Pero hoy pienso en ello. Será que no fumo, que a mí las colillas en el suelo me dan bastante asco… 

 

Para encontrar un ejemplo, consultar este enlace

 

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Los que vimos al diablo (vestido de ángel)
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Álvaro Machín | 25-04-2016 | 10:10| 1

Ellos no vieron a los chicos del barrio. No sé si era la mirada o los ojos lo que se les iba cayendo. Desparramándose sobre un rostro cada vez más afilado y pálido. La carne de los papos se les hizo fina y los pómulos, sin oposición, se les marcaban en la cara como a los cadáveres. Del pupitre de al lado y los tiros a trallón en la pista de la Peña a los tumbos en la calle y otros tiros. No vivieron los años de los que daban el palo, del ‘déjame veinte duros’, del ‘o me lo das o todo lo que tengas pa mí’, del ‘no me hagas mirarte los bolsillos’… Siempre tenían prisa hasta que llegaba la hora de deambular lento, siempre discutiendo entre ellos en su ir y venir, siempre muy abrigados con cuero de verano…

 

No vieron al chico bien de La Alameda que ya me conocía. Ya me pedía las cien pesetas con familiaridad y a mí me fue doliendo menos darle lo que costaba la entrada al Covent Garden en la sesión de los sábados tarde. Fueron años de miedo y costumbre. Porque en el fondo, la mayoría, no era mala gente y su estampa se instaló en la ciudad como las paradas de autobús. Aquí no hubo movida madrileña pero había un pirata con guitarra. Allí fueron Enrique o Antonio y aquí, chicos anónimos de las cuatro esquinas. Todos se cruzaban de acera por Cuatro Caminos al ver al vecino de siempre, al que su madre echó de casa, al que volvía de vez en cuando y se paraba a mirar en la distancia.

 

Ellos no entienden por qué la buena chica tenía poco apego a la vida y por qué fue demasiado tarde para la princesa. Nada de diablos vestidos de ángeles, más chutes no. Por qué acabó así la rubia de la pista. La que venía a comerse los morros a los columpios, frente a mi ventana. A mí me parecía una Olivia Newton-John forrada por la tela vaquera de una cazadora con hueco para alguna mano por debajo. Cómo envidié infantilmente a aquellos chicos con la mano larga y los labios rojos…

 

No comprenden, no han visto lo que vimos en esos ochenta idealizados que me pillaron crío y en los noventa que ya me cogieron más crecidito. Ahora, con mis amigos -todos hacemos cuarenta este año-, cantamos la de ‘Tony, el gitano’ en todas las fiestas. Nos reímos con eso, pero esto va en serio. ‘Maldita droga, me tiene loco. No tengo alegría ni sueño tampoco’. Está en la banda sonora de Torrente.

 

Nota: La Policía ha incautado en España el mayor alijo de heroína de lo que va de año en toda Europa. En la carrocería de un Porsche Cayenne blanco. Ahí estaban escondidos 54 paquetes con más de 56 kilos… Todos los indicadores coinciden en que el caballo vuelve a ponerse de moda.

 

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La foto de las olas
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Álvaro Machín | 12-02-2016 | 12:21| 1

Puede que sean los mismos que siguen hablando sin inmutarse mientras el crío chilla, imita los taconeos de Farruco y los acompaña con golpes, móvil en mano, en el respaldo de las sillas de los clientes de dos mesas más allá. Con ese teléfono que le compraron al chaval a los cinco años para que estuviera entretenido. Para que no diera mucho el coñazo, aunque a los amigos les digan que es por si tiene que avisarles al salir de clase de piano. Tal vez se trate de los que siempre achacan a algún problema con el profesorado la tendencia de su hijo a no aprobar casi ninguna. O los que van evitando tener que llamar a ‘Hermano Mayor’ a base de juegos para la consola. Tiene que ser algo así. Formar parte de un programa educacional definido, concreto. Basado en muchas horas frente a príncipes, sálvames y viceversa. Porque me cuesta entender que unos padres levanten la cinta de una zona acordonada por la policía para llevar a los enanos a ver olas gigantes. Para plantarles ahí, frente a una barandilla al borde del temporal y reírse a carcajadas cada vez que la cresta de agua les pasa por encima. ‘Ponte para la foto justo cuando venga’. Eso, la foto. La mierda de foto que pondrás en Instagram para tus veinte seguidores lo justifica todo. Enseñar a tu chaval a saltarse a la torera lo que le ha dicho un policía que tiene más trabajo parando a tontos que vigilando peligros. Y, por supuesto, ponerle en riesgo. Corre, que viene. Da igual leer las noticias. Da igual saber que aún no ha aparecido una criatura que se llevó la corriente. Da igual porque eso en el Facebook no sale y no lo has visto.

Tonto. Sí, tonto. Yo lo he sido mil veces (he llenado de ejemplos la zona de copas). Pero esta semana me ardía la sangre mientras trabajaba viéndote poner a los niños ahí delante. Viendo los vídeos de los telediarios, llenos de insensatez. Viendo a un tipo subido a las grandes rocas del Camello con las olas rompiendo bien cerca. Con paraguas y, por supuesto, móvil. Baja de ahí. Porque lloraremos de lástima al saber que te engulló el Cantábrico. Porque tendrás, seguro, una bonita historia que hará que a todos nos de pena. Porque habrá una familia, un perro, un camarero que te servía café… Porque olvidaremos los motivos al ver las consecuencias. Porque nadie pensará -y ni siquiera será ya importante- que te pasó por hacer el tonto. Por la foto.

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Lunes de lluvia en día libre
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Álvaro Machín | 18-01-2016 | 12:14| 0

Santander tiene color de lluvia los lunes por la mañana. Si cae, en agua y lunes, se pone de ese gris propio con más fuerza que ningún otro día. Es un gris que se te mete dentro. Que te moja desde abajo, empapa por el adoquín y va ascendiendo. Que cala las entrañas y las conversaciones. Que se quiebra con el amarillo intenso de las hojas de la hilera de árboles que hay en Calvo Sotelo. Que moja la ropa de los tendales de los despistados de barrio y desespera a los que buscan aparcamiento.

 

Es curioso. En una ciudad acostumbrada al chaparrón no sabemos conducir ni llevar paraguas cuando llueve (lo primero lo he oído decir mil veces y en lo segundo ya no voy a insistir). En casa, la piel del albornoz parece de mujer al salir de la ducha. Uno se recrea en eso y en la barra caliente de la cafetería. Más que un martes o un jueves. Se habla del empate del Racing, de si alcanzará para ser primeros. De las anchoas de Sánchez y la cantada de Casillas. De las últimas cadenas que llegaron al WhatsApp poniendo a parir al PP y a Podemos. De lo mal que está todo y lo sinvergüenzas que son. De la pena de un país que tiene a esos ‘VIP’… Se mira de reojo al que lee El Diario en un bar y siempre se piensa que tarda demasiado en dejarle libre. “¿Qué tal el finde?”, se preguntan al encontrarse y alguno se detiene a recordar con cierta melancolía cuándo pudo responder algo distinto.

 

Hoy se habla de que murió Fernandito y de que Santander, en la modernidad, está perdiendo a esos personajes que son un poco de todos y un poco de nadie. Que ya casi no quedan. Se habla del Porsche Cayenne volcado en pleno Puertochico a las tantas…

 

Y se habla de que llueve. Porque en Santander, acostumbrados al agua, somos muy de hablar de que llueve…

 

 

 

* Escrito desde un portal de la calle Lealtad…

 

 

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La semana tonta
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Álvaro Machín | 27-10-2015 | 11:34| 3

Fin de mes, lunes, viento sur, luna llena… Lo tuvo todo el día. Tal vez fuera eso lo que me hizo sentir que octubre se me está haciendo largo. Tengo la pereza metida en la almohada y no la ayudo a salir eligiendo canciones. Tendrá que ver que esto del Halloween me resquema y que se hace triste ver que, al final, todo se reduce a ir a los bares a ver a chicos y chicas con poca ropa pero con mucha sangre. No ayuda saber que ha cerrado La Góndola, en los bajos del Casino. Porque allí he pasado buenos ratos y porque es (era) el único lugar que recordaba que El Sardinero también es un barrio en este Santander de elitismos que abre tiendas y bares impersonales.

 

Debe ser cansancio. Saber que ya no habrá más viajes este año porque hay que pagar las obligaciones, los seguros y los impuestos. O resignación al pensar que antes las respuestas a estos días tontos estaban en la literatura o en el cine y ahora aparecen en forma de frase de banco de datos de todo a cien enmarcada en los muros de Facebook. Esas de ‘la vida es como…’ o las de ‘estoy en un momento de la vida en el que…’ copiadas de cualquier biblioteca de lugares comunes. Si pones ‘frases para el Facebook’ en Google aparecen más de 18 millones de páginas (las hay hasta firmadas por una discoteca). Filosofía. Que nadie se me moleste, que ando espeso. Por seguir con esto de las redes, me enfadé el otro día porque al reportaje de seguimiento de un duro accidente que escribió un compañero, uno de esos que se publican los días después para saber cómo lo están viviendo los vecinos, le pusieron un comentario del tipo ‘me molestan estas noticias en las que no cuentan lo que ha pasado, así que os lo cuento yo por aquí’. Informarse de lo que ocurre en el mundo solo con los enlaces que se caen al Facebook entre selfies y recuerdos de dónde estabas el año pasado es lo que tiene. Perderse los días previos, las explicaciones, los motivos… Todo publicado, obviamente, días antes. Da pereza que el trabajo de un profesional quede para eso… Da pereza que los titulares digan que no comamos carne y que el jamón mata. Lo que me están matando es el consuelo para este octubre tonto.

 

Hoy llueve y los paraguas me ponen nervioso. También es eso. Que tengo que escribir otra vez de números, que hace tiempo que no voy al cine, que hicieron obras en mi barrio y han dejado el suelo a parchazos… Que me reprocho no ponerme a hacer lo que debo hacer y me encuentro los pretextos en que ‘no tengo tiempo’ (la gran mentira para no cumplir sueños). Y lo peor es que después de octubre llegará noviembre, que este año será una cuenta atrás de mítines y frases. Porque lo de la campaña también me da pereza… Mucha pereza. Aunque sean las elecciones más interesantes de la democracia consciente.

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Verano 38
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Álvaro Machín | 10-08-2015 | 11:23| 0

Desde la redacción del periódico veo pasar un verano que se fotocopia al del año anterior y al otro, y al otro… Vuelvo a repetir las frases. ‘La misión de todo santanderino es convencer al que viene de fuera que ayer hizo bueno’. Vuelvo a debatir si las ferias trajeron más o menos cosas esta vez. Si el helado de Regma triunfa solo por ser tan grande. La noche de los fuegos me recuerda de nuevo a esa en la que veían el cine desde el agua en Cinema Paradiso. Ahora vivo el verano más de día, porque los chicos que vienen de prácticas tienen siempre la misma edad, pero yo estoy cada año un poquito más lejos. La última noche que salí acabé discutiendo con el dueño de un restaurante moderno. Sé que Cañadío vuelve a estar lleno y que los pantalones cortos de los chavales son mucho más estrechos (yo no me veo). Sé que aparcar está imposible y que se nota que hay mucho turista porque en los bares escucho decir zuritos y ‘una de calamares’.

 

En este verano 38 bebo más agua y como más pescado. Hasta voy a la pescadería cuando entra bonito (y todo eso no ha impedido que recupere algo del peso que se había marchado). He cambiado una parte de las zancadas de los paseos por las pedaladas. Así voy a trabajar a diario. Y he aprendido que aún falta cultura de bicicleta en esta ciudad nuestra. Que mal está que los ciclistas vayamos por la acera. Tan mal como esa costumbre de los paseantes de ocupar los carriles bici. Sobra acera, pero ese color rojizo pintado para marcar la vía atrae a caminantes, corredores con cascos y hasta a parejas con carrito de crío… Si sobra espacio, hombre. De los conductores no hablo porque aún no me atrevo a pisar la carretera, pero no me cuentan nada bueno. Y sí, hay ciclistas que se equipan como para ir al Tour solo para recorrer estos carriles bici ‘volando’. Tampoco. Si quieres exhibir piernas, vete con los que saben a subir puertos (que cada vez hay más gente y más afición y me parece fantástico)… Cada cosa, su espacio.  

 

Que rutón me he vuelto. Pero es que no se puede ir a un concierto con paraguas y querer estar en primera fila. El verano en Santander también son días de lluvia. Y si toca, toca. No hay veraneo sin chubasquero y sobran los recuerdos de chupas en noches históricas. Con paraguas a la campa, no. Que no dejas ver y mojas al de al lado. Es agua, nada grave y todos queremos ver a los que cantan, más allá de que a tu chica se le moje el pelo. 

 

Tengo suerte. Otra reflexión de verano. Por haber viajado mucho y haber vuelto siempre. Porque alguien me estuviera esperando y por pasar los días a su lado. Por los helados al salir del trabajo, por descubrir el rincón de la biblioteca, por la barbacoa con mis amigos de siempre, por poder seguir escribiendo de veranos… Por seguir haciendo planes y por descubrir que al lado mismo de casa hay un paisaje de película llamado Ría de Cubas que media ciudad no ha visitado nunca. Claro que tengo suerte. Mucha. Un verano en Santander nunca se puede olvidar… Y tampoco olvidaré este verano 38.

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El pincho de después
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Álvaro Machín | 13-07-2015 | 11:53| 1

Los libros de viajes rara vez incluyen los regresos. El camino de vuelta. No suele haber capítulos para esa parte de la aventura que parece morir al cerrar la cremallera de la mochila. A mí me gusta irme, pero también volver. Van en el mismo lote de la experiencia. Y tengo liturgias de ida y vuelta cuando paseo por la bola del mundo. Liturgias con los cinco sentidos. Me gusta ver Santander desde el aire y jugar a reconocer por la ventanilla del avión. Esa playa, ese monte, Peña Cabarga, Liencres… Cuando vuelves a bordo del Ferry, todavía lejos, una legión de gaviotas y cormoranes aparece como un pelotón de bienvenida con pista de despegue en Mouro. Vista. Al oído le dejo alguna canción de Enrique Urquijo o de Quique González mientras voy sacando la ropa sucia de la maleta y abro las ventana de la cocina para airear la casa y ver si han sobrevivido las plantas. Ahí juega el olfato, porque abrir la bolsa es revivir los aromas de lo que fue un destino. Pocas cosas son tan evocadoras de algo o de alguien como lo que se cuela con fuerza por la nariz.  

El gusto es muy personal. Mi manía sabe a tortilla de patata. Llegar, ducharme, ponerme pantalones cortos (cuando los llevo tengo la sensación de vivir en vacaciones) y bajar andando por el Parque del Agua o por La Alameda a alguna de las barras que no fallan nunca. Es el pincho de después y sabe a gloria. Tengo sincio (una de esas palabras propias por partida doble: porque es muy de aquí y porque la usaba mucho mi padre) casi desde que me marcho. El primer bocado sabe a regreso, a casa, a tierra… Cosas de un tipo maniático que siempre comía un pincho después de poner el último punto a cada examen en la universidad.  

Luego llegan los otros retornos, con los sentidos ya muy mezclados. Ir a comer a casa de mi madre, ver a los amigos, recorrer el centro y seguir andando hasta El Sardinero por Reina Victoria, tomar copas en Cañadío, los recados pendientes, la tarde en el sofá… Los viajes que hay dentro del viaje. Y últimamente ando algo obsesionado con seguir viajando sin marcharme. Con eso tan manido y tan abandonado de ser turista en tu propio lugar. Porque parece increíble que un viajero extraño conozca los rincones que se le escapan a un vecino. Y en Santander (como en todas las ciudades) siempre hay lugares pendientes. Hasta tesoros. Ella se asombró como yo con la biblioteca del Trinity College y sus filas de conocimiento. Mágico (y no porque fuera escenario de algunas escenas de Harry Potter). Muy recomendable. Paseó entre los bustos blancos de los sabios y se hizo fotos junto a la escalera forjada de caracol después de asomarse a la vitrina del libro de Kells. Luego paseamos por St Stphens Green y estaba tan cansada que se quedó dormida en un banco. Fue Dublín, pero también Santander un sábado por la mañana. Está feo eso de comparar (no es comparable, ni mucho menos), pero más perderse la vista cercana de otra biblioteca que está aquí mismo. Por eso volvió a asombrarse con la sala de Don Marcelino, en pleno centro. Con la explicación de la vida del sabio, por su afán por recopilar conocimiento y con el lugar donde descansa su legado. No cuesta dinero y la mujer que nos abrió la puerta (las visitas son de lunes a viernes) nos explicó los detalles con el encanto de las cosas que se sienten. Luego visitamos la casa de los Menéndez Pelayo y nos fuimos de allí sabiendo algo más que cuando entramos. Fuimos, como si formara parte de la liturgia de un viaje de vuelta, a comer un pincho de tortilla…

PD. Faltaba el tacto entre las costumbres del regreso: coger la mano a la persona que más me echó (y eché) de menos en el último gran viaje. Si alguien espera nunca se viaja solo.

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Sobre el autor Álvaro Machín
Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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