27 AÑOS DE VIDA

Un día tan significativo como es, para mí, un cumpleaños puede tener dos caras cuando se vive lejos de la gente a la que más quieres. Y así todo ha tenido un final tan feliz que este post va dedicado a dar las gracias a todos los que han creado un universo de alegría y felicidad por mi cumpleaños, aquí, en Denver.
El día 25, la víspera del día en que cumplí 27, fue terrible. Tuve un cambio de última hora en mi rutina que desembocó en un estrés inaudito. Lo que me llevó a descargar ese estrés con uno de mis alumnos, cosa que siempre evito y nunca me había pasado tanto como ese día. Así, reuní a mis alumnos y les hablé del “maravilloso” ser humano y de lo importante que es darse cuenta de tus errores para que no se conviertan en fracasos. Les pedí disculpas por mi enfado prácticamente no argumentado y les expliqué en lo que consistía una mañana estresante. Algunos se levantaron y me dieron uno de esos abrazos que rompe el corazón e incluso uno me dijo: “Señor Luis, hoy vamos a hacer todo lo que nos pidas para que estés muy contento”. Al ver mis ojos humedecidos por la emoción (soy muy llorón yo) una de mis niñas me dijo: “Sí, porque yo puedo ver que tus ojos están tristes y no queremos que estés triste”. Acto seguido se levantaron todos y me abrazaron… me quedé un ratito en clase hablando a solas con el niño con el que me había enfadado. Una gran lección de unos pequeños, pero inigualables profesores. ¿Qué más se puede pedir como maestro?
Luego me dí cuenta que lo que sentía era una gran distancia de mi gente porque estaba llegando el día en el que tanto me hubiera gustado sentirles cerca.
Pero el día 26, mi cumpleaños, comenzó muy bien. Mientras iba a trabajar me llamó mi familia y me alegraron la mañana, además de ponerme al día con la contraportada que ocupé en El Diario Montañés (muchas gracias también a los redactores). Luego un mail personal de mi padre que me alegró el corazón y mi email, facebook y tuenti repletos de gente que me quiere y se acordó de mí.
La verdad es que en estos casos lo que menos me pesa es la cantidad de años (para mí aún siguen siendo acumulaciones de experiencias y madurez). Lo que más me pesaba era la distancia.
Por la tarde, era el talent show del colegio, un espectáculo en el que un montón de niños del colegio mostraban sus talentos a todas las familias del colegio. Y los profes habíamos estado ensayando THRILLER de Michael Jackson para sorprender a toda la comunidad (por supuesto, no faltó la indumentaria propia de tal estilo zombi). La noche fue mágica, llena de luces y estrellas. Mis niños brillaron con luz propia en el espectáculo de marionetas que mis amigos Cobo y Elena, del grupo Corocotta tan sabiamente me habían recomendado. Y al final una tarta y todos mis amigos y compañeros de trabajo cantándome cumpleaños feliz: ¡en un teatro repletito! No sin mucha vergüenza soplé las velas y me acordé de todos los que no estaban allí.
Al día siguiente comencé con llamadas de Skype para recibir más felicitaciones familiares y terminé con una pequeña fiesta con la gente a la que más quiero aquí. Lo pasamos genial y nos reímos hasta que nos dolía el estómago. Fue una noche perfecta, con el broche que no podía faltar: un ramo con una pegatina de “Floristería Natura” falsificado (Nani todavía no exporta al extranjero, pero poco le faltará) y en cada rosa el nombre de ellos: grandes amigos.
A todos vosotros, cerca a lejos, gracias, GRACIAS por regalarme felicidad en mi cumpleaños. Os mando todo el amor con el que he pensado en vosotros estos días.

EL MENÚ

En una de esas típicas y tradicionales charlas que tienes al volver a casa con alguna de esas personas que ves de ciento en viento, una de las preguntas típicas y tradicionales (valga la redundancia) es la de cómo comes en EEUU y que si no has engordado y que si no es difícil encontrar productos para cocinar de lo nuestro.
Bien, domingo a las ocho y media de la noche. Preparando la semana después de un magnífico fin de semana esquiando y pasando la noche en la cabañita (como aquí llaman a las mansiones al pie de las pistas de esquí) de una compañera del colegio. Por cierto, con una maravillosa cena de raclette francesa y una gran compañía. Vuelvo al domingo (hoy). Mientras cocino una exquisita crema de calabacín pienso en la paella que me espera para cenar mañana en casa de Carmen (valenciana y óptima cocinera). Y pienso en que todo esto se merece un post, porque al fin y al cabo, la cocina es una gran parte de la cultura.
Día a día normalmente cocino yo mi menú. A menudo simples ensaladas que aquí se suelen aliñar con salsas hipercalóricas preparadas. A mí que no me quiten mi aceitito de oliva virgen y mi vinagre de módena (ambos cuestan medio riñón, por cierto).
Por norma general siempre sigo el recetario castellano. Para el americano de a pie eso quiere decir burritos, tacos y guacamole. No pueden comprender que a los españoles el picante nos cueste asumirlo en nuestros platos y siempre se asombran cuando, con toda su buena intención, te preparan una comida mexicana con unas especias tan picantes que apenas ellos mismos pueden comer. Y están acostumbrados al picante, creedme. Sin embargo, con el tiempo, hasta a eso te acostumbras y parece que las llamas en tus papilas gustativas no son más que cosquillas.

Dentro de mi círculo de amigos, donde la mayoría somos de buen comer y españoles, gozamos con maravillosos tipos diferentes de arroces (Valencia), tortillas de patata rellenas de bocas de mar, atún, pimientos… (norte en general), y cualquier tipo de picoteo acompañado de un buen martini para abrir el apetito. Pimientos rellenos (que nunca me saldrán tan buenos como los de mi tía Montse) o un famoso salmón con tomate de una emeritana que adora el pescado. Tenemos mucha suerte de podernos darnos estos caprichos, si bien es cierto que en ocasiones encontrar los ingredientes es muy difícil. Pero vamos investigando y ya sabemos dónde comprar un chorizo de Palacios (que aunque en España sea de lo más normalito aquí es todo un lujo: 16 dólares el chorizo ni más ni menos), o arroz valenciano. Eso sí, si quieres calidad y autenticidad, prepara el bolsillo, porque en este país donde piensan que hay que tener variedad para todas las economías, comer sano es caro. Y así te puedes encontrar con productos baratísimos de una pésima calidad o buscar la etiqueta de orgánico y pagar un potosí. Puedes encontrar supermercados especializados en orgánicos y con unas comidas preparadas deliciosas, pero con 50 dólares no haces nada, aunque si buscas algo concreto, lo encuentras; desde productos internacionales (foie francés, queso machego…) hasta todo tipo de suculentas pastas y postres (sin comentar el innombrable: mi amigo el chocolate, en todo tipo de formas).
Por otro lado está el comer fuera de casa. No tengo que aclarar, supongo, que la ciudad está salpicada de restaurantes de comida rápida y de drive-ins, que ya han llegado a España con su ventanita donde para recoger la comida no te tienes ni que bajar del coche. Aquí si tienes “hambre urgente”, de ese tan típico a la hora de salir del colegio, las posibilidades son infinitas, aunque saludables más bien pocas (por no decir ninguna).
Pero también encuentras restaurantes donde abrir la boca es una delicia. Últimamente estamos culinarios, entre otras cosas porque ha sido la semana de los restaurantes de Denver y ofrecían unos menús a un precio asequible para nuestros bolsillos de profesores. Hemos degustado un arroz con pollo teriyaki y sopa de miso en un auténtico restaurante japonés (con unos entrantes interminables), un desayuno cajún al más puro estilo de Nueva Orleans, pasta italiana al dente con un buen vinito, sándwiches con un toque muy “nouvelle cuisine”, y solomillos en su punto que tanto echo de menos de uno de mis restaurantes preferidos en Campóo: el Fuentebro. Éste no era igual (creo que es imposible), pero estaba también muy bueno.

Aunque es cierto que algo de lo que más echo de menos de España es la comida, aquí no lo hacemos nada mal. Y como no, cuando vienen visitas, el jamoncito y el lomo (bien escondiditos para pasar la aduana) son la delicia de todos nosotros, pero nos damos otros placeres con esta comida tan internacional.
Hay algo, sin embargo, que tenemos que aprender de los americanos: pedir lo que no acabamos en los restaurantes y llevárnoslo para el día siguiente en una cajita. Es, sin lugar a duda, el mejor aspecto de su cultura culinaria.

BAJO EL MAR

Hoy, mientras sigo lo más cerca posible la entrega de los Oscars (en mi caso actualizando la página web oficial, ya que no tengo televisión) he ido investigando los nominados y, cómo no, también los ganadores. Con algunos premios estoy más de acuerdo que con otros, véase Sandra Bullock en el papel de madre coraje en The Blind Side, que ha sido una sorpresa, pero desde mi punto de vista un premio muy merecido a una actriz tan típica de romances de tarde de domingo. Sin embargo, uno de los premios que más me ha impactado, y no por lo que supone que le hayan premiado, sino por que no conocía el documental, ha sido The Cove. Os animo a que lo investiguéis y si es posible, que lo veáis. Yo así voy a hacerlo. Es un documental sobre la cruel caza de delfines en Japón.

El caso es que ha sido The Cove lo que me ha hecho pensar en mi blog. Pero para poder narrároslo, debo recordar el frío espantoso y la nieve perpetua del invierno de Denver. Sí, mi cielo sigue siendo magnífico, pero el invierno es el invierno. Es por eso, que cuando llegan nuestras esperadas vacaciones de febrero, todos huímos hacia el calorcito. Y como bien os he comentado, este pasado mes, volamos a Florida.
¡Ah, Florida! qué descubrimiento.
La llegada a Florida fue un desastre. Perdí mi carnet de conducir en el control del aeropuerto en Denver y, una vez en Miami, para recoger el coche tuvimos que llamar a la compañía con la que habíamos alquilado para cambiar el nombre de la reserva porque sin mi carnet, pues no nos lo alquilaban. Total, que como todos los negocios que van a través de operadores, esto fue un fiasco y no pudimos cambiar el nombre de la reserva. Nos tuvimos que conformar con cancelar nuestra reserva. Con tan buena suerte que había un show nacional de yates en Miami y todos los alquileres de coches estaban carísimos. Pero un simpatiquísimo conductor de autobús peruano llamó a un amigo y nos alquilaron un coche, en un negocio familiar, por un buen precio. Nuestro primer contacto con el Miami latino, donde practicar inglés, parece imposible.
Y para no perder ni un instante más, Patricia y yo salimos despavoridos del tráfico insostenible de Miami en dirección a los cayos del sur, para dormir cerquita y al día siguiente desperezarnos disfrutando del paraíso caribeño, ya que los cayos del sur son una serie de islitas al sur de Florida que se alargan por el Caribe en dirección a Cuba, de hecho Key West está más cerca de Cuba que de Miami.
Al llegar a Cayo Largo (y siguiendo las recomendaciones de nuestro guía particular: Don Lonely Planet) abrimos el rincón de los lugares obligatorios del mundo para llenarlo. Y, aunque casi nos lo pasamos, el John Pennekamp Coral Reef State Park fue, para mí, lo mejor de mi viaje a Florida.

Se trata del primer parque nacional bajo el agua de los Estados Unidos. Nada más llegar, sus pequeñas playas y centro de visitantes te dan una bienvenida cálida y agradable, pero nada comparado con lo que viene después. De hecho, deberían de plantar un gran cartel a la entrada que diga: OBLIGATORIO BUCEAR SI SE VISITA EL PARQUE. Increíble experiencia la que vivimos por una decisión de última hora. Y es que, cuando estábamos a punto de darnos la vuelta con la típica postal en la mano, nos miramos y decidimos vivir la aventura. Es lo bueno de viajar sin rumbo fijo y sin alojamiento predefinido. Así, nos pusimos nuestros buzos con todo el equipo y nos subimos a un barco, cómo no, con un grupo de turistas tan ajenos a lo que nos esperaba como nosotros.
El viaje en barco también fue toda una experiencia. Entre manglares de aguas turbias y poco apetecibles, de repente, el océano celeste y cristalino se abría ante nuestros ojos. Y el capitán aceleraba el barco para que todo fuese contraste. Contraste de agua, contraste de viento en la cara, contraste de día… quién nos lo iba a decir.
Y por fin, el motor se para y el barco sube y baja haciendo de nuestro equilibrio lo que le viene en gana. Y ahí estamos nosotros, tomando una clase de última hora antes de sumergirnos. Hasta que se hace la luz, la luz tras el cristal de mis gafas de bucear y tras el cristal de la cámara de usar y tirar sumergible que se nos agota en unos cinco minutos. Justo debajo del barco una estatua al estilo del Cristo de los Abismos italiano como guardián de la barrera de coral. Todo es mágico y me parece estar dentro de un acuario gigante. Además el tiempo nos acompaña y hay un bosque de rayos de sol que tiñen el fondo del mar de alegría. Lleno de peces de colores inimaginables, de selvas de corales que serían el capricho de cualquier joyero y sí, es cierto, también lleno de torpes como yo, que de vez en cuando te hacen comer aletazo en todo el morro. Pero es tan grande que te puedes perder solo y disfrutar de la calma debajo del mar. Y es tan nuevo que todo da un poquito de respeto, sobre todo cuando se ven peces de un tamaño impensable y una boca extraña, no conocida…
Pero como todo lo bueno, esto también se acaba. Y después de una hora y media, suena una sirena que recoge a los niños. Niños como yo que hoy han disfrutado de lo lindo. El viaje de vuelta, qué mas se puede pedir, que en el frente del barco, tomando el sol y notando el viento caribeño broncear tu cara. En febrero, sí señores, en febrero.

OTRA VEZ EL CIELO

Ya era hora, dirán ustedes. Pues sí, es cierto. He recibido varios avisos amenazadores y, por fin, he decidido que blog no hay más que uno, y que qué sería de mi vida tan lejos si no pudiese airear mis impresiones de vez en cuando en este querido blog.
¿Por qué hoy? Pues primero por un escrito anónimo que me ha puesto las pilas en mi último post, y sobre todo porque hoy al volver a casa he visto el cielo.
Ese cielo fantástico que regaló el nombre a este blog. Sin embargo, esta vez era un cielo diferente. Ahora me he mudado cerquita del centro y mi cielo apenas se vislumbraba entre gigantes amables de hormigón y cristal. Es un cielo más urbanita, pero, al fin y al cabo, es lo que tiene vivir en la ciudad. Eso sí, el cielo en Denver sigue siendo un artista y su lienzo no deja indiferente. Malvas de graduaciones infinitas, azules, rosas, blancos y platas. Otra vez el cielo.

Vuelvo con nuevos viajes a la Florida de la moda en Miami Beach, de la jungla en los Everglades, infestados de caimanes y abrillantados por el blanco y azul de garzas y miles de aves de humedales. La Florida cubana, donde en ocasiones es difícil encontrar alguien que hable inglés, donde Key West, está más cerca de Cuba que de Miami, aún siendo territorio americano (y una vez independiente como la República de la Concha).
Pero esta vez vuelvo solo, viviendo solo, aprendiendo a disfrutar de la soledad y conociendo la vida, que es un poquito lo que me ha tenido alejado de mi literatura o más bien de mi vida en general, que cambia ¡cómo cambia la vida!
Os dejaré con la alegría también de que me llevo a mis niños americanos a conocer Cantabria el próximo curso. Cantabria Infinita, un salto a un océano y mis alumnos compartirán sus vidas con niños campurrianos, aunque no haya sido gracias a la dirección del colegio público más grande de Campóo, que ha decidido que los niños de Reinosa no abran sus puertas al mundo y compartan 15 maravillosos días de aventuras con unos niños de otro continente (sin tener para nada en cuenta, por supuesto, a los niños). Así que esta maravillosa oferta la acogerán con los brazos abiertos en mi Paracuelles por siempre querido, donde una vez fui un orgulloso alumno y hoy un orgulloso patrocinador, si me lo permiten.

Otra vez el cielo, otra vez la luz.

GRACIAS HIPPIES

Colgado de una pared de adobe, bajo el techo de una casa de arquitectura típica de Santa Fe (Nuevo México), un polvoriento marco hace las mil maravillas de la historia. Dentro del susodicho cuadro de madera, una foto, una alegoría de la historia hippie en formato fotográfico, una pieza única.

Nuestra amiga Sage (Salvia en español, nombre muy hippie también) nos invitó a pasar el puente de Acción de Gracias con su familia. Así, el miércoles por la mañana salimos de Denver en dirección Santa Fe. Unas siete horas de viaje para descubrir el encanto de una ciudad de las que no te esperas en los EEUU. Auténtica, única, con un sabor puro a tradiciones, folklore e indios nativos. Un sabor también a España, a latinoamérica y a esos mercados y vendedores ambulantes tan nuestros. Pero sobretodo, una sabor a paz, a arte y cultura y a bohemia. Un sabor, sin lugar a duda, hippie, que confirmamos al entrar en casa de su madre y descubrir la fotografía tomada hacía ya más de veinte años: en el fondo del Gran Cañón, al lado del río, su madre (bandana en la cabeza, camisa y pantalones haraposos y un largo y encrespado cabello rubio) cocinaba en viejas y roñosas cazuelas quién sabe qué. A su lado, nuestra amiga Sage, con apenas 3 años y un aspecto descuidado y pobre, jugaba con cacharros de metal empobrecido. Una imagen digna de cualquier libro de historia hippie, una postal inmejorable de Woodstock 1969. Lo mejor de la imagen: su felicidad.

Sin embargo, el menú de Thanksgiving no cambia. Puedes ser el presidente de los EEUU, un empleado del Circo del Sol en Las Vegas, o un hippie cansado de proclamar la paz. Vas a comer pavo, salsa de grosellas, gravy, tarta de calabaza, relleno del pavo…y vas a comer mucho. Es un momento tan especial en EEUU, este último jueves de noviembre, que los billetes de avión alcanzan los precios más altos. Todo el país se reúne con su familia y parece que la vida fuera de casa se detiene.

En este aspecto, Santa Fe, no es diferente. Aunque, es una de las pocas cosas en las que se parece al resto de los EEUU. Para empezar y a primera vista, las casas de Santa Fe son únicas. Fabricadas con adobe, o quizás hoy en día simulando adobe, y con sus vigas de madera sobresaliendo por la parte más alta, conforman un decorado de película. Existe, incluso, una regulación de construcción, para evitar construcciones que rompan con la armoniosa estructura de la ciudad.
Y así, cuando llega la noche, y los vecinos sacan en sus repisas las típicas bolsas de papel con las velas dentro, la ciudad sigue despierta, no duerme, porque su espíritu artístico y bohemio juega con los destellos de soldados de papel. Una vez más, imágenes únicas que evocan la creatividad.

Eso es, precioso. Una imagen vale más que mil palabras.

Y así transcurrieron nuestros días en Santa Fe. Apenas cuatro días de comer bien, todo orgánico y cocinado en casa. Días de cantar alrededor de una guitarra, con nuestro amigo Bird (pájaro en castellano, tan hippie…) que nos regaló su CD, con la mamá de Sage mostrándonos rincones diferentes: el Madrid de Nuevo México, con sus tiendas de arte, Cerrillos un pueblo paupérrimo aferrado a la economía que los pocos turistas dejan en su Casa Grande (eso sí, auténtico como ningún otro y con una iglesia enorme) y aprendiendo cultura e historia sin parar. Qué felicidad y tranquilidad escuchándole.

Días de meditación, sobretodo para Ramón, con el novio de la Christine, la madre de Sage, que fue monje budista durante 6 años. Y días de marihuana y libertad, con la vecina de Sage a la cabeza, sufriendo los efectos de dicha planta para evocar su juventud.

En fin, una experiencia ÚNICA.

ALQUITRAN, MOTELES DE CARRETERA Y MILES DE MILLAS

Parece mentira. En un país tan vasto como en el que vivo, se puede llegar prácticamente a cualquier rincón. Cuando comienzas un “road trip” en los Estados Unidos, algo que hay que tener en cuenta son las amplias distancias por recorrer. De ahí el título del post que abre las puertas a post futuros acerca de mi último Road Trip. Desde Denver con destino a Hollywood.

Manos al volante y millas y más millas. Un total de 4.900 kilómetros en ocho largos días. Una visita más que veloz de lo planeado y un coche muy bien estrenado. De fondo, carreteras de una longitud asombrosa que se descubren entre montañas, valles, desiertos y costas del Océano Pacífico, el mayor del mundo. Viento y un compañero sol que ha calentado nuestras vacaciones, las vacaciones aventureras. El maletero completo y el interior del coche convertido en un saloncito: botellas de agua, tentempiés, revistas de viaje, lonely planet, almohadas y papel higiénico. De ciento en viento paradita de rigor para llenar nuestro depósito y llenar la alacena (esto es, los asientos de detrás).

Y por último, nuestro ansiado motel. Moteles de carretera rodeados de gigantescos trailers, viajeros perdidos, amantes secretos y empresarios estresados con más bien pocas ganas de amigos. Moteles de película americana por unos 60 dólares la noche en una habitación para cuatro personas: dos camas de matrimonio. Moteles que han hecho las delicias de nuestra higiene personal y de nuestro descanso diario, aunque en alguna ocasión el cartel de NO VACANCY nos hiciera continuar el viaje.

Todo esto para abrir un nuevo capítulo en la enciclopedia de viajes americana. Una enciclopedia sin orden alfabético sino cronológico, que comienza a asentarse en mis vacaciones de octubre como un “deber” anual. Y aún pudiendo haber aprovechado la semana para descansar y cargar las pilas para evitar ser un profesor quemado, lo hemos hecho muy bien. A los tres días de volver, gran nevada en Denver, una alfombra blanca (después de haber pisado la roja en el teatro Kodak de Hollywood) que nos ha regalado dos nuevos días de vacaciones de puro descanso. Escuela cerrada por gran nevada. ¿Se le puede pedir más a la vida?

Pequeña nota a pié de página: feliz cumpleaños abuela Laura.

PROMESAS DE UN MOCHILERO

Os dejo una pequeña nota hoy, antes de embarcarme mañana en mi nueva aventura. Como no puede ser menos en mí, ahora que tengo una semana de vacaciones en la escuela…aprovecho para viajar y conocer lugares entrañables (espero). No quería marcharme sin avisaros: volveré con muchas entradas apetitosas y apetecibles, de esas que os vuelven a animar a leerme, que sé que ya se echaban en falta.

Destino final Los Ángeles. Road Trip, una vez más pegados al volante para llegar desde las Montañas Rocosas (cruzándolas) hasta el pacífico norte. Bienvenidos a mi maleta, porque mientras viaje, esta vez estaré sediento de papel y boli, o en este caso, de teclado y pantalla, para poder plasmar mis emociones. Solamente pensándolo sucumbo entre un halo de felicidad…¿por qué me gustará tanto viajar?

Bien, para dejaros tarea… pasaré por The Arches (parque nacional), Las Vegas (una vez más…es que está de camino de todo), Sequoia National Park y quizás San Diego. Como ya os he dicho todo esto para acabar tocando las estrellas del paseo de la fama en Los Ángeles.

Estoy seguro de que llegará uno de esos momentos en los que no me podré aguantar y tendré que marcar un número en mi móvil español para compartir las impresiones de lo que estoy viviendo.

Un abrazo enorme de un mochilero-cochero con la carretera por delante.

“NOBELIZANDO” LO QUE AÚN ESTÁ POR VER

Ahora sí, ahora sí que puedo decir que el invierno ha llegado a Denver. Las tomateras que tan cargadas de sabrosos tomates teníamos en nuestro jardín ya han sufrido heladas e incluso la primera nevada. Nada del otro mundo, la verdad, pero hay que tomarlo como un primer aviso.

Mientras tanto, la cantidad de niños que falta en la escuela es sorprendente. Por la gripe estacional o la gripe A…no lo sabemos. Los médicos han tomado la opción de diagnosticar gripe, pero no decir qué tipo. Así, ayer a mediodía me sobresaltó una llamada de una madre de mi clase que me advertía que uno de mis niños estaba en casa con gripe A. Yo creo que de momento de eso nada, pero sí que estoy resfriadillo y con las defensas a punto de caramelo. Qué maravillosos los medicamentos españoles: couldina, ibuprofeno 600, paracetamol, almax… y una gran lista que hace del trotamundos una farmacia nacional andante (o volante en mi caso).

Pero hoy quiero tocar uno de esos temas peliagudos: el premio Nobel concedido a Barack Obama. Hace tiempo le dediqué un par de blogs, en los que decía que llevaba a la espalda las ilusiones de demasiada gente. Esta semana le han concedido el premio nobel de la paz. ¿Por qué? Preguntádselo a la cantidad de gente que sigue apretando sus puños por la esperanza que Obama esboza, pero que todavía no ha plasmado como obra de arte. No lo entiendo, la verdad. Y lo hablaba con otros compañeros que, al igual que yo, se sentían un tanto indignados. Ha sido un premio Nobel que dan al futuro esperanzado de lo que puede hacer el premiado, no por lo que ha hecho. Incluso él mismo ha salido en multitud de medios de comunicación explicando que no se sentía merecedor de tal honor, cosa, que por otro lado, honra su humildad. Y es que en ocasiones parece que para algunos haya llegado el mesías…

Parece que el nobel pinta un buen futuro por lo tanto. Pero eso es…futuro. Esperemos que el pueblo americano vuelva a elegirlo en las próximas elecciones, para que le de tiempo a acabar todo lo que quiere hacer.

Porque…¿no es demasiado complicado querer cambiar tanto un país en tan poco tiempo? Están las intenciones, pero hay que ver los hechos. Y de momento se ven pocos, pero, como también hablaba con algunos compañeros, es muy difícil girar las tuercas a una sociedad tan grande en menos de un año.

Así pretendo expresar que quizás el nobel no era para Obama, al que le queda mucho por hacer, aunque sí, esté en camino de hacerlo. Quizás el premio nobel debería haber sido para el pueblo americano, por haber elegido a un presidente que pueda hacer realidad dichos cambios, después de la historia que había escrito el presidente número 43.

Lo que sí comprendo es que hoy en día, Obama significan puertas abiertas a diálogos con el resto del mundo, que es un gran paso para la paz. Pero, y por una última vez, un paso para la paz en el futuro.

MI PROGRAMACIÓN DE SAN MATEO

Han pasado las dos semanas que más me gustan de Reinosa, mi Reinosa. Mi plan antes de volver a Denver este verano era buscar vuelos baratos y pedirme vacaciones en el colegio para poder vivirlas después de tres años de abstinencia matea. Y al final, mi manera de acercarme a ellas han sido las cámaras de la página web del ayuntamiento. Y desde aquí, gritaba a la cámara cuando pasaba la carroza de mi peña: ¡¡Esos Trastolillos!! O la de los Disloka2, de mis primos y me acercaba a la pantalla para ver si distinguía algo.

Hoy mientras escuchaba L´Arca de Sueños y cantaba campurrianas en la ducha, echaba una miradita a la cámara web, intentando vislumbrar a mi tía Mari (la TIA tan famosa de este blog) con un cartel que iba a pintar para mostrarme en la distancia cuando pasasen por ahí. No lo he visto…la imagen es muy lenta. Pero en fin, que el blog de hoy, así todo, se lo dedico a todos aquellos que han podido disfrutar de las fiestas mateas, como las mozas de Salces, entre las que va mi hermana, y que muestro en esta foto.

Pero en fin, si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma. Y por eso me he “fabricado” un San Mateo a la americana con una programación mucho más movidita que la triste que han tenido los reinosanos este año. Ni ruido de carpa, ni suciedad, ni tantas quejas que he leído en los comentarios de varios reinosanos referiéndose a noticias de San Mateo. Lo mío me ha llevado a pensar si cambiaría esta semana por un San Mateo en Reinosa. Y la verdad, es que aún pienso que sí, pero se debe a estar con mi gente, a disfrutar de las fiestas de los reinosanos y campurrianos en general.

Hoy os cuento entonces mi programación de San Mateo en Denver. Para empezar, mientras los reinosanos disfrutaban de esas maravillosas carrozas, que ya me han puesto al día de la gran calidad artística de este año, yo conducía a través de las pistas de Winter Park, donde nos habían dejado la misma “casita” que el año pasado para disfrutar del fin de semana de cambio de color de los árboles en Arapahoe National Park. La familia que nos había dejado la casa, había comprado una pequeña sorpresa situada en la terraza de la mansión: un jacuzzi. Así empezó la noche de San Mateo, en un jacuzzi con una copa en la mano vislumbrando las estrellas del cielo de Colorado, en medio de un bosque y con unos cero grados en el exterior (por lo que mi mano asomaba para únicamente sostener la copa). Madrugamos lo justo para salir a hacer una ruta recomendada por el Visitor Center de Winter Park. Dos horas y pico de subida por unos parajes sin nombre, pero con tanta vida, tanto color y de cielo un sol espléndido. Todo esto para, por fin, encontrarnos en medio de un glaciar de lo más veraniego con un lago en el que se reflejaba todo lo existente a sus alrededores. Una de esas imágenes que uno guarda en el bolsillo de su vida: Columbine Lake. Y sin más compañía que algún otro grupo de andarines como nosotros.

Así pasó nuestro primer fin de Semana de San Mateo, porque este año además no he sufrido la distancia solo, tengo dos nuevos compañeros de vivencias, también campurrianos: Esther y Miguel.

Y como programación de entre semana decidí darle una oportunidad a uno de esos “revivals” de grupos inimitables que tanto miedo me dan (por el fracaso de la citada imitación). Con un par de amigas, nos fuimos al teatro para ver RAIN, un tributo a los Beatles, que está haciendo una gira por todo EEUU. Fue una noche maravillosa, llena de viejas glorias que al ritmo de viejos anuncios y discos empolvados imitaban a aquellas fanáticas fans (valga la redundancia) que seguían al grupo británico allá donde iban. Fue un viaje al pasado, que a través de proyecciones sobre la historia del grupo, levantaron sonrisas y lágrimas entre el público; eso sí, para acabar con un “Hey, Jude” entonado por las más de mil personas que ocupábamos las butacas.

No puedo cambiar, sin embargo, el día de Campóo por nada. Esto es porque ese día representa un gran momento en la memoria de mi infancia, en la que me escondía para que nadie supiese que la que hacía el “teatrillo” entre carreta y carreta (siempre siguiendo la carreta de Salces) era mi madre. Y este año no ha sido diferente, pero ya se han encargado mis contactos de documentarme gráficamente. Ella misma me ha contado sus aventuras del día del orgullo campurriano. Y yo mientras tanto, hacía alegoría de este día intentando camuflar mi añoranza bajo la carpa circense del Circo del Sol. El espectáculo Kooza visita Denver este mes y no podía dejar escapar la oportunidad de vibrar entre funambulistas, acróbatas, bailarines y emotivos payasos. Una vez más, el Circo del Sol alegra vidas. Y es que son increíbles estos artífices canadienses.

Creo que por hoy voy a cerrar el programa de fiestas de San Mateo en Denver. Diréis que de dónde saco el dinero para no perderme ni una…eso mismo me pregunto yo. Pero lo tengo claro: los ahorros los llevo puestos.

EEUU SE ACERCA A CANTABRIA Y VALENCIA

Mientras aquí las televisiones siguen dándole bola al representante republicano que gritó “mentiroso” a Barack Obama durante su discurso sobre el plan de salud, nuestras vidas en Denver Colorado vuelven a tomar la forma de vidas asentadas.

No quiero con esto decir vidas aburridas, porque siempre hay algo nuevo que aprender, algo nuevo que compartir. Y esta vez compartiré la fiesta a la que asistí con mis compañeros del programa español en DMIS (mi colegio).

Sin embargo, no puedo empezar a construir la casa por el tejado, y por eso os he de presentar a alguien muy importante para mí en Denver: la familia Schwarz. Yo doy clase a los mellizos Ethan y Nate y Michelle y Jeff, los papás, ya son grandes amigos. Bien, pues a finales del año pasado decidieron organizarse un viaje de dos meses a España, con sus hijos para que así pudiesen practicar español y conocer el país de sus profesores. Y cómo no, contaron con nuestra ayuda para organizarlo, y también con nuestras familias y viviendas para disfrutarlo.

El resultado del verano acabó en una fiesta titulada “CANTABRIA AND VALENCIA MEET AMERICA” (o véase, el título de este post). En esta fiesta, Michelle, como siempre, tan buena anfitriona, invitó a numerosos amigos para deleitarles con la comida española.

Sí, señores ¿habéis visto alguna vez a una americana hacer jijas? Y no digo con esto freir jijas, digo comprar la carne y macerarlas. ¿Han visto alguna vez a algún americano hacer una BUENA tortilla de patatas? Pues Jeff ha sido el primero que yo he visto. Eso sí, se ha tenido que comprar el hombre una sartén doble para poder darle la vuelta sin que se le caiga.

De su viaje a España además, cómo no, se trajo jamoncito ibérico, choricito, y demás delicias que hicieron, sobretodo entre el público español, la vida de lo más feliz culinariamente hablando. Para rematar, Esther, mi amiga y nueva compañera campurriana de batallas, cocinó un par de quesadas que estaban para chuparse los dedos, y cuál fue nuestra sorpresa, cuando al llegar, Michelle ya nos había preparado un postre cántabro: un sobao pasiego de 20×20 centímetros.

En fin, que aunque “a la americana”, habían preparado unos maravillosos manjares españoles (valencianos y cántabros) donde no faltó, por supuesto la paella. Y aunque todo os parezca increíble, aún no he acabado. Al poco de llegar, Michelle me llamó para que abriese una cazuela enorme y probase para ver si me gustaba: ¡¡olla ferroviaria!!, sí, sí, como lo oís, desde Mataporquera a Denver llegan las recetas. Y es que, durante las fiestas del Carmen, en Mataporquera, el pueblo de mi familia paterna, Michelle tuvo la oportunidad de probar esta tradicional olla de patatas y carne. Y aunque tenga que decir que no era una oficial olla ferroviaria, porque estaba sosa y no había sofrito los ingredientes primero, el esfuerzo mereció la pena, y las caras de los americanos chupando los huesos del rabo de toro eran para no perdérselas.

Fue una noche tranquila, pero cuanto menos sorprendente. Una lección de esas para los aficionados a decir que a los americanos son muy cerrados y piensan que su cultura es la mejor. He aquí una muestra perfecta de la inclusión cultural de la que soy partícipe y estoy tan orgulloso.

El Diario Montañes

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