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Autor: Diego Ruiz
Por sus gustos las conocí
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Diego Ruiz | 09-07-2014 | 5:57| 0

Aviso: Esta es una historia real a la que, por discreción, he cambiado el nombre de sus protagonistas. Comencé a malmeter la cuchara en las cazuelas siendo todavía un aprendiz de adolescente. Esa precocidad me permitió ya adulto dar de comer a algunas mujeres, la mayoría propias –novias y amigas con derecho a exploración– y algunas extrañas –conocidas de la noche, despechadas por un amigo cabroncete y amantes rápidas de hasta otro día majete que si te he visto no me acuardo–. Quizás parezcan demasiadas, pero puedo prometerles que al final tampoco fueron tantas, qué más quisiera uno. De ellas aprendí mucho y casi me dio tiempo a elaborar un extenso manual de gustos culinarios de acuerdo a su manera de ser.
A Luci, una de las primeras, mis amigos la llamaban ‘Bufi’ por sus habituales bufidos y enfados. Tenía unas piernas maravillosas, cara de ángel y una mala leche impresionante. Pues a ella, paradójicamente, le gustaban los pasteles,
las tartas, las rosquillas y el chocolate. No soportaba el picante y para beber, nada de alcohol. Puri, quizás una de las más delgadas y seguro que la más callada, tenía sin embargo pasión por la cerveza. Bebía las cañas como si fueran las
últimas gotas de la cantimplora en mitad del desierto. Comía poco, pero siempre cosas fuertes, quizás para tener una buena disculpa y tragar botellines y más botellines. Yo, a la segunda cerveza tengo que ir al retrete, pero ella aguanta-
ba una barbaridad. Los callos eran lo suyo.
A Maite la conocí en Jerez ha ciendo la mili. Ella, medio gitana, y como todas las jerezanas ‘ahijada’ de Ruiz Mateos, tampoco tenía mucha chicha, pero comía a todas las horas. Me conquistó por su sonrisa y sus escotes. Recuerdo que en tres meses tuve que llamar a mis padres casi a diario para que me mandasen dinero al cuartel. Engullía tantos bocadillos como cervezas la buena de Puri. Un capítulo especial merece Marta. A ella, un poco metidita en carnes, parlanchina y
aficionada al fútbol y las motos, nada mejor que invitarla a yerbajos y pasta. Sus ojos, todavía encandilan. Real

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Terrazas
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Diego Ruiz | 02-07-2014 | 12:34| 0

Santander es una de esas ciudades donde son imprescindibles las terrazas. No podemos vivir sin ellas. Decían antes que en el Paseo de Pereda existían, como por decreto popular, para ver y ser visto. Lo cierto es que hoy en día proliferan por doquier. El bar que abre sus puertas por primera vez busca cualquier rincón donde poner un par de sillas y una mesa, y satisfacer el deseo del cliente de tomarse la caña al aire libre y, por supuesto, el de los fumadores que siguen expuestos a las inclemencias climatológicas por culpa de la nicotina. Es fácil que gracias al tabaco y la prohibición de fumar en los bares haya más muertes por neumonía que por cáncer.
Hay terrazas amplias, como esas antes citadas del Paseo de Pereda, donde se han instalado comedores con todo tipo de detalle. Las hay de copas, como las de Castelar, y otras más humildes, que son las que a mí me gustan.
Hay una por la que tengo predilección y eso que soy, sin ningún tipo de discusión, un hombre de barra. Se trata de la de La Machina, en la placita situada detrás del Mercado de la Esperanza. Allí también está la de Los Girasoles, pero prefiero la primera porque la tapa es más espléndida. Nada más que por eso. Se trata, una y otra, de terrazas que recuerdan al París bohemio. Su ubicación y el colorido del mercado le dan ese aspecto cosmopolita. Y, por cierto, cuando el día sale soleado, hay puñaladas traperas por pillar asiento.
En La Machina, que en su interior acoge un bar pequeño pero con una bonita decoración en la que abundan las fotos de aquellos personajes populares del viejo Santander –el Ña Ña, Pichucas el del Muelle, el Bombero Torero…, suelen poner de tapita unos buñuelos de chorizo muy interesantes y unas tiras de verduras en tempura que le dan a la caña el sentido técnico del aperitivo: un piscolabis para abrir el apetito. Un poco más allá está también la del Silverio, una casa de comidas de las de antes con un menú del día muy recomendable.

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Berto dejó la Mejillonera
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Diego Ruiz | 24-06-2014 | 11:56| 0

Berto lo anunció con tiempo y el día 31 de mayo fue el último en el que se situó detrás de la barra para servir blancos, tintos, cañas y los mejillones y las patatas bravas que durante tantos años fueron señas de identidad del bar más conocido del centro de Santander: ‘La Mejillonera’. Lo hizo, además, para invitar al día siguiente, casi a puerta cerrada, a sus clientes habituales, o lo que es lo mismo, sus amigos. Este palentino de corazón cántabro puso el candado a su establecimiento, con los años cumplidos para acogerse a la jubilación. Berto cerró ‘La Meji’ en espera de un traspaso para un negocio consolidado y lo hizo con la alegría de un madridista de pro, con la ‘décima’ en el museo del equipo de sus sueños ,y con el Racing en Segunda división.

Ahora tendrá ya todo el tiempo del mundo para dedicarse a su pareja, Flor, a sus hijas, sus nietos y a su perro ‘Bubu’.

Alberto del Valle Santiago nació en Palencia capital. Antes de afincarse en Cantabria probó fortuna en Alemania, en Hannover. A Santander llegó con 23 años para trabajar como camarero en ‘La Mejillonera’, para cubrir una sustitución. Unos pocos años después se hizo propietario del negocio. Se trataba de una cervecería donde las patatas bravas y los mejillones con varias salsas –escocesa, marineros, vinagreta y con limón– comenzaron a coger amplia fama en Santander. Así como el cachi y el cachi-cachi, litro y dos litros de cerveza bien tirada. ‘La Mejillonera’ era por entonces un negocio con establecimientos abiertos, además de en Santander, en Valladolid, Salamanca, Bilbao, San Sebastián, Zaragoza y Palencia, entre otras localidades del país.La mayoría de ellos continúan aún en funcionamiento.

Para hacerse un idea de lo que fue este negocio en la capital cántabra, destacar que en los buenos tiempos, hasta el comienzo de la crisis, se consumían entre 400 y 600 kilos de patatas y 50 de mejillones a la semana. Berto, ¡gracias!

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Paco, tomates y pepinos
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Diego Ruiz | 15-06-2014 | 7:43| 0

Paco, mi amigo jardinero de Argoños, me ha plantado hace unas semanas, en el pequeño huerto de mi casa, casi una docena de plantas de tomate. Hasta ahora, ese trabajo le había caído a mi padre que, con 90 tacos, aún le da a la azada con soltura. Cuando estuve con él, con Paco, hace unos días, me animó a que además de los frutos rojos que con un poco de sal y aceite de oliva virgen me apasionan, plantase pepinos y pimientos. El jueves me puse manos a la obra y me fui al Marcado de la Esperanza, donde siempre me resuelven los problemas. Allí, haciendo esquina con la puerta de acceso a la zona del pescado, me vendieron cuatro simientes de pepino y cinco de pimiento verde para freír y pagué tan solo dos euros. Las plantas ya están junto a los tomates a la espera de que crezcan y den el fruto esperado. Me dice Paco que para finales de julio. Así que si la cosecha es buena podré darle algún que otro pepino a mis amigos. Me dijo el que me vendió las simientes que por cada planta de pepino se pueden coger hasta diez piezas. De momento hay sol y agua nos les faltan. Ahora, eso, a esperar.

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La hamburguesa no pasa de moda
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Diego Ruiz | 15-06-2014 | 5:36| 0

 

 

 

La hamburguesa nunca se pasa de moda, es increíble. El filete ruso de nuestras madres –las de los ya cincuentones–, con especies y un pan especial, hizo furor en nuestro país en aquellos años en los que el pantalón vaquero llegaba desde los Estados Unidos, aunque lo fabricasen en Reus. Mediados los años setenta proliferaron las hamburgueserías de marca en las principales capitales del país. Con nombres anglosajones, mucha grasa y servida la carne junto a bebidas refrescantes con pajita y en vaso de plástico –como ahora– estos establecimientos embelesaron a los jóvenes que querían cenar rápido para ir cuanto antes a la discoteca a mover el esqueleto. Pasaron algunos años y se empezaron a abrir pequeños baretos donde se mejoró considerablemente el producto –recuerden por ejemplo los santanderinos la freiduría Manolo, en la calle Guevara– y se pusieron también de moda las patatas congeladas que, con abundante de sal, acompañaban a la carne picada, siempre con sus salsas y sus complementos: tomate, lechuga, cebolla, pepinillo, beicon, queso, huevo…
Más tarde, empezó la dura competencia entre la hamburguesa y la pizza, con resultados iguales para una y otra.
Y cuando yo pensaba que los ‘cien montaditos’, los pinchos a un euro, las tortillas de patatas de todos los tipos y la vuelta a la dieta mediterránea arrinconaban al producto típico americano, veo que no, que la hamburguesa vuelve a coger impulso.
Dos ejemplos: En la carnicería Antón, en la calle del Cubo, Tomi vende unas minihamburguesas espectaculares: mexicanas, con parmesano, foie, jamón y queso y boletus, entre otros. Y unos pasos más allá, en la panadería de la calle La Enseñanza, se pueden adquirir los bollitos de pan de colores para atrapar la hamburguer. Panes rojos, amarillos, verdes y negros. De tomate, curri y chipirón… En La Despensa, en Cañadío, superan el sobresaliente. Lleva unos días cerrado por reforma, me dicen unos amigos. Y me recomienda mi compañera Adela Sanz el Nobrac, nuevo en el Río de la Pila.

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Sobre el autor Diego Ruiz
Santander 1960. Universidad de Cantabria. Sección de Deportes, Cantabria en la Mesa y, a veces, algo de toros. En la redacción de EL DIARIO MONTAÑÉS desde 1984 pasando por casi todas las secciones.

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