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Fecha: febrero, 2018
La sana costumbre del aperitivo
Diego Ruiz hace 20 horas | 0

El aperitivo es uno de esos placeres que da la vida y que no debe perderse nunca. Salir del trabajo y antes de ir a comer disfrutar de un vermut, una cañita o un vino blanco con algunas de las buenas raciones o tapas que hay en este país, no tiene precio. Y no digamos ya en verano, de vacaciones, en un día de sol y en una terracita, no importa dónde. Qué más da si es junto a una playa o en una calle cualquiera de nuestra España interior.
El aperitivo sirve, además de para abrir boca y llegar a casa o al restaurante donde se hará la comida con apetito extra, para alegrar la vida. Es el momento en el que se disfruta de muchas cosas. Primero, de la hora esa en la que apetece hacer un alto en el trayecto entre el trabajo y la cocina del hogar. Ese ratito para comprobar cómo está la ciudad antes del almuerzo, para hablar con los amigos o con tu pareja de lo acontecido a lo largo de la mañana. El momento de desengrasar el cuerpo que, desde bien pronto por la mañana, está en funcionamiento.
El aperitivo, además, deja un importante paso abierto a la imaginación. Nada más apetecible que apalancarse en el mostrador de tu bar favorito y elegir una de las raciones que se muestran en el expositor o en la carta que cuelga de la pared en negra pizarra.
Santander mantiene viva la costumbre del aperitivo y eso que algunas zonas de bares han ido perdiendo el ambiente de años atrás, cuando no existía tanto paro y tanto recién licenciado en busca de su primer empleo. Las calles Vargas y San Luis o El Grupo Amaro, han perdido fuerza en favor de otras zonas que han sabido mantener viva la tradición del tapeo. El Río de la Pila, Peña Herbosa o la calle Rubio siguen teniendo a la hora del vermut la clientela asegurada. Puertochico, Arrabal y Medio siguen ganando enteros con el paso de los años, al igual que El Sardinero que, en la calle Joaquín Costa (La Cañía), ha sabido renovarse para crecer.

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El hueso del jamón
Diego Ruiz 13-02-2018 | 8:29 | 0

Cuando el hueso comienza a clarear en ese jamón que días antes habíamos cortado en finas lonchas, no hay que entrar en depresión. Ese momento, comparable con el de los primeros síntomas de la calvicie, da paso, como esa traicionera alopecia, a una nueva etapa en la vida. A un mundo nuevo por descubrir. La falta de pelo invita al rapado integral y formar parte de ese grupo de jabatos de moda que triunfan en los papeles más duros del cine yanki. Y con el pernil, pues casi lo mismo. Lo primero es dejarlo tan rapado como el cráneo de Bruce Willis, ya que antes habremos aprovechado esos últimos restos de carne para hacer unas ricas croquetas o un revuelto con espárragos trigueros de esos que crean afición.
Cuando el jamón ya ha dejado de ser ese monumento a la belleza y al sabor más puro, cuando ya no da más de sí, cuando sólo vive del recuerdo de los grandes momentos de su juventud, cuando cuelga ya cual viejo pellejo, no hace falta recurrir a él para deshacerte del marido o de la mujer, como nos enseñó Pedro Almodóvar en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Ese hueso deprimente tiene aún más vidas que un gato callejero.
Dicen los expertos jamoneros que lo primero que debemos hacer con el hueso del jamón es partirlo en varios pedazos. Está claro. Si no está rancio se pueden congelar algunos de ellos envueltos en papel film o aluminio. En fresco, ese hueso es pieza fundamental en platos de cuchara tan españoles como los cocidos de garbanzos. Al madrileño o al lebaniego le da un toque de alegría inigualable. Además, sirve para elaborar, junto a algunas verduras, un consomé de los que en invierno merecen la distinción de Fiesta de Interés Turístico.
Pero cuando el hueso de jamón cae en manos de un buen chef, cuando se juega con esa gelatina que se consigue cociendo el armazón hasta espesar, hablamos ya de algo simplemente sensacional.

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Los tiempos de la cocina
Diego Ruiz 06-02-2018 | 1:58 | 0

En el arte del toreo es norma cumplir eso de parar, templar y mandar. Tres axiomas indispensables para hacer una buena faena, para llevar al toro al terreno que quiere el torero, para dominarlo. En el gol de cabeza hay también tres tiempos, el salto, esas milésimas de segundo de levitación en el aire y el golpeo del balón a la portería. Incluso para el aprendizaje del inglés se recomienda el look, listen and speak.
A la hora de cocinar ocurre que también hay que cumplir con tres normas básicas: pensar, comprar y ejecutar. Y ese triunvirato agobiante se sufre día tras día en las casas de todo el mundo.
Recuerdo a mi madre, una gran cocinera por cierto, lamentarse de no saber qué poner para comer cuando ya había hecho cientos de platos distintos de carnes, pescados, verduras, frutas y conservas. Para ella, como para muchas y muchos sufridoras y sufridores en casa, lo de la comida llega a ser un tormento, sobre todo por eso, por no saber qué poner en la mesa jornada tras jornada. Además, por partida doble, comida y cena. Menos mal que el desayuno dejó hace décadas de formar parte de ese trío compartido con el toreo, el fútbol y el inglés. Hoy, la primera comida del día se soluciona generalmente con un café soluble con leche y dos galletas, y un pincho de tortilla y un cortado al mediodía.
Pensar qué poner para comer es el gran problema. Lo de después llega rodado y es más entretenido, salvo en días de playa y de inviernos duros. Bajar a la compra, la segunda obligación, es más divertido. Tenemos por fortuna dos opciones al respecto: las grandes superficies comerciales o las tiendas y supermercados de al lado de casa. A mí, particularmente, me gusta más la segunda, aunque por ella me paso el día subiendo a casa cargado de bolsas de plástico con botellas, briks, carnes, pescados, verduras…
Una vez en casa, con los dos primeros deberes hechos, llega la ejecución: ponerse a cocinar.

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Sobre el autor Diego Ruiz
Santander 1960. Universidad de Cantabria. Sección de Deportes, Cantabria en la Mesa y, a veces, algo de toros. En la redacción de EL DIARIO MONTAÑÉS desde 1984 pasando por casi todas las secciones.

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