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Autor: Diego Ruiz
Paco, tomates y pepinos
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Diego Ruiz | 15-06-2014 | 7:43| 0

Paco, mi amigo jardinero de Argoños, me ha plantado hace unas semanas, en el pequeño huerto de mi casa, casi una docena de plantas de tomate. Hasta ahora, ese trabajo le había caído a mi padre que, con 90 tacos, aún le da a la azada con soltura. Cuando estuve con él, con Paco, hace unos días, me animó a que además de los frutos rojos que con un poco de sal y aceite de oliva virgen me apasionan, plantase pepinos y pimientos. El jueves me puse manos a la obra y me fui al Marcado de la Esperanza, donde siempre me resuelven los problemas. Allí, haciendo esquina con la puerta de acceso a la zona del pescado, me vendieron cuatro simientes de pepino y cinco de pimiento verde para freír y pagué tan solo dos euros. Las plantas ya están junto a los tomates a la espera de que crezcan y den el fruto esperado. Me dice Paco que para finales de julio. Así que si la cosecha es buena podré darle algún que otro pepino a mis amigos. Me dijo el que me vendió las simientes que por cada planta de pepino se pueden coger hasta diez piezas. De momento hay sol y agua nos les faltan. Ahora, eso, a esperar.

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La hamburguesa no pasa de moda
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Diego Ruiz | 15-06-2014 | 5:36| 0

 

 

 

La hamburguesa nunca se pasa de moda, es increíble. El filete ruso de nuestras madres –las de los ya cincuentones–, con especies y un pan especial, hizo furor en nuestro país en aquellos años en los que el pantalón vaquero llegaba desde los Estados Unidos, aunque lo fabricasen en Reus. Mediados los años setenta proliferaron las hamburgueserías de marca en las principales capitales del país. Con nombres anglosajones, mucha grasa y servida la carne junto a bebidas refrescantes con pajita y en vaso de plástico –como ahora– estos establecimientos embelesaron a los jóvenes que querían cenar rápido para ir cuanto antes a la discoteca a mover el esqueleto. Pasaron algunos años y se empezaron a abrir pequeños baretos donde se mejoró considerablemente el producto –recuerden por ejemplo los santanderinos la freiduría Manolo, en la calle Guevara– y se pusieron también de moda las patatas congeladas que, con abundante de sal, acompañaban a la carne picada, siempre con sus salsas y sus complementos: tomate, lechuga, cebolla, pepinillo, beicon, queso, huevo…
Más tarde, empezó la dura competencia entre la hamburguesa y la pizza, con resultados iguales para una y otra.
Y cuando yo pensaba que los ‘cien montaditos’, los pinchos a un euro, las tortillas de patatas de todos los tipos y la vuelta a la dieta mediterránea arrinconaban al producto típico americano, veo que no, que la hamburguesa vuelve a coger impulso.
Dos ejemplos: En la carnicería Antón, en la calle del Cubo, Tomi vende unas minihamburguesas espectaculares: mexicanas, con parmesano, foie, jamón y queso y boletus, entre otros. Y unos pasos más allá, en la panadería de la calle La Enseñanza, se pueden adquirir los bollitos de pan de colores para atrapar la hamburguer. Panes rojos, amarillos, verdes y negros. De tomate, curri y chipirón… En La Despensa, en Cañadío, superan el sobresaliente. Lleva unos días cerrado por reforma, me dicen unos amigos. Y me recomienda mi compañera Adela Sanz el Nobrac, nuevo en el Río de la Pila.

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Un respeto para la salsa rosa
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Diego Ruiz | 08-06-2014 | 5:08| 0

La rosa es una de esas salsas que siempre están ahí, esperando a ser utilizada glotonamente, acompañando lo que sea. Sirve para mucho, para casi todo, pero con el paso del tiempo y por culpa de la cocina moderna, y cómo no, las prisas, ha ido perdiendo caché en el escalafón de los ‘untes’. La salsa rosa es fácil de hacer, pero no tanto como para mezclar simplemente, sin más, kepchut y mayonesa. Craso error. Es algo más importante que semejante revuelto. Precisa en principio de un gran respeto. Lo ideal es empezar con cuatro partes de mayonesa, una de tomate, una pizca de mostaza, un poquito de zumo de naranja o de piña y un buchito de güisqui, o ron si se prefiere. Hay que batirlo todo bien con una cuchara y ya está lista para comer. Así de fácil y respetuosa se hace nuestra salsa.
Luego, lo de siempre: la imaginación al poder. Con unas patatas fritas, con gambas cocidas y peladas sobre una cama de lechuga, para las ensaladas de arroz o de pasta, con cualquier puding, napada sobre un pescado al horno, con huevos cocidos, en ensaladas templadas…, yo qué sé cuánto más.
Tuve una novia rubia y de ojos azules que hacía una especie de puding con arroz cocido y bonito en aceite. Mezclaba los dos ingredientes con la salsa rosa y luego, ya en frío, lo emplataba con mayonesa por encima. A mí me gustaba el plato tanto como sus celestes retinas, su cabello y el resto del body. Por cierto, llegué a reproducir el condumio en alguna ocasión y, por supuesto, con menos éxito que el de aquella chica de aspecto nórdico.
Sin embargo, la salsa rosa sigue ahí, llamándome sobre todo ahora que empieza la época de los platos fríos, de las ensaladas y los gazpachitos. Tiene, además, la ventaja de que se conserva bien en la nevera, por lo que se puede preparar una buena cantidad y utilizarla más de una vez por semana.
No hay que olvidar el respeto por la salsa rosa. Nada de mayonesa y ketchup y a volar. Algo más.

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Anixakis y bocartes
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Diego Ruiz | 06-06-2014 | 5:28| 0

Me gusta la gente de la Plaza de la Esperanza. Sus tenderos, bien sea en el pescado como en la fruta y la verdura, los embutidos, las carnes y los quesos, saben de lo que hablan. Saben vender y explicar al cliente qué se va a llevar a casa. Lo vengo comprobando desde hace años. Últimamente coincido mucho con Jesús Díaz, el presidente de los comerciantes del mercado, cuando sale de su puesto, después de descabezar, limpiar y filetear desde una merluza a un puñado de chicharros. Hace unos días me hablaba del anixakis y de lo mal que va la costera del bocarte. Del primero me dice que ha habido una alarma social importante, pero que para hacer boquerones en vinagre es aconsejable congelar el pescado al menos un par de días antes de su consumo. En Madrid he visto carteles que dicen “los boqueros que usted va a consumir en este bar han sido congelados previamente más de 48 horas”. Este parásito se ve bien en los pescados grandes, como la merluza, pero cuesta más hacerlo con los pequeños, y siempre es mejor prevenir que lamentar. El pescado frito no tiene problema, lo sabemos todos.

En cuanto a la costera del bocarte ésta no ha terminado de cuajar. Se ha pescado mucho, pero pequeño de tamaño, por lo que en las cajas se mezclaban piezas de varios gramos. En las conserveras no se han llenado las cámaras, por lo que tampoco sus propietarios estarán muy contentos. Me dice, incluso, que algunos barcos han desistido de salir a la mar porque la costera empieza a no ser rentable. Todo esto a las puertas de la otra gran costera del año, la del bonito.

Sobre el bocarte ha habido esta semana unas jornadas destinadas a los clientes de la Plaza y los escolares cántabros muy interesantes, porque además de vender, estos comerciantes enseñan. Da gusto.

 

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Los retretes modernos
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Diego Ruiz | 02-06-2014 | 12:05| 0

Los retretes dicen mucho de los establecimientos hosteleros y de su clientela. Los hay inundados, sucios por dentro y por fuera, sin papel higiénico generalmente, y casi siempre malolientes. A veces uno piensa que si el baño está así, como estarán las sartenes, la freidora y la cocina entera.
El bar, el restaurante, la tasca, son un ente propio en el que se ofertan bebidas, comidas y un reservado donde, al menos, el cliente pueda sacar de la vejiga el exceso de cerveza o de cuba-libre.
Es curioso el estado de algunos de los retretes de nuestros establecimientos. Y lo cierto es que no siempre el más guarro es el dueño del local, sino ese cliente con mala puntería que lo pone todo hecho una porquería. En el centro de un meadero de los de pie de Frankfurt habían puesto una portería con un balón dentro. El suelo, les juro, estaba inmaculado. Influye mucho también la modernidad. Esos inventos inútiles que han dado un paso atrás en la evolución humana. El primero es esa bombilla del interior del wc que se apaga justo a mitad de la faena. Uno se gira, da palmadas para que vuelva la luz y ¡plas!, todo para fuera. No quiero ni pensar en una mujer con el bolso, los pantis y el rollo del papel higiénico vacío. O salir airoso del trance que surge con la necesidad de entrar dos personas del mismo sexo en un baño para hacer un pis. Como se apague la lucecita y alguno de los protagonistas de la escena se ponga nervioso, puede haber alguna muerte súbita.
Luego están esos secadores de manos que o te cuecen las palmas o te las dejan igual de mojadas que al principio. ¿Quién es el animal que programa la temperatura del chorro de aire que sale de la infernal tobera? Abrasa. Así que al final recurrimos al papel higiénico y lo echamos dentro de la baza, lo que conlleva el consiguiente atasco y el siempre molesto suelo pantanoso del retrete. He visto en más de una ocasión utilizar este maldito instrumento como secador de pelo después de tromba de agua.

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Sobre el autor Diego Ruiz
Santander 1960. Universidad de Cantabria. Sección de Deportes, Cantabria en la Mesa y, a veces, algo de toros. En la redacción de EL DIARIO MONTAÑÉS desde 1984 pasando por casi todas las secciones.

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