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Autor: Diego Ruiz
La sangría y su evolución
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Diego Ruiz | 31-07-2014 | 1:07| 0

No hay mayor reclamo para los ‘guiris’ que el anuncio de ‘hay sangría’ en las paredes de cualquier tasca española. En su origen, la sangría no era más que vino tinto, agua, azúcar, naranja o limón. Con el paso del tiempo, como siempre, el mejunje se fue modificando. Se cambió el agua por bebidas gaseosas, se suprimió el azúcar y se le añadieron unas gotitas de alcohol: ron, triple seco, ginebra, etc.
Con la modernidad, incluso, se varió el tinto peleón por el blanco de rueda y se le subió la dosis de frutas.
La última moda es coger una amplia copa de tipo cabernet, enfriarla con unos hielos, añadirle después un cava semiseco o dulce, con ralladura de limón o naranja, unas hojitas de menta y pomelo o unas lonchas de pepino. Se sirve con tres piedras de hielo. El invento es de Moet& Chandon, con su champán ‘Ice Imperial’.

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En breve los primeros tomates
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Diego Ruiz | 29-07-2014 | 1:35| 0

Estamos muy cerquita de comenzar a quitar de la mata los primeros tomates de la temporada. Ya empiezan a colorear y a estar en su punto para ponerles en el plato con lo que se quiera, aunque con un chorrito de aceite de oliva virgen y un poquito de sal gorda es suficiente. Ojo al vinagre: utilizamos buenos aceites y muy malos vinagres, precisamente en un país donde se hacen grandes vinos.
Habrá que reservar aquellas piezas más maduras y de peor presentación para hacer tomate frito. Sartén, aceite caliente, tomates bien pelados y sin pepitas un poco de cebolla, otro de pimiento verde y sal –todo bien picado– y a cocer tres cuartos de hora, aproximadamente, y a fuego lento.
Una vez bien triturado será el acompañante perfecto para el bonito, un buen bacalao, unos huevo fritos caseros o una morcilla de arroz de aquí o de Burgos.

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Sopas frías y gazpachos
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Diego Ruiz | 16-07-2014 | 1:38| 0

Llega el verano y toca llenar el frigo de frutas y verduras. Melones y sandías, sobre todo, para el postre, la merienda y asegurarse, también, un buen primer plato al que poder echar la cuchara. El melón con jamón sigue siendo un comienzo de almuerzo de categoría. Siempre fino y estiloso. Fresco, económico y con muy pocas calorías. Pero con la fruta debemos ir un poco más lejos. Al gazpacho habitual, al del tomate, miga de pan, ajo, agua, sal, aceite y vinagre, le viene de maravilla triturar con esos ingredientes básicos unos tacos de melón o de sandía e, incluso, un buen puñado de cerezas a las que habremos quitado la pepita. El gazpacho es el rey del verano y dura una barbaridad en la nevera.
A esta sopa fría le podemos dar un poco más de cuerpo con huevo cocido picado, unas lasquitas de jamón e, incluso, unas colas de gambas bien peladas.

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Por sus gustos las conocí
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Diego Ruiz | 09-07-2014 | 5:57| 0

Aviso: Esta es una historia real a la que, por discreción, he cambiado el nombre de sus protagonistas. Comencé a malmeter la cuchara en las cazuelas siendo todavía un aprendiz de adolescente. Esa precocidad me permitió ya adulto dar de comer a algunas mujeres, la mayoría propias –novias y amigas con derecho a exploración– y algunas extrañas –conocidas de la noche, despechadas por un amigo cabroncete y amantes rápidas de hasta otro día majete que si te he visto no me acuardo–. Quizás parezcan demasiadas, pero puedo prometerles que al final tampoco fueron tantas, qué más quisiera uno. De ellas aprendí mucho y casi me dio tiempo a elaborar un extenso manual de gustos culinarios de acuerdo a su manera de ser.
A Luci, una de las primeras, mis amigos la llamaban ‘Bufi’ por sus habituales bufidos y enfados. Tenía unas piernas maravillosas, cara de ángel y una mala leche impresionante. Pues a ella, paradójicamente, le gustaban los pasteles,
las tartas, las rosquillas y el chocolate. No soportaba el picante y para beber, nada de alcohol. Puri, quizás una de las más delgadas y seguro que la más callada, tenía sin embargo pasión por la cerveza. Bebía las cañas como si fueran las
últimas gotas de la cantimplora en mitad del desierto. Comía poco, pero siempre cosas fuertes, quizás para tener una buena disculpa y tragar botellines y más botellines. Yo, a la segunda cerveza tengo que ir al retrete, pero ella aguanta-
ba una barbaridad. Los callos eran lo suyo.
A Maite la conocí en Jerez ha ciendo la mili. Ella, medio gitana, y como todas las jerezanas ‘ahijada’ de Ruiz Mateos, tampoco tenía mucha chicha, pero comía a todas las horas. Me conquistó por su sonrisa y sus escotes. Recuerdo que en tres meses tuve que llamar a mis padres casi a diario para que me mandasen dinero al cuartel. Engullía tantos bocadillos como cervezas la buena de Puri. Un capítulo especial merece Marta. A ella, un poco metidita en carnes, parlanchina y
aficionada al fútbol y las motos, nada mejor que invitarla a yerbajos y pasta. Sus ojos, todavía encandilan. Real

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Terrazas
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Diego Ruiz | 02-07-2014 | 12:34| 0

Santander es una de esas ciudades donde son imprescindibles las terrazas. No podemos vivir sin ellas. Decían antes que en el Paseo de Pereda existían, como por decreto popular, para ver y ser visto. Lo cierto es que hoy en día proliferan por doquier. El bar que abre sus puertas por primera vez busca cualquier rincón donde poner un par de sillas y una mesa, y satisfacer el deseo del cliente de tomarse la caña al aire libre y, por supuesto, el de los fumadores que siguen expuestos a las inclemencias climatológicas por culpa de la nicotina. Es fácil que gracias al tabaco y la prohibición de fumar en los bares haya más muertes por neumonía que por cáncer.
Hay terrazas amplias, como esas antes citadas del Paseo de Pereda, donde se han instalado comedores con todo tipo de detalle. Las hay de copas, como las de Castelar, y otras más humildes, que son las que a mí me gustan.
Hay una por la que tengo predilección y eso que soy, sin ningún tipo de discusión, un hombre de barra. Se trata de la de La Machina, en la placita situada detrás del Mercado de la Esperanza. Allí también está la de Los Girasoles, pero prefiero la primera porque la tapa es más espléndida. Nada más que por eso. Se trata, una y otra, de terrazas que recuerdan al París bohemio. Su ubicación y el colorido del mercado le dan ese aspecto cosmopolita. Y, por cierto, cuando el día sale soleado, hay puñaladas traperas por pillar asiento.
En La Machina, que en su interior acoge un bar pequeño pero con una bonita decoración en la que abundan las fotos de aquellos personajes populares del viejo Santander –el Ña Ña, Pichucas el del Muelle, el Bombero Torero…, suelen poner de tapita unos buñuelos de chorizo muy interesantes y unas tiras de verduras en tempura que le dan a la caña el sentido técnico del aperitivo: un piscolabis para abrir el apetito. Un poco más allá está también la del Silverio, una casa de comidas de las de antes con un menú del día muy recomendable.

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Sobre el autor Diego Ruiz
Santander 1960. Universidad de Cantabria. Sección de Deportes, Cantabria en la Mesa y, a veces, algo de toros. En la redacción de EL DIARIO MONTAÑÉS desde 1984 pasando por casi todas las secciones.

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